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Marquimar. Novelas - Cuentos - Relatos


 
 
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UN MUNDO IDEAL


Otro lunes de Dios, que daba buena muestra de su nefasta situación en el calendario. Alfred se levantó tirante como su hubiera dormido vestido. Con un poco de “suerte”, el cabreo y la incomodidad le acompañarían durante todo el santísimo día.

Después del frugal desayuno, se enfundó su atuendo de elegante ejecutivo y con más ganas de perderse que de encontrarse, se subió al Rolls. Tim el chofer, adivinó enseguida que la guinda del pastel había desaparecido del talante de su jefe, por lo tanto sería mucho mejor no chuparse los dedos aquel día, así que salvo el saludo matutino, no dijo nada más. Por supuesto que nuestro Alfred, no era persona de pagar su malhumor con el que no lo había provocado, pero Tim Akerman, estaba demasiado a gusto con su trabajo para darle vueltas a la cazuela caliente sin manoplas.

El trayecto hacia la oficina fue silencioso y Alfred ensimismado lo agradeció. Pasado un tercio de la segunda avenida, el carril por el que circulaba quedó cerrado por un inoportuno accidente y el Rolls, tubo que ganar otro carril con la fuerza de los brazos del chofer, pues aquél modelo no disponía de dirección asistida.

Alfred rasgando el largo silencio dijo simpático: ¡Buenos músculos Tim! Yo no lo habría conseguido.

--- Gracias señor: A las malas situaciones, no hay que darles ventajas.

Alfred no supo si era una indirecta, o un comentario al despiste, pero desde luego que le pilló en la sorpresa. Aquel chofer tenía mucha guasa, eso si que no le venía de nuevas.

Nuestro amigo soltó: ¡Tengo un problema Tim! No sé sin regresar a casa para acostarme de nuevo o meterme en el despacho. ¿Qué hago?

Tim sonriendo: Métase en el despacho y acuéstese allí.

Natural que la broma le dio motivos a Alfred para reírse y así lo hizo. Pero el día aun no ayudaba lo suficiente para ondear la bandera de agradable.

Por fin llegaron al aparcamiento y de nuevo Alfred le comunicó a Tim, que podía olvidarse del trabajo hasta el día siguiente. Nuestro amigo no deseaba regresar a casa hoy y, es posible que ni siquiera mañana, le venia muy grande su heredada residencia. Claro que, cerrarla o venderla y despedir a toda la servidumbre tampoco pasaba de momento por su cabeza.

El guardia del ascensor como siempre tieso y respetuoso le deseó los buenos días y Alfred mirándole muy serio le preguntó: ¿Cuál es su trabajo?

Era un joven de unos veintiséis años y muy alto, lucía un poco de barriga, pero el uniforme lo llevaba con prestancia. Naturalmente, que la pregunta tan directa del pez más gordo de la empresa le puso los nervios como a los críos la inyecciones y dijo tembloroso: Pues yo… Bueno… es que yo tengo que acompañarle hasta la planta y…

--- Me refiero a todo su trabajo durante el día.

El guardia carraspeó sin poderlo evitar y cosa lógica, intentó explicar al jefe supremo sus tareas en el edificio, pero sin dejar de pensar, en todas las pifias que había cometido la semana anterior y muy pesimista él, dándose ya por despedido.

Cuando a trabalenguas concluyó su incoherente relato y el ascensor paraba en el piso veintidós, Alfred le soltó: Eso es mucho trabajo amigo. ¡Tómese el día libre!

Ni que decir tiene que el guardia se quedó tan perplejo, que ni tan siquiera le dio las gracias. Pero desde luego, que tomó al pie de la letra aquella orden y al llegar a la oficina de seguridad se lo contó al sorprendido supervisor, colgó el uniforme en el vestuario y se largó con viento fresco y… ¡Quién lo pille que lo pare!

Alfred mientras tanto, dejó su maletín encima de la mesa del despacho y le dio el encargo a su telefonista que localizase al Director de Personal y le hiciese venir. El señor Elliot Danford era correoso como un chicle, pero es que además tenía la pinta de almidonado para un concurso. No es que fuera elegante ni tonto, solamente era un estúpido.

A los escasos veinte minutos el hombre se personó en el despacho con su habitual sonrisa estreñida, saludó a su nuevo gran jefazo y se puso a su disposición.

Alfred le dijo: Necesito saber el nombre y la dirección del último despedido en la compañía. Y también por supuesto, cual fue el motivo.

Elliot Danford se quedó de una pieza, a saber por dónde le salían al nuevo “Varanda” las ideas. ¡Dónde se ha visto!... Que a un presidente del consejo le importen para nada los empleados de bajo rango. A Danford como es muy natural no le gustaba un pelo aquél niñato de papá, ya se lo había comentado a su mujer y a su suegra, no le gustaba nada. Elliot era de esos hombres, que te lloran en el hombro sin derramar ni una lágrima, de los que se desahogan para que los demás sufran, de los que se enredan en la vanidad y cuelgan de la soberbia, en fin, un ahorrador de buenos sentimientos. En su casa como es lógico no pintaba un pimiento, pero en la empresa amigos… ¡Era de tenerle terror! En cuanto venia azotado por su despótica suegra, viuda apoltronada en su casa por orden de su esposa y mal suministrado de sexo, que eso era casi todos los días, sus colaboradores más próximos le hacían exorcismos a sus contratos y además, le ponían cirios a Santa Rita.

Elliot Danford preguntó muy estirado: ¿Puedo saber cuál es su interés en ese asunto señor Daniels?

Alfred como sabemos tenía el día borrascoso gracias a su prima, que como buena ejecutiva, había ejecutado con nuestro amigo aquello que sin título de clase alguna cualquier mujer hermosa puede ejecutar con cualquier hombre: Meterlo crudo al baño maría y sacarlo sin cocer. Y no es que estuviese enfadado con Ella, es solamente que cuando te gusta una mujer y no quisieras que te gustase, es cuando más te gusta, o sea, fatal.

Alfred contestó a Elliot con desgana: Mi interés de momento, es saber algo que no sé. Tómeselo como un capricho personal. Eso es todo.

Danford, que estaba muy afianzado en su puesto gracias a su estupenda relación con Susan, insistió pretencioso y sin calcular el riesgo: De todas maneras señor Daniels, si no fuera mucha molestia, me gustaría saber el motivo de su petición.

Alfred había conocido a tipos muy parecidos a Elliot en algunos países, pues son de esa clase de gente, que no sudan con el intenso calor y ni siquiera tiritan con el frío, pero se ensucian la pata abajo al primer susto. Así que en vista de que nuestro amigo todavía no tenía aireado su talante en la empresa y más tarde o más temprano, no le quedaría otro remedio que emparejar sus atributos masculinos y colocarlos en el plano superior de la mesa, no tuvo inconveniente en aquél instante, de exponer a la consideración de Elliot su particular mala leche.

Alfred soltó: El motivo de mi curiosidad señor Elliot, es que quiero saberlo porque me da la gana. ¿Quiere saber ahora cuál será mi siguiente capricho?

Danford sintió un leve pinchazo en el bajo vientre y supo al instante debido a eso, que su posición peligraba en la compañía casi tanto: Como una pompa de jabón en la cama de un Faquir. La suficiencia y poca medida de la humildad, a veces juegan malas pasadas, por ese motivo el señor Elliot, tenía la vida de puertas a dentro tan retorcivuelta y de ahí, su asqueroso y cochino proceder con el prójimo.

Alfred le dijo de nuevo: ¿No sé si me ha entendido Elliot? ¿Me ha entendido o se lo repito a la brava?

Danford había entendido perfectamente, el problema era fabricar la saliva suficiente para contestar. Al fin en un hilo de voz dijo: Si señor, enseguida señor, no se preocupe, le traigo enseguida el expediente señor Daniels.

Alfred satisfecho, pero dispuesto a demostrarle que su temperamento tenía muchos tropezones de cabreo mayúsculo le contestó: ¡No se moleste en traerlo usted! ¡Mándemelo por otra persona, hoy no quiero verle más!

Elliot salió del despacho muy mareado y con nauseas parecidas a la resaca. La verdad es que Danford no había probado el alcohol en su vida, bueno se entiende que por dentro, que por fuera en algún rasguño, pero hoy parecía que se hubiese tomado tres triples secos.

Susan no le llamó en toda la mañana y vuestro amigo dedicó su precioso tiempo de holganza a confeccionar pajaritas y aviones de papel y a repartirlos por el despacho. Naturalmente, que podía salir de allí y poner firmes a todos los departamentos que se cruzasen en su camino, pero Elliot Danford, ya le dejó bastante relajado y ahora, no le quedaban más ganas de guerra.

El expediente que cayó en sus manos pertenecía a un tal Allan Weiss, un simple mensajero del área de transporte exterior, de diecinueve años, y que según la anotación del departamento de personal fue despedido a causa de sus tres retrasos en fichar. Era un chico delgado, que a juzgar por la imagen parecía muy alegre, pero o bien era muy feo o la foto era una porquería. Alfred decidió salir a comer un poco y luego intentaría encontrarle para hacerle una visita.

En uno de sus viajes a extremo oriente, nuestro amigo conoció a un sabio muy anciano sin religión concreta, que le habló de un Mundo Ideal, una doctrina practicada por un pueblo de hombres también sabios y ya extinguidos, y que consistía básicamente en vivir durante un día completo la vida de otro. Para llevar a cabo esa curiosa hazaña, solo era menester colocarse al lado de la persona escogida y hacer por ella, todo aquello que durante ese día en concreto a esa persona le correspondiese hacer. Naturalmente el dogma, no era otro que ponerse en la piel del prójimo y de esa manera, comprenderle algo mejor. Alfred siempre tuvo curiosidad por practicar esa experiencia y hoy, era un día tan bueno como cualquier otro.

Después de comer y con la dirección de Allan Weiss y un taxi, se plantó frente a la casa del muchacho. Pronto le abrió la puerta una mujer bastante regordeta, que al parecer no tenía ningún reparo en lucir una cabeza atestada de rulos y nuestro amigo supuso con acierto, que sería la madre de Allan. La dama le miró con cierta extrañeza, pero muy simpática dijo al instante: ¡Ya era hora amigo! ¡Es usted el tipo de hombre que he soñado toda mi vida! Pero ha llegado un poco tarde, hace ya veinte años que estoy casada.

Alfred como es natural quedó de momento algo desconcertado, pero viendo la cara picarona de la mujer, pilló al vuelo la broma y dispuesto como estaba a pasar el día agradablemente contestó sonriendo: Lo siento, es que estaba en un atasco y además he pinchado dos veces.

Los dos rieron con ganas y sinceridad sus respectivas ocurrencias y al poco rato, Alfred estaba sentado en el sofá de la salita. La mujer que se llamaba Karen, tenía un sentido humorístico de campeonato y por lo poco que vio allí nuestro amigo, para vivir en aquél piso apretados cinco personas una tortuga y un gato, era menester tenerlo. El viejo edificio alzado cuatro plantas, estaba ubicado en un barrio extremo de la ciudad, de esos barrios que salen a menudo en las noticias de sucesos y por razones no muy recomendables.

Allan había salido a la búsqueda de trabajo, pues para la familia era imprescindible parte de su sueldo para llegar a fin de mes y como le habían despedido tres días antes, ya estaban todos tiritando. Pero al parecer no tardaría en llegar para la cena, eso según su madre, así que Alfred invitado por ella se quedó esperándole. Que desgracia tiene el ser humano, que para poder disfrutar de un mínimo de comodidades sociales, tenga que dejarse la piel a tiras en pos de ellas. Ese no era el caso de Alfred como sabemos, pero con aquel escenario nada le impedía pensarlo, pues aquella gente y sus evidentes estrecheces se lo sugirieron.

El sabio oriental que había conocido, ya le hizo un juego de palabras a cuento de eso, pues le dijo: (Aquél que nada necesita, todo ya lo tiene). Pero claro: ¿Quién es aquél que nada necesita? Esas frases tan trascendentes ya se sabe, solo están en boca de aquellos bienaventurados que nunca han visto un semáforo.

El abuelo de la familia estaba sentado frente a Alfred y le miraba el hombre, como el que mira a un florero. Por supuesto que nuestro amigo le saludó al entrar en la salita, pero el anciano se limitó a chasquear la lengua. Mientras Karen se quitaba los rulos aparatosos, Alfred intentó un acercamiento cortés con el veterano y le preguntó: ¿Hace buen tiempo verdad? ¿Qué me dice? ¿No le parece que hace buen tiempo?

El viejo le miró de arriba abajo un poco más atento y por la cara que puso, nuestro amigo supo enseguida que acababa de tomarle por estúpido. Con todo, el hombre soltó la mano derecha del bastón y le contestó: Me gusta su corbata, ¿me la regala?

Alfred le regaló la corbata sin dudarlo y en un santiamén se hicieron muy amigos. Karen entre visitas a la cocina y afanes por ordenar un poco la salita, escuchó con sonrisa indulgente las explicaciones que nuestro amigo recibía de su padre, pues el hombre, aprovechaba la ocasión de contar sus aventuras a un extraño y con la ventaja extraordinaria de que le escuchaba, cosa que era muy difícil conseguir en la familia.

Nuestro amigo sentía un cariño especial por los mayores, posiblemente por la circunstancia lamentable de no haber conocido a sus abuelos, por eso a todos los ancianos les tenía un respeto y consideración de los que ya no se usan.

Karen le demostró con su limitada conversación y buenas maneras, que las buenas personas se cosechan en cualquier ambiente, cosa que por otro lado Alfred ya sabía. Pero esta reflexión tan natural no debe extrañar a nadie, pues es bien sabido, que entre las diferentes y distantes clases sociales, se culpan mutuamente de lo mal que funciona el mundo.

Allan llegó puntual. En las familias de flacos recursos la hora de comer es tan respetada como la hora de oír misa, quizá sea para mantener el cuerpo y el alma igualados, o puede que sea por algún otro motivo, pero de cualquier manera esa es la practicada costumbre.

Alfred pudo constatar a simple vista, que la fotografía del expediente no le hacía justicia al chico. No es que Allan fuese muy guapo desde luego, pero tan feo tampoco. El muchacho quedó muy sorprendido cuando Alfred le contó el interés por él, claro esta que en absoluto pudo imaginar entonces, la de ventajas que eso le supondría. Quedaron con Allan, que a la mañana siguiente le recogería un coche de la empresa y le llevaría al trabajo y tras una atenta despedida, Alfred se marchó.

Bien, la cosa ya estaba hilvanada y solo quedaba esperar. Alfred pensándolo mejor, ya no estaba seguro de que aquello no fuera una tontería, pero puestos a malgastar horas en la vida sin remedio, una tontería más o menos tampoco era un comportamiento tan tonto. El taxi le dejó en hotel céntrico y nuestro amigo, decidió rematar el lunes en buena compañía, más que otra cosa por despecho a Susan, pues el ánimo hoy no le pedía mucho trote, pero en fin. Por lo tanto, le soltó un par de billetes al avispado conserje y se fue a por una ducha tibia y a la espera segura, de que una morenaza llamase a la puerta de su habitación.

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El martes amaneció cansado, no el día naturalmente, pero si nuestro Alfred, que puesto en vilo por una bella profesional del amor, quedó tres veces la noche anterior como un junco aventado. El desayuno fue necesario repetirlo y no porque fuera escaso, más bien lo contrario, pero cuando el cuerpo ha chupado energías vengativo durante tres horas, lo justo es amanecerle con halagos.

El taxi le dejó en la puerta de la central y nuestro amigo tardó veinte minutos en localizar a su protegido Allan. El muchacho muy aburrido, estaba sentado frente a la oficina siniestra de admisiones junto a unos treinta aspirantes a trabajar en la compañía. Todos expectantes y después de haber entregado su currículum, tejían con primor sus escasas ilusiones de ser admitidos a la espera nerviosa de la entrevista personal.

Alfred hizo un gesto con el dedo índice para que Allan se acercase y le preguntó incrédulo: ¿Qué haces aquí? Te dije que me esperaras en recepción.

---Sí, ya lo sé, pero no me han dejado los de seguridad.

--- ¿Pero no les has dicho que era orden mía?

--- Claro, pero no me han creído.

Naturalmente los de seguridad, son las personas ideales para dudar de todo, pues ellos saben positivamente, que en eso se fundamenta la esencia de su trabajo. No es que no sepan pensar más allá de las ordenanzas, saben muy bien, que los reglamentos a menudo son equivocados, lo que ocurre es que, no quieren ni pensar, lo que les puede pasar si piensan.

Alfred y Allan subieron al piso veintidós y ya en el despacho, el chico empezó a tomar conciencia de quién era la persona que tenía delante. El día anterior ya lo había creído, pero verlo en color era muy diferente. Curioso mundo de verdades y mentiras, donde la falsedad se acepta a la primera y a la verdad le toca demostrarlo. De todas formas, lo mejor tenia que llegar, pues el gran experimento del Mundo Ideal, ese sí que era de no creérselo.

Alfred dijo sonriendo: Bueno, ya son las diez de la mañana, hasta las diez de la noche considérame tu genio de la lámpara. ¿Qué es lo que tienes que hacer?

Allan contestó: Lo primero encontrar trabajo.

Alfred tardó muy poco en encontrarle un buen trabajo al chico. Allan no estaba muy capacitado, pero para ser encargado del recuento de papeleras en todos los pisos y jefe de mantenimiento y recambio de las mismas, para eso si servía de sobras y mientras tanto, un curso de informática le vendría de perlas.

Cuarenta minutos más tarde, los dos salían del edificio en busca de la siguiente tarea. El día anterior antes de ser visitado por Alfred, Allan se había comprometido con un amigo para ayudar a repararle la moto y como nuestro Alfred, sabía de mecánica, lo mismo que un chimpancé sabe de flores, se llevó con él a dos profesionales del parque móvil de la empresa y santas pascuas.

Ni que decir tiene que la moto quedó como nueva. Allan y su amigo se tomaron un refresco y un bocadillo, mientras miraban asombrados a un Alfred leyendo el periódico y a los maestros de las tuercas acabar el trabajo. El amigo de Allan no pudo resistir más la curiosidad y preguntó: ¿Pero quién puñetas es ese tío?

Allan contestó ufano: Es el dueño de mi empresa, un tío guay.

Las torpes explicaciones que le dio Allan a su amigo referidas a la cosa de un Mundo Ideal, no fueron en absoluto ajustadas a entendimiento normal, pero en realidad, eso no importaba demasiado, lo cojonudo del caso era, lo mucho que aprendieron los dos de alta mecánica y también, la de botones que se abrocharían mientras presumían de su moto de por ahí.

La siguiente tarea era mucho más limpia, pero algo más complicada. Allan tenía que hacer las paces con su novia y como siempre ocurre, no sabía por dónde empezar. La rubia muñeca, trabajaba en una peluquería de señoras y eso ya se sabe, a cualquier tímido impone bastante. Pero Alfred, que no deseaba perder el tiempo en su experimento decidió visitarla, así que los dos fijaron coordenadas y en un rato corto se plantaron en el establecimiento.

La ensalada de difícil aliño que se planteaba, era hacerle entender a la oxigenada respingona, que Allan no se había acostado dentro del coche con la pecosa pelirroja, solamente habían estado un ratito allí dentro, con los cristales llenos de vaho eso sí, porque Allan le estaba enseñando el funcionamiento de la radio y de las marchas. ¡Eso no es tan malo caramba! Pero a las novias como todo el mundo sabe, no les gusta nada que las rivales aprendan cosas de sus novios, por lo tanto y con razón, la chica estaba de morros bovinos y de uñas tigreras.

Alfred era inteligente desde luego, pero no tanto como para poder arreglar el espinoso asunto con una sencilla explicación, pues al idiota de su protegido, se le olvidó subirse la cremallera de la bragueta al salir del coche. ¡Pero hombre, hay que tener mucho cuidado con eso muchacho! Pues es un sitio, muy a menudo escrutado por las miradas de las mujeres. En fin, que aquella papeleta solo tenía una rápida solución: El puñetero soborno.

Alfred llenó la peluquería de ramos de flores, le compró un anillo caro a la novia, consiguió con billetes de cien que su jefa le diera la semana libre a la chica, les compró un coche rojo con pocos kilómetros a la pareja y por último, les dio un empujón para la entrada de un piso. La muchacha como es natural, se olvidó por completo de la infidelidad de su novio y muy abrumada, se tomó la cosa con inteligencia. Es verdad que la posesión absoluta del sexo contrario, es a cierta edad algo muy importante y que los cuernos aireados entre pandillas de jóvenes escuecen mucho. Pero a toda mujer inteligente no se le escapa, que perder un partido por ausencia, no significa perder la liga.

La pareja se despidió a las seis de la tarde y muy felices, quedaron en verse al día siguiente para visitar una agencia in mobiliaria y para presentar a Allan a los padres de ella. El coche rojo quedó aparcado en el garaje del amigo al lado de la moto, y el amigo naturalmente preguntándose, cómo se podía entrar a trabajar en aquella empresa. Alfred nunca le hubiese comprado un coche descapotable a Allan, pero el muchacho se empeñó, a nuestro amigo Alfred no le gustaban los descapotables, pues cada vez que se montaba en uno, tenía en algún ojo un empacho de mosquito.

Bueno, bien, de las tareas que estaban previstas para ese memorable día, ya solo quedaban dos por hacer: Una limpiar su habitación y otra, arreglarle la plancha a su madre. Lo de la plancha como es fácil adivinar quedó arreglado, después de sacar la nueva de la caja y tirar la vieja a la basura. La segunda tarea fue aun más sencilla, Alfred le dio una buena propina a la hermana pequeña de Allan y ésta, dejó los librotes de repaso del cole y se puso como loca a la tarea. Si a la chica le hubiese dicho una pitonisa que un día arreglaría la habitación de su hermano, del ataque de risa le rompe la bola de cristal.

Alfred había concluido su experimento y salvo una satisfacción personal que no podía describir, no pudo encontrar el enigmático rincón, donde se escondía la trascendencia del resultado. Pero quizá fuese precisamente, la personal satisfacción el fruto maduro de esa idea, o puede simplemente, que a base de regocijarte en la felicidad ajena se te afiance en el ánimo la propia. De todas formas, el invento del Mundo Ideal era muy recomendable, aunque claro está, que la filosofía común en otras personas que lo pusiesen en práctica, pasaría por su esfuerzo personal y en el caso de Alfred, el único esfuerzo lo hizo su tarjeta de crédito.

Antes de marcharse, Alfred decidió hacerle un regalo a Karen y le dijo que escogiese uno. La dama alternaba sus quehaceres en la casa con un trabajo de media jornada en una lavandería y debido a esa pega, ya estaba bastante entretenida. Pero a su marido mucho peor le trataba la vida, pues el hombre tenía su trabajo a setenta kilómetros de casa y como es natural, no paraba en el piso más que para dormir. Karen le dijo a nuestro amigo, que cualquier cosa que éste le regalase le haría mucha ilusión, pero feliz, lo que se dice feliz le haría, un poco de tiempo al día para disfrutarlo en compañía de su marido. Cuando se tiene una posición como la de Alfred, este tipo de problemas son de pura risa, por lo tanto, a la buena mujer le regaló la felicidad tan deseada, dándole al marido un trabajo en una de sus empresas muy próxima a su domicilio.

El martes pronto metió en el sobre de la noche al rojizo crepúsculo y de paso, lo franqueó con destino al miércoles. Alfred empezó a notar, que tenía de nuevo muchas ganas de ver a su prima y si era necesario disculparse por algo, pues lo haría. Aunque eso la verdad, no fuese en absoluto acción inteligente, y no por el tan cacareado machismo, sino porque él no tenía toda la culpa del enfado. Pero claro, la posibilidad de otro disfrute acompañado y prolongado, de una tierna intimidad desnuda con Susan, le ponía los pelillos que no se enseñan a la gente a bailar polkas y en cuanto a los sentimientos, le llenaba completo de colorines el talante.

Hoy miércoles, ya se había decidido a dar el primer paso y cuando llegó a su despacho llamó a Susan, pero como todos los enamorados del mundo cuando están de uñas, no tuvo Alfred ninguna suerte, pues de nuevo Susan y el Director financiero estaban en Dallas. ¡Maldita sea! Como se ve, a nuestro amigo le importaban un pepino las empresas Daniels, pues ahora todo su afán, era conquistar a la tigresa de piernas torneadas. De todas maneras, la bella vicepresidenta le había dejado un mensaje: Alfred, estoy de viaje, ha surgido un pequeño inconveniente, ya te llamaré.

Pasó toda la mañana sin recibir la esperada llamada de Susan. Alfred se cansó de pasear por el despacho y respirar el aire ubicado allí. El móvil de Susan estaba desconectado, sería quizá, por que se le olvidó hacer lo contrario después del vuelo. Pero no era muy lógico, pues las mujeres tienen las orejas más planas por su afición a eso aparatos. En fin… un asco. Alfred ya no sabía si ponerse a sacudir la alfombra o hacer una trenza con el cable del ordenador y el de la lámpara. ¡Y por cierto!...el domingo pasado se le olvidó apagar la luz del sótano de la casona. ¡Vaya por dios! Había interrumpido su soñada búsqueda por culpa del entierro, luego interrumpió el control de las empresas por Susan y ahora, se estaba interrumpiendo a sí mismo por imbécil. ¡¡A la mierda!!

Alfred tardó una hora en llegar a su residencia, veinte minutos en explicarle a Theodor que cuando llamase su prima si lo hacía, le dijera que él estaba en la casona de la costa y ya solamente, media hora escasa más, en coger el Pontiac azul y en compañía de Tim salir de viaje.

Desde luego que cosa tan absurda, en cuatro largos años no había pillado un cabreo ni nervios de clase alguna y en la ciudad en pocos días, se había saltado esa estadística con pértiga. Alfred ahora contaba los kilómetros como el que cuanta losetas en un baño, pensaba cabalísticamente, en cómo hacer para darle a Susan un antídoto eficaz contra el venenoso y obsceno amor por el dinero. Pero está muy claro que no sería nada fácil y aprovechando que en el asiento de delante se sentaba Tim al volante, preguntó: ¿Se ha enamorado alguna vez Tim?

Tim hacía mucho rato que planeaba por encima de Alfred y tenía muy visto el paisaje que conjeturaba su jefe, así que sin pensarlo mucho contestó: Solamente una vez señor, pero ahora no recuerdo cuando fue.

Alfred sonriendo por la sutileza: ¿Quizá en la vida anterior verdad?

Tim comprendió al instante que era una pregunta retórica y por lo tanto regreso a su mutismo obligatorio. El agudo chofer se había desposado tres veces, lo que le convertía e no tan agudo, pero supo aprovechar los mejores momentos con sus diferentes esposas, para condensarlos en una experiencia inigualable. Si de los negocios sabía un pico, de las mujeres sabía el pico y la pala. Alfred no tardó en soltar la lengua de nuevo y dijo: ¿Conoce usted alguna forma para cambiar el carácter a una mujer?

Difícil pregunta pensó Tim. La paciencia no sabe de eso, la sabiduría ni siquiera se atreve y el conocimiento humano se pierde en teorías personales. Con todo Tim contestó: Sólo un hijo puede realizar semejante hazaña, nadie más señor.

Alfred dio por buena la respuesta y siguió pensando. Algo más tarde, pasados tres kilómetros más o menos, reanudó la charla con su chofer empezando por su problema sentimental. Naturalmente, que no le contó el fin de semana con Susan en la casona, pero sí la mala influencia que ejercía su padre con la joven. Tim le manifestó a cuento de eso último: Conozco muy bien ese tipo de hombres señor, son los mejores ejemplos del efecto “Virgen santa”

Nuestro amigo adivinó enseguida que era otra genialidad de Tim y preguntó sonriente: ¿El afecto… qué ha dicho usted?

Tim contestó: Es el efecto que les produce la Virgen cuando se les aparece y les nombra los más inteligentes del mundo.

Claro que la cosa tenía chiste y Alfred sonrió, pero el abatimiento estaba por encima de su línea de flotación y debido a eso, regresó de nuevo a su triste interior personal para hacerle la competencia al cuenta kilómetros. Hay días tan espesos, como la niebla con humo y esos días, es aconsejable no marearte con disquisiciones el cerebro pero... el muy viscoso y ondulado preguntador, no descansa ni en sueños.

Tim estuvo muy atento por si el ánimo de su jefe despertaba de nuevo y era posible rebozarlo con alegrías, pero no fue así. La negra noche, hacía rato que se recortaba en el haz luminoso de los faros cuando por fin llegaron a la casona. Aquella casa en la más completa oscuridad del paraje, tenía tiritantes hechuras y escalofriantes volúmenes. Motivo por el que la vecindad le otorgaba la fama de misterio. Aunque ya se sabe que la vecindad dispuesta a otorgar adjetivos raros o peyorativos, no se corta.

Al día siguiente Alfred se despertó antes que Tim, pues nuestro amigo estaba ansioso por regresar al ordenador y seguir con su tarea de la búsqueda. Había cuadriculado la casona con el ordenador y la tenía dividida por secciones de tal forma, que ni un solo centímetro escaparía a su control, la razón naturalmente, era disponer de un sistema de búsqueda mucho más efectivo que en ocasiones anteriores, pues esta vez, no quería tener dudas de que todo el chequeo de suelos, paredes y techos, estaba garantizado.

Ya solo restaba convocar a los obreros y empezar la demolición interior. Los operarios en nómina ya habían descansado bastante durante los últimos días y la asistenta también. Claro que Marlén, poco podría limpiar cuando las piquetas empezasen a martillear las paredes, pero era una mujer de buena pasta y no le pincharía con reproches.

Alfred había buscado con ahínco en las seis casas anteriores, algo parecido a una caja, o bien un mensaje en un pergamino, o cualquier otra pista que le confirmase que no estaba perdiendo el tiempo, pero lamentablemente, no tuvo ninguna suerte en ello y nada encontró. El dichoso Testimonio de todos los Testimonios, se hacía de rogar. Pero eso sí, no tenía ninguna duda de que Justiciano Valdez, era el descendiente del capitán español, pues encontró pruebas históricas que lo confirmaban, pero de ahí, a que el Tesoro de todos los Tesoros permaneciese en alguna de aquellas fincas, de eso ni hablar.

Durante muchas semanas de trabajo infructuoso, Alfred se preguntó algunas veces, si la razón de su búsqueda consistía en su curiosidad, o solamente era, una actividad absurda que neutralizaba su apatía por casi todo. No llegó naturalmente a una conclusión, pero nuestro amigo mientras tanto, movió y removió las células grises de su cerebro en tan interesante consulta. De todas formas, el especial talante de los buscadores de cosas perdidas, tiene mucho que ver con la sugestión que tales objetos ejercen en ellos y es bien sabido, por los que saben de esto, que posiblemente esos tan esforzados buscadores de objetos, lleven ahora en su cuerpo el alma inmortal de los propietarios de esos objetos y, que en la otra vida perdieron. Puede que los descreídos no estén de acuerdo y seguro que los teólogos tampoco, pero está muy claro que esas delirantes búsquedas, no tienen como motivo personal exclusivo el ganar dinero, por lo tanto, a barajar que otra razón les asiste.

A la media hora se levantó Tim y como no sabía cual era su obligación en aquel lugar, ni tampoco donde se encontraba su jefe para preguntarle, salió al jardín dispuesto a ganarse le sueldo con una escoba. Pronto empezó la difícil tarea de amontonar cientos de hojas y desde luego nada como las hojas caídas, para recordarle al hombre su miniatura existencial. Mayo es el lindo mes, dónde al afán de los jardineros se ve recompensado y la hermosa naturaleza tras el invierno, reclama con su estallido de color en las pupilas de los hombres, la atención y el amor que éstos deben tener con ella.

El cerezo había rendido la mitad de sus frutos a la hierba y en las ramas, apenas quedaban dos docenas, el resto ya se sabe: los chambelanes de la primavera con sus trinos, hicieron su trabajo melodioso saltarines y recogieron con el pico su soldada. Los limones en plena sazón, jugaban con el fuerte amarillo a restar protagonismo al verde de sus hojas, y los ciruelos, manzanos y perales, algo más perezosos y desconfiados por la caprichosa bonanza temporal, preparaban su cosecha para días venideros.

Nuestro amigo vio a través del ventanuco del sótano a su apreciado chofer barriendo y salió divertido al jardín. Las irregulares losetas de piedra, ya empezaban a tener la posibilidad de contarse, pues Tim ganaba espacio a la limpieza con maestría. La corona plana del estanque muy pronto se vio asediada por la escoba y los habitantes callados de múltiples patas, se retiraban presurosos de sus telas y hogares, probablemente malhumorados y muy asustados por aquél repentino desahucio.

Eran muchos los años que un humano no había visto el jardín en su original esplendor y Tim, un enamorado de las armonías verdes, estaba iniciando el camino para conseguirlo. Desde luego que los arboles y plantas, junto a los setos más antañones, ya lo estaban deseando. Alfred nunca sintió ningún la necesidad de limpiar la morada de los insectos, pero era bastante lógico, pues con las obras no se planteo la necesidad de darles un toque.

Las arañas obesas siempre se llevan la peor parte en cuanto a repugnancia y sin embargo ellas, son silenciosas, trabajadoras, listas, desparasitadoras y comemoscas y además, no te piden pan. Lo malo es, que las patilargas no te avisan cuando te suben por la espalda y te aparecen en el cogote, manía por otro lado muy comprensible, pues no hablan.

A nuestro amigo al parecer, le gustó el pavimento recién barrido, pues a la que cambió un par de frases con Tim, se fue corriendo al cuarto exterior de los trastos y sacó un carretillo mediano, dos tijeras de podar, otra escoba, un serrucho de arco, dos rastrillos largos y un montón de sacos. No hicieron mucho más la verdad, porque el sol de medio día vino con ganas a por ellos y… les puso en su lugar, la sombra.

A las tres de la tarde, mientras ambos reposaban en la sala con un par de copas de aquel vino sin marca, Susan llamó. Según dijo, la empresa intermediaria de Austin: Financiera de Adquisiciones, les quería aumentar su ya abultada comisión por devolverles la planta de Envasados y en eso, consistía el “pequeño inconveniente”. Natural que su prima, estuviese en un despacho de abogados buscando la mejor forma de meterle mano al asunto. Al parecer, todos los precontratos estaban en regla y por ello, no le quedaría a la intermediaria otro remedio que ceder, pero mientras tanto, los productos manufacturados de las otras empresas acabarían con el stock de envases y naturalmente, ya teníamos el follón liado. Alfred se alegró de no estar allí, desde luego que mundo de piratas del dame que te doy, un verdadero asco.

A parte de lo anterior, su prima le dijo que tenía muchas ganas de verle y al acabar la frase, Alfred notó como un pinchacito, claro está que algo más tarde comprendió, que quizá esas palabras tan agradables y mimosas de Susan, serían para congraciarse con él, pues la pifia en el negocio era de campeonato.

En fin sea como fuere, nuestro amigo ya no se volvía aponer la corbata, eso estaba muy clarito. Alfred le contó aquellas novedades a Tim y el resto de la maniobra que les había conducido a tan delicada situación empresarial. Pero el chofer no dijo nada al respecto y la tarde se consumió relativamente placentera.

Marlén enseguida fue avisada por Alfred y a la mañana siguiente puntual como siempre, los platos sucios y las camas, recibirían sus conocidos cuidados. La medio vieja asistenta, era una mujer muy peculiar, siempre canturreaba trabajando y a la vez tosiendo, nuestro amigo no sabía como era posible hacerlo, pero le divertía escucharla. Una mujer de su edad ya no era lógico que trabajase, pues estaba jubilada hacía cinco años, pero su pensión la obligaba a ello. Alfred la contrató arriesgando su posición de empleador, pero consideraba que contratarla era hacerle un favor muy necesario y además, procuró que su salario estuviera muy por encima de sus obligaciones. Dany, el chico del super, también aterrizaría por la mañana y de paso, se traería con él a un experto jardinero para tener una charla de trabajo con Alfred. ¡Le gustó el trozo de jardín limpio!

Lo más complicado de contarle a Tim, resultó ser toda la historia del hombre reluciente con el perro gigante, pero en las últimas horas la química amistosa entre los dos se había disparado. Tim escuchó con mucha atención todas las explicaciones y le hizo algunas preguntas, pero fue muy cauto a la hora de dar su opinión y dijo: Existen muchos mitos respecto de la conquista de Méjico y en eso nadie es completamente erudito, quizá tenga usted suerte.

Alfred preguntó: ¿Cree que encontraré lo que busco Tim?

--- No sabría decirle señor. Pero si ya solo le queda ésta casa por registrar y no lo encuentra en ella, no se preocupe, termine el trabajo cuanto antes y así se ahorra las dudas y va directo a las lamentaciones.

Tim como siempre tenía mucha razón, si Alfred había conseguido llegar hasta aquí sin dilemas mentales, ya no era cuestión de comenzar a tenerlos. De todas maneras pensó, que hubiera sido mejor empezar por ésta, ya que en las anteriores no encontró nada.

A nuestro amigo le perecía mentira que su prima estuviese jugando a las cocinitas con los negocios, una chica tan bonita y lista, bien podía dedicarse a tareas más hogareñas. Claro que hacer la vida tan tonti-social como hacía su madre, tampoco era un plan. Pero una mujer que puede contar billetes en su cuanta bancaria durante años y dispone de una inteligencia de cinco marchas, algo constructivo podría encontrar para matar el aburrimiento, si es que el aburrirse es posible con un par de críos, una casa por organizar y un marido por mimar.

Pero Alfred no podría entender nunca a su prima, pues la chica no era una defensora corriente de su libertad, ni tampoco era, de esas mujeres que miden con ilusión el mástil de sus deseos y se afanan por izar el gallardete de su justa rebeldía. Susan era solamente una más, de todas aquellas que tienen escondido junto a sus complejos buena parte de sus miedos y que, de tanto escuchar a su padre decir, que dentro del saco de sus posibilidades entrarían toda clase de logros, se olvidó por completo de tener principios, para rendirlos en la consecución de sus fines.

Alfred hizo algunas cábalas en voz alta, para compartir con su sagaz chofer el misterio del alma femenina. Pero Tim sabía muy bien, que el alma no tiene sexo y seas hombre o mujer, si tienes el corazón caliente el alma se expande y eleva y si lo tienes frío, se arruga y baja en picado, ni es su color definible, ni su forma imaginable, pero… ¡Existe! De eso Tim no tenía ninguna duda.

Tim le contó algunas anécdotas de sus tres matrimonios y naturalmente que Alfred se divirtió. No por la circunstancia de ver en el fracaso matrimonial de Tim nada que fuese gracioso, si no, por la forma simpática que tenía su chofer de narrarlo. Al parecer, no es posible la felicidad si no se acompaña de garabatos mentales, o puede que esos garabatos, ya formen parte del petate que de dan para vivir. Alfred le preguntó: ¿Dígame Tim? ¿Por qué dice que una mujer no le dará a su marido el amor que éste merezca?

Tim algo serio ahora contestó: La mayoría de las mujeres señor, pasan sin detenerse de ser unas buenas hijas a unas adorables madres y para el marido, solo queda el intermedio frustrante.

¡Caramba con Tim! Quizá fuese mejor no hacerle preguntas serias, pues las respuestas con acero afilado en la nariz, no tienen ni pizca de gracia, sobre todo, cuando las posibilidades de que sean realidad se arriman tanto. Alfred ya tenía parte de la explicación, pues Susan sin duda era una buena hija, así que…

Un par de bostezos, dieron la campanada final a la jugosa charla y tras visitar y marear el cepillo de dientes, se acostaron con ganas lógicas de una tregua cerebral, no sin antes naturalmente, elevar y tras el vespertino desahogo, abatir la tapa del W.C

La mañanas son casi siempre alegres, enérgicas, saludables. El medio día lento, pastoso, esforzado, y la noche, oscura, espectral, concluyente. ¿Metáfora de las edades del hombre? Puede ser, pero nadie es consciente de en qué momento el corazón está cruzando cada periodo, así pues, que a nadie preocupen estos pensamientos de Alfred.

Cuando llegó Marlén, Alfred hizo las presentaciones y Tim muy ceremonioso y deseando agradar, le dedicó un simpático besamanos a la asistenta. Marlén hacía mucho que no se fijaba en ningún hombre, pero le gustó el detalle. La mujer ya no estaba para fiestas amorosas, a menos por supuesto, de que el caballero tuviese la intención de regalarle unas enaguas puestas al revés y llenas de billetes, pero las enaguas como sabemos, ya no estaban de moda, así que…

Dany y el jardinero, Tom Pelargi, se presentaron a las once y después de darse una vuelta por el desastroso jardín, el hombre rascándose la barbilla se tomó con mucha calma adelantarle a nuestro amigo un presupuesto, pero al fin se decidió: Sesenta días a jornal completo, materiales, herramientas, plantas, semillas, abono y un montón de extras. Alfred ni se lo pensó, aquel sujeto por sus conocimientos, seguro que tenía savia en la venas en vez de sangre y también, referente a su energía personal, casi seguro que cuando se cabreaba en vez de subirle los colores a la cara le subía la clorofila. ¡Un portento!

Por la tarde nuestro amigo visitó al encargado de los obreros, ya hacía diez días que no daban un palo al agua, pero su salario mensual corría a cuenta de Alfred. Quedaron en reanudar los trabajos el lunes siguiente y tras despedirse, Alfred regresó a la casona.

Por la tarde, Tim y nuestro amigo se dieron en el Pontiac un largo paseo por el bello condado y después, Alfred llevó a su chofer a visitar tres de las seis casas que ya estaban desmanteladas. Una de ellas le gustó mucho a Tim, muy a pesar, de que restaurarla de nuevo supondría mucho trabajo, pero Alfred le dijo: Sí encuentro lo que busco la dejaré como nueva y se la regalo.

Tim a lo anterior no dijo ni gracias ni nada, pues si bien su jefe había hecho una tentadora promesa, la condición para cumplirla era bastante difícil. Para Tim lo mitos y leyendas, eran como la pimienta y la sal frente a una fogata en campamento de verano, pero en ningún caso merecían crédito bastante de realidad concreta, para solicitarle día y hora a un registrador de la propiedad. Lo del perro gigante pase, lo del hombre reluciente también, pero un testimonio significa una prueba, una evidencia, y lo que precisamente estaba buscando Alfred, era el testimonio de los testimonios, o sea, lo contrario de lo que había obtenido hasta ahora: Pruebas.

El día tocó a retreta y metidos ya en otro fin de semana, Alfred le dijo a su chofer que podía tomarse dos días de fiesta. Tim no tenía parientes lejanos a los que visitar y sus tres esposas tampoco le dieron hijos, así que no había lugar a donde ir y solicitó quedarse. A nuestro amigo le pareció de perlas, le gustaba la compañía de Tim.

El próximo lunes las cosas iban a cambiar radicalmente en la casona, pues los obreros llegarían con su camión renqueante deslucido, lleno a rebosar de escalas para el asalto, andamios, puntales, carretones para escombros, picas para desconchar, toda clase de herramientas sacasudores y camisetas sin mangas, muchas camisetas para ensuciar.
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LA INTRIGA

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LA INTRIGA

Susan se levantó desnuda y siguiendo su costumbre se metió en la ducha. Entre el primer estiramiento muscular y el primer chorro se agua tibia, nunca mediaban más de dos minutos. La chica hoy no se encontraba en la ciudad de Dallas, para la organizada defensa de los intereses de Daniels & Daniels tal y como le comentó a su primo. Su visita a la bella ciudad, era solamente por motivos personales y desde luego, muy relacionados con el regocijo del sexo. Hacía dos años, que a menudo se acercaba a Texas para quemar calorías sobrantes y lo cierto, es que allí tenía un buen masajista. Susan como ya se ha dicho, no disfrutaba de una personalidad bien definida, pues su padre la tenía subordinada a sus deseos, pero claro, si tienes muy agarrado algo por un sitio, es lo más fácil que se te escape por otro. De ahí que en un momento dado, se hubiera reservado el área de los espacios suaves y gratificantes solo para ella, y también de ahí, que los utilizara terapéuticamente para salirse de su acomplejada jaula.

Lionel Daniels, no era como se puede pensar un déspota con su hija, todo lo contrario, era un padre preocupado por su bienestar económico y por esa circunstancia material, la instruyó muy bien en semejante conocimiento. Pero en ese personal criterio pedagogo, es donde se equivocó y por esa grieta tan mundana, se le escaparon los ratones. Es de todos conocido, que el bienestar económico muy poco o nada tiene que ver con la felicidad y también todo quisqui puede comprender, que cuando se tiene el colchón a rebosar de dinero, es hora de acostarse y descansar y no como hacía Lionel, que empezaba a rellenar el siguiente, sobre todo, teniendo el armario de los afectos vacío.

El ser humano no es tan manejable como piensan algunos; puede que sea fácil durante algún tiempo y también, que durante ese tiempo puedas tirar de los hilos con toda impunidad, pero más tarde o más temprano, algún circuito ya muy desquiciado y de los que abundan instalados para nuestra defensa mental, cumplirá su cometido revolucionario y cuando eso ocurra, mejor no tener las narices cerca.

Pero Lionel nunca se haría esa reflexión, no era hombre que aceptara otra forma de enjuiciar las cosas que no fuese la propia, pues el padre de Susan, siempre estaba planeando altivo sobre el criterio de los demás. Pero el tío de Alfred tenía una inmejorable excusa, lo que aprendió de su padre. ¡El abuelo de Alfred! Otro que se calzaba para pisar a quién fuese, en vez de para caminar.

Susan dejó la ducha y cogió el teléfono. A las mujeres no les está permitido para el cerebro, seguramente un castigo divino se lo impide. Pero que nadie se equivoque en esto, el no parar, no siempre significa que vayas bien revolucionado y de ahí, el posible castigo. Susan marcó desganada el número de la casona y cinco segundos después, Alfred ajustaba el aparato a la oreja y la voz de la chica al corazón.

--- Hola Alfred, te llamo para que duermas tranquilo, ya lo tengo todo solucionado, la intermediaria se rinde. Hemos ganado.

--- ¿Eso significa que todo va bien?

--- Pues sí, solo he tenido que pactar una pequeña compensación con ellos para evitarnos el problema del abastecimiento de envases. Es más inteligente que pleitear. ¿No te parece?

La cosa estaba clara, esta vez habían pillado en bragas a Susan. Alfred se tomó bastante bien, pero estaba seguro de que todo fue planeado por la intermediaria desde el principio, posiblemente su prima, se dejó llevar por un exceso de confianza.

Alfred bastante irónico preguntó: ¿Y cómo ha quedado la cosa Estrella Polar?

--- Solo un millón más. He pensado que era un mal menor. ¿Qué opinas?

Nuestro amigo no tenía duda de que ha su prima le habían tomado el pelo. Los abogados buscan los arreglos amistosos como los perros policía las drogas: moviendo la cola y jadeando. Bueno, un millón más o menos, es decir: catorce en vez de quince, no era mal negocio para la compañía. Pero esa cantidad vista desde la posición de Alfred, que se encontraba a punto de heredar y convertirse en uno de los hombres más ricos del país, era como bocadillo de berzas.

Alfred después de pensarlo un momento dijo: Vale Susan, pero a partir de ahora no quiero que lleves tu sola el peso de la compañía. La semana que viene volveré y hablaremos de ello, quiero ver a Waridell Foster a tu lado y eso no es negociable. ¿De acuerdo?

Susan asintió, pero más nerviosa que tranquila, pues no era nada fantástico tener al ético y formal de Waridell Foster vigilante a su la lado. No para ella. De momento, la chica no podía cambiar de carril en ningún sentido, pues su primo estaba demasiado lejos para ser manipulado, así que tras unos mimos colgó.

Cuando las cosas se tuercen, para algunos solo es menester esperar a que se enderecen, pero a Susan, esa filosofía no la pillaba por los tobillos, era una mujer demasiado suelta. ¡Tardó tres minutos en hablar con su padre!

--- Vamos hija, tranquila, ya sabes como es el mentecato de tu primo. No tienes nada que temer, son cosas de niñato. Cuando termines en Dallas te vienes a casa y hablaremos de ello. ¿Vale chiquitina?

Susan solo hablar con su padre y ya le había puesto una pinza aislante a sus nervios, era su bálsamo temperamental. Bueno, pues en vista de que las cosas no parecían ser graves, según la autorizada opinión de su progenitor, la chica se fumó un cigarrillo y algo más tarde desayunó. El apartamento no era nada lujoso, pero sí muy íntimo, no se debe olvidar que su función primordial, era proporcionar estimulante acogida a los desafueros carnales de Susan. La joven lo había comprado, para evitarse las típicas reservas en hoteles cada vez que pasaba por la ciudad y aunque eso no fuese muy a menudo, no era una mala inversión.

El vuelo de regreso estaba proyectado para las dos y media, por lo tanto Susan, se metió de nuevo en la cama con unos picores concretos y consiguió que su amante, se ganase de nuevo el sueldo. El guapo y musculoso hombre, que le ponía a la joven el vello púbico como un cepillo, no era un típico y vulgar semental desaforado, pero con veinticinco años y una mujer como ella, no se puede negar, que las erecciones le eran muy fáciles de tener y duraderas. Esta vez también, cumplió su gozoso cometido con unos buenos empujones y Susan por supuesto no se quejó. Pero que se entienda la queja como dolor, pues bastantes quejidos si que hubo.

El amante de Susan se dedicaba aparte de lo expuesto, a una genial tarea en la planta A.C.T. y que consistía básicamente, en pasear donairoso su cuerpo serrano y también sus sonrisas perfectas durante tres horas al día, por toda el área del aparcamiento principal. Pero eso sí, luciendo un uniforme muy ajustado y recién planchado, para que todos los usuarios del estacionamiento pudieran disfrutar su atractivo vigilante . Después de las tres horas de aquel trabajo tan “largo y agotador” el guapo descansaba, a menos por supuesto, que Susan o el director de la planta no solicitasen sus caricias, en cuyo caso, no tenía más remedio que “hacer horas extras”. Susan ignoraba como es natural que lo compartía, pero por lo menos ella, tenía absoluta prioridad.

El buen mozo era un fenómeno, entre pitos y gaitas, flautas y saxos, había metido en la cartilla en dos años, lo que a cualquiera le hubiese supuesto diez. Pero lo que no sabían ni Susan y el desviado Director, que ni siquiera era homosexual, solo vicioso y además casado, era que su amante tan esporádico y agradecido, tenia ya su propio amancebado y ese era el único de los tres, que le ponía las tetillas arrugadas.

Es cierto que muchos dirán, que esto es un cochino mundo. ¡Y lo malo!, es que es igual de cochino para los pobres cerdos, pues el hombre como se sabe, está tan sujeto al vicio y a la codicia, como la luz del día sujeta al sol y para sacudirse esas lacras de encima y no practicarlas, debe estar inconsciente o morir.

Susan por fin, terminó la sesión romántica sexual con el potente campeón y tras una corta espera en el aeropuerto, cogió el vuelo de regreso a casa. La joven llegó a la hora prevista y Lionel, ya la esperaba con la cachimba en los labios y las típicas señales de humo que producía, hicieron comprender a la chica, que su padre estaba maquinando algo. Doritel, su querida madre, estaba sentada con una copa de jerez en la mano derecha, mientras que con la otra, reposaba sus pulseras en la falda, tenía así mismo las cejas levantadas y la mirada inexpresiva como siempre, perdida en su distancia temporal. ¡Ya no había duda! El cuadro era muy conocido por Susan desde el instituto, algo se cocía allí. Después de los cuatro besos de rigor, su padre empezó: ¿Sabes hija? Tu madre y yo hemos pensado que tú y Alfred… ya me entiendes, haríais muy buena pareja. ¿Qué me dices cariño?

--- Susan contestó sin complejos: ¡Que no le quiero! Eso digo.

Esa declaración no era una novedad para Lionel, pero el asedio ya estaba planeado, así que continuó: No se trata de eso, tú ya sabes que el amor no es imprescindible para las parejas, basta con que le soportes de vez en cuando en la cama. Pero calcula, serías una mujer diez veces más rica y mucho más importante.

Susan bufaba como un gato. No le venía de nuevas la idea, pues ella ya lo había pensado un par de veces, pero le fastidiaba no haber sido la primera en plantearla. De todas formas, para hacerse un poco la mártir, que de eso sí sabía una enciclopedia, soltó con morritos: ¡No me gusta papá!

Doritel salió en defensa del invento de su marido, pero con las entenas muy complacidas, pues su hija nunca había conseguido engañarla, así que dijo despistando: Piénsalo Susan, Alfred no está tan mal y además, enamorarle no será un problema para ti, así que piénsalo. Es el mejor partido posible.

La chica empezó a sentirse feliz por ser otra vez la perla de la casa, y tras un corto suspiro de ficticia resignación, subió las escaleras y se metió en su cuarto. Sentada en la cama, empezó a juguetear con su muñeca preferida y de paso a calcular, las formidables posibilidades que esa boda planteaba, así como: La cantidad de joyas que podría poseer y la de personajes importantes que podría conocer, incluso puede, que al mismísimo presidente de los Estados Unidos. En fin, que el asunto tenía todo el aspecto de un diamante relleno de esmeraldas. Y por otra parte, el trabajo ya lo tenía concluido, pues Alfred, estaba totalmente pinchado por ella y ya solo le restaba obtener, la permanente Presidencia del Consejo, pues esa situación laboral tan absorbente, la mantendría bastante alejada de la cama de matrimonio y fuera de control, para sus secretas necesidades en Dallas. Desde luego que no era mala idea casarse con un tontaina, algunas veces puede que no sea divertido, pero te arriesgas mucho menos a que te pille en algún mal paso.

Pero lo que más empujó a Susan a tomar esa determinación, fue la peligrosa circunstancia de que Waridell Foster metiera las narices en sus asuntos, pues la señorita prima de Alfred y Vicepresidenta, no estaba siendo leal con la compañía. Desde mucho, su padre mantenía un vínculo odioso de puño cerrado con su fallecido hermano, a cuento sobre todo de la herencia, ya que Alfred Daniels segundo era el mayor de los hermanos y en aquellos tiempos del abuelo, eso era patente de corso, así que en la práctica, heredó el noventa por ciento de la fortuna familiar. Lionel nunca se resignó, pero el galope de su venganza tuvo que esperar mucho tiempo y además, dejarla completamente en manos de su hija, a la que desde siempre estuvo aleccionando. La cosa no resulto sencilla, pero un hombre rencoroso como él, dispone de toda la tenacidad necesaria, aunque eso, no sea realmente muy meritorio.

Al día siguiente, Susan y sus padres ultimaron los detalles de la conquista, si bien, tal y como pensaba Susan, eso era un simple paseo. Con todo, Lionel previno a su hija de carácter de Alfred, pues era un hombre imprevisible y eso le hacía muy peligroso. A la gente como su primo, le gustan la cosas en su lugar y bien derechas, son personas que admiten algunos errores de los demás, pero solo un par de veces, si Susan se equivocaba más de eso, no habría pastel de boda.

Ajeno a este embrollo, nuestro amigo ya tenía encasquetada la gorra para el polvo cochino y todos los operarios andaban como locos quemando el sebo de dos semanas muy holgazanas, telemironas, palomiticas, y cerveceras. El recibidor y parte del pasillo ya presentaban un aspecto lamentable y Tim, prefería pasar el día con el jardinero. Mientras el jardín ganaba en belleza y orden, la casa triunfaba en suciedad y desorden y Marlén, no ponía pegas, pero si bastantes morros; no era una mujer vigilante para el escaqueo y por lo tanto, con la casa patas arriba y desastrosa, se le ceñía el estómago como nudo marinero.

El estanque recibió muy pronto el agua neutra a la espera de sus escamosos moradores y las plantas acuáticas, recién sumergidas, ganaban la batalla al inconveniente del súbito trasplante. Tom el jardinero, aceptó la ayuda brindada por Tim el chofer, pero solo algo después, de que quedase bien clarito, que eso no afectaría al presupuesto. Así que Alfred ya tenía entre Tim y Tom una buena armonía en el exterior, pero en el interior, como ya se ha dicho, campaba el desastre.

Esta vez era muy diferente, pues Alfred decidió que conservaría la casona y en vista de esa circunstancia, un aparejador y una decoradora, ya paseaban sus cascos impecables por la obra. Las primeras conversaciones respecto a una reforma son esenciales para los técnicos, pues si de momento son meros profesionales de las conjeturas, en el momento que conocen el abultamiento de la cartera del cliente, sus dudas se convierten en certezas y como se sabe, es todo cuestión de materias primas, lo demás son garabatos en un plano. Pero como en éste caso la materia prima de Alfred era el grosor de su talonario, el resto, era la voluntad profesional inequívoca de desojarlo.

El yeso antañón de las paredes, se rendía a las piquetas hasta las primeras chispas de la piedra, y los falsos techos de caña y escayola, caían al suelo quebrantados por las picas diestras y es entonces, que tras un largo tiempo escondidas, se mostraron orgullosas las recias vigas de madera. Un sinfín de puntales telescópicos, hacían del pasillo un bosque metálico de difícil senda y en el oval recibidor, la madera superpuesta levantada, daba paso a la atónita visión de los obreros, de unas diminutas y policromadas losetas, que eran de una hermosura y singularidad extrema. A la decoradora se le pusieron los ojos como platos al contemplar el nuevo suelo y al instante, el genio nefasto de la preocupación, se apoderó de su escasa experiencia. El aparejador distante y mucho más proclive a las estructuras, a los plazos de entrega, los permisos pertinentes, las mediciones de peso y reparto de cargas y consistencias cimentales, no le cosquilleaban los suelos artísticos, pero sin duda también, muy pronto tendría la mochila llena de problemas.

Susan tardó tan solo dos días en brillar por la casona, a la chica le gustaba todo aquello que fuera pensado y hecho. Veintisiete jóvenes y maravillosos años, no empujan todavía al matrimonio, pero las ilusiones sí. Alfred al verla se puso más contento que un mandril en platanal. Pero para los obreros, que muy a menudo comen picante y no les asusta un litro de tinto, pues con el pesado ejercicio muy pronto lo eliminan, a esos sí, que Susan les puso a reventarse las uñas con los dientes.

Tim no tuvo más remedio que instalarse en el hostal del pueblo y la verdad es que no le importó, pues si bien su pelo y su bigote cantaban ya la ópera de los cincuenta años, la posadera era una hembra de cuarenta viuda sin hijos y… no solo eso, pues su rostro no desmerecía en nada de su hechura y además, carecía de pareja. ¡Menuda bicoca! Sobre todo para experto ilustrado en mujeres no mal parecido.

Susan no esperaba aquél desmadre, aquello era lo más parecido a un lío cósmico. A las tres horas ya estaba suplicándole a nuestro amigo cambiar de aires. Alfred por supuesto le dijo que no y la chica resignada de momento, empezó con su habitual estrategia en estos casos, de avanzo siete y repliego seis, a dar buena cuenta de la resistencia de su primo. Pero por una vez, Susan no tenía posibilidades de salirse con la suya, pues entre consultas ténico-descabellantes, y las estético-ambientales-coloristas, se le llenaba el día de pájaros a su futuro marido.

La chica no podía comprender ni de cerca ni de lejos, el estúpido comportamiento de Alfred. Demoler y al mismo tiempo construir, es de locos rematados y por tanto, no tiene ni pies ni cabeza y además, que necesidad había de aprovechar lo viejo, eso si que lo encontraba absurdo, pues hay en el marcado piedras artificiales nuevas, que parecen mucho más viejas y sin duda, alguna fábrica de cerámica te confecciona en dos semanas, losetas de doscientos años de antigüedad. En fin, que la tarea matrimonial emprendida no era moco de pavo y a buen seguro, que una vez intercambiadas las alianzas, las mañanas se juntarían con las noches en pura discusión. ¿Vaya regalo de matrimonio! Claro que, con la debida paciencia y el escondido desprecio, se viven algunas existencias la mar de cómodas. Y esto puede creerlo cualquiera, que no es solamente una inconfesable actitud femenina, pues hay muchos machos, que también miran al cielo asqueados de sus orgasmos.

Hoy la cena ya estaba preparada por Marlén. La humilde mujer no estaba al tanto de la cocina moderna, pero muchos de sus guisos ponían a remojo salivar las papilas. No hay duda de que los fogones asistidos por encopetadas cabezas, son de clase y calidad contrastadas, pero mucho respeto también, con la humildad de la lumbre, pues de un modesto carbón al rojo vivo salen estofados, que colman de deleite los paladares más exigentes.

Susan cenó todo el rato con los ojos embelesados de Alfred, al… ¡quieta que te contemplo! Y hay que decir en justicia, que a una mujer puesta en punta de su hermosura, nunca le sobraran alabanzas. La chica no tardo en ir preparando el terreno de su interés, pues no era una cuestión de ambulancia y con aullidos, pero cuanto antes mejor. Sabía muy bien Susan, que las noches húmedas, tibias y primaverales, son como dardos disparados contra las carnes jóvenes y ansiosas y dispuesta ya, a recibir en su seno la parte más anhelante de Alfred, se levantó de su silla y tras un pícaro reguero de prendas, llegó desnuda a la cama.

Nuestro amigo también se levantó y mirándola alejarse, la blanca servilleta fue a sus labios y a saber, si el fino paño se llevo los restos de guisado, o simplemente babas.

Cuatro manos para un concierto de caricias y dos sexos bien acoplados para la más enervante de las melodías. Cuando el sumo placer, pasa por el cedazo de la carne en delirio, ninguna cosa se puede comparar a ese divino goce. Las mismas fuentes de la fuerza enajenada y total, saltan de un cuerpo al otro como locas, en oleadas irresistibles de complacencia. Así pues, amasados sus músculos en sudor y enloquecidas ya sus centrales sensitivas, dieron jadeantes en sus postreros y rítmicos empujes, la replica contundente a la imperiosa necesidad sexual. De todas formas, el tan ansiado y placentero orgasmo, tiene el gran defecto, de que te nubla la visión cuando más necesitas ver el grado máximo del amor, debido a eso seguramente, Alfred no pudo detectar en su odalisca poseída, nada que le hiciese sospechar de su fingida entrega.

Alfred no divisó la luna desde luego, ni tampoco pudo alcanzó a divisar las estrellas, pero no se puede negar, que su corazón tras el bombeo apresurado de oxigeno a la sangre, reposo feliz y emocionado. Nuestro amigo a veces, se pasaba de romántico y cariñoso, pues para él la ternura era la música del alma y por ello, sus notas son tan sublimes, que todo corazón limpio se rinde a sus vibraciones. Nada es comparable a la resonancia del amor, y si la carne se tersa en la simple caricia, el alma se eleva gozosa en la infinita espiral de la ternura. Cierto es por lo que se observa, que para muchos hombres llegar cegados al sexo, conlleva en contrapartida, salir del mismo con la visión muy mejorada.

Después de la noche la mañana. Y esto, no es una simple frase que quiera destacar la enorme diferencia entre periodos tan dispares, es también para en el caso de Alfred, una realidad de matices completamente antagónicos: De la calma nocturna, ala zarandeo matutino, del silencio al barullo, del limpieza a la suciedad, en fin, que la casa en aquel momento, ya era un puñetero desastre.

El aparejador llegó con viento fresco de levante, pero Alfred, hoy no estaba para decidir otra cosa que no fuese el descanso y en esa tesitura, hasta las líneas rectas se le antojaban curvas, así que el técnico, no tuvo otro remedio y se fue chasqueado con viento de poniente.

Tim también llegó y en un minuto, se colocó los guante y con unas tijeras de podar y las excelentes directrices de Tom, se puso al recorte afanoso de un pequeño seto. Por Dios, que voluntad puso en el empeño, pero del corte recto pasó al oblicuo y de allí al sesgado y bueno, que casi se sale del perfil.

El capataz de los obreros era un tío cachondo y cualquiera que conozca tipos así, ya sabe de éstos ejemplares todo lo que hay que saber, a excepción por supuesto, de dónde se fabrican y con que. Y no con qué materia, sino con qué permiso. Sus enrojecidos mofletes siempre estaban abultados por efecto de su permanente sonrisa, al igual que sus cejas, que más juntas que separadas, le daban un aire de aldeano cazurrillo metido a contratista. Tenía el hombre, una capacidad inverosímil para vaporizar el malhumor de cualquiera en escasos segundos y además, todo en su físico era de puro chiste. Se zampaba unos bocadillos de hamburguesa: ¡Por san Jorge que bocatas! De no haber tenido cinta métrica, que llevaba siempre al cinto bajo el michelín aparatoso de su barriga, con semejante cacho de pan relleno, hubiera podido conseguir las mismas mediciones.

Bien, pues el caso viene al caso, de que Susan y sus contornos salidos como de dibujo de Play Boy, no eran aptos para controversias erótico-laborales y muchísimo menos, para el descolgamiento de comentarios lascivo-colgados. Pero claro, aparte de esto, la brigada de camisetas sucias era muy competente y Alfred no podía prescindir de ellos. Así que sin más opciones, optó por tener una charla seria y sensata con ellos y consiguió, sin demasiado esfuerzo, la promesa firme de todos de mirar cuanto quisieran a Susan pero: calladitos. Naturalmente que de haber pretendido que la cuadrilla sudorosa se tapase los ojos al verla, eso nunca lo hubiera conseguido, pues la despampanante Susan, le hacía el mismo efecto que a un crío el árbol de Navidad.

Aparte de lo dicho, Alfred hizo instalar unas telas a modo de pantallas, que tenían como principal objeto separar la casa limpia de la sucia y ya de paso, a su prima de las encendidas miradas. La vida tiene esas cosas, pues a Marlén no la molestaban para nada los obreros, caprichos seguramente de la naturaleza, que como todo quisqui sabe, es sabia en asegurarse a través del visual deseo, que los humanos lleguen al sexo y de esa manera, consigue manufacturar sin licencia municipal, una generación tras otra.

Los pequeños descansos laborales que disfrutaba nuestro amigo, no daban para que la chica prodigara suficientes mimos y por tanto, la carantoña y zalamería necesaria y, que conduciría a Susan al altar sin dilación, no eran suficientes para su proyecto.

Es cierto que ella aprovechaba cualquier circunstancia para rodearle el cuello con los brazos y besarle, pero debido al trajín de la obra, casi siempre le pillaba a pie cambiado. De todas formas, Susan consiguió apuntarse unas buenas siestas y en estos casos, el resto de la tarde para Alfred, acostumbraba a ser muy espesa.

Antes de que Tom el jardinero, pusiera a buen recaudo las herramientas en el cobertizo, dando por concluida la jornada, Alfred y Susan, se dieron un paseo por la zona desbrozada con asombro. Tim muy atento, también les acompañó bastante orgulloso pues no en vano, su pugna personal con la maraña le había proporcionado heroicos arañazos. No es que la cosa fuese merecedora de medallas para Tim, pero por lo menos, sí de tiritas.

El jardín y sobre todo, la soleada parte sur estaba ya mostrando, la inteligente y elegante disposición de los parterres bien removidos, de los setos terminados de recortar y de los macizos prestos a recibir las flores. El cenador, con celosías de madera de cuarteado barniz, no pasaba ahora por sus mejores momentos y sin duda, que nuestro amigo debería reconstruirlo, pero su situación frente a la cascada artificial y la centenaria encina, hacían de él, un rincón de romanticismo ideal. A Susan naturalmente no le gustó: los escalones altos, las losetas viejas, la humedad, la mesa de piedra con moho y en fin, todo muy sucio y no le gustó. Además allí, seguro que estarían avizor los insoportables mosquitos, bichos repelentes de asquerosa costumbre chupasangre, que como es matemático, serían moradores zumbones de las noches. Muy lógico, que la joven les tuviera antipatía a esos bichos, pues los mosquitos no son nada estúpidos y con el cuerpo de Susan, no era menester picarla para obtener sangre, con picarla por el puro placer de hacerlo ya era bastante, bien entendido, los mosquitos machos, que las mosquitas hembras, la fastidiarían por otros motivos.

Tim regresó de nuevo al hostal. El día anterior pasó un buen rato tras la suculenta cena charlando con su simpática dueña y adivinó, debido a su experta deducción, que salvo un viajante de comercio que era siempre muy bien recibido y seguramente conocido a lo íntimo por la posadera, él también, empezaba a tener las cosas muy ajustadas a bien venir con ella. Aquella mujer, pensó Tim, no era muy espabilada para el negocio, pues tenía cerrado el establecimiento la mayor parte del año. No es que fuera gran cosa como albergue, pero con algo de imaginación y de dinero, podría resultar muy rentable. En el pueblo la viuda era muy respetada, pues su vivienda personal lindaba aparte con las instalaciones del hostal y la mujer en eso, era muy cuidadosa con su reputación, aparte de ser una vecina ejemplar en otras actividades, tales como la casa de salud para los necesitados y la iglesia. Pero los ojillos brillantes de la dama, y sus sonrisas picaronas tras los piropos finos, no dejaban lugar a dudas de que su talante, era de respeto a su difunto marido, pero claro, después de homenajearse a si misma el cuerpo. Tim no era un seductor empedernido, pero natural y lógico que aun levantaba el arresto de vez en cuando y eso, le condicionaba la perspectiva de su trato personal con la dama. Todo lo que se tenga que suponer al respecto de la seducción que se suponga, pero hay cosas en la vida, que nada tienen que ver con el deseo individual y sí mucho más, con la tozudez y alevosía del prójimo.

La inquieta Susan, se pasaba las horas al teléfono, dando ordenes concretas a los diferentes directores y no contenta con eso, se hizo traer un fax, para que nadie tuviera la excusa de no haberla entendido. Dany el chico encargado de las provisiones, estaba de contento perdidito con la nueva clienta, era una mujer de pedido abultado cada hora y además, le dejaba entrar hasta su habitación para entregarlo, cosa que era muy interesante y prometedora, para un chaval tan inspirado con la vista. Susan, se percató muy pronto del embobamiento de su proveedor, así que para hacerlo más interesante le obsequió al despiste, con unas sugerentes y distraídas poses. Esto pensó Susan juguetona, que a nadie hace daño y naturalmente, ayuda a mejorar la conducta inmadura de los hombres, pero, por supuesto que no en todos los casos, pues con imágenes de esa carga erótica, se pierden muchas vocaciones sacerdotales.

El día duró, lo que duran todos los días de finales de mayo, mitad y cuarto del completo. Pero la noche reducida y calurosa, empujó a Susan con rapidez a su propósito y después de una cena íntima y deliciosa, preguntó:

--- ¿Piensas quedarte todo el verano aquí cariño?

--- Depende de si obtengo resultados en la búsqueda. Pero esta vez será más laborioso, pues debemos conjugar la demolición con la reforma.

La chica, devota discípula de su estrategia elemental, había trasformado su opinión radical respecto al asunto del tesoro y más que entusiasta que aburrida, así se lo hacía tragar a su primo cuando lo consideraba oportuno. De haber estado Alfred con las antenas puestas, esta actitud inesperada no le hubiese despistado, pero estando los labios más tiempo besando que hablando y las manos más entretenidas que ociosas, se le fueros las ideas atentas por el sumidero.

Las constantes atenciones y arrumacos, tanto vestida como desnuda, ya le estaban consiguiendo cúspide a la esforzada trepadora. Y por Dios, que no ha nacido hombre de mujer aun, que no se deje coronar hasta la cúspide por la vertiente que la dama desee y más, con semejantes cariños y gratificaciones. Ni el más duro hierro concebido en crisol, puede resistirse a los martillazos en caliente, que decir entonces de la carne débil del hombre, sometida directamente a la hoguera.

Un día más tarde, Alfred accedió a la solicitud de Susan y no muy convencido, la dejó partir. Ella solamente estaría fuera un par de días, pero a nuestro amigo, que empezaba a sentir muchas apreturas tiernas, no le hizo ninguna gracia ese viaje. La chica debía darse un inaplazable respiro o de lo contrario, los nervios la traicionarían y entonces, nuestro amigo se daría cuenta de que su auténtica disposición amorosa, era pura filfa. No se recomienda a nadie, sea buen amante o chapucero, que intente fingir una pasión desmedida para con un semejante que desprecia y no solo, por el arte necesario de la simulación, sino por las arcadas que a buen seguro te cabalgan en la garganta, en cuanto sus manos cual medusa te magrean.

Tim cumpliendo las órdenes de su jefe, se marchó con Susan en el Pontiac y Alfred, se quedó más triste que un niño sin pelota. Susan entonces, no se lo podía imaginar, pero aquella ausencia de dos días en la cancha, fue el mejor aliado para meter a su primo en la cesta y ganar tres puntos. A decir verdad, si Alfred no hubiese tenido la oportunidad de comparar entre tenerla cerca o no tenerla, quizá nunca se hubiera decidido a dar el paso más importante de su vida. Por lo tanto, Lionel su tío, se saldría muy pronto con su maquinación y nuestro amigo, aumentaría el censo de hombres engañados.

Por otra parte, la obra adelantaba con lentitud aburrida, pero la ventaja era, que el buscador de testimonios estaba menos interesado esta vez que en ocasiones anteriores. el salón fue necesario apuntalarlo desde el sótano y Alfred, se vio forzado a trasladar el equipo informático y musical al polvoriento desván. La inexperta decoradora muy pronto le sorprendió con dibujitos y el aparejador con cifras, todo ahora se le escurría de las manos y el malhumor crecía.

El jardín de momento, era lo único que ganaba en metros limpios y en hermosura, Tom Pelargi, resultó ser una inversión de las que no se olvidan y su enérgica forma de llevar a término los trabajos, sin aceptar imposiciones, su mejor matiz personal.

Susan mientras tanto llegó a su casa desesperada, ya ni tan siquiera el chofer de su futuro prometido le gustaba. Su padre no tuvo otro remedio que consolarla con paciencia y su madre, recibirla con sus muy “cariñitos personales”. Pero para una mujer como Susan, era mucho más indigno si cabe, la táctica de total simulación puesta en práctica, pues no se debe olvidar, que era una mujer de fortuna y por lo tanto, el comer ambiciones hasta vomitar, no es nada aconsejable. ¿Por qué demonios se había metido en esto? El dinero ella no lo necesitaba y además, el afecto y amor de Alfred le era completamente indiferente y el sexo con él, en absoluto la dejaba satisfecha. Pero lo peor era el carácter, ese talante tan protector de su primo le ponía a Susan las puntas del talante cuadradas. ¿Por qué entonces? La chica ahora, se desmadejaba tontamente, pues en verdad lo que le ocurría, era su escasa costumbre de hacer aquello que no deseaba y es verdad, que son incontables los hijos de los millonarios, que padecen esta común dolencia.

De todas maneras, si Susan no fuese una mercenaria vengadora al servicio de su padre, ahora no estaría pasando por esto y no se puede dudar, que con veintisiete años bien cumplidos, en absoluto sería posible obligarla. En cierto modo, cualquier psicoanalista nos daría detallada respuesta a su enfermizo proceder, partiendo de la base y circunstancia, de un progenitor semejante.

Alfred mientras tanto, arrancaba pétalos a su margarita como un colegial. Lo primero que debería hacer era apartarla de su desquiciada familia y después, inculcarla reposa humano, para que pudiese ver los colores de otro tipo de vida. El sueño de Alfred era tener una existencia tranquila alejado de las vanidades y de los negocios y si nada obtenía de su búsqueda, se dedicaría de nuevo a viajar, pero esta vez a ser posible, con una mujer que le amase y compartiese con él ese placer.

Tim ahora, ya regresaba solo a buena marcha, el Pontiac era una máquina perfecta para hacerlo. Una vez recorridos unos cuarenta kilómetros, paró para repostar y comer algo. La viuda del hostal le había preparado un bocadillo de tortilla al salir de viaje, pero nuestro hombre no era de bocadillos y en la primera parada de ida, con Susan a bordo, se lo dio a un perro. El famélico animal, que se contaba las costillas a cada lametón, se puso enseguida con el rabo a ventear la retaguardia y tras cuatro mordiscos, certero y atragantado, olisqueó lo que ya no quedaba en el suelo y miró a Tim agradecido y expectante. Era un bicho mediano de color crema oscuro, de esos con cara de no haber roto nunca un plato y que debido a sus orejas agachadas, dan toda la impresión de estar resignados con su mala suerte.

Un perro que nos mira con cara triste, sólo lo hace por falta de cariño, pues por hambre, ningún chucho que se precie pierde su dignidad, solamente y si ese es su destino, perderá la vida. Nada en éste mundo le interesa al can, si cariño no llega a conseguir, y solo por esa razón existe y vive. El Dios sabio y poderoso, depositó en ese animal todas la virtudes esenciales, con el fin de recordarle al endiosado hombre, en su comportamiento afectivo, su roñoso proceder.

Tim después de llenar el estómago en el bar del parador, llenó el depósito del coche y como ya esperaba, el chucho apareció. Esta vez no hubo bocadillo de tortilla para él, pero si un nombre: Tabán. El perro había esperado el regreso de Tim y quizá fuera, por que no tenía otra cosa que hacer, o puede, que su instinto le guiase hasta una buena persona, el caso es, que allí estaba.

Tabán tardo en subir al Pontiac, lo que tarda una mosca en aletear; pero ojo, no porque fuese un coche de lujo, que a los perros les resbalan las vanidades, sino porque el olor de bocadillo se esfumó el día anterior, pero el olor de Tim, lo tenía grabado en el cerebro y entre los mil olores del coche, el de su nuevo amo era de una fragancia extraordinaria.

Después de recorrer trescientos kilómetros y contar unos doscientos lametones en la oreja, Tim llegó al hostal. La posadera salió a recibirle con la típica sonrisa de una dama, a la que sus anhelos le zarandeaban ya los sentimientos. Gran verdad la que nos advierte, que no solo de pan vive el hombre, también de carne no comestible se nutre uno. El viajante libertino, receptor esporádico y satisfecho de cama caliente, muy pronto se percataría lamentablemente, de que las aguas habían regresado al manantial y ya era otro, el que saciaba su sed en él.

El perro, pronto hizo su primera comida en el hostal y después pasó por un baño de manguera y jabón, pues no era cuestión de presentarle en sociedad tan sucio y hambriento. ¡Vaya con Tabán! El chucho tenía inquilinos propios, “quizá no fuese un perro tan miserable”, claro está, que esos alojados sin maletas, no acostumbran a pagar posada.

Alfred combatía un nuevo día con la dichosa obra y toda la puñetera casa era ahora, una senda sucia de carretillos con escombros. El baño estaba ocupado a todas horas, pues a Tom Pelargi, desde luego no le regases el jardín con orina y mucho menos, con hacer lo otro, que le saltaba los dientes a cualquier cochino con el rastrillo. Pero es que, esta experiencia era completamente nueva para Alfred, ya que en obras anteriores, la cosa fue muy diferente y por lo tanto, sus buenas sentadas en la taza del W.C. siempre fueron posibles. ¿Para que demonios tenía contratado a un aparejador? Los buenos técnicos deben de prever y organizar todo eso.

A los dos días, del suelo del salón ya solo quedaban las traviesas y del falso techo nada más que el recuerdo,” todo precioso”. La pobre Marlén no podía con aquello y Alfred por fin le dio fiesta indefinida a su veterana asistenta. No, ya era imposible continuar viviendo allí y nuestro amigo, preparó su bolsa de viaje para instalarse en el hostal junto a Tim, que por cierto, estaba entrando en aquel momento.

Tim no era hombre de casco en la cabeza, pero muy pronto se dio cuenta, que tampoco era hombre de cascotes, así que entró, recibió y salió. Tres contundentes expresiones encadenadas: ¡Caramba! La sorpresa agradable por el “buen aspecto” de la obra. ¡Huyyy! Por el dolor que produce un cuarto de loseta bajando desde tres metros. Y… ¡Mierda! Por la instintiva fuga a mejore pastos. Alfred apenas tuvo tiempo de ver a su chofer, pero… ¡por los siglos! Que nunca olvidaría las tres imágenes que le hicieron carcajear: Sonriente entrante- agachado doliente- precipitado saliente.

Por fortuna nada ocurrió, que un chorro de agua oxigenada y una gasa con cuidado hicieran necesaria otra cosa, pero a partir de entonces, Tim se puso el casco y Tom Pelargi, desde las alturas podando, vio como le amanecía un ayudante que más parecía una seta. De todas maneras, mucho más tranquilo, pues una piña de piñones a tres metros en caída libre no es moco de pavo y, quien quiera que lo compruebe.

La tarde apareció y con ella el vigilante de la obra. Nuestro amigo no estaba para sorpresas y contrató a un guarda, natural que la zona no era necesitada de sirenas nocturnas, pero por si acaso, pues donde no hay vigilante puede haber alguien que vigile y, entre la vecindad de escasa necesidad no se encuentran a menudo ladrones, pero en cuestión de caprichos, la tentación los engendra.

Alfred y Tim, dejaron el polvo de la obra en la ducha del hostal y las toallas perfumadas del chofer, tanto como las atenciones y las encendidas miradas, daban cumplida sospecha a nuestro amigo, de lo que estaba pasando allí con Tim y la posadera. Claro que la cena, dejó al margen todas sus dudas, pues el bistec de Tim se salía del plato, mientras que el de Alfred, necesitó el triple de patatas para no hacer el ridículo. Tim le comentó, que no había tenido encuentro carnal todavía con ella, a lo que Alfred discurrió, que si todas aquellas atenciones eran de momento platónicas, que ocurriría después, cuando al fin tuviera un pegajoso encuentro en el lecho con la dama.

La noche pasó, ignorando los sueños, pues el músculo cansado a más no poder, no tiene parientes a quien atender. De todas maneras, bien que podía haber despertado del profundo letargo, pues en el dominio de una forzada posición, se le fueron a nuestro amigo las defensas conscientes contra una mala postura y así, amaneció con un telele cervical, que parecía que llevaba puesto un alzacuellos de metacrilato. Esas cosas suelen pasarle a uno, por no ser respetuoso con la columna vertebral y como Alfred no lo era, debido a su insana costumbre de dormir sin apenas cambiar de postura, pues le ocurrió. Puede que también la ventana abierta y la brisa de la noche, pusieran de su parte lo que la almohada no pudo, pero de cualquier forma, mal día se presentaba para maniobrar, a menos por supuesto, que hiciera todo el recorrido con vista a la derecha.

Tim por el contrario, durmió como un ángel con el diploma de buena conducta, y no porque su conducta hubiese sido buena, pues en la oscura noche, sus puntillas habían soportado el peso de su cuerpo durante la travesía del pasillo y las escaleras, pero al llegar al lugar deseado, quién soportó su peso fue la posadera y, contenta que lo hizo la mujer.

Tabán, bien atado en la parte trasera del hostal, fue el único que supo del encuentro amoroso de su amo, aparte naturalmente de Dios, pero como el señor no ha dicho nada desde las tablas en el Sinaí y además, Tabán no tenía ni idea de que para hacer el amor hay que esconderse, el secreto sería completo y la reputación de la dama intachable.


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LA BODA Y THEODOR



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LA BODA Y THEODOR

Andando que te anda atribulada por los extraños caminos del pensamiento, Susan dejó la confortable residencia que la vio crecer y se preparó levantisca, para dar el salto felino sobre el foso de Alfred y cual paladín, bajar a golpes de férrea voluntad su puente levadizo. Ni mil arqueros en las almenas, ni pellejos de brea encendida, ni broqueles, ni granizo de piedras, ni ballestas, ni caballeros con peto y espaldares, yelmos y camisotes, ni tan siquiera acericos de alabardas afianzadas en tierra y en ristre se lo impedirían. Nuestro amigo era ya una fortaleza conquistada, pero ella aun no lo sabía.

El mejor disfraz para conquistar a un hombre siempre se debe confeccionar con poca ropa, pero lo que de verdad hace mella en su corazón, es el cariño sincero que reciba de su pareja y a partir de esa premisa, se pone en marcha el ansia humana de compartirlo y devolverlo. Así es casi siempre, una y otra vez, recíprocamente, hasta morir.

Tim atento, le divisó a Susan las espuelas de montar burros a la legua. Casi todos sabemos de oídas, que pensar mal de la gente por sistema te quita de encima muchas frustraciones, claro que como te equivoques y metas en el saco a una de esas poquísimas personas a las que vale un imperio tener a tu lado en esta vida, más te valía no ser mal pensado. Pero lo cierto es, que Tim no era desconfiado por norma, no le hacía ninguna falta, su mayor capacidad de discernimiento le ahorraba siempre muchos revolcones. Pero por supuesto hay que decir ahora, que con el comportamiento de Susan tan indisimulado, no era necesaria la prueba del nueve.

Nuestro amigo ya no se enteraba de nada, solo le apetecía estar con ella y como los obreros seguían con la sucia manía de levantar polvo y además, de embobarse a lo bizco con la chica, pues aquel hostal del pueblo ya empezó a tener el aspecto de plana temporada. Con decir que la patrona contrató a la cocinera una quincena antes del tiempo habitual ya sobra. La base de operaciones pues, fue de traslado repentino a las dependencias de la posada, a petición por supuesto, insistente y cariñosa de Susan.

A partir de entonces allí se juntaban, el capataz, la decoradora, el aparejador y Alfred. Susan entre algodones y deferencias, se escondía de ellos en sus dos habitaciones recién decoradas a su gusto, con el fax y el teléfono, a ver quién gastaba más energía y Tim, a lo suyo: a limpiar y podar. La encantadora patrona, que se llamaba Loreta y era de verdad una mujer que durante el día prefería contar billetes muchísimo más que descansar, ella con prisas, a organizarlo todo: hacer las camas, la compara, barrer, fregar, planchar y servir. El agradecido Tabán por su parte, perdía inquilinos indeseables a marchas forzadas, el chucho seguía atado, pero con las dos visitas diarias de su amo, un pequeño paseo por el campo y el cuenco lleno de comida, se conformaba.

Las cinco habitaciones de la casona recibían ya sus primeros golpes y es bastante curioso, que a destruir el cuerpo pide fuerza y a construir descanso, pues al parecer todos niños en eso, que Dios nos pille a todos confesados. Desde luego que los obreros no desaprovecharon la experiencia de anteriores derribos y andaban todos bufando a la que te pillo unos con otros, pero de los testimonios, nada de momento.

Alfred rendía sus atenciones a su amada durante el día y bien alimentado por la noche, no siempre descansaba. La cena era lo más gratificante de la jornada, pues Susan y Alfred se habían apoderado de una mesa del rincón y allí apartados del resto, ponían con dulces besos, miradas tiernas y manos juntas, los cimientos románticos de su futuro. De eso es de lo único que las jóvenes parejas saben hablar y en cierto modo, no esta mal que lo hagan, así se acostumbra uno a pronosticar, lo que nunca llegará a acontecer. Pero por supuesto que en el caso de ellos, con el dinero saliendo a borbotones por sus cuantas corrientes, bien podrían llegar a buen puerto esos pronósticos, pero claro, la señora mala suerte no discrimina, pues de nadie recibe comisiones, ni tampoco nadie ha recibido una caja de puros, aunque, quién puede saber si esa pécora indeseable fuma.

Entre lirios de cariño y narcisos de caricias, los dos tórtolos acaramelados, pasaban las horas finales del día a inundarse de pasión. Pero una tigresa como Susan, no puede amar nunca su jaula y a los tres días de encierro en el hostal, eran ya tres barrotes en su paisaje, por lo tanto, a vueltas con su melodía de puro amor, aprovechó el instante de más alto romanticismo y dijo:

--- Cariño, he pensado que ya es hora de ver a mis padres y contarles nuestros planes de boda, ya sabes que son algo antiguos y podrían enfadarse. ¿Por qué no vamos éste sábado, que te parece?

--- La verdad es que no me apetece mucho, pero puedes ir tú si quieres.

Era increíble que en tan poco tiempo Alfred se decidiese a dar ese paso, no era cosa habitual en él, pero quizá a nuestro amigo le apretaba más conseguirla y quedarse tranquilo, que la eventualidad de un noviazgo largo y lleno de rivales. Natural que desde que se inventó el divorcio el matrimonio se ha devaluado, pero aun con esa ventaja, sigue siendo una ascensión de cota muy alta. Susan insistió: Vamos hombre, ¿Qué te cuesta venir?

--- No es por eso cariño, solo que tengo miedo de enfadarme con tu padre, ya sabes que nos repelemos. Ves tú.

--- Pero las cosas han cambiado Alfred, ahora vas a ser su yerno.

Nuestro amigo soltó sin pensarlo: ¡Ni me lo recuerdes!

Al final, quedaron que Alfred visitaría a sus suegros para la confección de la lista de boda, pues la ceremonia se situaba para finales de septiembre y eso era ya, a dieciséis semanas de gozo.

Susan no tardó nada en hacer la maleta y Tim en ponerse el uniforme. Los dos salieron con diferentes talantes y Tabán, se quedó a cargo y cuidados de Loreta. El viaje no era de los que se recomiendan, por supuesto, que no por culpa de la ruta ni del coche, lo mencionado anterior, hace referencia a la poca gracia que le hacía a Tim, pasarse kilómetros con la lengua en huelga, pues Susan se comportaba como si en vez de viajar en coche lo hiciera en tren, ella en el vagón de cola y el chofer en la máquina. Es lógico que los que piensan como Susan no vean en esto nada malo, pues es menester según ellos, que entre las diferentes capas sociales corra el aire y a esto, no valen juntamientos, pues los ricos ya tienen bastante con lo del camello y la aguja y a tal promesa bíblica, hay que reconocerlo, no se le pueden poner flores, pues es palabra de Dios y tiene… el que pensar.

El caso es, que no fue todo tal y como pensaba Tim, porque Susan, pasadas diez poblaciones puso a estremecer sus cuerdas bocales. Al principio, solo dijo algo referente al buen tiempo, cosa por otro lado que nos ha servido a todos alguna vez de introducción, aunque sea una estúpida manera para comenzar. Pero Susan muy pronto dejó sus comentarios climáticos y pasó a los laborales y preguntó: ¿Usted ya era chofer de los señores Daniels verdad?

--- Muy cierto señorita, naturalmente si se refiere a los padres del señor.

--- Si, a eso me refería por supuesto.

Susan hizo una corta pausa y tras apagar el décimo cigarrillo prosiguió:

--- Dígame Tim: ¿Sabe que el señor Alfred y yo vamos a casarnos? Según parece, usted y él se llevan muy bien, es posible que se lo haya comentado.

--- Muy cierto señorita, aprovecho para felicitarla, es una gran noticia.

Susan encendió el once, y algo impaciente por la tardanza en llegar a donde ella pretendía volvió a la carga: No me ha contestado Tim… ¿Muy cierto que usted ya lo sabía, o que se llevan muy bien?

¡Vaya con la señorita moldea vestidos! La cuestión era obvia, no le gustaba el trato de confianza que Alfred dispensaba a su chofer. Que puñetera manía tienen algunos babosos cuantabilletes con las diferencias sociales, ni que el dinero fuese el desodorante de sus vómitos y el perfume de sus deposiciones. Tim pensó, que los adinerados que así obren, pueden acuñar su oro en forma de supositorio y después, que sigan la normal tendencia del uso.

Tim contestó: Muy cierto que ambas cosas señorita.

La joven ya sabía lo que a ella le interesaba y quedó en silencio. Luego, tras calcular la inteligencia de Tim y calcularla mal, dijo: Tengo entendido que usted es una persona muy sagaz. Alfred ya me comentó lo de los coches en el aparcamiento. El vehículo rojo era el mío. ¿Cree ahora que yo puedo hacerle daño a mi prometido?

Tim no se lo pensó, a pesar claro está, de que no se esperaba una parrafada tan insidiosa y entonces, dijo algo jocoso: Fue solamente un comentario para darme importancia señorita. Una estupidez imperdonable por mi parte. No puedo pensar en absoluto, que el señor Daniels se deje engañar por nadie y si lo hiciera, no sería por mucho tiempo desde luego.

Susan no tomó en cuenta el comentario, ella todavía no estaba al tanto, de la gran visión de conjunto que Tim poseía, así que paseando despreocupada por los vericuetos de su capacidad mental prosiguió: También me ha dicho, que usted se ha casado tres veces. ¿Es eso cierto?

Tim comprendió a oreja atenta, que Susan ya no pretendía sonsacarle, solo estaba jugando a ser la señora y dejar bien sentado, que sus posiciones sociales estaban extremadamente distanciadas, y no por la categoría que da el papel con dibujitos, sino por la diferencia mental que eso implica. Ya se sabe pensaba Tim, que ha cierta altura hasta la mierda se pierde de vista y además no huele. Susan solo quería establecer, que en las genialidades esporádicas de los inferiores, hay un alto porcentaje de puras casualidades, pues no se encuentran a menudo en la lista de los listos, hombres a tropezar tres veces con el matrimonio. Tim contestó a la pregunta y dijo: Tres veces fui feliz y tres veces desgraciado, pero no me quejo señorita.

Susan ya tenía muy claro que las alabanzas de Alfred, respecto a Tim, eran producto de la imaginación de su prometido, pues hasta el momento nada era de probar lo contrario. El chofer le parecía algo simpático, pero nada más.

Por supuesto que Susan pasó de largo la circunstancia, de que al empleado, no le venía nada bien manifestarse con la debida sinceridad, pero eso, es algo que a ella le era muy difícil de adivinar, pues la auténtica sinceridad, no colgaba del armario de su ropa. Su práctico hábito, era decir aquello que la otra persona esperaba oír, sobre todo, en el caso de la familia y amigos, pues en el de los empleados, lo más divertido es decirles aquello que no esperan, pues si se marchan peor para ellos y si se quedan, lo mismo.

El resto del viaje lo consumió Susan hablando por teléfono con la sede central de la compañía y también, con algunos de sus muchos conocidos para darles la feliz noticia. Lo único que pilló Tim de las diferentes conversaciones, fue algo relativo a problemas de trasporte en la zona sur y como es natural, el director responsable del área, ya solo podría expulsar los gases por la boca, pues el otro orificio por donde se suelen expulsar los gases, estaría demasiado apretado para hacerlo. Para evaluar rápidamente las felicitaciones de los amigos, lo más jugoso es, que de las huecas palabras de Susan, se adivinaban las estupideces que decían los otros y a éstas palabras, como guirnaldas en feria, seguían más y más idioteces. En fin, racimos de majaderías para vendimiadores de sandeces.

El viaje acabó y Tim, se despidió de Susan con toda corrección. Estaba loco por regresar con su patrona, su jefe y su perro, pero debido a la gran distancia y al cansancio, decidió hacer noche en la residencia junto a sus compañeros. Theodor le cumplimentó con su habitual seriedad, era un abuelo sin nietos que solo poseía su trabajo y sus ahorros, aparte por supuesto, de su gran colección de sellos, notable y valiosa desde luego. La cena de aquella noche se prolongó más que de costumbre, pues las noticias traídas por Tim, del compromiso del señor, puso en alerta roja a todo el servicio. Theodor se comportó de forma muy extraña, pero de momento a nadie puso en guardia, pues eran muy conocidos sus chocheos. La cocinera fue la única que se alegró del evento, la gobernanta y las tres doncellas, así como el pinche y el jardinero, no se entusiasmaron en absoluto. Para ellos, hora sería de tener una señora como Dios manda, pero existen tantos números malos en el bombo, que…

Pero lo más chocante e increíble fue, que Theodor al conocer la noticia, dijo un reniego y estrelló su vaso de vino contra la pared y a continuación, salió de la cocina dándole una patada a su silla. Todos naturalmente, se quedaron con la enorme sorpresa y el corazón encogido. Algo no andaba muy bien, o quizá fuera Theodor, quién ya no funcionaba de ninguna manera.

La noche pasó para Tim, a la justa medida de aquel que tiene sueño pero en absoluto puede conciliarlo. Durmió algo, eso desde luego, pero no lo suficiente, para que su cuerpo firmase la paz con la guerra que le dio el viaje. Antes de salir pitando para la casona, intentó tener una pequeña charla con el viejo Theodor, que había sido el causante, debido a su insólito comportamiento, del accidentado descanso de Tim. Pero la charla con el mayordomo fue imposible, el hombre se atrincheró en su cuarto con dos vueltas de llave y por la voz pastosa al contestar, se adivinaba que en algún momento de la noche visitó la bodega. La gobernanta fue más contundente y llamó al cerrajero y al médico, pero Tim, ya tenía problemas con el horario, y dejo la charla para mejor ocasión.

Durante el largo trayecto, el chofer le dio mil vueltas al asunto y de ninguna manera pudo decidir, la forma de comentarle a su jefe el extraño incidente. Su fidelidad hacia Alfred, se tiraba de los pelos con la lealtad debida a Theodor y, es cosa muy natural, que cuando a una persona que respetas le debes meter el dedo en el ojo, por el mismo respeto que le tienes a otra y que a la vez, ambas se quieren y se respetan mucho, pues eso, que quién lo deslíe que lo compre. Claro que por otra parte, como fuese el bicho de la gobernanta la vocera del peliagudo asunto, la cosa sería peor para Theodor, pues la ambiciosa mujer deseaba convertirse en ama de llaves y ese cargo tan responsable y bien remunerado, lo ostentaba desde hacía muchos años el mayordomo. Si tal cosa sucediera pensó Tim, su amigo Theodor podía verse en un serio apuro, ya que la futura dueña de la casa, no era precisamente de las que usan reclinatorios.

Los kilómetros de vuelta al parecer solo tenían ochocientos metros, que diferencia con lo de ida con Susan, que todos pasaban de los mil. Seguramente por eso, las horas de viaje aun siendo las mismas, eran hoy mucho más cortas. Puede que Alfred no estuviese tan equivocado, pues la vida junto a la fastidiosa Susan, sería mucho más jodida pero más larga. En fin, que cada quién viva como a él le apetezca, pero muy en cuenta se tenga, que cien años son solo cien suspiros y a eso, remedio no hay.

Cuando Tabán escuchó llegar el coche, pues desde su situación no podía verlo, el perro se puso como conejo en campo de zanahorias y… le falto muy poco, para romper la cadenilla. Los chucho agradecidos ya se sabe, son muy parecidos a los niños en parque de atracciones, pero con la gran diferencia, de que a los peques hay que montarles diez veces a los caballitos y a los perros, les basta con un para de carantoñas.

Loreta se alegró de la vuelta de Tim lo mismo que Tabán, pero no se le notó tanto como a éste último, pues una sonrisa por muy amplia que fuese, no puede competir ni de lejos con grandes jadeos y un rabo desenfrenado. Pero eso sí, entre Loreta y Tim, los besos y abrazos que no pudieron darse a la luz del día, quedaron aplazados hasta la pronta oscuridad de la noche.

Su jefe ya se encontraba en la casona y el chofer después de cambiarse, hacia allí se dirigió. Había cierto revuelo entre los obreros y Tim no tardó nada en conocer el motivo: Alfred les prometió una paga extra en el mismo momento que descubriesen algo. A los profesionales del ladrillo para el que no lo sepa, les encantan las primas y los destajos, son hombre de buen comer, de buen dormir y buen yacer y además, el que sale buen trabajador, tiene a su parienta si es que la tiene, con el monedero siempre contento, muy al contrario que su espina dorsal, que a la corta o a la larga se pone a fastidiarles. No es que sea un gremio diferente a otros, pues en el mundo de los trabajadores hay mucho deslomado, como por ejemplo: A los currantes del comercio, tanto a los sóbatelas como a los lengualargas, no se les desvían las vertebras con tanta facilidad y por supuesto, que ni polvo comen ni martillo les revienta dedo, pero puestos a sacarle puntas a cada tarea, a éstos últimos, les acuchillan la quejas, les ponen a parir de los nervios algunos clientes y les dan continuamente por el saco los jefes. Puerca vida.

Alfred y Tim, como ya se ha dicho reiteradas veces, se llevaban muy bien y era indiscutible, que cada día mucho mejor. Durante el breve rato de la comida en el hostal, tuvieron la oportunidad de charlar a solas, pues hoy los técnicos gracias a Dios no daban el coñazo. ¿Qué por qué no daban el coñazo? Pues vete a saber, pero seguro que sería, porque en otro lugar y a otra persona le estarían dando con el timbal. Desde luego que la decoradora era aquello que se inventa y no se vende, pues la pobre mujer, aparte de fea que se salía de la especie, tenía un tipo de los que sirven de modelo a los postes, ¡Jesús que tabla! Al aparejador ni flores, muy eficaz eso sí, pero con un talante de esos tan sumamente raros, que te pisan por la mañana y te piden perdón por la tarde, en fin, un caso de hombre.

Lo dicho, que nuestros amigos empezaron una conversación entre platos muy agradable y Tim, naturalmente, debía comentar a su jefe algo referente al viaje, por lo tanto dijo con mucha precaución: Ayer noche estuve en la residencia y puse al corriente al resto del servicio de la buena nueva.

--- ¿A sí? ¿Y qué opinan mis casi olvidados empleados?

Tim comentó: Todos le felicitan y dan su aprobación a la señorita Susan, están muy contentos. Bueno… quizá… quizá Theodor no, pues parecía algo enfadado esa noche, a lo peor se le había extraviado un sello.

--- Vaya por Dios, eso es peligroso, las doncellas tendrán que hacer horas extras, porque mi querido patillas blancas no anda con bromas con su colección.

--- Es cierto señor. El caso es que la posible pérdida, coincidió con la noticia y claro, Theodor tuvo un comportamiento algo brusco, no sería justo pensar, que motivado por la circunstancia de que usted se case.

Alfred, en lo tocante a su amado Theodor, ni pajitas. Así que miró a su chofer con notable curiosidad y desde luego, con la absoluta certeza, de que muy pronto escucharía algo que no le gustaría. Al instante soltó: Estoy esperando una buena aclaración de ese comentario. Adelante Tim.

Tim ya estaba metido en el barrizal hasta el cuello, pero para atrás ya no había puente, así que, aparte de pedirle más pan a Loreta y carraspear tres veces, no le quedó otro remedio que continuar y dijo: Verá señor, es que cuando yo di la buena nueva, a Theodor se le calló un vaso de la mano y sin querer se rompió, luego al levantarse tropezó con una silla y se marchó muy enfadado. Eso es todo, cosas que pasan.

Alfred por descontado que no se tragó la explicación y con toda la flema que le fue posible dijo: Caramba con Theodor, eso si que es grave, pero no entiendo ese enfado tan exagerado por un sello. ¿Qué pasó después?

Tim le vio venir al galope, pero al estampida ya estaba consumada y ahora al chofer, no le quedaba otra cosa que tragarse la embestida y comer hierva. Tim no sabía por dónde salir del embrollo y con una indecisión y timidez que le traicionaban a todas luces, enhebró una respuesta mucho peor y por abreviar dijo:

--- Bueno, pues al parecer, por la mañana vino el médico y el cerrajero y claro, todos pensamos, que Theodor había bebido algo de la bodega y entonces, fue cuando yo me marché. Así que eso es todo.

--- Mire Tim, sé que a usted le preocupa algo y sé también, que su puesto de chofer no teme perderlo, pero mi lealtad y respeto puede que sí, pues eso está claro para mi, que tiene mucho valor en su ánimo. Por lo tanto, espero mayor claridad en sus explicaciones, o en caso contrario, llamaré a la gobernanta.

A Tim acababa su jefe de nombrarle a la bicha, así que dijo: Precisamente por eso se lo he contado señor, ya sabe como es la gobernanta, me temo que también se lo cuente a la señorita Susan y en fin, usted ya me entiende.

--- Lo intento, lo intento, pero por ahora no lo consigo. ¿Qué tiene que ver Susan en todo esto?

Tim ya estaba dispuesto a concluir el tema y optó por el camino del medio diciendo: En el momento en que yo mencioné a la señorita Susan es cuando se le cayó el vaso a Theodor, y ese es el problema señor.

--- Vamos Tim, sin temor, ¿porqué es ese el problema?

--- Por que el vaso se cayó por encima de mi cabeza y fue a estrellarse a mala leche contra la pared, y después, le dio una patada a la silla. Así que lo siento, me dejó frío. Supongo que ahora entiende los motivos de mi indiscreción. Lo lamento, no sabía como contárselo.

Alfred se quedó, como es fácil adivinar, con el tenedor en la boca. Semejante comportamiento de su fiel mayordomo jamás se lo podía imaginar. ¡Ni en sueños! Nuestro amigo estuvo a punto de levantarse de la mesa y llamar a la residencia, pero entonces recordó, la pregunta tan rara que le hizo Theodor, cuando Susan le llevo a casa y por esa circunstancia se contuvo. ¿Qué demonios tenía Theodor contra Susan? No podía ser nada serio por supuesto, pero aun así, el caso era rarísimo.

--- ¿Y no dijo nada más al tirar el vaso?

--- Si señor, pero es una palabra que repetirla si el cabreo necesario es difícil.

Alfred ya no quiso insistir más, pero por supuesto que aquella misma tarde hablaba con el patillas blancas y le sacaba un confesión completa. ¡Vaya que sí!

La tarde no fue aprovechada como el programa dictaba, pues Alfred recibió una llamada del notario y como era de esperar, éste le emplazaba para la lectura del testamento. El acoto debería celebrarse en la ciudad y eso quería decir, que no le quedaba otro remedio que ver antes de tiempo a su “apreciado suegro”. Una lástima claro, pero nada se podía hacer en éstos casos. Alfred llamó a la central y de nuevo el helicóptero pasaría a recogerle, así que Tim esta vez, fue liberado del viaje.

Pronto le dio al chofer las órdenes oportunas para que se hiciese cargo de la obra en su ausencia. La ocupación no suponía gran cosa la verdad, pues el gordo capataz estaba al corriente de lo necesario y además, Alfred esperaba regresar en dos días.

A las ocho de la tarde, el helicóptero le esperaba como una libélula negra y brillante en el campo de planeadores de la zona y nuestro amigo, con una bolsa de viaje y su inseparable American Express, se montó en el y salieron disparados.

Aquella noche, la pasó en un céntrico hotel de la ciudad, pues lo avanzado de la madrugada no le permitía descansar en la residencia, ya que la hora de visita al notario era muy temprana. Una vez allí, el notario le adelantó, pasando por alto el protocolo, que todos los bienes de sus padres ya le pertenecían a él, y solamente quedó: Un enorme apartamento en pleno centro comercial para Susan, y un buen fajo de billetes para Theodor. Ninguna sorpresa, era de esperar. Su padre le dijo alguna vez, que le importaba un pimiento descolorido el resto de la familia y antes de que la fortuna pasara a nombre de su hermano se la regalaría a las monjas. Alfred Daniels segundo no era hombre de iglesia desde luego, pero en interés de cualquier negocio, no le importaba santiguarse. Son cosas muy propias de este mundo asqueroso, creer en Dios y en su palabra, no les impide a muchos hacer todo lo contrario de lo que dicta el evangelio, y en cuanto a pagar por ello en otra vida, bienvenido y vaya por delante lo cobrado en ésta.

El notario no tuvo que esperar, pues Susan confirmó su ausencia y sus padres también lo hicieron, el notario les mandaría una copia del testamento. Theodor fue convocado pero no apareció, seguramente por lo ocurrido. Lo de Susan ya era diferente para Alfred, pues se encontraba de nuevo en Dallas y eso no era lo acordado. ¿Para qué estaría otra vez allí?

Después de recibir los poderes universales de la herencia y a la espera de las copias formalizadas del protocolo, Alfred con el estomago vacío, pues aun no había desayunado, puso a der remedio a esa situación en la cafetería más cercana. Entre los huevos con tocino, la tarta de manzana, el café y el zumo, el hueco del buche desapareció, pero todavía le quedaba por llenar, el hoyo del viaje de Susan a dallas. Lo del vaso volador de Theodor, también quería dejarlo resuelto a poder ser ese mismo día y además, nombrar a Waridell Foster para sustituirle en el consejo. Esto último sin más miramientos, pues quería que Susan, se fuera relajando poco a poco de los negocios y le diera mayor importancia a ser su prometida y futura esposa. Acabado el tentetieso en la cafetería, se dirigió deprisa a la sede central.

De nuevo Waridell Foster estaba en la brecha, el hombre, había pasado un para de semanas aquejado del riñón y eso le mantuvo alejado a la fuerza, pero como no podía ser de otra forma, ya movía papeles en su mesa. Alfred le dio un pasmo doble. El asunto del compromiso y el cargo de presidente del consejo. Claro que al principio Waridell rehusó, pero Alfred insistió de tal manera, que al final no pudo negarse, pero aun así, el alto ejecutivo dijo:

--- Esto no funcionara señor Daniels.

--- ¿Por qué no ha de funcionar? Usted es el más indicado, todos los mandos intermedios le respetan y además, el nivel ejecutivo de todas las áreas le es muy fiel. ¿Qué me dice?

--- La señorita Susan y yo topamos muy a menudo. Creo que no será posible conjugar criterios de dirección, y en cuanto a los altos ejecutivos, hay una camarilla que no es de mi gusto. Pero claro, de momento son intocables.

--- ¡Pues tóquelos! Yo me encargo de Susan y de los accionistas, usted a dirigir las empresas con mi total apoyo. ¡Estamos de acuerdo?

Waridell Foster estuvo de acuerdo, pero con la promesa de Alfred, que si la señorita Susan no abandonaba el puesto de vicepresidenta tras la boda, él regresaría de nuevo a su trabajo. Naturalmente, que nuestro amigo aceptó en la segura convicción, de que su futura esposa empalmaría el viaje de bodas con su nueva labor de amante compañera y en poco tiempo, olvidaría los negocios y las tonterías.

La secretaria personal de Susan no pudo darle ninguna explicación de su viaje a Dallas, pero es que además, tampoco se podía localizarla, pues tenía el móvil desconectado y en la planta A.C.T. tampoco estaba. A la chica como es fácil suponer, ya le estaban dando masajes en el cuerpo, y no porque los de Alfred no fuesen intensos, sino porque los que le repartía el musculoso eran de otro tipo y nuestro amigo, no podía conocer aun, todos los lugares del cuerpo que debían visitarse, para organizarle a su activa prima una ensalada de orgasmos. A Susan le ocurrió con el sexo, lo que les pasa a los devoradores de todas las ansias, pues la chica estaba conociendo a marchas forzadas toda clase de fantasías antinaturales y a partir de eso, el resto de sus años los invertiría en desear, lo que ya jamás podría conseguir del sexo: Un disfrute en la normalidad.

Sea como sea, mientras a Susan le daban empujones y le ponían las nalgas al rojo vergüenza, Alfred llegó a la residencia con la idea inequívoca de dejar zanjado el asunto del mayordomo. Theodor seguía en la cama, la borrachera según dictaminó el médico fue de campeonato y más, teniendo en cuenta, que Theodor nunca bebía. El caso es que, después del aliento y críticas cariñosas, Alfred se plantó en el centro de la cuestión y le preguntó:

--- ¿Qué demonios te pasa con Susan?

Theodor ya se encontraba mucho mejor, pero en aquel momento le convenía encontrarse peor, así que fingió un dolor en el vientre y contestó tímidamente:

---No le entiendo señor. ¿A qué se refiere usted?

--- Vamos patillas blancas, no te pongas ahora a contar nubes de colores y contesta: ¿Qué pasa con Susan?

Entre el bicho peligrosos de la gobernanta y la zoquete de la cocinera, dieron a nuestro amigo pelos y señales del vaso volador, tanto del suceso real, como de lo superfluo añadido, que cada una percibió del incidente y que su propia cosecha dio fruto. Es bastante natural que en una vecindad de criados, las tensiones tengan raíces más profundas que las tranquilidades, pues en la competencia de tareas, de permisos y remuneraciones, se les va el alma a muchos suspirando el cada día. Alfred conocía desde niño, las intrigas entre los componentes del servicio y sus malas artes, pero nunca le dio demasiada importancia, pues como hijo de dueño estaba muy por encima. Pero esta vez, no tuvo otro remedio que hacer una excepción y prohibirles a los criados comentar el incidente con nadie, incluida la nueva señora cuando ésta, tomase posesión y dominio de la casa.

Alfred insistió con Theodor: Deja de fatigarte en el despiste, pues estoy decidido a que me lo cuentes. ¿De acuerdo viejales?

Theodor no soltó prenda, fue inútil presionarle, amenazarle y algo después rogarle, nada surtió efecto. Pero cuando Alfred salió indignado de la habitación y subió en cuatro brincos a la planta superior, Theodor lloró amargamente su falta de coraje. En ocasiones es menester decirlo, que en la conducta de los seres humanos se acumulan pasiones empinadas y miedos absurdos y en esa caótica controversia es cierto, que la delicadeza de cada uno entiende, lo que la razón de los demás ignora. Alfred no llegaba a imaginar, cual sería el escondido secreto de su mayordomo, pero supuso debido a su tozudo silencio, que sus amarres a la cordura se estaban desatando.

La luz del día ya no quiso dar más trabajo a las pupilas y en su giro, se dio otra vuelta por el resto del globo. En ese tiempo enigmático de luces en retirada y sombras al acecho, Alfred se dispuso a encontrar a su amada y por los pelos, embarcó en el último vuelo a Dallas. No estaba muy seguro de poder encontrarla, pero en cualquier caso, más cerca de ella sí estaría.

Mientras tanto, la cena del hostal prometía buen postre. Tim y la posadera afianzaban su amistad en una íntima conversación, pues el establecimiento, no tenía esa noche ningún otro cliente. Es muy cierto, que cuando los años se juntan a puñados y las canas andan jorobando a los presumidos, los mimos y zalemas parecen más pueriles, pero que nadie dude que son más sinceros. La pareja alternativamente, recuerda en voz alta cachos y trocitos de su vida, con aquella nostalgia de saber, que el cotidiano sueño o pesadilla se desvanece con cada despertar y eso, nada de hermoso tiene, por tanto, aquellos que no recuerdan continuamente su pasado, mejor y más lejano contemplan su futuro.

Loreta y Tim, prolongaron la velada de confidencias muchas horas, y su bien sus cuerpos no pasaron por el charlatán viaje con agrado, sus corazones si se lo agradecieron. A las cinco de la madrugada más o menos, las sabanas les cubrieron las carnes por separado y tras pensar ilusionados el uno con el otro, durmieron plácidamente felices. Dorados años aquellos, en que las pasiones ya por fin sacudidas, son como el poso que en el fondo queda, se te adelanta el amor a cualquier ansia y reposa el frenesí vencido.

La dulce mañana sorprendió a nuestro amigo, con el alba rojiza recortando edificios. Dallas es sin dudarlo, una maravilla a todas horas y sus rascacielos, templos de vanidades y altanerías. Si antes llega Alfred a la planta A.C.T. antes se da de bruces con Susan. La joven quedó, sorprendida nerviosa y muda, pero afortunadamente para ella, las gafas de sol disimularos la ojeras que a menudo dejan los delirios. Una excusa se defiende bastante bien, cuando preparada la tienes, pero éste no era el caso y de ahí la equivocación.

--- ¿Cómo que te llamaron para que vinieras? Tu secretaria personal no sabía nada de eso.

Susan como es natural improvisaba la mar de bien. Todos los ejecutivos lo hacen con maestría. Es el primer párrafo, de la primera parte, de la primera lección, del primer curso de ejecutivo aventajado. ¡Pero mucho cuidado! Al universitario endiosado, también a veces se le calientan las pilas al sol y seguro es, que el talento no es el único patrimonio de la formación, pues muchísimos botarates con chiripa y anormales con enchufe, se titulan y cuelgan sus diplomas con las babas.

Susan dando palos de ciego contestó: Me llamaron por el móvil.

--- ¿El móvil? Pues eso es algo raro hija, porque yo no he podido localizarte desde ayer. ¡Vaya mierda de móvil!

Susan tardó, tres buenos minutos en poner la conversación popa al viento y Alfred hay que decirlo, no quedó muy satisfecho con las explicaciones, pero sí naturalmente, de los besos y los roces. El que metió la pata hasta el cuello fue el Director de la planta, que al entrar los dos en el despacho del interfecto dijo:

--- ¡Caramba señorita Susan! ¿Qué la trae por aquí?

La perdiz de mareo todo lo que se pudo, Susan dijo, el Director de la planta no sabía, la chica se lo recordó, el hombre no se enteraba y al final, el juego quedó en tablas. Por supuesto que Alfred tuvo la boca cerrada, pero las orejas no y además, el olfato de que algo olía mal, le puso las parabólicas a destajo. El caso es que, optó por disimular en vez de acometer y pensando de nuevo en Theodor, se enfundo las ganas locas de preguntar y blandió las aptitudes del fingir.

Después de comer algo como dos buenos prometidos, y con una Susan recuperada del susto, decidieron regresar y tras una pequeña demora, se embarcaron en el avión. Algunos vuelos van de bien, para las cosas del nada decir, que son maravillas fantásticas para las situaciones comprometidas y es debido, a que las auxiliares de vuelo te preguntan cosas y más cosas y también, ayudan como no, los enchufes que te pones en las orejas para ver la película. Además de lo anterior, Susan se puso a meter las yemas de los dedos en el ordenador, con la excusa, de terminar un memorándum para el director general y Alfred por descontado la dejó hacer.

Al llegar a la ciudad no tardaron en separarse, pues Alfred ya estaba deseando visitar a Theodor y Susan naturalmente a sus padres. Son cosas de novios, que unas veces van mejor y otras no tan bien, pero queden tranquilos, incluso algunas otras veces, de tan mal ya no pueden ir peor, y también son capaces de ponerse negras y un rato más allá desastrosas, o quizá peliagudas, algo así como nefastas, y puede que siniestras sea poco decir. Pero bien, calma tengamos, que un golpe de tos no le pone medallas a una tuberculosis, ni un triste moco lo hace con un resfriado, ni tan siquiera un vómito a una intoxicación y ya no digamos, una caquita a una diarrea. Así que mucho sosiego y a ennoviarse todos, que parejas faltan.

Alfred no le contó a su prima la conversación mantenida con Waridell Foster, no lo consideró oportuno, pues con un cirio al que le diera hoy el aire ya valía, puesto que si se pone a soplar en los dos, a oscuras nos quedamos. La cosa era de llevarla con mucha inteligencia, porque si una chica es preciosa y te va de perlas acostarte con ella, también te debe ir para levantarte a su lado y, en cuanto a que te engañe con otro, mejor comprobarlo primero y una vez seguro, decidir si prefieres compartirla o buscarte una más fea. Dicho de otro modo, que casi todas la mujeres que son de belleza excepcionales, no tienen por costumbre hacer excepciones y más les dura a ellas un listo que se haga el burro, que un burro que se haga el listo. Por supuesto que con mucha pasta ambos. Y lo de que por culpa de los cuernos no puedas ponerte un sombrero, eso son pamplinas, pues precisamente allí, en las cumbres más ociosas de la sociedad, es donde más sombreros se usan. Pero nadie piense que los vikingos sin casco solo se encuentran en las alturas económicas, pues por desgracia existe mucho currante ciego que no se lee el manual femenino y a consecuencia de eso, se le va la parienta columpiando en los pitones. Así pensaba Alfred.

Susan llegó a su casa y les dio la noticia sus padres. Debería haberlo hecho por teléfono, pero le gustaba recibir las felicitaciones cara a cara. Su padre el inventor de la idea del casorio, como es natural estuvo enseguida alborozado, pero Doritel que sabía mucho de matrimonios de conveniencia, no se alegró tanto, pues bastante amigas y ella misma, ya conocían de cerca las “delicias” de esos enlaces. Las mujeres mal que les pese a mucho, le dan mucha más importancia al amor que al dinero, lo que les pasa, es que intenta conjugar ambas cosas, y no solo por la tranquilidad económica que eso supone, sino por la circunstancia romántica que eso implica.

La celebración en la casa no se hizo esperar. Lionel pletórico de orgullo se pegó al teléfono como hiedra a la pared. El hombre ciego de arrogancia, quería ser el primero en dar la noticia a sus amigos más acaudalados y necesarios y, de paso también, a todos aquellos que despreciaba. Doritel aunque no contenta del todo, no tuvo inconveniente en seguir con la botella de jerez, pues ella era mujer de jerez a todas horas y, con el oporto de su marca preferida, a muchos ratos. Naturalmente tampoco, le hacía ascos a la ginebra y luego con el té, un chorrito de coñac nunca venía mal, pero es que vivir con Lionel Daniels, tenía su punto y su cruz.

Nuestro Alfred por su lado, ya estaba frente a su amigo Theodor y dispuesto como nunca lo estuvo, a arrancarle de cuajo su secreto aun a costa increíble, de quemarle si era menester su colección de sellos. Claro que eso, solo a título de baladronada, pues la cosa hubiese sido demasiado gorda para el pobre patillas blancas.

El viejo criado estaba como un trapo, no sentía corporalmente nada en su sitio y la tristeza, era lo más notorio de su cara. Se había pasado las últimas horas, intentando ponerse de acuerdo y en paz con su conciencia, que siempre, estuvo acomplejada y recluida por su miedo. Par ese menester de introspección, la soledad nada ayuda, claro que la compañía muy poco puede hacer, pero por lo menos, si te comportas de acuerdo con un consejo ajeno, ya tienes una buena disculpa para justificar tu error. De todas formas, la situación era muy complicada, tenía a su señor delante esperando impaciente, y ningún amigo del que recibir un pequeño consejo, por lo tanto, se decidió por el camino peor que podía tomar, según creía él.

Alfred no tuvo necesidad de quemarle los sellos y ni tan siquiera amenazarle con ello, pues el mayordomo con lágrimas en los ojos comentó:

--- Tengo que decirle algo muy triste señor y deseo que me perdone por ello.

--- Nada hay que perdonar patillas blancas, sea lo que sea, tus merecimientos siempre será mayores que tus faltas. Así que adelante.

--- No, yo no he cometido falta alguna señor, pero soy testigo de algo, que a usted le afectará mucho. Por eso tengo miedo de hablar.

Alfred empezó a preocuparse en serio, no era lógico el comportamiento de su fiel mayordomo y su posible pérdida de cordura, estaba descartada por sus expresiones todas muy lúcidas. Estaba cristalino, que ha Theodor le hacía sufrir mucho su secreto y Alfred le dijo:

--- Basta ya, o me harás llorar a mi también y si al final tengo que llorar sin remedio, por lo menos debo enterarme primero. ¿No te parece viejales?

Sin más impedimentos que un profundo sollozo y el pañuelo arrugado en la boca, el viejo le soltó:

--- La señorita Susan era amante de su padre señor, yo los vi varias veces en la biblioteca y también entrar en la habitación de la señora y creo, que tenían un apartamento en la ciudad.

Bonita declaración para el ánimo de un enamorado. Nuestro amigo tardó en sentarse, lo que tarda un plomo en caer. No supo lo que le pasó por la cabeza, pues no eran razonamientos ni nada parecido, fue como una especie de subida de tensión, de cien mil voltios. El estómago se puso a darle vueltas al bazo y los riñones al hígado, se sintió mal y algo después peor. Pero en ningún instante eso sí, pensó que Theodor le había engañado. Alfred aguantó el tirón con bastante aplomo, pero los colores de su vida se habían esfumado.

Se dice que a las penas puñaladas y también se dice, que al mal tiempo buena cara. Pues bien, en casos así, las puñaladas se las darías a cualquiera, en cualquier tiempo y con mala cara. Cuando te retuercen el alma hasta que el sumo dolor llega al cuerpo, lo que queda de ti es una caricatura de lo que eras, pues ahora ya, solo queda un despojo.

Natural que tras el primer impulso viene el razonamiento y algo más tarde la templanza, pero la comprensión y si procede el perdón, se acercarán lentos o rápidos, en proporción a la cuantía del daño. Susan debería explicarle muy bien no el hecho en si mismo, sino el motivo. Aunque ya ninguna explicación o excusa, sería torniquete bastante para la hemorragia.

Ecuanimidad es la palabra, que mejor define al honrado talante y eso es, la única armadura de la conciencia en situaciones parecidas. Nuestro amigo ya no podía discernir sobre los errores humanos, ni tampoco sobre la vileza de algunas pasiones, ni por supuesto en las anomalías de los temperamentos, ni tan siquiera en las influencias perniciosas y ya mucho menos, en la debilidad de la carne azuzada por el maligno. A nada conducía engañarse pues: Aquél que hace de su conducta un carro, capaz de cargar sobre sí toda la humana mierda, a ese sólo perdón darle para ser tú mismo perdonado, y el olvido después regalarle.

Susan merecía la reprobación, pero no el ensañamiento. La joven no tenía mucha conciencia de su mal proceder, su complejo no la dejaba pensar y su descarriada vida, se enredaba continuamente en su débil carácter. Natural que era muy sabedora de lo indigno de su conducta con la madre de Alfred, pero para su talante amoral, era solamente una cuestión de dinero y poder. Ella pensaba, que subordinar su tiempo y su cuerpo a los hombres para el deleite de éstos, bien merecía pasarles una buena factura.

No hay duda, de que cada cuál su precio atesora y también, que cada quién, así mismo se tasa. Pero lo grotesco del asunto, es que en cuestión de sentimientos, a nadie le gusta pagar, por aquello que cree merecer gratis.

Las espadas de Alfred pronto conocieron vaina. Al parecer, su corazón no fue herido muy fuerte. Quizá gracias a Dios, la mágica hechicera no calculó el brebaje. Quizá y mucho mejor, es todo aquello que sigue a lo malo, peor que lo peor, solo es la muerte.


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LORETA Y LIRIA


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LORETA Y LIRIA

Nuestro amigo regreso a la casona con el ánimo arrastrado y melancólico . A esto nada que añadir, ya que todos sabemos que es una noria que marea, pero también, que es algo corriente y muchos jóvenes han pasado por esos vértigos saliendo siempre victoriosos. Así que Alfred, puso tierra de por medio a sus impulsos vengativos y paños calientes a su herida. La única y posible distracción que podía apartar a Susan del pensamiento de nuestro amigo, era la búsqueda de los dichosos testimonios. Pero en la vida algo suele ser cierto: que a corazón enfermo por chica, solo con los dulces cuidados de otra sana.

Tim se alegró mucho del regreso de Alfred, la tabarra de las obras no era su mejor distracción y las cuatro paparruchas que le consultaron, quedaron en la caja de las preguntas sin contestar hasta que regresara su jefe. El chofer en el fondo de los fondos, tampoco aprobaba aquella conducta, no entendía ni la búsqueda, ni las reformas. Absurdo que un hombre tan rico se ponga a gastar dinero y energías en algo tan tonto. Pero de eso la controversia está servida, pues tonto es para unos, lo que inteligente es para otros y en el huerto de la vida, hay verduras para todos los gustos.

Loreta y Tabán ya hacían muy buenas migas. El bicho había perdido a todos sus inquilinos y mejorado notablemente su aspecto, un flamante collar lucia en su cuello y las vacunas, ya jugaban a la gallina ciega con sus leucocitos. Cuanta más energía tenía el chucho, más rápidamente movía la cola.

El jardín empezaba a tener todo el aspecto de la cabeza de un recluta, pero a pesar de lo adelantado de la primavera. Tom Pelargi, sabia muy bien lo que se hacia y en un mes escaso, todos lo arbustos, plantas, arboles y setos, darían precisa respuesta a sus habilidades. Los macizos de flores de temporada andaban a rabiar de colores y salvo la parte de la entrada, que es por donde los obreros tenían servidumbre de paso como caballo de Atila. Salvo eso, el resto fantástico.

El estanque relucía como un sol, los peces habían tomado su dominio y sus evoluciones en el agua, teñían de tonalidades vivas y ondulantes sus cambios constantes de posición. El cenador lo estaban desmantelando los carpinteros y por la maestría que tenían al hacerlo, pronto estaría terminado y dispuesto para celebrar su inauguración. Claro que celebrarlo… ¿con quién?

Las paredes de piedra de cuarenta centímetros y las recias vigas de madera, soportaban la estructura con tranquilidad, pero el tejado, era lo único que le ponía los papeles llenos de dibujitos al aparejador. Naturalmente, que aquel entramado de vigas y traviesas, era una obra de arte y si cien años duró, otros tantos podría soportar, pues la madera estaba en perfecto estado. Pero claro, la cuestión no pasaba por la solidez, sino por la necesidad de aumentar el presupuesto. Maravillas de la construcción sin conciencia y que muy a menudo pasan en la vida: No se debe correr aventurando, pues es mejor pasear para mucho más ganar, e ir lento pensando y presupuestando.

Alfred acudió a la obra pero estuvo muy distante, no le apetecía hacer nada y se pasaba el rato sentado en el jardín y pensativo. Los primeros días ya se sabe, son como los escozores de la que viene y va, a ratos la chica vituperada y a ratos perdonada, y eso es así, porque el amor se resiste a morir.

En fin, que todo adelantaba presuroso al verano. La gente que curioso: se hace más simpática en primavera, todas la buenas vibraciones llegan en abril y se van en noviembre, al igual, que el moreno de la piel y las cosas dulces que cuelgan de los arboles; bendita estación.

Alfred tardo un par de días en confesarle a Tim, el asunto de Susan y lo que eso suponía para él de amarga situación. La chica ni tan siquiera le había llamado, eso solo podía significar, que la nota que le dejó nuestro amigo en el despacho a ella, la puso a comerse las uñas de vergüenza. Es cosa lógica que Susan tardase en dar señales de vida, pues estaba muy claro ahora, que lo primero que tendría que hacer era intentar averiguar por todos los medios, en que fuente indiscreta había su prometido llenado el cántaro. Sea quien fuese el informador, la maniobra de negación o perdón, debía ser en concordancia. Pero la chica de momento, no pillaba al saltamontes por las sierras y por tanto, escoger entre una u otra maniobra, era muy aventurado y peligroso. Lo más probable, es que algún vecino del apartamento fuese el delator, pero su encuesta no adelantaba en absoluto y tanto el enfado por calumnias o el arrepentimiento, deberían confeccionarse en breve, pues si no, no serían en absoluto creíbles.

Tim se lo contó a Loreta aquella misma noche, pues tocaba estar juntos y en eso, ya no se hacían concesiones a la reputación. Tanto el uno como otro, había tenido tiempo de amasar soledades y ahora como es natural, querían emborracharse de compañía. Por supuesto que, alimentado el espíritu, el cuerpo merece un par de empujones, pues eso nunca viene mal y nadie diga lo contrario, porque el que hiciere, muy cerca está de no saber en que mundo se encuentra. Además ya se sabe, que los años son como macutos llenos de experiencia y con el peso, puede que a traspiés andes, pero desde luego llegar llegas y si es verdad, que se pierde potencia a efectos amatorios, también es cierto, que se gana en comunicación. Nadie debe reírse de estos pensamientos de Tim, pues la juventud de todos, tiene como objetivo final la vejez.

Tanto Loreta como el chofer, se desvivían por hacerle la vida más soportable a nuestro amigo, pero él hundido en sí mismo, no parecía atender a sus cuidados. Es muy natural que agradecía la intención, solo que se sentía vacío y apagado, pues no le entraba en la cabeza de ninguna forma la conducta tan reprochable de su prima, ni por supuesto, tampoco la de su padre al educarla.

A Loreta como a cualquier mujer, le gustaban los líos del romanticismo y casi como a todas, el matusalén oficio de casamentera y salvadora. Eso es algo, que las pone de contentas como a niñas en confitería. Esto viene a cuento, de que la muy simpática y bien parecida Loreta, disponía no demasiado lejos, de una sobrina en la edad justa de fastidiar a los hombres, que era también, una chica guapa e inteligente y de proporciones y contornos sumamente artísticos. En fin, una mujer de las que como Susan, no destacaban precisamente por su composición química, sino volumétrica.

La citada sobrina se llamaba Liria, hacia un mes escaso que había soplado las veintidós velitas en su pastel y era una mujer, preciosa entre las preciosas de los tobillos para arriba. Además, por una casualidad muy interesante para el guapo de Alfred, su sobrina estudiaba en aquél momento civilizaciones precolombinas y como es lógico, le encantaría el desatino buscador de nuestro amigo. El caso es que Loreta, no tardó en notificar a Liria que sería muy bien recibida en el hostal y de paso, le adelantó el físico y talante de Alfred, eso ayudaría sin duda a Liria, para decidirse en visitar a su tía.

A Liria le gustó el programa. La chica ya estaba terminando de empaquetar los exámenes, pues a la vuelta de dos semanas habrían concluido y como era una empollona de esas que deshilachan codos y queman cejas, a ella nunca le quedaban asignaturas pendientes. Liria no se había decidido aún a salir a tiro fijo con alguno de los alelados muchachos que la rondaban y por esa circunstancia aceptó. No se sabe si por que hacia años que no visitaba a su tía, o por las pajareras que ésta le metió en la cabeza respecto de Alfred.

A muchas millas de distancia del pueblo, Susan agobiada, había decidido poner en marcha su fina estrategia de arrepentida y desconsolada. Y lo más lamentable del caso, es que no lo hacia por sacarle a su primo la espina de la indignación, ni por supuesto, porque le diese alguna pena su personal estado. Ni por eso, ni por nada semejante, solamente fue, por que un leal dirigente ocupaba el despacho de presidente y ya se había cargado a un par de ejecutivos del bando contrario, o sea, el de ella. La circular a todos lo empleados y jefes firmada por Alfred y nombrando a James Waridell Foster como nuevo presidente de las empresas Daniels, le cogió de canto a Susan y ésta, ya se temía lo peor, pues Waridell no tardaría en indagar el asunto de Carbel Toys y a buen seguro, que encontraría algún cabo de donde tirar.

Susan por lo tanto y a despecho, redactó una carta para su primo contándole en ella las típicas patrañas que siempre se cuentan cuando a uno, le viene de perlas el contarlas. De hecho, Alfred ya se imaginaba todas las excusas que ella podría esgrimir: Que nunca supo lo que hacía, que fue una nube de un corto chaparrón, que la bebida intervino en la caída, que fue en el preciso momento en que atravesaba una crisis personal, que de haberlo pensado y no lo pensó, en fin. Todos los planteamientos ya estaban previstos, pero no hay que negar que solicitar el perdón a tiempo, puede ser la disculpa necesaria y esperada, para que alguien que ya está predispuesto a perdonar y necesite una excusa para hacerlo.

Alfred recibió la carta y tras dos días de silencio la llamó. Los lloriqueos de la mujer, tienen más fuerza en el ánimo amarrado del hombre, que todas las maromas de barco juntas. Así que nuestro amigo de momento se desahogó con ella a base de reproches y después cedió. Susan le juró y perjuró, que el único hombre de su vida era él y ante semejantes argumentos, no fueron posibles las defensas. Con todo, se dieron mutuamente unas semanas para pensarlo y después, decidir entre los dos si valía la pena seguir juntando los pedazos que todavía les quedasen sueltos. No es que fuese una victoria definitiva para Susan, pues ya nunca sería lo mismo que antes, pero de momento, había salvado la cara y eso ya era una ventaja. Ella no necesitaba el cariño de Alfred, ni tampoco su amor, pero ambicionaba su dinero y como la ley en California establece la mitad de los bienes para cada uno en caso de divorcio, pues con eso bastaba. ¿Cómo se puede defender el cálido corazón contra los ataques del frío cerebro? ¡Eso es imposible! Mientras que uno solo piensa en vencer, el otro se afana en capitular. ¡Menuda guerra!

La obra como siempre, seguía sin dar ninguna pista de los testimonios, eso ya no era novedad, pero cuanto más adelantaba, más frustrado Alfred. En las anteriores ocurrió lo mismo, mucha ilusión al empezar y buen desengaño al terminar. ¡Y con ésta ya eran siete! Si por lo menos supiera que es lo que estaba buscado, tal vez por el tamaño se pudiese deducir el emplazamiento, en el supuesto naturalmente, de que ese objeto misterioso que buscaba estuviese allí. El enigmático indio le dijo: Que en la última morada, del último descendiente, de aquel hombre que relucía como el sol, los testimonios aparecerían. Alfred desde luego, no tenía duda de que las siete propiedades compradas y desmanteladas, pertenecieron a Justiciano Valdés y que éste, descendía en línea directa del capitán español tras veinte generaciones. Por lo tanto y en vista de que no existía más descendencia, los testimonios deberían estar allí, pero claro, a saber en dónde. La empresa que le vendió las propiedades a un alto precio, se dedicaba a urbanizar y construir y todos los terrenos donde se afincaban las casonas, fueron comprados al condado, que a su vez, los recibió en donación de Justiciano Valdés.

Es natural que nuestro amigo, viendo esfumarse día a día la posibilidad del hallazgo, empezase a tener más dudas que un huerto caracoles. A lo peor, todos tenían razón e él estaba equivocado. ¿Una quimera tal vez? Puede que sí, pero la verdad es, que Alfred se resistía a creer en esta posibilidad. Aquél indio le impresionó sobremanera, pues parecía venido de otro mundo, como si fuera un habitante estelar forzado a vivir en éste planeta, un anacoreta cósmico o algo parecido. Y esto, no en el sentido desproporcionado o estrafalario, sino, como un ente fuera de control terrenal encaramado a la sabiduría y la trascendencia y, con un poderío de persuasión y profundidad en la palabra: Extraordinario.

Claro está, que muchos embaucadores se reflejan en esas imágenes, pero como ya se ha dicho, Alfred disponía de un sexto sentido para conocer a las personas y eso, nunca le había fallado. En el caso de Susan, la situación fue muy diferente, pues nuestro amigo se había enamorado por primera vez y en tal estado, el hombre pierde contacto con el suelo. El centro de la cuestión referente al indio, es que todo lo que éste le dijo fue absoluta verdad, pues los pasos que dio Alfred en las distintas averiguaciones se cumplieron a rajatabla. Los antropólogos eruditos mexicanos, establecieron que los testimonios podían ser una fábula, pero por supuesto constataron, que tanto la fecha como la situación eran ciertas y no solo eso, sino que se sorprendieron de la exactitud de la narración histórica del indio. Lo más peliagudo fue encontrar el nombre del capitán español y de hecho no se encontró, pues no existía dato histórico, pero en el año 1520, las huestes conquistadoras eran escasas y muy pocos hombres podían llevar una armadura como la que describió el indio. Una tras otra, las pesquisas de una docena de investigadores confirmaron esa descripción y así, nuestro amigo llegó hasta la singular armadura expuesta en el museo del condado, y después, sin mayor contratiempo a las propiedades.

La cosa estaba clara, los testimonios debían estar en alguna morada que decía el indio, y ésta era la última, ya sería hora de encontrarla. De todas formas, Alfred se lo tomaba con cierta calma, no en vano, la resignación le rondaba por la cabeza tras lo ocurrido con Susan. Por un lado estaba deseando perdonarla y por otro retorcerle el cuello, un lío de difícil solución, por lo menos de momento.

El décimo día de junio, la temporada alta del hostal se iniciaba y dentro de pocos días, todas las habitaciones estarían reservadas, así que, una quedó fija para Tim y otra para Alfred. La de Tim la mejor, eso descartado, pues Loreta estaba con él como princesa casadera al lado de príncipe guapo. ¡Una exageración! La mujer desde luego, tenía derecho a contar el resto de sus días con un hombre de verdad, porque hasta la fecha lamentablemente, su suerte al escoger, merecía patada en el trasero. Su difunto marido no fue malo del todo, pero le gustaba catar vinos y licores y eso en un establecimiento con un bar, es como saco de algarrobas para burro. Algo después, tuvo un lío con el alcalde del pueblo que le concedió la licencia de obras para agrandar el hostal y no contento con las tasas, se procuró otras ventajas con la viuda. Ella accedió a la intimidad por amor, pero las promesas de divorcio del primer edil no se cumplieron, pues andaba el regidor demasiado metido en política para un divorcio y eso naturalmente, podía restarle votos. Lo de siempre.

Lo del viajante de comercio, fue solamente tendencia irreprimible de noche de San Juan, pero duró, hasta noche de Todos los Santos. Aquel viajante era el colmo, vendía más a la caída del sol que cuando el astro rey campaba en su dominio y eso, que su negocio eran los toldos y sombrillas. ¡Menudo pájaro!

Pero al fin, Loreta ya estaba de buenas y Tim, reunía todos los requisitos que a una mujer con su experiencia y talante agradaban, y no solo eso, pues el chofer, con su carácter y sus mimos, la tenían canturreando todo el santo día. Una suerte muy esperada y merecida, una buena mujer Loreta.

Tabán estaba precioso y no porque el chucho fuese muy agraciado, sino por lo bien cuidado y algo consentido que estaba. Bueno, atención con eso de consentido, pues en el hostal no se le permitían ciertas licencias como es lógico, para esas cosas que hacen los perros, en los lugares con techo nada de nada. El bicho que ya tenía mucha experiencia en pérdida de dueños, lo captó desde el principio y desde luego que a él no le pillaban otra vez y además, lo del collar nuevecito que le habían comprado… ¡cuidado con eso, ni tocarlo! que llevaba gravado el nombre de Tabán en mayúsculas.

Susan hacía las maletas para encarar la prueba final: el encuentro cara a cara con su primo, que como ya sabemos, la esperaba con sentimientos enfrentados. Pero mira por dónde no muy lejos, otra beldad se aprestaba con agudos encantos a participar en la contienda. Dos mujeres de película, para un sainete de poderes femeninos y de tormenta sentimental. ¡Sálvese quien pueda de los truenos!

Liria llegó dos días antes que Susan y aquello, se puso a reventar de bonito. Qué manera de sobrepasar lo hermoso. Alfred quedó pasmado y eso, que la chica no pretendía asombrar a nadie, pues aún no estaba segura de las palabras de su tía, pero en cuanto la chica comprobó, que por fuera Alfred no tenía desperdicio y además era muy simpático y algo tímido, la cosa fue de tobogán engrasado.

Morena, ojos verdes, mentón decidido, pelo largo, cuello fino, voz de ángel, manos de seda, boca perfecta, elegancia cuidada, pechos dos y… ¡Por Dios que dos! ¡Bárbaro! Tim, que no tenía esperanzas de sustituir a Susan por Liria, casi se cuelga de la lámpara al verla, las esperanzas habían regresado. El chofer ya tenía cierta idea, pues Loreta le había enseñado unas fotos de la chica, pero claro, hay cosas que no salen en las fotos, sobre todo los relieves y las chispas de las miradas. No es que fuese una chica interesante para él, pues pensaba, que a una mujer de veintidós años todavía le quedan muchos desprendimientos de carácter antes de los primeros derribos. Pero es que en este caso, era una joven tan sumamente guapa, que mirarla ya te aplazaba la aparición de cataratas.

Para Alfred fue un hallazgo, no podía imaginar que alguien pudiera hacerle la competencia a Susan. Cierto que en algunas revistas aparecen mujeres como ellas muy a menudo, pero seguramente eran de fantasía. Y en cuanto a las de pago, siempre fueron mucho más caras que guapas, aunque eso sí, saber de lo “otro”, que le interesa a uno en conocidas circunstancias, de eso sí sabían. Pero es que a nuestro amigo, tampoco se le había ocurrido buscar bellezas por el mundo para ligar con ellas, pues en ciertos ambientes opulentos, son tan habituales como espinas en un cactus.

El caso es que Alfred estaba de suerte, un muro de belleza frente a otro, es un buen camino para circular. No es desde luego como un cauce de aguas mansas, pero por lo menos muy refrescantes y en aquellos precisos momentos, le venían de perlas las comparaciones. De ese detalle competencial es de lo que se alegraba Tim a rabiar, puesto que su simpatía por Susan era completamente nula.

La cosa al principio, es solo atracción física y por supuesto, atracción hubo, pero tanto Liria como Alfred, eran muy poco expertos en seducción. Eso a veces es de lógica menester pues ya sabemos, que a las primeras de cambio, solo hay prudentes observaciones y poco más, pero no olvidemos que seducir es adelantar terreno con buen pie, y una mujer templada y seductora, es mucho más que guapa, es un carro cargado de encantos. Susan le llevaba mucha ventaja a Liria en eso, pero lo malo era el lastre que arrastraba, así que las dos más o menos, partían en la carrera de obstáculos igualadas.

Bien, pues aquella noche, los chicos cambiaron algunas palabras, pero de esas frases sin intenciones y que se cambian entre la gente agradable: El cómo te llamas, en dónde vives, que es lo que te gusta hacer, para cuantos días has venido, etc. etc. Son muy conocidas esas frases y también, la posición nerviosa de las manos al pronunciarlas, pero son momentos cosquilleantes cuando te agrada mucho el interlocutor.

Liria estuvo todo el rato más nerviosa que un flan. No hay que olvidar, que Alfred le sacaba treinta centímetros de altura y además de eso, era guapo de mojar pan. Los seis años de diferencia entre ambos pasen, pues algunos profesores y conocidos de la chica, la apretaban siempre que excusa tenían y muchos naturalmente, eran mayores verdes y controlaban sus tendencias con dificultad, pero tan guapos ninguno, ni tan amables, ni tan tiernos, ni tan… En fin, que Alfred era un bollitos dulce de los que ya se disfrutan con la vista, así que probarlo a mordisquitos, seguro una delicia. La cuestión de la altura también tiene su truco para las cervicales y si a esto añadimos, manos que no sabes dónde ponerles para parecer tranquilo y tímidos rubores, ya tenemos a los nervios trotando.

De todas maneras, el primer asalto fue nulo, cosas de jóvenes hubiera pensado Tim, pero eso solo en lo tocante a la posición, pues en el buen trato, los dos ganaros a los puntos. Cualquiera que los viese diría: ¡Ya pueden ya! Claro, un chico guapo y rico, y una mujer joven y tan hermosa que casi te tiemblan las piernas, desde luego que poder pueden.

Loreta como no podía ser menos, se frotaba las manos de orgullosa. ¡Vaya sobrina que le había tocado en suerte! Y eso, que Loreta no era fea, pero su cuñado y hermana, merecían reverencias por su buen acierto en la cama. Además, la chica era un primor: Simpática, culta, cariñosa, amante del hogar y un montón de cosas más y todas buenas, en fin, anillo para dedo de Alfred.

Los enredos de los planos y lo dibujitos, dieron bastante trabajo a nuestro amigo, así que apenas la vio un par veces, pero tiempo habría desde luego.

El miércoles apareció Susan y como siempre que la chica aparecía, era como abrir una revista de modas. Una pamela rosa salmón y dos cintas al viento, dentro del descapotable que conducía, puso a toda la gente del pueblo de bocas abiertas y ojos saltones. Así que, si describir a Liria es un placer, hacerlo con Susan es un regodeo. Las dos prácticamente iguales y al mismo tiempo totalmente diferentes. Una como belleza misteriosa y la otra como hermosura natural, dos campeonas en fabricar sueños para los hombres. Susan dejando a un lado su carácter, disfrutaba de una configuración exquisita y su rostro como ya se ha dicho un deleite, además, las frutas maduras tienen por costumbre ser dulces y salvo aquella amarga experiencia de Alfred, el resto a reventar de bueno.

Loreta no tuvo más remedio que habilitar una habitación para Susan, no le resultó agradable, pues con lo que sabía de ella y la murga que le dio la vez anterior de huésped, con eso ya tenía bastante. Las mujeres casi nunca saben esconder sus antipatías y Loreta naturalmente, no era una excepción.

Susan enseguida se dio cuenta de que no era muy bienvenida la hostal, pues tuvo que subirse las maletas ella misma y aparte de eso, “le tocó en suerte”, la habitación con la ventana más pequeña. Loreta estuvo a punto de darle una habitación con la ducha estropeada, pero no se atrevió, no fuera el caso, que entonces la tigresa se fuera a duchar a la habitación de Alfred.

Nuestro amigo se presentó a la hora de comer y tan solo asomar por el pasillo de la primera planta, Susan se colgó de su cuello para llorar. Fue un corto abrazo embarazoso para ambos, pero pasado el remojón de hombros, se metieron en el cuarto de Alfred a tocar el tema con civilizada conversación. La casa duró, pero tras media hora de disculpas, abrazos y besos, el trago de Susan quedó digerido.

Cuando se sentaron en la mesa del rincón, nadie pudo pensar que Susan había llorado y si algo, se adivinaba de tirantez entre ellos, era la cara de Alfred, que estaba más avinagrada que la ensalada. Liria por el momento no quiso aparecer, pero de haberlo deseado su tía no la hubiese dejado salir de la cocina, pues según Loreta, aquél no era un buen momento para el abordaje y eso, a Liria no le importó en absoluto, más bien todo lo contrario, pues ya se encontraba demasiado cohibida en presencia de Alfred, como para soportar la miradas de Susan. No es que Liria fuese extremadamente tímida, pues también tenía su carácter, solo que, todavía no se había soltado. Pero no se deben confundir prudencia y buenas maneras con timidez y cobardía, pues esas confusiones dan sorpresas.

Las dos horas transcurrieron sin más penas. Tim en otra mesa a cierta distancia, observaba a la pareja con disimulo y Loreta todo lo contrario pues a la posadera, le reventaban las niñas de papá y, porque la situación personal con el chofer la frenaba que sino…

El aparejador apareció providencialmente y con él la excusa de Alfred, para salir los dos hacia la casona con los nuevos planos, así que Susan, se despidió hasta la noche y se encerró en su cuarto malhumorada.

La tarde fue aburrida para todos, una esperaba el regreso del otro, el otro no tenía muchas ganas de regresar y Tim, apenas tenía trabajo con Tom. Loreta a charlar con Liria y Tabán, a pegarse una siesta de narices. Al chucho sí que le venía holgado aquel enredo, era el único al que le importaba una pulga todo aquello.

Al final del día llegó la cena, pero esta vez, para Loreta con mucho trabajo, pues se le presentaron diez turistas para cenar de esos que van a la aventura sin programa determinado. Esa gente sin duda, son el aire fresco de los negocios de hostelería, pues pagan lo que les pides y comen lo que les das y también, son simpáticos y amables incluso para pedir.

Tim muy decidido, se metió dentro de la barra del bar para ayudar y después de inundar el sumidero del grifo de la cerveza y de romper tres vasos y una copa, se sentó de nuevo muy decidido. Loreta era como un torbellino trabajando, sabía servir a la gente como nadie y su preciosa sonrisa, era de esas que te hacen olvidar la cuenta. Al chofer le dejó de piedra la energía y saber estar de la posadera, que gran mujer. ¿Habría tiempo para una cuarta boda?

Después de cenar y cuando los turistas regresaron a sus caravanas, Susan vio por primera vez a una posible oponente. Liria estaba distanciada y sentada junto a su Loreta y Tim, pero las miradas de la chica a nuestro amigo y la respuesta visual de Alfred, pronto pusieron sobre aviso a la tigresa y…

Susan preguntó: ¿Quién es esa chica?

---La sobrina de la posadera creo.

Susan no preguntó nada más, estaba centrada en conseguir una sesión de cama con Alfred. Eso era de momento lo más importante, la cama es la soldadura ideal para las heridas del corazón, casi todos sabemos eso, no hay agravio que se resista a una buena sesión de sexo, naturalmente, si la ofensa a redimir no es reiterada y en el amor añadido se dan los requisitos mínimos. Alfred ya no tardaría en ceder, de eso ella estaba muy segura, pues la circunstancia de la proximidad, empujaría a buen ritmo la maniobra pasional.

La tigresa le contó a nuestro amigo, la historia del suceso con respecto a su relación con su padre, pero Alfred por descontado que no se la tragó. Claro que, la gran afición que tenía la madre de Alfred en despedir sirvientas, al parecer sería culpa de su padre, que el hombre siempre había sido un poco ligero de cascos con ellas. Es lógico pensar, que si Susan se le acercó un poco demasiado, quizá y como contaba la chica, la cosa se desmadró totalmente y sin remedio pasó. Pero eso no justificaba los encuentros en la cama de su madre, para esas cosa existen otro lugares más apropiados y que son menos personales que las sábanas de uno. Así que el peso de la indignación de nuestro amigo, se centraba por completo en que hubiera traicionado a su madre, pues la mujer fue siempre muy cariñosa y tierna con su sobrina.

Aquella noche, Susan no consiguió su propósito, pero muy cerca estuvo. Los labios calientes de la chica y sus manos expertas, le dieron a nuestro Alfred motivos más que suficientes para desearlo. El perfume de ella le embobaba y sus carnes prietas le confundían la voluntad. Que verdad es aquella que nos dice, que a periscopio tieso no le cuentes historias para bajarlo, pues orejas no tiene y por tanto no te oye.

Bueno, pues la noche pasó para algunos hospedados, a morder puntas de sábanas con talante diferente: Para Susan con rabia y para Liria con ilusión, pues Loreta, le había contado la barrabasada que Susan le había hecho a su primo y eso, ya era razón suficiente para intentar consolarle.

La siguiente mañana se desperezó. Liria y Alfred ya charlaban, cuando Susan todavía estaba durmiendo y eso siempre les pasa, a las contendientes que no están entrenadas para madrugar.

Alfred dijo: Ayer estabas muy ocupada, ¿has venido para descansar o para trabajar?

--- No hay descanso si antes no trabajas y mi tía me deja hacer ambas cosas, pero hoy no tengo planes.

El desayuno para Alfred, era muy especial ese día: Hamburguesa con aros de cebolla y pan tierno y además, ojos esmeralda y labios de rubí. Nuestro amigo no tardó mucho en invitarla a dar un paseo, Loreta no puso inconvenientes y Tim tampoco, a Tabán ni mencionarlo, que esa era la hora del paseo matutino, así que fantástico.

Salieron andando muy despacio los jóvenes y pronto llegaron al final del pueblo. Esas horas no son de pasear desde luego, pues eso debe hacerse en el crepúsculo y no con la amanecida reciente, pero como a ellos dos les pareció bien y ya no se sonaban los mocos continuamente y además, era un país libre, pues salieron a pasear.

Alfred la miraba con profunda devoción y Liria algo cohibida, escondía su rubor con sonrisas y bajando la cabeza. Liria era un puro cielo y además, en el momento en que Alfred le contó lo de la búsqueda de los testimonios, para evitar que alguien se lo contase a la chica antes que él y así, ella le tomase por un loco de atar, Liria le dejó con la boca abierta preguntando: ¿Cómo es posible un indio Tepaneca en la baja California? Tengo entendido que se extinguieron antes de colonizar esa península.

--- ¿No me digas que conoces la historia de Méjico?

--- Pues sí, no es que sepa mucho, pero lo suficiente para opinar.

Alfred acabó de contarle la historia de su búsqueda con la ilusión pasada por lo más alto. Era increíble que Liria dominase el tema como lo hacía, claro está, que buena parte de sus estudios pasaban por el conocimiento exhaustivo de todo ello.

--- ¿Te dijo el indio si eso fue antes de la cuádruple alianza?

--- ¡No tengo ni idea de que me estás ablando!

--- Sí hombre. Los aztecas se unieron contra el tirano Maxtla y a partir de ahí, el imperio Tepaneca desapareció. Por eso te pregunto, si ese Teomamaque se llevó con él los testimonios y si eso fue, antes del primer Moctezuma en 1440, o del segundo en 1503, pues los dos fueron Tlatoanis, es decir, soberanos.

¡Vaya! A esta había que ponerle piedras en los bolsillos o en caso contrario, se le subiría a lo más alto como un vigía. Eso pensó Alfred y no le faltaban razones. Lo del Teomamaque, era simplemente un sacerdote de la época, pero a nuestro amigo le pareció al pronunciarlo, como cuando tienes tachuelas en la boca. Bueno pues, la cosa siguió la mar de interesante y Alfred, que pensaba ser el más informado de la comarca respecto de los Tepanecas, se quedó con un palmo de narices. Menuda lección le había dado, la ojos esmeralda, sonrisa de encanto, voz de querubín, pelo de seda, cuerpo de…

Para cuando dos horas más tarde regresaron al hostal, Liria había adelantado en la admiración de Alfred, como caballo pura sangre en carrera de tortugas. En el establecimiento ya les esperaba Susan, que puesta al corriente por una Loreta la mar de contenta, se comía las uñas con saña. Normalmente a la tigresa, no le salían competidoras peligrosas, pero la situación frente a su primo, no le permitía ser optimista y desde luego que la rival Liria, no era para que Susan estuviese de brazos cruzados. Las presentaciones de rigor, fueron entre ellas de fuego en los ojos y de tirria en el corazón y eso se sabe, porque dos mujeres con los mismos gustos masculinos, se repelen en cuanto saben que no existe hermano gemelo. Liria se sonrió forzada y Susan, se limitó a coger por el brazo a Alfred y besarle en la boca.

Alfred no estaba particularmente inclinado por una o por otra, solo que, a cualquiera le gusta estar rodeado de maravillas. Enseguida advirtió como es natural, la poca simpatía que ambas se prodigaban, pero eso no le molestó en absoluto, habida cuenta de que el motivo era él.

Como no podía ser de otra manera, poco a poco fue repartiendo su tiempo con las dos. Esto lógicamente a ninguna dejaba contenta, pero a Susan que no tenía más remedio que aceptarlo, la ponía histérica el invento. En cambio a Liria, que era nuevo para ella tener una oponente tan aventajada, no le desagradaba del todo. Alfred valía la pena claro, pero no tanto que justificase un episodio ansiolítico. Loreta apostaría el hostal y dos dedos de su mano, a que su sobrina llegaría tranquila a la meta, cuando Susan estuviese aun galopando en la curva de tribunas. Pero eso, Tim no lo tenía tan claro, pues gobernar una yegua ganadora no es lo mismo que gobernar a una mujer y en ese tipo de carreras, gane quien gane, el jinete no va siempre por encima, a veces cambia la situación y la posición y entonces, la fusta pasa a dominio de la hembra.

Los camisetas sucias no podían creerlo: ¿De dónde sacaba aquél tío aquellas tías? Liria no era una rompedora de moldes, más que nada, porque no vestía como su rival, pues curvas no le faltaban a la chica, pero claro, es necesario tener cierta práctica y costumbre para ponerse sobre la piel vestidos tan ajustados. De todas formas era un pimpollo y eso en una primavera tan avanzada, es un latigazo en los anhelos. La chica visitó la obra a petición de Alfred, pero aparte de la petición, también lo hizo por curiosidad y también en parte, por estar un rato más con Alfred. Nuestro amigo se comportaba como un caballero y a la dulce Liria, le gustaba sentirse como una dama respetada, aunque claro, un poco de lo “otro” tampoco vendría mal. Lo otro en el sentido de la osadía, pues los días pasan y las vacaciones terminan y antes de terminarlo todo, por lo menos, haber empezado con algo.

Alfred le preguntó: ¿Qué te parece todo esto? ¿Está avanzado verdad?

--- Es una casa muy bonita, tiene muchas posibilidades.

--- Me refería a la búsqueda. Como ves, todo se registra escrupulosamente desde el sótano al desván. Ni paredes, ni techos, ni suelos, nada quedará por mirar. Lo malo, es si no lo encuentro en esta última morada.

--- Ya veo, ya. Pero te equivocas, la última morada es la tumba.

A nuestro amigo se le fundieron los plomos mentales al instante. ¿Cómo era posible no haber pensado en eso?

--- ¿Qué has dicho? Repítelo.

--- Me contaste que el indio mencionó la última morada, eso significa, que lo que estas buscado se encuentra en la tumba del último descendiente. Aquí no encontrarás nada.

Si la frase del indio fue en término literal, Liria tenía mucha razón, pero la verdad es que no le encajaba en absoluto. Para qué llevarse a la tumba algo que no sabes lo que es, pues de haberlo sabido, el tal Justiciano ya se hubiese proclamado el amo del mundo.

--- Un momento liria: Es lógico pensar, que solo el indio sabe lo que son los testimonios, por lo tanto es muy absurdo que… pero claro, es posible que aun sin saberlo se los llevase a la tumba. Aunque… ¿qué se lleva la gente a la tumba?

Liria contestó: Ropas, anillos, zapatos, pulseras, relojes. ¡Vete a saber!

Pues sí que estábamos buenos, otro lío a la vista, ahora había que buscar la forma de que alguien le dejase ver el testamento y esperar fortuna, porque lo cierto, es que hay muy pocas probabilidades de pedir en tu última voluntad que te entierren con algo que no sabes lo que es.

--- Oye Liria. ¿Qué crees tú que pueden ser los testimonios?

--- Quién sabe. En tiempo de los aztecas existía una cultura envidiable, puede ser cualquier cosa, pero para reunir la cualidad que afirma el indio, tendrá algo que ver con la sabiduría, porque otra cosa ni idea.

--- No lo entiendo chica, no es lógico que en veinte generaciones a nadie se le ocurriera averiguar eso, hay muchos descifradores por ahí.

No lo creas, queda mucho por hacer. Ten en cuenta que aparte de los Tepanecas y los Aztecas, estaban los Chichimecas, los Tiatepotzcas, los Tlahuicas, los Culhuas, los Chalcas y otro muchas tribus. No es nada sencillo.

La bella Liria, no en vano estudiaba historia precolombina y Alfred anonadado por su gran erudición y sentido común, casi se marea. De nuevo se planteaba la posibilidad de que Justiciano Valdés, hubiese dado el postrero mandato de ser enterrado con los testimonios, aunque él no lo supiera.

La visita terminó y Alfred muy atento acompañó a Liria al hostal. Tim de momento, como no tenía tareas asignadas y poco podía hacer en ayuda de Tom, se pasaba el día con Tabán. El caso es que Tim, enseguida fue puesto al corriente de lo mencionado por Liria y con ese jeroglífico de la última morada, empezaron los dos hombres a darle vueltas al asunto.

Susan tuvo que consentir para la cena una mesa de cinco. Es natural que no fuera de su agrado, pero la estrategia única y posible en aquellos peliagudos momentos, era hacer todo aquello que Alfred desease, así que, a coser morritos.

La de minucias que se llegaron a decir durante la velada, a Loreta se le notaban las babas de satisfacción con su sobrina, al chofer, lo de la tumba le pareció bastante lógico, a Liria, la cosa no la despeinó, ella modosita a la espera de miradas y sonrisas. Pero para Susan lo importante, era que Alfred tuviese siempre la copa llena de vino, pues de esa forma, quizá ella pudiera visitarle un buen rato al acostarse. Para nuestro amigo era un hallazgo la personalidad de Liria, le agradaba mucho aquella chica.

Como ya se supone, el día fue bien y la noche también. Susan demostró con creces, que la tenacidad era su mejor aliada y Alfred, rindió por fin la plaza al asedio sobresaliente de su prima. Las delicias y el gozo se hicieron de nuevo reales y las satisfacciones y complacencias, dejaron maltrecho el voluntarioso y obcecado enfado de Alfred. Nadie piense que el ser vencido es signo de debilidad, porque tal cosa, no siempre es cierta, a veces es cansancio y tiempo muerto y solo el cerebro, tiene las claves para activar o desactivar el anterior estado.

Pudo ser un deseo carnal irreprimible, o también, un desajuste de los amarres debido al vino, o puede simplemente, que en esa página de su vida, así estuviera escrito. Pero el caso es que Liria había perdido, con una hembra como Susan, ya no se desean otras durante mucho tiempo y en cuanto a las virtudes y defectos, eso queda para la estadística, pues a cada rato, surgen unas y se esconden otras, así que, todos buenos o malos, según el día.

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LA ÚLTIMA MORADA
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LA ÚLTIMA MORADA


Susan mimosa, le prometió a nuestro amigo todo aquello que fue necesario prometer y eso, con la firme convicción de no cumplirlo. Está muy claro que las exigencias ya las esperaba: dejar el cargo de vicepresidenta en la compañía después de la boda y dedicarse a ser una mujer casada y rica. Alfred sabía lo difícil de semejante comportamiento en Susan, pero eso no le quitaba la ilusión de conseguirlo, claro que, para cuando a un enamorado se le ocurre abrir los ojos, a los no afectados por esa ceguera se les han terminado las cajas de colirios.

Ahora, la primera cuestión de su principal cometido era la obtención de una copia del testamento. No sería muy difícil el empeño, pues tenía un par de conocidos en la oficina del condado y a malas el dinero, es el mejor cebo en boca de funcionario. Naturalmente esto último, se refiere a todos aquellos que a madurar en la corrupción les tiene enajenados, pero hay muchos gracias al Altísimo, que se conservarán siempre verdes.

La obra estaba terminada, solo por supuesto la puntual demolición y como se atrevió a diagnosticar la dulce Liria, nada más que escombros dio fruto.

La recién entronada Susan, medía todos sus pasos con cautela, desconfiaba de la patrona, de Tim, enormemente de Liria y de todo el mundo. Por supuesto que para ella, lo peor era la cercanía de Liria, pero como muy pronto la bella intrusa se marcharía de nuevo a su ciudad, muy inquieta no estaba. Su ocupación de momento era seguir con disimulo interesado las ideas decorativas de la nueva construcción y para ello, se proclamó a si misma ayudante de la decoradora y ésta desde luego, no puso mala cara, pues eso como ya se ha dicho, era lamentablemente habitual.

En el caso del testamento, Alfred consiguió sin problemas una copia del mismo y eso sin duda, le abrió las puertas mentales de par en par a las incógnitas, pues el último Valdés, comandante retirado, fue enterrado con el uniforme de gala y el sable de honores y claro, un sable no es lo que esperaba Alfred encontrar en la tumba, pero bueno, algo era algo.

Tras un par de días, Alfred y Tim visitaron el cementerio del pueblo y allí, el mausoleo de Valdés, les impresionó. Justiciano había nacido en Hermosillo, un lugar privilegiado en las laderas que dominan con orgullo los verdes llanos de Sonora en Méjico. Era el único hijo del único nieto, de una familia adinerada y respetada en el lugar. Pero al parecer los negocios en el norte fueron mucho mejores que en el sur para sus padres, así que de muy niño y con las autoridades de inmigración a su favor, se trasladaron a las cercanías de San Diego. Los antepasados de su abuelo, según constaba en el extenso informe de la oficina de investigadores, que fue encargada en su día de esa materia: fueron políticos, empresarios y militares. Se pudo seguir las diferentes ramas de la familia hasta la revolución, pero ahí terminó todo. De todas maneras, si bien no se consiguió la certeza de su entronque con el capitán español, por lo menos, se llegó hasta la singular armadura, una pieza fantástica y de filigrana increíble. De no haber sido por el indio que casi la dibujó con palabras, a nuestro Alfred le hubiese sido imposible llegar a ella.

El problema que se planteaba ahora era de los que mejor olvidar, claro que Alfred no había llegado tan lejos para darse la vuelta. ¿Cómo demonios se podría plantear una exhumación? Es decir, de qué argumentos legales se podía disponer para salvar esa dificultad imponente. La respuesta es segura: ¡De ninguna forma! Además en caso de conseguirlo, ¿en qué idioma le cuentas al juez?, que te llevas la espada a casa. Absurdo pensar en otra cosa que no fuese la violación del mausoleo. ¡Vaya papeleta!

Alfred estuvo pensando largo y tendido en ello, pero nada comentó. Como no podía ser de otra forma, la situación requería cometer un delito y aunque al muerto perder la espada le daría lo mismo, a las autoridades vivas no.

De regreso al hostal con mucho tacto preguntó: ¿Qué le ha parecido Tim? ¿Cómo lo ve?

A lo que Tim contestó adivinando lo que venía: Mal, muy mal.
Alfred sonrió con ironía: ¿Solamente mal Tim?

--- Pues sí, me dan mucho miedo los cementerios de noche señor. ¿No podríamos ir de día?

Desde luego este Tim, era como un extraterrestre con telepatía. Para cuando dejaron aparcado el Pontiac en el aparcamiento del hostal, la cosa estaba bastante clara: Un buen amigo no tiene precio, es un tesoro y por supuesto si alguien no lo cree, que pregunte a quién tenga uno que le ayude a violar tumbas sin protestar.

Loreta les tenía preparada una cena de película, pero Tim, tenía el paladar como un corcho. A saber que pasaba por su cabeza, pero con certeza nada bueno. Los malos tragos, con otros buenos se contrarrestan y en esa convicción, el chofer le dio buenos achuchones al vino de marca.

Susan por su lado, le comentó a nuestro amigo algún aspecto decorativo de los que aprobó para la casona, pero Alfred no la escuchaba y era muy lógico el despiste, pues mayores complejidades barajaba su cerebro. La tigresa ya se subía por las paredes, había llamado a la central y su secretaria personal la puso al corriente de los nuevos vientos que soplaban allí. Waridell Foster, tenía una escoba enorme y les llenaba de polvo la compañía. El Director de personal Elliot Danford, había regresado al césped de su casa y a su suegra, con una caja de cartón y sus pertenencias. El Director financiero tuvo más “suerte”, fue nombrado contable pelado en la fábrica de Dakota del Norte y lo de la suerte, es simplemente porque era un clima muy sano. En fin, que la cosa estaba para no pasar por encima, además el jefe de planta A.C.T, estaba hoy reunido con el presidente del consejo, a saber lo que duraría en su puesto el desviado.

Liria se tomó la derrota con templanza, no le gustó naturalmente, pero eso no la puso de los nervios pues al fin y al cabo, Alfred solo había sido para ella un hombre guapo y agradable, no hubo ocasión de saber si también era otra cosa. El amor surge con el trato, pero la pasión solo lo hace con el tacto y a eso, a cierta edad no le quites importancia, que la tiene, y mucha.

Lo cierto es como todos sabemos, que Alfred no fue inteligente al escoger a su futura pareja, claro que, las personas realmente inteligentes nunca han existido, pues todos aquellos seres que hubieran sido concebidos con tan extraordinarias dotes, no se hubiesen permitido el lujo de salir del claustro materno, haber hecho esa estupidez, ya implica que todos somos tontos. De todas maneras, estaba muy claro que Alfred ya no tenía un amor excesivo por Susan, pues es cierto, que cuanto más quieres a una persona, más difícil se hace perdonarla si te falla. Seguramente todo consistía en amor de cama, una fiebre muy humana que proviene de las partes blandas. No es una dolencia incurable desde luego, pero sí muy contagiosa.

Lo del cementerio le tenía a Tim…¡Cómo caco en comisaría! Y que nadie piense lo contrario, pues todo aquél que ombligo tenga, sabe que eso le pone a uno las carnes a temblar como vibrador a dama insatisfecha. Algunos presumidos jactanciosos, de esos que andan de boquilla haciendo hogueras con tres palillos nada les afecta, eso dicen ellos, pero seguro que en esa tesitura, no les entra por el esfínter ni el bigote de una gamba. ¡Hay mucho Tarzán de los olivos por ahí!

Bien, el caso es que a nuestro chofer ni puñetera gracia la sacramental, al respecto se puede pensar lo que se quiera, pero si a ese paseo tétrico le añades la posibilidad de que te descubran, ya tenemos suficientes razones para dimitir del cargo de hombre. Alfred por supuesto, ya estaba maquinando algo y entre todas las bombillas que se le encendieron, la más mejor, fue también la más brillante, pero eso sí, le costaría un buen mordisco en la tarjeta de crédito.

El día de la gran fiesta en la Nación es el cuatro de Julio y para eso, faltaban solamente tres días. La estrategia pronto se puso en marcha y Alfred acompañado por Tim, se presentó en el ayuntamiento del pueblo.

--- Buenos días. ¿Podemos ver al señor alcalde?

El funcionario preguntó: ¿De parte de quién?

--- Sería solo un momento. Necesitamos consultarle algo.

El funcionario insistió: ¿De parte de quién?

No hay forma, a la gente le chifla saber cosas de los demás. A todos nos encanta saber datos personales del prójimo para después olvidarlos si no te afectan. ¡Trivial conducta! ¿Pero qué se puede hacer contra eso?... Pues lo que Alfred hizo:

--- Venimos a entregar un donativo de doscientos mil dólares al pueblo.

Se acabaron las preguntas. El hombre miró asombrado a un compañero que estaba allí y éste, asombrado le miró a él, los dos miraron a nuestros amigos y tras cerrar la boca, el preguntón les acompañó a presencia del jefe municipal a toda mecha. Al medio minuto, las puertas del despacho más grande del concejo se abrieron. El alcalde dijo: Bienvenidos señores, tomen asiento por favor. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

Tim y Alfred ya estaban enterados de la catadura del alcalde y menos mal, que todos los alcaldes no son así. Éste era un individuo con cara de mimado por el espejo y él, lo sabía muy bien. En el condado era muy conocida su afición a las faldas y seguramente muchas votantes, a eso no ponían pegas, o quizá, es que esperaban su turno, pues ya le habían reelegido tres veces. El hombre no era muy trabajador, ni tampoco honrado, pero tenía gancho y eso en política casi es lo principal a tener, ya se conoce que a la gente, no le gustan los políticos poco agraciados físicamente. El guapote esperaba la respuesta de los visitantes y Alfred no tardó nada en darla.

--- ¿Usted me conoce señor alcalde? Soy Alfred Daniels.

El hombre asintió enseguida. Estas cosas siempre se saben en municipios con escaso presupuesto. Natural que el regidor sólo le conocía de oídas, pero más que suficiente, para dar una conferencia sobre sus modos y costumbres.

--- Bien, pues estamos aquí para hacerle una proposición, que esperamos sea de su agrado claro. En caso contrario, tan amigos.

Advertido el alcalde por el chupatintas de la puerta, de que la visita venía acompañada de dinero, la más agradable de sus sonrisas apareció en su rostro y dijo:

--- Cualquier cosa que proponga un vecino como usted será bien recibida. Supongo que ya conoce el lema de mi campaña: Aquél que paga impuestos, merece cobrarlos en servicios.

La divisa no era muy original, pero poco le pidas a un tendero convertido en edil, que le brille mucho esa parte que a uno le tapa el sombrero. Entre otras cosas, porque si eres tonto y continúan eligiéndote, pues a seguir de tonto, que no deja de ser una conducta de listos.

Alfred continuó: La proposición es la siguiente: El cuatro de Julio, quiero que este pueblo sea el más importante del condado. Para eso, contrataré a una empresa pirotécnica y con doscientos mil dólares, tendremos el castillo de fuegos artificiales mayor del mundo. ¿Qué le parece?

--- Me parece fantástico. ¿Pero cuál es la proposición?

--- Qué usted organice la fiesta a bombo y platillo para que todo el condado éste aquí. Tengo entendido que usted es un gran organizador, ¿es así?

A los alcaldes les encantan las fiestas, no es porque no las paguen ellos, no pensemos mal, es que así compiten con los colegas del condado y el partido les felicita. Las fiestas son la parte más alegre del presupuesto municipal, bueno, también lo son los viajes, las recepciones, las inauguraciones, los actos culturales, los sociales, etc. etc… ¡Un jolgorio!

El hombre se puso de contento como un pavo en enero y dijo: Sabía que era usted una gran persona, estaré encantado de tenerlo en la comisión de fiestas y en la tarima de presidencia.

--- Lo siento señor alcalde, pero eso no podrá ser. Tengo un asunto que resolver en las afueras y no sé si llegaré a tiempo. Pero muchas gracias.

A los alcaldes también les gustan las tarimas, es un buen lugar para lucirse, y no porque se sientan superiores a los demás, no pensemos mal, es por la cuestión de llegar bien con la palabra a los vecinos, cosa de la acústica. Si no hubiera tarima, pues balcones, y si no hay balcones, el camión de bomberos puede valer, desde luego nada de taburetes que se caen y la gente ya sabemos cómo es, enseguida se ríen.

El alcalde muy contento preguntó: ¿Tiene usted algún compromiso con la empresa pirotécnica que ha mencionado? Eso se lo digo, porqué la que nos sirve a nosotros habitualmente seguramente le haría una rebaja.

El alcalde al parecer, no había perdido las reminiscencias de tendero, pero casi todos se olvidan que los tenderos no solamente venden, también compran. Alfred y Tim comprendieron muy bien el interés del primer regidor, no era algo seguro pensar mal todavía, pero esas cosas se huelen sin pisarlas. La corrupción no solo es un ejercicio de las tendencias humanas en dirección equivocada, a veces, es la única dirección posible en determinados ambientes. Sin olvidar naturalmente, a quienes con su férrea voluntad, hacen imposible ese camino. Pero no hay que engañarse, no se puede ser vaca sagrada y no tener moscas.

Alfred con cara de ignorancia preguntó: ¿Es posible una rebaja del precio?

--- Naturalmente, siempre hay que negociar en beneficio de un vecino.

Tin harto de escuchar al alcalde decidió ponerle en un aprieto. No le gustaba aquel cara dura. Y no solo por lo que le había hecho a Loreta, que eso también contaba, sino por la suficiencia de sus palabras, así que le dijo:

--- Pero el fabricante de cohetes también es vecino de algún lugar, si le fuerza a rebajar el pedido le merma el beneficio y eso, a usted no le gustaría que un colega suyo se lo hiciese a un vecino de aquí.

--- Ya. Pero todos inflan el precio para después rebajarlo.

--- ¿Entonces de qué sirve la rebaja?

--- Ya veo que usted no entiende de comercio. Si uno está dispuesto a vender algo, debe hacerlo al máximo precio posible, y si está interesado en comprar, al menor. Es la ley del mercado.

--- Entonces lo mejor sería comprar por debajo de costes, pero claro, eso sería lo mismo que robar, ¿no le parece?

--- ¡No hombre! Eso sería aprovechar una oportunidad. Es legal.

Alfred miraba a Tim, como esperando una genialidad, pero no entendía muy bien por donde le trotaban los caballos a su chofer. De todas formas no quiso intervenir y como el alcalde parecía satisfecho por su cátedra comercial, no dijo nada nada. Tim continúo:

--- Pero aprovechando esa oportunidad, hacemos más pobre al pobre, es decir, le robamos.

--- ¡Ni lo piense amigo! A veces, los artículos rebajados son defectuosos, y pensando que es una oportunidad compras un fraude. Ahí mucho desaprensivo por el mundo.

--- Entonces es lógico suponer, que regatear y forzar un precio a la baja también es fomentar un fraude. ¿Es eso verdad?

--- Bueno, el caso es que se debe comprar a su justo precio, Tampoco es aconsejable abusar.

--- ¿En serio? ¿Cuánto cuesta fabricar un cohete? Usted debería saberlo antes de comprarlo, pues si lo compra defectuoso pone en peligro a sus vecinos y eso sería un delito. ¿Me equivoco?

Al regidor ya no le hacía ni pizca de gracia la deriva de la conversación, pero a un alcalde no le pongas pegas y menos en su despacho, pues un solo voto es solo eso y además, faltaba mucho para las elecciones, así que dijo: Bueno verá, mi obligación es velar por mis vecinos y eso es lo que hago. ¿Qué les parece si nos centramos en el asunto que les ha traído?

Alfred ya se había divertido bastante, por lo tanto, a concretar lo de la fiesta y luego salir de allí para reírse un rato de aquel estúpido. No tardaron en ponerse de acuerdo, la cosa estaba clara: Alfred le entregaba el cheque y el alcalde se encargaba de contratar y organizar la celebración.

Para el día de autos tenebrosos, solo quedaba comprar unas palancas para forzar el mausoleo y la losa, una buena pala por si acaso, y un saco para meter la espada. Bueno, también era aconsejable una botella de alguna bebida espiritosa para Tim. Las linternas no serían necesarias como es lógico, pues la claridad aunque fuese de colores y a intervalos, estaba garantizada en buena parte de la noche y por añadidura, cualquier ruido que pudiesen hacer nuestros amigos en su tarea, sería disimulado por las explosiones de los cohetes y lo mejor del invento era, que las miradas indiscretas estarían totalmente neutralizadas, pues todo el mundo incluso la policía estaría pendiente del cielo. A Tim le pareció una estrategia buena y como ya se ha dicho muy brillante. La cuestión que quedaba ahora por esclarecer, era si con cuatro brazos no muy acostumbrados a levantar pesos, sería suficiente para elevar la losa. Un resbalón en eso, te podía llevar has el traumatólogo y la minuta no sería pequeña.

Al día siguiente, Liria se despidió de todos. No le apetecía continuar allí, no es que se aburriese, es solamente que le daba mucha rabia ver los besos que Susan le daba su primo sin ton ni son. Bueno, lo cierto es que los daba para demostrarle a ella lo lejana que estaba de su propiedad. Era una lástima, pues la verdad es que Alfred le puso las chispitas de amor sincero en los ojos. A Loreta no le hizo gracia que su sobrina se rindiese tan pronto, pero comprendió, que la situación era ya muy absurdo el continuarla, al fin y al cabo, los bobalicones merecen a esas mujeres que les dominan y engañan.

Alfred lamentó la marcha de Liria, era muy gratificante verla sonreír. Todo en el comportamiento de ella desprendía un aroma a limpio y noble, y sus facciones y su cuerpo, eran ondulantes banderas de belleza en el hostal. No obstante nuestro amigo, no quiso dejarla marchar sin antes saber dónde podría encontrarla. Eso motivó más tarde una pregunta comprometida de Susan, pero la sangre no llegó al río y Alfred conciliador, se excusó diciendo que Liria sabía mucho de los Tepanecas.

Sobre las siete de la tarde, los labios de Alfred se posaron en las mejillas de Liria, fue solamente un beso cortés de despedida, pero el rubor no permite disimulos y los ojos a veces, tampoco son profesionales del fingir, así que nuestro amigo comprendió, que había algo más que simpatía hacia él por parte de Liria. Fue tan solo un instante, pero un impulso incontenible le pasó por la cabeza y de no ser porque todos estaba presentes, la hubiese rodeado por la cintura con fuerza y besado a tornillo descarado. ¡Se quedó con las ganas!

A la tigresa le salió un suspiro de alivio que poco más y los escuchan todos, ya era hora pensó, que la belleza matutina se fuese a madrugar a otro lugar. Para Susan la sobrina de Loreta ya no era un problema, en verdad que casi nunca lo fue, pues para una tigresa que carecía de humildad le venía muy de nuevas admirar a otra mujer. Pero esta vez Susan se equivocaba, si Liria hubiese insistido tragándose un poco el legítimo orgullo femenino, Susan hubiera conocido al fin, el descalabro de su arrogancia.

A Tim no se le escapó la ternura de los jóvenes y su reprimida inclinación, eso le gustó, pues Alfred le había pedido semanas antes que fuese padrino de su boda y Tim, ya tenía bien escogida a la novia y ésta no era Susan. Pero naturalmente no podía interponerse en los deseos de su jefe, no era hombre en cuestión de matrimonios para dar consejos. Claro que, cuando se ha fracasado en algo varias veces, no le cuentes a los demás que fue mala suerte, pues ni tan siquiera aquellos que te quieren se lo creerán, pero si por el contrario por pura chiripa triunfas, entonces puedes decir con la boca llena que fue gracias a tu esfuerzo y dedicación, que eso sí se lo traga todo quisqui. La suerte no cuenta nunca para el triunfo personal, eso queda para la lotería, y cuando alguien se ha hecho a sí mismo según él, gente falta a echarle flores y envidiarle. Las personas somos así, todo se lo debemos a la suerte y al prójimo, pero nada nos obliga a reconocerlo, cosa que cambia, si es el prójimo el que nos adeuda algo, de eso sí sabemos mucho.

La obra ocupaba cada vez menos tiempo a nuestro amigo, era Susan la que había cogido las riendas. A los obreros y el capataz les gustó el cambio de jefe, Susan no se metía en sus cosas, pero tanto la decoradora como el aparejador, empezaron a tenerlo muy difícil. Una ejecutiva cuando lo es de verdad, nunca deja de serlo y tener una en casa, mal negocio no es posible. Lo malo de ese lujo de esposa, siempre es la cuestión empinada de quién hace la colada y lo bueno, las cuentas a cuadrar. Al que le toca medir poderes con una mujer de despacho, mejor es que sepa que chacha en ella no tiene, por lo tanto, o le añade una sirvienta al matrimonio, o que vaya remangándose las mangas.

Tom Pelargi, empezaba a ver su trabajo terminado, no calculó, que la obra le acotaría parte de la entrada, pero el resto merecía felicitaciones y quizá medallas. Susan una vez intentó meter las narices en su trabajo, pero a Tom Pelargi, las faldas ya le sudaban los calzoncillos, así que salió del encuentro chasqueada. El hombre razón tenía y además mucha práctica, pues su madre más su suegra, más su mujer y su hermana, eran cuatro guerrilleras residentes en su casa. El que no conozca tal situación que no opine y si de todas maneras lo hace, que exagere, pues es seguro, que nadie que conozca el parche le tachará de desmedido.

El tres de Julio demostró su firmeza con un sol de justicia. Alfred y Susan, ya estaban en la obra desde las diez de la mañana y a eso de las once apareció el alcalde con un par de concejales. ¿Qué a que venían? Pues a darse pisto y conocer de cerca las actividades de nuestro amigo. Desde el día del cheque, Alfred era una celebridad en el pueblo, ya se sabe que los donativos a causas lúdicas municipales son acontecimientos de tan disminuida práctica, que pasan años en conocerse. Susan fue presentada a los regidores y éstos, tardaron un segundo en enamorarse de ella. En el pueblo, también había un par de mozas con las carnes bien repartidas y bastante guapas, pero ellas, no se ponían guantes y sombrero ancho con cintas de colores para dar abono a las macetas. Esto puede parecer ridículo, pero le otorga un tono exquisito a las hembras y no solo eso, sino que deja pasmados a los machos.

Susan naturalmente fue invitada a la tarima de autoridades y ella desde luego aceptó, no le gustó lo del donativo que hizo su prometido, pues era una cantidad desorbitada para un pueblucho, pero en vista de lo inevitable, pensó que sería mejor aprovechar el asunto y sacar partido de donde fuese. El primer edil también aprovechó y la chica, recibió con gusto los piropos y atenciones que le prodigó el edil. A la esposa del alcalde y demás concejales, no les haría ninguna gracia que la despampanante tigresa pusiera sus tacones de aguja en la plataforma reservada a los mandatarios, pero como en política todo es reírse para no llorar, pues pasarían por ello. La mujer del alcalde lo tenía muy claro, esa sí que lo tenía clarísimo, ya que en la vecindad puede que la tacharan de consentir los devaneos de su marido y de ser una cuernilarga, pero para ella, todas las criticonas eran unas palurdas y envidiosas frustradas. Es mucho mejor un alcalde adúltero, que un mozo de cuadras fiel y los cuernos al fin y al cabo, no le impiden a una frígida ser feliz. Y a atención a eso, porque los trasto que proporcionan el exquisito placer de cama, una vez bien lavados y secos, no necesitan plancha para estar de nuevo hermosos y listos.

Bueno, la cosa es que salvo Alfred y Tim que tenían una ineludible tarea y no llegarían hasta tarde, el resto, quedó de acuerdo y se emplazó para las diez de la noche en el ayuntamiento. Como Susan no tendría chofer esa noche, el gentil alcalde pondría a su disposición a un agente municipal para recogerla en el hostal. En ésta ocasión, Susan estaba muy pertrechada de vestimenta, ya que con esa intención apabullante vino a recoger el perdón de su primo y está muy claro, que todo bicho viviente en la fiesta y asistente al acto, se quedaría de una pieza.

Después de comer y con muchas prisas, Alfred y Tim se fueron de compras a San Diego, pero la curiosa Susan que preguntó por el viaje, se quedó con la respuesta de que el Pontiac necesitaba una reparación. Nuestros amigos necesitaban un par de uniformes de policía para su lío y apaños de la noche tétrica y, en una tienda de disfraces dieron con la vestimenta. Los revólveres y la canana, así como los grilletes y las placas eran de plástico asqueroso, pero a la luz de la luna podían dar el pego. La cosa estaba cristalina, el mejor uniforme para robar es el de policía, de esa manera si te sorprende el enterrador o cualquier trabajador del cementerio, puedes decir que les has sorprendido a ellos. Otra cosa diferente es que lo hagan con las manos en la losa, pero se supone que siempre puedes decir que estabas buscando pistas, eso todo el mundo se lo traga. Lo más divertido de todo, si se diera el caso, sería justificar las charreteras y los botones tan escandalosos, pues al parecer, eran disfraces de esos del día del Orgullo Gay. Y claro, estilizados y marcadores del cuerpo ya lo eran, pero en el condado el uniforme de la policía era muy distinto. Bueno, dirían que pertenecía a un cuerpo especial, eso siempre impresiona. Alfred no quiso alquilar los disfraces para no dejar pistas y por eso los compró. Caramba con los homosexuales, gusto y dinero no les falta a la hora de lucirse. ¡Menudo precio!

Tras el acomodo suave de las vestiduras en el coche, se fueron a la ferretería que les quedaba más próxima y una vez allí, compraron las palancas, dos pares de guantes, la pala y el saco grande y justo a las diez, ya habían regresado.

A Loreta cada vez que el chofer regresaba se le ponían los pómulos al rosa amapola y los ojitos con brillo de lentejuelas. ¡Qué gozada de hombre! Ahora sí que había encontrado lo que ninguna mujer encuentra buscando. Era un hombre inteligente, cariñoso, simpático y trabajador. ¡Un mirlo blanco! Por las noches a la posadera, su reputación ya la tenía sin cuidado y si no era Tim quién bajase las escaleras, ella las subía. No era cosa de sexo, era para estar con él a solas un rato, el sexo por supuesto de vez en cuando, pero las caricias y los besos a todas horas vienen bien.

El pacto de mutuo silencio referente al asunto, quedó prometido y jurado por nuestros amigos, así que las mujeres en eso, nada que rascar. Natural que la cosa debía ser guardada como oro en paño, pues las leyes les podían dar un susto de no te menees a nuestros amigos y eso, ni con dinero se lava.

Por fin llegó la mañana de cataplines subidos. Tim desayunó con las amígdalas a no tragar, las agallas estarían por ahí, pero buscadas y más buscadas, no fueron encontradas. Para Alfred, todos los colores eran bonitos, como se comprende a los jóvenes les preocupan menos las condenas largas, pues ellos tienen más tiempo para quemar. Claro que esa posibilidad ni se le pasó por la cabeza a nuestro amigo, pues se le había metido en la pensadora, que la espada era el testimonio de todos los testimonios y frente a semejante certeza, nada más le entraba en el cabezón.

Susan se fue a la ciudad para darse un repaso al pelo y comprar unos complementos. Quedó con Alfred, que se encontrarían en la yema del huevo de la fiesta, eso quería decir: Entre ediles comarcales y mandiles servidores, pues el generoso alcalde con dinero de los impuestos, había prometido una cena y una velada, de la que a vaciar bolsillos de los contribuyentes me tienes. ¡Un festón!

Loreta tenía el hostal hasta la bandera, la noticia del castillo de fuegos extraordinario había corrido como la pólvora y todos los que pudieron desde varios condados colindantes, llegaron al pueblo en congregación de curiosos. A la vuelta de cinco horas, la feria estaría instalada y los forasteros criticarían a los lugareños, para que así, los lugareños les criticaran a ellos. Los gallardetes colgaban de los alambres y las escarapelas de los balcones, el día estaba radiante y los biorritmos de la gente saltarines, que gran invento el de las fiestas. Ya se hablaba de dos millones de cohetes, a saber de dónde sacaron las lenguas el otro cero. Pero es igual, un día es un día y para la gente que sueña con vacaciones indefinidas, por un día se empieza.

La megafonía callejera fue muy conseguida y a las doce en punto, el primer cortejo de banda y música salió del ayuntamiento para el pasacalle. A marcha marcial, el que muele a golpes el bombo siempre detrás. Bueno, detrás del trompetero, pues éste siempre seguía a las chicas soldado enseñabragas. La del bastón de mando le daba tres vueltas al palo y lo elevaba tan alto, que tenía tiempo de dar cinco pasos antes de recogerlo. ¡Y cuidado, nunca le tocaba el suelo! La carroza principal, de las dos que habían, estaba montada sobre un furgón que al parecer, tenía el carburador sucio, pues a la reina de la fiesta, se le iba y se le venía la diadema de la frente al cogote con tantas sacudidas y brincos. Pero durante parte de la tarde y toda la mañana, fue alegría sana y jarana. ¡Viva el cuatro de Julio!

Después de comer, la tigresa apareció con un toque artístico en el pelo, no quiso acercarse ni en broma a su habitación y muchísimo menos a la cama, pues Alfred tenía el día cariñoso debido a la fiesta y no era cuestión de perder el peinado en cuatro revolcones.

Al comedor le faltaban mesas, aquel día era un desmadre. Loreta contrató a dos camareros y a un ayudante de cocina, pero no hubo forma, las comandas se sucedían a velocidad incontrolada y era imposible atender a todos. Menos mal que en las fiestas, la gente que quiere comer se lo toma con mucha calma y algún cliente, los menos desde luego, incluso ayudan al servicio por bondad humana, otros no, claro, los hay que se olvidan de pagar, pero en eso Loreta… en fin, que amarre a las zapatillas no tenía y si le hacía falta correr corría.

Tabán estaba muy contento. Tim lo tenía a atado a la portezuela del Pontiac para que viese la fiesta de cerca, pues en la trasera del hostal se aburría y el chucho a media tarde, no te digo: Ya había probado el helado de fresa de un crío despistado, dos bollos con chocolate de una mujer amante de los canes, y ahora entre patas y bien sujeto, un hueso campeón con mucha carne. Le acariciaron muchos, le dieron palomitas, azúcar en rama, un trozo de bocata, dos caramelos, media manzana, cacahuetes y un montón de cosas que olió, pero que no quiso comer. ¡Qué leche de día, fantástico!

Alfred, en vista del fracasado intento de siesta acompañado, se fue un rato a pasear por el pueblo, pero tras mil pasos aproximadamente, regresó con una excelente composición mental de todas las calles y rincones. El pueblo era un pueblo casi bonsái de tan pequeño, pero bonito y limpio. Hoy desde luego que quedaría bastante sucio, pero la brigada municipal ya se encargaría de barrerlo todo. Bueno la brigada, la brigada tardaría una semana, pues eran dos operarios y además tenían que recoger la basura cada noche y para postre, desmontar la tarima del festejo, luego los gallardetes y más tarde las vallas. El ayuntamiento a Dios gracias ni tocarlo, para eso había una limpiadora de culo gordo y greñuda, que por cierto, y ojo a esto: A nuestro alcalde le limpiaba el despacho por las noches cuándo éste se quedaba a trabajar con sus papeles y algunas lenguas comentaban, que se podía escuchar ruidos mortecinos desde la calle, que nada tenían que ver con la limpieza del polvo, más bien con otra clase de polvo.

La tarde empozó a caer, también se podría decir que estaba a punto de darse el santo morrón. Pero más en más fino, digamos que se iba zambullendo miedosa a hurtadillas y como retracción a esta sombría situación, cada vez más oscura no existía, pues la negrura reina del trono es, hasta la brillante madrugada, se quedó allí acurrucada, muda y desvalida, para ser vecina y compañera dominada y algo después del crepúsculo engullida. ¡Bueno que se hizo de noche!

Alfred y Tim se ajustaron los pantalones y con el coche y Tabán, salieron a darse en el centro de la testa con su peligrosa aventura. El perro desde luego es que se empeñó Tim en llevárselo, ya ves, menudo perro policía estaba hecho el pobre. Tabán no tenía ni hechuras ni hocico para ese menester, pero ladrar si ladraba y eso para avisar ya vale, lo malo es que ladrase para descubrirles, que es cosa diferente. Para que la descubierta tuviese éxito, el sigilo debería ser la mejor baza, pero por supuesto, lo que daba garantías de impunidad era la fiesta.

El castillo de fuegos en la bóveda estelar empezaba a las diez y media, por lo tanto sin ninguna prisa pues acababan de dar las diez, aparcaron el coche en las afueras del pueblo y se aprestaron a mudarse de ropa. Tabán se sentó atento en el centro del camino y no dijo nada, natural que los perros no hablan, pero un chucho que sea listo, ladeando la cabeza curioso y levantado las orejas se hace entender, aunque éste no sería el caso de Tabán, pues les miró y remiró en la penumbra y nuestros amigos no supieron si les daba el visto bueno a la vestimenta.

Terminado el complicado ritual de la indumentaria, pues el ancho cinturón y funda del revolver más el talí y la porra y los grilletes, junto al enganche de la linterna y a su lado la canana, más la funda del talonario de multas y la doble cartuchera, hicieron bastante larga la tarea. Pero al fin, tras ajustarse la gorra, dispuestos quedaron para foto de revista.
A Tim le venía un poco justos lo
s pantalones, no asfixiantes, pero un tanto descarados por las parte que siempre se descose al agacharte, por ese sitio sí. Para Alfred, el mejor de los disfraces era ese, pues le estaba a plomo que ni pintado. Estaba tan reluciente como un príncipe con redingote de seda, un prodigio de “ajustamiento”, ¡Que prodigio señor! Lo único ya se ha dicho, que con aquellas hombreras y semejantes botones, a poner multas y a dirigir el tráfico no te pongas hijo, que le puede dar a cualquiera un telele carcajeante.

En la oscuridad y con el uniforme negro, acercarse al cementerio fue coser y cantar, en el sentido del acercamiento, pues para Tim la proximidad cada vez más acentuada del camposanto, no era de risas normales y de cantos por muy gregorianos que éstos fueran. Lo más embarazoso de todo, es cuando los nervios desatados se ponen a comprimir la vejiga cada tres minutos, pues entre el pantalón estrecho y la revolverá desplazada de sitio y además, la bragueta que de botones tenía que ser maldita sea, pues a soltar sonrisas totas y dar saltitos. ¡Coña que excursión!

Por fin llegaron al lugar, la exhibición de artificio estaba a punto de comenzar y desde luego, que por aquellos cobijos no había un alma, claro qué, ánimas bajo tierra seguro. El cementerio como es de suponer no era grande, a lo sumo, una fila de veinte por siete de fondo el día en que suenen las trompetas. Eso no es cantidad para tenerle miedo a los muertos, pero como ya se ha dicho, las pistolas eran de plástico y muerto de miedo a Tim ya le teníamos.

Los primeros cohetes, empezaron a subir presurosos y nuestros amigos por fin, habían llegado sigilosos frente a la tumba. Era ésta un pequeño panteón, de esos que tienen una verja a media altura y tras la losa, una especie de atril bastante elevado y vigoroso, donde un ángel medio embozado por la túnica, mantiene entre sus manos a modo de rezo una flor.

Saltaron aquella verja sin esfuerzo, con el exquisito cuidado que se requiere para hacerlo cuando hay pinchos en posición muy peligrosa para el trasero y Tabán, quedó atado a los hierros. Las palancas hicieron su aparición y nuestros amigos a forcejear. Al principio como es natural no lograron su objetivo, aquella losa de mármol pesaría sus buenos doscientos kilos y bien ajustada por el tiempo y el albañil, les dio bastante tarea, pero forzando algo la posición y con los músculos a tope de tirantez y desde luego, con algún reniego fino, pudo hacerse.

No había luna, pero no tenían ningún problema con la luz, el pueblo distaba unos quinientos metros y los racimos de cohetes les alumbraban lo suficiente. Llegaron a la caja y una caja de muertos no tiene gracia ni pintada de amarillo, no es que lo estuviera, ese color era exclusivo del rostro de Tim. Alfred se encargó de bajar a la fosa, no lo echaron a suertes por supuesto, solo que alguien tenía que hacerlo y en eso no había discusión posible, Tim no bajaba. La madera de la tapa seguía en buen estado, pero la de los costados podía atravesarse con el dedo. Nuestro amigo intentaba en su manipulación que no se rompiera, pero se fastidió.

La espada estaba allí, polvorienta desde la punta a la empuñadura, pero estaba allí. Alfred la cogió, tuvo mucho cuidado al hacerlo, casi tanto como si hubiera cogido a un bebé. Era un objeto deseado, algo mágico, un regalo tras un duro esfuerzo, una posibilidad en su ilusión, total, el premio final.

Mientras una en pos de otra las oleadas de cohetes surcaban el cielo con su peculiar siseo, y los redobles de explosiones pintaban la negra noche de incontables colores, Alfred y Tim, se dedicaron a dejar la tumba y la losa lo mejor posible todo en su lugar y naturalmente, en paz muy merecida al muerto. Justiciano no dijo nada y sus vecinos tampoco, Tabán mucho menos, ni siquiera gruñó. Tim tenía la boca tan seca, que de haber querido hacerlo no hubiera podido y Alfred solamente dijo: ¡Fantástico!

Bueno pues, el delito se había consumado. En éste caso un juez no hubiese sido muy riguroso, teniendo en cuenta el móvil y la firme intención de restituir la espada, eso por descontado después de que Alfred averiguara lo de los testimonios, pero delito hubo, eso está muy claro.
Antes de regresar y ya con los uniformes en el maletero, le dieron a la espada un buen repaso visual a golpe de linterna y debemos decir ahora, que salvo la antigüedad de aquél objeto, nada vieron en ella que fuese merecedora de atención. La vaina metálica estaba muy elaborada y pendía de un ancho cinturón con la hebilla exagerada, que sin duda sugería, la inflada envergadura a lo ancho y largo del capitán. Como no era cuestión de quedarse mucho rato allí y tentar de nuevo a la suerte, hasta el momento favorable, dieron un corto rodeo por caminos pedregosos y se plantaron en el hostal, con tiempo suficiente eso sí, para que Alfred se arreglase un poco y diera satisfacción a las autoridades locales, elaborando de paso y sin pretenderlo, una contundente coartada.

Tim fue recuperando a sorbitos la tranquilidad y fortuna que tubo, pues Loreta se hubiese dado cuenta de su perturbado estado, de no ser porque sus brillantes pupilas estaban pendientes del cielo. A las doce terminó el increíble sarao de pólvora. Todo el condado recordaría este cuatro de Julio, pues a fe, que nadie había visto nunca tan descomunal demostración de convertir los billetes en humo. La gente se rindió al espectáculo, como se somete el súbito asombro a la fastuosa maravilla, ¡grandioso! Natural que jamás vieron nada parecido y de volverlo a ver, el talonario generoso de Alfred no andaría de por medio. Pero es cierto que se debe reconocer, que la cantidad de sobras dilatada, fue muy bien gastada.

Al alcalde no le hizo ninguna gracia la presencia de Alfred. En una hora y media, los centímetros entre el regidor y Susan fueron menguando, tanto así, que las caderas de ambos estaban pegaditas. Los pelotas concejales, no eran envidiosos con los problemas que suponía el municipio, pero si con las ventajas, por lo tanto la prebenda de acaparar a la tigresa fue muy criticada. A Susan le agradó el maduro y osado edil, así que le dejó ilusionarse por dos motivos: fastidiar a todas las mujeres que compartían con ella la tarima y darse el gustazo de ser la única reina de la fiesta. Por supuesto que un vestido de noche azul a tres tonos, con pedrería en los hombros y mangas, más el escote delantero y el trasero y la abertura lateral hasta donde se pierde el control de las babas, unido a un precioso chal, que esa no noche ni por asomo tuvo contacto con sus hombros, más el bolso de ceremonia y el peinado y el maquillaje, fueron suficientes para conseguir después de los cohetes la admiración de todos.

Alfred conoció a las esposas de los mandatarios y notables del pueblo y bien medido todo con un calibre de mano, lo notorio de los notables era su ignorancia y apetito, pues o decían sandeces cada vez que habrían la boca, o la tenían cerrada comiendo a dos carrillos. Los ojos de las damas y damiselas asistentes, se iluminaron cuando nuestro amigo llegó a la recepción, era el hombre más guapo y apuesto que nunca habían visto, lo malo era su novia, que era muy capaz de retenerle a distancia de todas sin esfuerzo, e incluso, de llevarse tras ella a todos los hombres como el flautista de Hamelin.

A las dos en punto de la madrugada muchos bailaban sin música. El vino peleón y la cerveza, no es aconsejable mezclar en ningún caso, pero allí, la mayoría de la gente seguía medio sorda por efecto de los petardos y aunque se lo hubieras gritado con un megáfono en los oídos, ni escucharte nadie.

A las tres menos cuarto todo acabó. Alfred y Susan fueron invitados a todos los actos oficiales del ayuntamiento para las próximas celebraciones, y a decir del alcalde, a todo cuanto Susan quisiera. El hombre hubiera dado cualquier cosa por acostarse con Susan y a partir de ahora, ese sería su mandato divino. No piensen que exclusivamente por vicio, pues con esa clase de mujeres no hay depravación que valga, a la que se quite la ropa despacio con sugerencia y, en salva sea la parte te meta mano, con eso ya te ha dado el puyazo asesino en el centro vital y desde luego, sin remedio te caes muerto a la pata tiesa con la lengua fuera.

Susan ya en el hostal, aceptó de buena gana despeinarse y Alfred, contento aquella noche gracias a la espada obtenida en la tumba de Justiciano, no declinó la oferta. Nuestro amigo no murió en el ataque desenfrenado de Susan, pero cansado como un burro si quedó.

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LA ESPADA Y SUSAN

Última edición por marquimar; 03-feb-2013 a las 18:03
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LA ESPADA Y SUSAN

El cinco de Julio empezó lento y pastoso, la vecindad acusaba la fiesta y la temperatura andaba dando palos tempranos desde las diez. Alfred despertó a las once, pero ya no encontró a Susan a su lado. La joven se había levantado a eso de las nueve y tras el breve desayuno, fue derechita a la obra para seguir con la tarea de fastidiar a la decoradora y a quién fuese.

Nuestro amigo encontró a Tim en el comedor y al parecer, él y Loreta también celebraron la fiesta después del cierre, pues el chofer tenía muy buena cara y esas cosas, se notan enseguida si atención les pones. Solo un café y un trozo de tarta y los dos se fueron al almacén alquilado días antes por Alfred.


La verdad es que tras un repaso concienzudo del objeto, los testimonios no aparecieron ante sus ojos, o puede que sí, pero no sabiendo lo que eran poco jugo le sacarían a su trofeo. El estado general de conservación de la espada era bastante bueno y una vez estuvo limpia y reluciente, resultó algo interesante, pero nada del otro jueves. El cinturón fue lo único que les llamó la atención, pues en el lado opuesto al soporte a tiras de la vaina y en su parte interior, una especie de bolsillo alargado de un par de palmos, estaba cosido en sus extremos al cuero principal. Lo más probable, es que fuese una bolsa añadida por alguna razón de transporte económico al cinturón original. Lo que destacaba de eso, es que no pudieron identificar de qué materia se trataba, pues parecía estar hecho de piel, pero su textura era desconocida y tela de alguna clase desde luego que no era.

De todas formas seguían lo mismo que antes, así que Alfred más enfadado que otra cosa, comenzó con una sierra de metales a separar la empuñadura de la hoja. Había decidido ya, que si la tenía que devolver a la tumba sería a cachitos de centímetro. Tim por su parte, se encargó de descoser el cuero y la hebilla y mucho trabajo no le dio, pues la especie de remaches ya estaban bastante fastidiados por el tiempo y las partes cosidas, como es natural, también lo estaban.

A la media hora de manipulación de la espada, el cinto y la vaina, ya quedaban solamente por investigar y al parecer, el fracaso se les subía de nuevo a la nariz. Pero al deshacer el pliegue de la bolsa añadida al cinturón, observaron unos caracteres de escritura, muy parecidos a los que conocía Alfred de los aztecas, seguramente gravados con agujas al rojo vivo. Mucha importancia no era de suponer que tuviesen, pues apenas diez líneas se contaban, pero claro, no dejaba de ser un hallazgo. Seguro que el capitán español les hacía trampa a sus hombres a la hora de repartir el botín y por eso, debió añadirse él mismo la bolsa disimulada, con el primer trozo de piel o lo que fuese aquello que le vino a mano. Algo es algo pensó Alfred, por lo menos, tenía un nuevo hilo para seguir buscando el ovillo. Quizá fuese una clave para la definitiva pista, o simplemente, un galimatías de los habituales que les gustan a los indios, en fin, otra vez a consultar expertos, porque diez líneas no era de pensar que fueran los testimonios. ¿Sería al fin una patraña todo aquello?
El día acabó, con más mala leche que buena y nuestro amigo se tomó dos aspirinas, eso no mejora la calidad de la leche, pero lo hizo por si el dolor de cabeza aparecía con el disgusto. Qué lástima de tiempo perdido, Alfred ya estaba casi seguro de haber sido timado, no había nada que justificase el timo, pues nadie por aquella información le pidió cosa alguna, pero tal vez el indio tepaneca no estaba en sus cabales y nuestro amigo quizá tampoco. Mejor sería no contárselo a Susan, eso era lo mejor.

A partir de entonces, Alfred retomó el interés por la obra y Susan no tardó ni tres días en pedirle si la dejaría ir a visitar de nuevo a sus padres. Era una cosa justa y nuestro amigo accedió. Parece increíble que la tigresa, fuera pidiendo permiso para hacer esto o aquello, pues en otro tiempo lo hubiese hecho a la brava, pero ahora era por la razón que conocemos, el arte de la conquista requiere finura y gancho, y ella tenía de sobras ambas cosas.

Tim cada vez estaba más metido en los asuntos del hostal y a Loreta eso la encantaba, un poco de descarga en la administración y echarle un ojo de vez en cuando al personal, era todo lo que hacía de momento, pero muy satisfactorio. De seguir aquella relación por un camino tan prometedor, muy pronto nuestro Alfred se quedaría sin chofer. Es lógico pensar, que la inteligente aportación de Tim al negocio, mejoraría notablemente las finanzas del establecimiento y a buen seguro, que ambos cosecharían de esa unión, tiempos mucho mejores para el corazón y provechosos para el bolsillo.

Mientras tanto en la central, Waridell Foster dominaba la situación con mano de hierro. Los oportunistas y pelotas de Susan habían caído en desgracia y los ejecutivos que en su día hicieron posible la dimisión de Waridell, pagaron con creces esa licencia. Puede que muchos piensen que ese proceder no es justo, pero en ciertos ambientes profesionales las revanchas son moneda corriente, todos lo saben y si miras con lupa el asunto, de injusto no tiene nada, pues a dar palos quien se apunta, no merece otra cosa que recibirlos.

Waridell tomando decisiones y Wisental aportando pruebas, la compañía estaba recuperando la seriedad. Todas las manzanas podridas en el cesto y a la basura, las buenas a trabajar. El Director de Dallas A.C.T, hacía tres días que había sido despedido y los archivos de la tigresa, que guardaba la joven en la caja fuerte de su despacho, violentada la caja y desmenuzados sus archivos. Por supuesto que antes de hacerlo, Wisental tuvo una larga y seria conversación con la secretaria personal de Susan y la chica presionada por el jefe de Seguridad, no tuvo inconveniente en traicionarla, a cambio eso sí, de ser trasladada a otro departamento. Era una chica muy ambiciosa y a éste tipo de gente, del género que sea, es fácil comprarlos, pues la mierda siempre ha salido muy barata.

Después de escuchar la grabación de la charla, que solo aportó indicios de deslealtad, Waridell contrató a dos investigadores privados para continuar con las pesquisas: “de la vida y milagros de Susan”. La razón de tal conducta era, el seguimiento exhaustivo de las operaciones de compra-venta patrocinadas por la tigresa y los resultados, no tardaron en ser contundentes. El ordenador de Susan se resistía, pero dos expertos en claves se turnaban para acceder a su disco duro. A todo esto, Susan ni enterarse, pues las cuatro veces que hablo con su secretaria, ninguna novedad recibió de ésta.

Waridell descubrió en la primera semana de Presidente del consejo, que Lionel Daniels era consejero de la empresa intermediaria de Austin y eso naturalmente no le gustó ni un pelo ni medio. Financiera de Adquisiciones, intervino en cuatro ocasiones en las operaciones de Daniels and Daniels y claro, hay cosas en el suelo que pisas y te ensucian el zapato y como no te lo limpies bien, estás listo. Ahora estaba Waridell Foster en la tarea de probar que Susan y su padre, le sacaban tajada a la compañía y cuando encontrase las pruebas, la historia habría concluido. Razón no le faltaba desde luego, pues él, también conoció la ruin seducción que practicó Susan con el padre de Alfred y por esa única razón, fue destituido.

Malos tiempos corrían para los intrigantes y falsos. Aaron Wisental y el Jefe de personal, repasaron uno a uno los expedientes de personas despedidas en un año, naturalmente, solo de aquellas que sin explicación fueron puestas de patitas en la calle. Wisental estaba disfrutando como profesor de gimnasia en internado de señoritas, claro que ya sabemos que no se le notaba en absoluto.

Uno a uno, los trapisondistas y maniobreros caían como moscas en tela de araña. Se detectaban numerosas irregularidades en todos los departamentos: Ascensos injustificados, traslados absurdos, compras innecesarias, servicios exteriores excesivos, etc. Parece mentira lo rápido que trabajan los gusanos en carne de muerto.

Allan Weiss, nuestro encargado de las papeleras seguía bajo la tutela del jefe de mantenimiento y su padre, incorporado dos semanas después, estaba con él. Las papeleras ya no eran su ocupación, pues le habían nombrado el ayudante de su padre y los dos, se encargaban junto a otros, de la cerrajería del edificio, trabajo éste que puede parecer descansado, pero se debe tener en cuenta que las puertas al cargo de los dos, eran doscientas setenta.

La secretaria personal de Waridell Foster, que contaba la misma edad que su jefe y un currículum de quitarse el sombrero, aparte de ser una mujer íntegra y muy simpática, salió entre los aplausos de sus compañeras de trabajo, mucho más jóvenes, con su maceta preferida entre las manos y una sonrisa encantadora y acompañada de un mozo de traslados con el carrito de sus cosas, y luego, desde su confinamiento en el piso siete por culpa de Susan, se metió feliz y contenta en el ascensor hasta el piso veintidós. Nunca había ocupado esas alturas vertiginosas y mareantes, lo máximo alcanzado cuando su jefe de siempre ostentaba el cargo de Director General, fue el piso dieciséis, pero la mujer estaba dispuesta a tomar biodramina si tan elevada posición lo requería. No hay que dudar que se había convertido en la dama con más poder encubierto en toda la compañía, pues si bien el mandamás era Waridell, ella era la única que le sabía preparar el café y eso no es moco de pavo.

Como bien se ve, las cosas se enderezaban en la ciudad, pero en el campo no adelantaban al mismo ritmo. Seguro que por esa razón se quejan tan a menudo los agricultores, o pude que sea por otra, el caso es que los trabajadores de la campiña, desde que el mundo da vueltas, que lo tienen más difícil.

Susan con el permiso de Alfred y el descapotable, se fue de viaje a su casa para verles la cara a sus padres y ésta vez, en cuanto desapareció con el coche doblando la esquina, lo primero que hizo Alfred, fue pedirle el teléfono de Liria a Loreta para llamar a la chica, pero enseguida desistió, no tenía mucho sentido, pues en un par de semanas se casaba. Fue algo como al despedirse de ella, un impulso reprimido al instante, pues al parecer, con la hermosa experta en indios todo eran impulsos.

El alcalde llegó al hostal en busca de la tigresa, el hombre tenía la cara más dura que el acero, así que recibido por la sonrisa irónica de la posadera, no se cortó en decir:

--- Hola Loreta, estás muy guapa.

--- Hola majadero, estás más viejo.

Estaba bastante claro, el poco respeto y aprecio a su persona en el hostal, pero a él, muy acostumbrado a pasar por alto las opiniones ajenas, no le hacía ni cosquillas. Después de arreglarse el pelo y la corbata en el espejo de recepción preguntó:

--- ¿Está la señorita Susan Daniels?

--- Lo siento acaba de marcharse. A sabido que venias tú y se ha ido. Le he contado como me contagiaste aquella enfermedad venérea asquerosa y ella como es tan fina ha salido corriendo.

Ahora ya, no le hizo gracia el comentario de Loreta. Y no por el tono ni por las palabras, sino porque a los cuatro parroquianos que estaban sentados en la barra del pequeño bar, se les iba la cerveza por las comisuras de la boca. El alcalde sabía perfectamente, pues este tipo de individuos los saben, que cuando se es un cabrito de los gordos, te pueden poner en cualquier instante la cara roja. ¡Y no por la vergüenza! Que eso a determinadas alturas ya no se tiene, más bien, por un par de tortas de mano peluda que hacen más daño. De momento el regidor, había salvado con astucia esa eventualidad, pues todas su presas preferidas eran mujeres sin ataduras sentimentales, pero claro, ese lote era muy escaso en el municipio y ya se estaba terminando. Por lo tanto, muy pronto debería establecer la conveniencia o no, de atacar a las casadas y prometidas en activo. El peligro a veces se hace imposible de sortear, cuando el deseo de ser gallo es irremediable, pero nadie crea que por pensar así el hombre era intrépido, solamente que pensaba con el pito.

El edil miró con cierta furia a Loreta, pera dando la partida por perdida, salió como gato escaldado del establecimiento. El ramo de flores quedó en el suelo del aparcamiento y el coche, dejó parte de la goma de los neumáticos en la calzada. ¡Cabreo mayúsculo! No para Loreta por supuesto, que la mujer se quedó tan ancha y satisfecha como el día que le dio la patada. ¡A freír monas cabroncete, que asco de persona!

Bueno, pues el día transcurrió sin más novedades. Alfred llegó al hostal un poco tarde, ya que hoy, era día de pago al contratista y como los trabajos unos se hacían por administración y otros a destajo, los números fueron algo complicados. La verdad es que la obra tenía muy buena pinta y el jardín excelente, nuestro amigo en eso estaba contento.

Al llegar al hostal recibió una bonita sorpresa, Liria le había escrito una carta, al instante se sentó en su rincón favorito y puso atención a las palabras de la chica, decía esta: Apreciado Alfred. Unas líneas para agradecer tu simpatía y atenciones conmigo. Has de saber, pues deseo que lo sepas, que me hubiese gustado prolongar mi estancia, pero comprendí lo absurdo de esa decisión, así que preferí marcharme. Te deseo toda la felicidad del mundo en tu próxima vida de casado, puede que tu prometida te la de, pero si por alguna circunstancia se olvida y no lo hace, recuerda que me encontrarás en la cola. Bueno, un beso y que descubras muy pronto los testimonios, te deseo lo mejor. Liria.

Nuestro amigo saboreo la carta tres veces más y después, se le puso una cara de tonto como en un concurso de tontos. Loreta y Tim le observaban con interés y al instante comprendieron, que Alfred ya estaba tocadito por la chica. Son esas cosas que se adivinan en los hombres con facilidad, pues los ojos se les caen hacia los lados y la lengua se les atasca entre los dientes.

La tigresa llegó a la ciudad bastante cansada y debido a eso, no sabía a dónde dirigirse primero. Por un lado, quería acercarse a la central para ver de cerca la situación y por otro, irse a casa. Le daba lo mismo eso sí, porque en ninguno de los dos lugares la dejarían descansar merecidamente. La casualidad decidió que optase por lo segundo y eso fue su gran error, pues la caprichosa suerte es un factor determinante en la vida y de ahí, que a Susan mientras ya llegaba su residencia, le descubrieran en la sede central la clave de acceso a su protegida agenda informática.

Ciento veintiséis largas y continuadas horas y muchas averiguaciones y cábalas, lo hicieron posible. Susan sintiéndose impune e invulnerable, había escogido para su contraseña personal, el nombre de un caballo que tuvo hacía años y eso naturalmente, nunca debe hacerse. Claro que tampoco pudo llegar a pensar, que su ordenador fuera objeto de un ataque. Los expertos se devanaron los sesos en la búsqueda, pero como éstos profesionales son el colmo, encontraron el nombre del citado caballo en una nota de sociedad publicada en el Anuario de las Carreras y el equino, tenía un nombre muy aventurero, se llamaba Jasón.

Para Waridell Foster el resto fue coser y cantar, la traición de Susan a la compañía quedaba patente con pelos y señales y si bien no podía utilizar esas pruebas, la oficina de investigación a partir de aquellos datos encontrados, muy pronto sacaría a la luz toda la trama y a todos los protagonistas.

Otro día negro para los que hacen de su comportamiento un vertedero. La verdad tarda en conocerse muchas veces, pero cuando lo hace siempre es en el peor momento para el mentiroso. Esa es la única ganga que tiene eso, pues de mentiras y traiciones esta hecho el pienso diario que comen muchos. Nadie se lo esperaba, pues ya se sabe que lo malo nunca se espera, todos a la expectación embobada nos tiene lo bueno que puede venir y siempre a olvidar lo otro.

Mientras tanto, Alfred envió una copia y un trozo no escrito del hallazgo a un antropólogo mejicano que ya conocía, con la intención como es natural, de que alguien experto lo estudiase. La respuesta se haría esperar, pues el mencionado profesor estaba disfrutando de unas vacaciones y no regresaba al trabajo hasta la semana siguiente, no es que corriese ninguna prisa, pues seguramente sería una tontería aquel hallazgo.

En la obra, el piso de la planta estaba terminado así que nuestro amigo, trasladó el equipo informático al sótano. Allí se sentía muy a gusto y aunque los ruidos eran constantes durante el día, cuando los camisetas sucias se marchaban se podía permitir un par de horas a sus anchas. A Liria le escribía una cara diaria, pero nunca llegó a franquearla, no estaba muy seguro de sus sentimientos y además, Susan también le atraía mucho, así que era un embrollo de difícil solución, ambas le gustaban y ninguna destacaba notablemente de la otra. Era una situación de esas tan peliagudas, que solo se solucionan lanzando una moneda al aire, claro que eso no tenía mucho sentido. La verdad es que en cuestión de afectos, el grifo de las ideas casi siempre te gotea y lo hace tan lentamente, que no hay forma de saciarte la sed. Una historia complicada eso del amor, en parte solo es pasión y en parte solo cariño, pero… ¿Qué parte es la mejor parte? Es de suponer pensaba Alfred, que eso depende del día, de la noche, de la vida, de la salud y de la enfermedad. Complicada cosa es preguntarle al corazón o al cerebro por el mejor camino a seguir, pues esos rivales enconados nunca se podrán de acuerdo, ya que no saben ni sabrán jamás, quién de ambos es el que manda y por eso, siguen luchando por dominar al hombre.

El caso era, que con un poco más de indecisión absurdo sería plantarse en el altar, pero ganas de compañía tenía muchas, así que soluciones pronto llegasen o de lo contrario, a seguir en el mundo más solo que la una. Está bastante claro que Alfred no tenía ante sí un dilema muy especial, casi todo varón ha pasado por esos interrogantes: Si me hubiera casado con mengana, si me hubiera casado con fulana, si me hubiera casado con zutana, en fin, lo de siempre. Hay muchas mujeres que te ponen de perfil junto a la esquina, así que darte el morrón es fácil.

Tres día habían pasado desde que Susan llegó a la ciudad y ella, aún estaba desintoxicándose de la compañía de su primo. Cada vez sentía más aversión hacia él, ya no era fácil sopórtalo al principio, pero es que ahora, Alfred la tenía demasiado amarrada a causa del asunto con su padre. Si no fuese porque Susan lo había prometido a Lionel su progenitor, a buenas horas estaría aguantado cadenas.

Lionel y Doritel, estuvieron restañando con cariñosas palabras las heridas de su hija, con la única intención por descontado, de devolverla de nuevo a la lucha. Desde siempre su padres, uno con ganas y la otra con reservas, la habían enviado una y mil veces a los leones y ella, pensando siempre en laureles y victorias, lo hizo con mucho gusto. Solo Lionel conocía con certeza, el asqueroso comportamiento que se debe tener si se desea obtener riqueza en esta vida, pues no existe otra forma de conseguirlo que no sea la lotería, así que no hay más remedio, que pudrirse por dentro y ser cautivador por fuera.

Susan no les contó a sus padres el motivo de su aceptada sumisión, no era prudente que ellos lo supieran, sobre todo su madre, que en cierta forma era bastante amiga de la madre de Alfred y a pesar de la escasa cantidad de escrúpulos que había en la casa, no hubiese sido inteligente contarlo y por eso no lo hizo. Son muy curiosas las líneas de los reparos que tienen las conductas antisociales, en absoluto les importa darte una puñalada, pero si se lo pides, te ayudará con gusto a limpiar la sangre del suelo.

Menos mal que Alfred tenía entre sus empleado a gente leal y ética y éstos, sin ponerse de acuerdo pues Tim y Waridell no se conocían, pusieron palos a las ruedas de Susan, que si no, nuestro amigo tenía todos los números para tragarse una manzana con gusano.

Hoy era el gran día de las culebras y los lagartos. Susan decidió por puro aburrimiento acercase a la central, no es que tuviera ninguna razón para hacerlo, solo que antes de regresar a la casona con Alfred, deseaba pasear su altivez por el gran edificio y poner de los nervios tensos a más de uno.

En recepción tuvo el primer aviso pues Aaron Wisental, el jefe de seguridad, despachaba asuntos con uno de los guardias y la vio, pero no le hizo el más puñetero caso, es más, no dejó que el guardia fuese hacia ella para cumplimentarla. Susan por ese detalle no sospechó nada, Wisental era una persona muy rara y es posible que hoy tuviera el día torcido, así que no le dio demasiada importancia al incidente. Ella no era de esas ejecutivas que tienen por costumbre reprender en la cara a todo quisqui, solamente tomaba buena nota y traidoramente le despedía. El jefe de seguridad era persona importante en la compañía desde luego, pero no tanto, que impidiese ser sustituido por otro, pues nadie a excepción de ella era imprescindible.

La tigresa llegó a su despacho y enseguida preguntó por su secretaria, la mayor parte de los empleados desconocía la delicada situación de Susan y por eso, la trataban como siempre con mucha cautela y servidumbre. De todas formas la cosa estaba algo oscura y cuando se enteró de que Waridell Foster había ocupado el despacho del piso veintidós, se enfureció a lo vivo. Bien está que le nombrasen presidente, pero eso no incluía sentar el culo en las alturas. Susan no tardó ni cinco minutos en plantarse allí.

Amanda, la secretaria personal del presidente, la recibió con sonrisa irónica, pues ella si sabía todo lo concerniente a la tigresa y por descontado, que tenía muchas ganas de soltarle un par de frescas. Hoy era el gran día, por fin había llegado su momento y le dijo:

--- El señor Foster está reunido, si desea dejarle algún recado, hágalo en una nota y yo se la daré cuando me apetezca.

--- ¿Cómo? ¡Dese usted por despedida Amanda! ¿Pero qué se ha creído? ¡Quiero ver inmediatamente a Waridell!

--- Lo siento niña estúpida, y si sigue levantando la voz llamaré a seguridad.

Susan no podía creerlo, era tan inverosímil que la descolocó. Naturalmente a los pocos segundos recuperó el mal genio y apartando a su oponente llegó a hasta la puerta del despacho y sin llamar entró. En el primer golpe de vista localizó a Waridell, estaba sentado tras la enorme mesa que antes ocupó ella y delante de él, a tres directores conocidos de la compañía. Susan visiblemente enrabietada colocó sus manos en la cintura y con el máximo talante desagradable soltó:

--- ¿Qué está pasando aquí?

Los cuatro la miraron con sorpresa lógica y uno de ellos, el más tímido, hizo el intento de levantarse cortés, pero los otros dos le clavaron tal mirada, que se sentó de nuevo. Waridell dejó a un lado los papeles que consultaba y se quitó las gafas con parsimonia. Amanda como es natural, había entrado tras la tigresa, por nada del mundo quería perderse aquello, así que cerró la puerta y cruzó los brazos.

Waridell contestó despacio: --- ¿Qué está pasando dónde?

Era la primera vez que Susan se sentía pequeñita, siempre su aparición había incomodado a todos, pero ahora cosa rara, parecía que su presencia les importase un pimiento. Pronto comprendió que algo estaba punto de pasar y que no sería agradable para ella, pero con todo contestó nerviosa:

--- Me refiero a mi persona, mi secretaria personal no está, mi despacho cerrado, esta idiota me niega el paso. ¿A qué viene esta conducta estúpida? Sigo siendo la vicepresidenta, ¿está claro?

--- Señorita Susan, tome asiento, será mejor. Disculpen señores, más tarde continuaremos, déjennos solos por favor. Amanda, salga usted también.

--- Yo me quedo, si lo desea luego me despide, pero esto no me lo pierdo.

Waridell miró a su secretaria con estupor, pero adivinando lo resuelta que estaba no insistió. Luego empezó despacio:

--- Tengo malas noticias para usted Susan, no es nada agradable lo que voy a decirle, pero no tengo más remedio que hacerlo.

Susan se sentó altiva y cruzó las piernas diciendo: --- Al grano Waridell. Y será mejor para usted que sea algo importante, pues de lo contrario se lo diré a mi prometido.

--- El señor Daniels posiblemente ya habrá recibido mi informe. No creo que usted pueda utilizar más su influencia con él.

--- Eso ya lo veremos, suelte lo que sea.

--- Hemos descubierto todas sus actividades de competencia desleal y estafa, tengo en mi poder todas las pruebas, ya solo falta la autorización del señor Daniels para ponerlas en mano del juez.

Susan se quedó sin sangre en el rostro, se le escapó un codo del respaldo y se le fue la saliva al desierto. Un caos mental se apoderó de ella y sus manos temblaron de miedo por primera vez. Amanda, se conformó con eso y salió en silencio del despacho, al fin y al cabo, puede que ahora las cosas fueran diferentes para la joven descarriada, pues Amanda sabía perfectamente, que la culpa de todo aquello era de su padre, el indeseable Lionel Daniels.

Waridell Foster le ofreció un pañuelo a Susan y tras unos segundos de tensión, ella rompió a llorar. A cualquiera le habría dado pena la chica, pero a Waridell en absoluto, solo la trataba cortésmente debido a su acentuada educación, pero nada más. Durante un año viéndola hacer daño a toda la gente que no le hacia la pelota, es demasiado tiempo.

Lo peor no había pasado aun, pues el jefe de seguridad y dos guardias la esperaban a la puerta del despacho y cuando Susan acompañada del presidente salió, los guardias se colocaron a su lado y Wisental fue categórico:

--- Ahora señorita Susan, debe abandonar el edificio, puede seguirme de grado o por la fuerza, a mí me da lo mismo, usted decide.

Susan no tuvo otro remedio que hacerlo y las miradas de los empleados eran latigazos de vergüenza en sus pupilas. Susan ya jamás olvidaría aquél paseo, fue el mayor deshonor que alguien puede experimentar, casi un extravío mental, un final desastroso y merecido para la tigresa.

El estilete de la ignominia se clavó de nuevo en ella en la misma puerta del vestíbulo, cuando Wisental con su habitual cara de palo le pidió la identificación y tras obtenerla, de una Susan apagada y cabizbaja, el jefe de seguridad la rompió notoriamente para que todos los presentes pudieran verlo. Susan abandonó la central para no regresar jamás a ella.

A todo esto, Alfred daba cuatro golpes en la mesa del rincón. El informe de Waridell no tenía desperdicio, su leal empleado había hecho un trabajo muy concienzudo. Estaba claro que Susan le tomo por tonto de capirote y por estúpido y memo, pero en fin, lo hecho, hecho estaba.

Tim fue invitado al rincón y allí pudo conocer el motivo de los puñetazos a la mesa. Al chofer no le vino de nuevas la noticia, ya se esperaba algo parecido de Susan, el hombre y la mujer que malos parecen, malos son, no hay que darle más vueltas. Eso no significa que la rectificación y la sana enmienda no estén a disposición de cualquiera, pero lo cierto y lamentable, es que la maldad es como una droga para mucha gente y sin practicarla no pueden vivir. Cada tres minutos nace un hijo de ramera en éste mundo, algunos de madre que por circunstancias ya lo es y otros, que en el reparto de la suerte a otras mujeres les ha tocado sufrir. Es una pena que al concebir el hijo no se detecten tales tendencias, pensaba Alfred en su furia, pues en ese mismo momento de nacer, ni palmada en el culo habría lugar.

Loreta muy práctica, tardó en llamar a Liria el tiempo que se le fue a nuestro amigo en emborracharse. Las mujeres a lo suyo y gracias a eso, los hombres no se desmoronan como castillos de arena. Y es que así fueron creados los dominadores absolutos de todo el suelo que se pisa, con litigios perpetuos en el corazón y vaguedades sin fin en la mente, por descontado, que ingenio y gracia no le faltó a nuestro Divino Padre.

Liria no pudo reprimir su alegría de ninguna manera, puede que las palabras y los pensamientos tengan medida controladas de su piedad o crueldad, pero el corazón siempre ama u odia, con la fuerza incontrolable de todas las verdades universales y solo la razón, puede amortiguar ese arrollador instinto. La chica pensaba en otra cosa de momento, que en hacer la maleta, le importaba poco el estado anímico de Alfred, ya se encargaría ella de mejorarlo o bien, quemaría todas sus naves en el intento.

Lo dicho, que Liria ya estaba camino de pelear con voluntad femenina su felicidad futura, pues de todos los males y tempestades surgen al final los buenos vientos, claro está, que a nadie le gusta pasar por la tormenta para llegar a la calma, porque el sendero de la vida es corto y naturalmente, la existencia mengua con cada despertar, pero quizá, sueño sea lo que al existir llamamos vida.

Tim aprovechó la botella de su jefe para tomarse unos tragos, a Loreta no le gustó. Esas cosas no les gustan a las mujeres, sienten horror por todo aquello que las pueda descentrar, pues una vez situadas en el patio de la lucha, son temibles.

A la mañana siguiente, Alfred habló largo y tendido con Waridell Foster y tras deliberar sobre el asunto, estuvieron los dos de acuerdo en hacerle una oferta a Lionel Daniels: El devolvería inmediatamente lo estafado y a cambio, ellos se olvidarían del juicio. Natural que aceptaría el muy cochino y además, podía sentirse satisfecho, una publicidad de algo así, era lo menos que necesitaba el pomposo mierdecilla. Susan no llamó y esta vez, no lo haría nunca más, había embarcado en un avión con destino a Jamaica y la firme convicción de no regresar en su vida. Apetitoso pasto para los isleños, suerte con ella.

A mediodía, Loreta le comunicó a nuestro amigo, que seguía muy afectado, la noticia de que Liria estaba al llegar, eso no le puso encima del piano a dar botes, pero le hizo sonreír y pensar en ella.

Tim sustituía a su jefe en la obra, pero yaya sustituto, ni un dinamitero: Se cargó con los zapatos el cemento fresco del baño, salió y por limpiarse perdió el equilibri, y se fue contra el carretillo, que a su vez, descargo el yeso sobre la prueba de parket recién colocado, pero es que al levantar para volver a caerse, le dio con el casco a un puntal y se agarró al soporte, que no sabe cómo lo hizo, pero se vinieron abajo dos yeseros. El capataz le sacó de allí rogándole que no volviese a entrar y Tim se lo agradeció.

Para la cena las cosas tenían ya otro color, la ilusión de ver de nuevo a Liria había puesto en fuga a la tristeza de perder a Susan. Loreta encantada con la posibilidad de ser la madrina de boda y Tim, a sus anchas más anchas, por la simpatía y buena crianza que Liria le había demostrado.

Nuestro amigo pasó la noche entre vuelos verdes y aterrizajes amarillos, ni por asomo pudo descansar, ya no era el dolor de un corazón herido, era algo mucho más humano y perentorio: La rabia. Su tío Lionel siempre le había inspirado ganas de darle en la espinilla con un mazo, pero ahora, le apetecía darle en la cabeza con un yunque de herrero. Coronas de alfalfa para el personaje.

Pero pronto llegaría la dulce mañana del siguiente día y con ella, la hermosa Liria. Dos hermosos soles resplandecientes, para una alborada maravillosa.

A trancas y barrancas, la lucidez se abre paso entre la somnolencia y luego, una breve visita al baño y el cepillo de dientes removido con fuerza, se afana en la boca a refrescar. Más tarde, afeitado y al punto aliviada la piel con la loción, el bosque capilar recupera su posición habitual surcado por el peine y así, Alfred está listo para desayunar. Baja las escaleras y Tim le está esperando. Loreta enfrascada en su fregona, parte desde los rincones con maña y se acerca a los dominios de los taburetes, que como siempre por incordios, están al revés sobre la barra del mostrador. La puerta del hostal permanece abierta de par en par, así se ventila el establecimiento y, las hojas del periódico atrasado, ya chupan en el suelo el agua con lejía. Los dos únicos clientes, que les tiene sin cuidado que hoy sea día laborable, sostienen en su mano la primera copa y saltan de puntillas de uno a otro lado, al compás y el empuje de la vigorosa fregona, pues lo más importante es no cabrear a Loreta, que si le pisan el suelo limpio y mojado, se pone de los pelos y les planta en la calle.

Nuestros amigos se van hacia la obra con entusiasmo. Tim para no olvidarse ya se pone el casco solo salir del hostal. Llegaron a la casona justo cuando los obreros se disponían a tomar el bocadillo, ellos siempre lo hacen sentados en el suelo y de espaldas contra la pared, puede que sea porque su vida laboral en el tajo, está exenta de muebles, o puede también que le guste esa posición, pues al fin y al cabo la espalda recta y las piernas dobladas, es lo contrario a lo que por costumbre tienen trabajando. Buena gente la que piropea a las hembras desde el andamio y discute de fútbol, su pan se lo ganan.

Alfred y Tim se dieron un paseo por el jardín y hablaron un rato con Tom, un rato largo desde luego, pues Tom también tenía un bocadillo muy largo y, comentar con él mientras comía, era de llenarte completamente de migas de pan y cachitos de hamburguesa la pechera de la camisa.

La cuestión compleja que se suscitaba hoy, era el transformar parte del tejado en terraza. El dibujo del aparejador estaba casi bordado, eso ni discutirse, pero sin una mujer que aporte sus ideas y deseos al proyecto, es inútil manejar las ventajas e inconvenientes que se pueden obtener de una terraza. Nada se decidió por el momento, no estando Susan, ni los colores de los azulejos eran fáciles de escoger. Tim sugirió que Liria podría opinar con gran criterio sobre el tema y a nuestro amigo le pareció de perlas, pues la chica era un encanto y es de suponer que tendría buen gusto para la tarea. De nuevo ahora y con más razón, Alfred acariciaba en su ánimo el disfrute de la compañía de Liria, un suspiro tras robarle un beso y una caricia nocturna con rayos de luna y ya de paso, le enseñaría la espada y era mejor que no le preguntase, de dónde la había sacado, cosa por otro lado bastante difícil, pues fue Liria como sabemos, quién le dijo lo de la última morada, así que, a silbar en caso de pregunta.

A las tres de la tarde la decoradora llegaría al hostal y esta vez, a su mala cara añadiría su mala leche. El motivo era hoy, que el aparejador se estaba metiendo en su terreno, pues el asunto de los tonos y colores es como se sabe, cosa de los entendidos en ambientes y en absoluto, de los tiralíneas con cara de perspectiva en punto de fuga. El arte como se conoce está por encima de las evidencias, pues no es tan fácil meter a un papagayo en casa y que no destaque y además, el aparejador ya tenía su teta, ¿a qué viene el intentar mamar en la del vecino? La mujer tenía mucha razón, lo del papagayo es complicado desde luego, a menos por supuesto, que lo metas en una tinaja con salfuman, ya que eso tiende a unificar colores y si la protectora tiene algún inconveniente, pues le pones un sarape y un gorro mejicano, que unifica menos pero oculta más. Y la verdad es que son cosas que cabrean a cualquiera, así que al aparejador lo que sea cosa del aparejamiento y la decoradora, lo que sea en buena hora, pero sobre todo: Paz en la obra.

Liria apareció en la posada como su belleza desde la niñez, madrugadora y rotunda. Ahora, dos maletas relevaban a la bolsa que trajo anteriormente, es natural que en ésta segunda oportunidad, la chica tuviese la misión muy clara: Consolar al hambriento en su ceguera y darle de comer obviamente sin masticar. Naturalmente también si se lo pide, enseñarle una y otra vez y muchas veces, lo que Alfred no sea capaz de ver a la primera. Son cosas de mujeres, no hay que darle más importancia, además, eso siempre es mejor que darle sed al que no tiene agua.

La cosa como Dios manda, es que la mesa del rincón ya no era necesaria, aunque puede que la habitación de Susan si, pues la chica no debía interferir en las relaciones de Loreta y Tim y de paso, tampoco en las de ella y Alfred si éstas, se llegaban a producir. Liria estaba igual de guapa por la mañana, por la tarde y por la noche más, eso se sabe, porque los ojos te hacen chiribitas cuando la miras y ella que lo adivina, se sonríe satisfecha.

Los cuatro cenaban después del resto de parroquianos y eso, les permitía una larga y entretenida sobremesa, bueno, salvo Loreta, pues a la posadera si no era uno era otro, pero a todas horas la tenían con ahora ponme esto o cóbrame aquello.

El caso es que Liria cogió en sus manos el hallazgo y les puso a todos con la comida en la garganta, pues les dijo, que posiblemente aquel bolsillo estaba confeccionado con piel humana. Al parecer, los Tepanecas tenían costumbres de mal levantarse y a la que intuían que los Dioses estaban algo moscas, se montaba el lio y ya teníamos a una pobre muchacha sacrificada y luego desollada. ¡Jesús que bestias! Algo conocía Alfred de esto, pero ni pensar siquiera, pues son asuntos tan truculentos que a uno no se le pasa a nadie por la cabeza y si lo hace, se intenta olvidarlo.

La cuestión estaba próxima a resolverse, pues el antropólogo mexicano, a punto estaba de dar su dictamen. Es de suponer, casi seguro, que sería perder el tiempo insistiendo en la búsqueda de los testimonios. Qué lástima de casas destrozadas, ahora costaría un pico restaurarlas o venderlas.

Tras la disertación de Liria se cerró el hostal. Allí todos los huéspedes tenían una llave de la entrada, por lo tanto, a nadie le interrumpían el sueño si llegaban tarde. Liria y Alfred, después de arreglase un poco se marcharon a San Diego, era una noche perfecta para ir al cine, según ellos claro, pues para la gente joven todas las noches son perfectas, uno está más cerca de acostarse que de levantarse y en cuestión de pillar la horizontal, ya se sabe, que a la gente de comer pan tierno les mola mucho. Lo de irse al cine es otro cuento que se utiliza mucho como excusa, así que no les preguntes al volver que película vieron, porque eso es fomentar el embuste. El caso era, estar a solas con la noche de carabina, las noches de Julio son hermosas y sugerentes y, a poco que pongas por tu parte, pueden ser el motivo de sueños maravillosos mientras vivas. Alfred olvidó por completo a su prima, a eso vino Liria expresamente y lo consiguió a la primera.

Por la mañana, la chica se encargaría de escoger tonos y colores y de paso, estaría junto a su apuesto galán todo el día, es una forma muy agradable de pasar las vacaciones, así por lo menos pensaba ella. A Loreta, ya le estaban las cosquillas jugando a pensar en el traje de ceremonia, habría que empezar de nuevo el régimen, pero valía la pena. ¡Y tanto que sí!

Capítulo final

LA FÓRMULA

Última edición por marquimar; 10-feb-2013 a las 09:17
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LA FÓRMULA

Alfred recibió la sorpresa que ya no esperaba, el experto mexicano concluyó, que aquellos signos eran un conjunto de ingredientes para un bebedizo, pero lo lamentable del caso, es que algunos nombres de los ingredientes le eran completamente desconocidos. Tras estudiarlo detenidamente, optó por enviar una copia a un colega suyo, y a nuestro sorprendido amigo aquellas primeras conclusiones. Efectivamente, se trataba de piel humana, posiblemente de la época de los soberanos Tepanecas de Azcopotzalco, en el siglo XIII. Lo más curioso es que era un códice azteca, no Tepaneca, y los aztecas de forma muy tradicional, utilizaban un sistema de escritura pictográfica sobre tejido de fibra maguey, tratada con soluciones adhesivas de cal, o sobre cuero seco de venado, pero nada de piel humana. Se deduce así de la información, que un sacerdote de los Tepanecas se lo quitaría a un Teomamaque azteca, cuando éstos, fueron sometidos en el 1376, o puede que algún Tlatoani, jefe supremo de todos, se apropiase a la brava del cuero. De todas maneras ya estaban nuestros amigos con los nervios a saltar, pues las noticias no tenían desperdicio. ¡Una fórmula!

El capitán español seguro que no sabía eso, posiblemente cogió el cuero para fabricarse el bolsillo secreto, pero nada más. Naturalmente que el indio Tepaneca habitante del desierto si lo sabía, de eso ya estaba convencido Alfred. En el supuesto de que los eruditos encontrasen la manera de descifrar la fórmula, el viaje a la baja California era imprescindible. Liria fue muy felicitada por su afinada intuición y Loreta, por haberla llamado.

A partir de ahora, de nuevo para nuestro amigo los días serían muy largos, la obra otra vez le importaba muy poco y las empresas ya no le preocupaban en absoluto, así que, a esperar el ansiado momento de las próximas noticias. Es de suponer, que si los ingredientes del brebaje eran desconocidos, sería por el nombre para denominarlos, ya se sabe que muchos nombres cambian con la geografía y si eran plantas o frutos, posiblemente los conocería el indio.

Liria estaba tan entusiasmada como Alfred y además, nuestro amigo le hizo la promesa, de que en caso de viajar hasta el volcán de la Tres Vírgenes ella iría con la expedición. A la chica los viajes exóticos la ponían como a los niños las excursiones y ese destino anunciado, no es que fuera un lugar muy remoto, pero de agreste y desértico desde luego que sí, por lo tanto y en lo que se refiere a tragar arena en polvo, eso garantizado.

Tim era hombre de ciudad y por eso, desde que se encontraba en el campo había mejorado de los nervios, pero se le fueron al garete las ideas. Quizá sea una cuestión de laxitud debido al poco trajín en la demarcación de los prados, o puede, que la proximidad de los espacios abiertos siga siendo el bálsamo del hombre, o por afinar más, que la dulce Loreta a base de mimos y zalamerías, le hubiese puesto a remojo las neuronas. Él no se quejaba desde luego, y es cierto que no hay humano que del buen trato se queje, solo que si alguna vez regresaba a la ciudad, puede que los semáforos y otros inventos urbanos le diesen algún disgusto por zoquete.

A Tabán hay que reconocerlo, le tenían todos como a recluta enchufado. El muy pillastre, aprendió enseguida a sentarse y dar la pata. El chucho sabía que esas cosas son estupideces, pero si con esas ridículas posturas se consiguen galletas y caricias, bienvenidas sean las tontas posiciones. Las noches las pasaba atado a la puerta del almacén, pero los días, iba tras su dueño a todas partes. Lo del depósito de muebles era otra memez, pues el perro en caso de ladrones si estos le daban una galleta, les ponía la llave en la mano moviendo la cola.

El señor alcalde ya no apareció más. Ni con flores, ni con bombones, ni con nada. Los más seguro era, que se había enterado de la deserción de Susan y sin peces, no sirve de nada llevarse la caña al río. En un puñetero pueblo, las cosas se saben mucho antes de que ocurran y nadie piense que eso es un milagro premonitorio, lo que acontece de verdad, es que cuando se cuenta un chisme sabroso, de alguien que no ha cometido tal cosa, entonces acabas de darle una idea y lo hace. De ahí, salen tantos líos entre casados pueblerinos, los emparejan las vecinas antes del encuentro y como ya están retratados, pues la pareja como es natural a revelar el carrete se ponen enseguida. Nadie crea que los comadreos han variado adúlteras y esporádicas relaciones afianzándolas en el tiempo, pues el aburrimiento es un mal consejero en los villorrios y tener cine, lo más que hace por la cultura es sacarle punta a la libido.

Los días pasaban sin recibirse noticias del códice, pero algo más relajados eran, pues Liria con el cuento y la excusa de deslumbrar, se hacía más guapa a cada minuto. Alfred la invitó a ir a la playa y ella accedió con la condición, de pasarse primero por una tienda para comprarse un bikini y, cuidado con esto, que no dijo un traje de baño, que dijo lo que dijo.

La costa no distaba más de quince minutos, así que en unos veinte llegaron, porque las miradas de Alfred a la minifalda de Liria, consumieron la diferencia. Liria era un matizado de primavera en un amanecer de fulgurante de verano. Todo el mundo han oído frases así, son como punzadas sensibleras entre la conmoción y el embeleso y también, vigorosos flecos jaspeados de desasosiego y pasmo, perturbaciones sublimes y, trémulas vibraciones de la inspiración, levitaciones del alma y estremecimientos rítmicos del corazón, que la mente y la palabra, convierten en melodía. En fin, diatribas catalizadas por el entendimiento y concebidas en algún lugar de las entrañas que ni los doctos galenos conocen. Ya sabemos que son palabras ñoñas y además, mano de purpurina para quién tiene la pretensión de tener mente de oro, pero al cabo, se diga lo que se diga, se adorne como se adorne, lo mejor y más concreto es perseguir a tu moza por los trigales y hacerle perder el equilibrio y después, aquello que tanto se resiste en perder.

Llegaron a la playa y tras la visita a la tienda, el coche sirvió de vestidor y las tollas de cortinas. Cuando Liria salió con lo puesto, a nuestro Alfred le dio la tos. ¿Cómo se puede tener tal configuración física y no pagar impuestos? Dios de los cielos, si no querías pecados de la carne, podías habernos dejado la costilla en su sitio y de paso, les hacías un favor a los que no sufren por eso. ¿Cómo explicar, lo que es imposible comprender?

Alfred y Liria pasaron una mañana de maravilla, pues en la concurrencia no se encontraban especímenes tan bien plantados como ellos y eso quieras que no, la vanidad lo agradece. No es nada vergonzoso por supuesto que otro prójimo esté mejor surtido de virtudes anatómicas que uno, pero tal cosa no añade ventajas, salvo las derivadas de la humildad. El caso como se ha dicho, es que no tenían competidor a la vista ninguno de los dos y cuando eso ocurre, deseos de acostarte con otro que no sea tu pareja no tienes, cosa que en la playa, es muy difícil no tener. Así las cosas, las miradas de una y otro se concentraban casi exclusivamente en ambos, que es una forma de pasar la mañana, sin saber en todo el rato las tonterías que llegas a decir.

Hubo muchas carreras, saltos y chapuzones, zambullidas picaronas por descontado también, pero lo mejor fue sin duda, los destellos de los ojos embelesados que delatan siempre a los enamorados. Alfred no sabía en absoluto como arrebatarle un beso al pedazo fantástico de bombón que tenía a su lado, y que seguramente a sabiendas, vulneraba de continuo la distancia prudente. Liria se encontraba perfectamente franqueada, bien envuelta, empaquetada y entregada, pero nuestro cortito amigo no acertaba a recogerla.

Poco a poco, la conversación fue mudando de las tonterías a las claras insinuaciones. Las preguntas directas fueron más íntimas y las respuestas olvidaron cualquier clase de ambigüedad. El sol molestaba en la cara para mirar y los guiños forzados por la cegadora luz, más las perlillas de sudor en el rostro, fueron las primeras excusas para la tenues caricias. Después la punta de unos dedos, limpió los labios del otro de granitos de arena y tras una intensa mirada y leve reposo en el silencio anhelante, el besó llegó. Tras la tierna caricia labial, vino la siguiente algo más prolongada pero igual de tierna y tras ésta, llegó la tercera y así… buena suerte pareja.

La llegada al hostal fue de manos unidas y rostros felices, natural que no se habían prometido ni mucho menos, pero Loreta comprendió enseguida la situación y en cuanto pudo, le dio un fuerte abrazo a su sobrina. Mientras Liria estaba en la ducha a toda presión para quitar la sal y la arena, Alfred hacía lo mismo pero en un relajante baño, pero eso sí, los dos canturreaban felices.

Pasó una corta semana sin ninguna noticia de los expertos y mientras tanto, la relación entre los jóvenes se hacía firme y pública, ya no se escondían para besarse y es de suponer, que en cualquier momento la cosa fuese a más. Pero no había ninguna prisa y por supuesto Liria, no deseaba romper aquél hechizo que la tenía rebosante de felicidad. Nuestro amigo tampoco de momento pensaba en el sexo con ella, se conformaba con tenerla a su lado y sentirse dichoso y naturalmente, no es mala cosa sentirse así, pero cuando un hombre y una mujer se atraen con fuerza, sin querer un día, la piel de gallina te dice que ahí no se toca, pero si ya has tocado, debes acabar lo que has empezado.

Como es de suponer, las comidas eran buenas y la cenas mejores. El hostal funcionaba bastante bien y la obra adelantaba mucho. Liria seleccionó con acierto el dibujo y color de las losetas del baño y la cocina, aparte, de los detalles decorativos a destacar en la casa. Con la decoradora hacían buenas migas, la verdad es, que a la profesional de los ambientes de daba un poquitín de rabia la belleza exuberante de Liria, pero se conformaba pensando, que la chica era una advenediza en decoración y además, tenía un dedo del pie derecho algo torcido. En cuestión de conformarse con lo de uno, siempre es aconsejable buscar algún defecto en los demás, eso siempre equipara las diferencias. Ni que decir tiene, que la hermosura física no es la panacea de la felicidad, puede eso sí que ayude algo, pero a darte el batacazo con alguien guapo o menos guapo, somos todos muy propensos.

Por fin se recibió la llamada del experto. Nada pudo aportar su colega y lo único en lo estaban ambos de acuerdo, era en que se trataba de una fórmula, pues se podían leer las cantidades de ingredientes y lo malo, lo ya sabido, que los nombres de algunos ingrediente no se conocían.

Alfred recibió la noticia entre defraudado y contento, está claro que el asunto seguía teniendo su misterio y de ahí su satisfacción, pero el lado negativo era sin duda, la excursión que de nuevo tendría que pegarse. Por supuesto que esta vez, no pasaba ni sed ni le pillaban las ampollas en los pies, así que sin más preámbulos, comenzó a organizar la partida.

Liria estaba aún de vacaciones, pero a la vuelta de tres semanas debía incorporarse de nuevo a sus estudios, lo cual hacía, que el proyecto del viaje fuese para no perder el tiempo en preparaciones. La distancia no era mucha, pero la localización del indio podía resultar complicada, pues Alfred solo recordaba alguna referencia del paisaje y algunos nombres de las poblaciones vecinas.

Lo primero era comprar un vehículo con tracción a las cuatro ruedas, lo suficiente grande y potente, para meterse con ventaja en los pedregales empinados, luego botas y linternas, más las cuerdas y herramientas necesarias para imponderables. Confeccionó una lista con todo lo que le vino a la mente tanto a él como a Tim y con dudas lógicas, respecto a si se les olvidaba algo. El caso es que no se marchaban a una excursión por la luna, pues la baja california no quedaba muy lejos, pero necesario para Alfred era asegurar la expedición todo lo posible, pues aunque Liria no era de papel, a nuestro amigo ésta preciosidad no se le rompía.

Para Tim que ya no tenía veinticinco años, poca gracia le hacía el invento del viajecito, pues los cariños de Loreta, los lametones de Tabán y aquél hostal, estaban acabando con sus deseos de aventuras. Estaba muy a gusto como estaba y debido al tiempo que pasó sin tener lo que ahora atesoraba, alejarse de ello ya suponía un gran esfuerzo. No obstante, el misterioso códice era algo muy atrayente, suponía una remota posibilidad de encontrar alguna cosa interesante, claro que, lo de los testimonios ni hablar, pues eso de llegar a ser los amos del mundo era una quimera, pero si conseguían algo parecido a la fórmula de la coca-cola, casi sería lo mismo.

Tres días se consumieron en la preparación del peregrinaje y también, en el desmenuzar concienzudamente, estudiar y aprobar, toda clase de decisiones que la obra necesitase durante los días de ausencia. El objetivo debería estar cubierto a los diez días: tres de ellos para llegar hasta allí, otros tanto para regresar y el resto para buscar y encontrar al niño. Esa era la pura teoría, pues habían pasado tres años del encuentro con el brujo indígena y como es natural, quién sabe qué. De todas maneras era lógico suponer que todavía viviese y colease por los riscos, pero más joven de lo que era entonces, eso no desde luego.

El toque de partida fue un jueves, el martes ya se sabe, ni te cases ni te embarques, pero bueno, también podría decirse del jueves que si te casas o te embarcas, ten cuidado no te marees. El caso es que salieron a las nueve y atravesarían la frontera con México a eso de las doce y el lugar escogido para la primera parada tras la línea, tanto por su proximidad como por buena comunicación sería Tijuana. De allí girando al este hasta llegar a Tecate y algo después disfrutando el paisaje, pasarían por La Rumorosa y al atardecer si no había ningún contratiempo, llegaría a la ciudad de Mexicali donde harían noche.

San Diego y Tijuana, son casi vecinos, no de esos tan considerados que se riegan el césped el uno al otro, pero podría decirse que en cuestión administrativa, inmigratoria y policial, se llevan bastante bien. El paso fronterizo fue rápido y México lindo, como siempre sensacional. Liria nunca había pisado el calentito país del sur y por lo tanto, estaba con los ojos abiertos como platos. Sin lugar a dudas disfrutaría de su corta estancia y además aprendería muchas cosas de aquella visita, que la ayudaría en sus estudios. A diferentes países como es natural diferentes costumbres, pero es que México tiene tal encanto y tantas cosas bonitas, que rosarios de maravillas parecen. Claro que, la baja California no es la parte más atractiva de los charros y rancheras, pero sabor mejicano por supuesto que le sobra.

El viaje al verde valle de Mexicali, fue un redoble de latidos apresurados en el corazón y también desde luego, un que te sube y que te baja por las colinas de Tecate y La Rumorosa. Todo fantástico eso sí, pues estando en otro país, puede que los paisajes sean muy parecidos a los tuyos, pero siempre te parecerán diferentes.

El día se consumió con cierto cansancio, pero bastante feliz. La comida era muy interesante de momento, aunque el estómago y las tripas dirían la última palabra. Ya se sabe cómo funciona eso, a veces lo que lento y sabroso entra, rápido y aguado sale. Durmieron en un hotel del centro y prepararon la ruta para el día siguiente: seguirían rectos hacia el sur bordeando las marismas y la desembocadura del Colorado y a la que se dieran cuanta en la contemplación del hermoso paisaje, estarían llegando a la ciudad de San Felipe. La pena sería tener que atravesarla sin parar, pues el tiempo apremiaba y era necesario acercarse mucho más deprisa a su destino.

Durmieron como los propios ángeles y tras un breve desayuno de tortitas y fuerte café, se dieron a la fuga de Mexicale y no tardaron mucho en llegar a San Felipe. A pocos kilómetros ya, la punta de San Fermín y algo más allá, frente a la isla de San Luis, a descansar merecidamente.

La segunda etapa colosal, mucho más mejicana que la primera, pues no en vano se alejaban cada vez más de Norteamérica. Las noches tenían un encanto especial, pero las mañanas también, y desde luego las tardes y todas las horas del día, aquello era un festival de mágicos momentos. Alfred ya estaba deseando llegar a las cercanías del encuentro con el indio, allí no había hoteles ni nada parecido y por lo tanto, se estrenarían las tiendas de campaña. En un lugar reducido sin paredes, la proximidad con Liria estaba garantizada y si había un poco de suerte y la chica, tenía un poquitín de miedo a los bichitos que pululan por el desierto, entonces a lo mejor él, se metía en la tienda de ella para protegerla. Reflexión estratégica que casi siempre falla.

Se levantaron con el alba y siguieron hacia al sur cortando por la sierra de San Pedro Mártir y ya como un tiro, a Punta Prieta. Una vez en Punta Prieta, empezarían el suave descenso a Rosarito, maravilloso lugar. Desde de Rosarito a Calmalli medio paseo y a partir de entonces dejarían la carretera. Después el vehículo debería demostrar sus prestaciones, pues en el arroyo de Piñami, la cosa se pondría difícil.

Alfred empezaba a reconocer el paisaje, el hombre recuerda mejor la campiña que la ciudad, sobre todo cuando se la ha pateado. En la primera ocasión estuvo tres semanas con la mochila a cuestas, destrozándose las botas y luego los pies subiendo y bajando y nunca, en otro inhóspito lugar de su dilatado periplo, tardó tantos días en ducharse. No es que el desierto de Vizcaíno fuese tan árido como el de Atacama, ni comparación, pero por supuesto a nuestro amigo, las condiciones climatológicas le fastidiaron bastante.

Liria se maravillaba con las explicaciones de Alfred, tal le parecía que fuese un experto explorador o un osado aventurero. Son cosas de mucho lucir y de mucho a otros asombrar, y que nadie ponga la cuestión en solfa, pues para seducir a una mujer, hay primero que fascinarla totalmente, parcialmente no sirve. Ese es el mejor negocio que se ha inventado, pues si la dama es de las rompedoras que te remueven los adentros, las gratificaciones como es lógico pueden ser muchas y las cotidianidades fantásticas.

Tim seguía con el recordar a Loreta muy a menudo. A él ya no le quedaban muchos años de gloria, por lo tanto, sería mejor no desaprovecharlos.

La tarde roja y serena, les alcanzó atravesando el arroyo de Piñami. Pronto las tres tiendas fueron montadas, pues Alfred sabía de eso más que el manual del fabricante. Luego tras encender el fuego confortador y cenar a base de bocadillo, Liria preguntó:

--- ¿Estamos muy cerca Alfred?

--- No estoy muy seguro. Creo recordar que lo encontré por aquí, pero aún no estoy seguro. Mañana subiremos a cualquier risco y desde esa ventaja visual, quizá me pueda orientar bien.

--- ¿En qué lugar vivía ese indio señor?

Alfred sonrió mirando a su chofer y contestó:

--- Pienso que ya es hora de que me tutees Tim. Puede que lleguemos a ser parientes.

Liria lo pilló al vuelo a la velocidad de la luz, un pequeño sonrojo sí que hubo pero nada más, concentró la mirada en la hoguera y aquí paz y después si terciaba lo otro, mucho mejor. Tim lo tuvo muy claro también, al instante y tras unas carcajadas sin exagerar continuó:

--- Es muy posible que aquí sea, por mi parte encantado desde luego. Pero yo te… preguntaba: ¿Qué dónde vivía ese indio? Porque este lugar no parece bueno para plantar lechugas.

--- Yo le conocí en una cueva, pero allí no había ninguna cama, así que puede ser que tenga varios lugares donde cobijarse.

Liria comentó: --- ¿Cómo es posible vivir por aquí? Esto debe estar lleno de serpientes y alacranes.

--- No te preocupes Liria, si tienes miedo te vienes a mi tienda, yo te protegeré.

Ya salió con eso. Que fijación tienen los jóvenes con sacarle partido a todo. La chica le miró con pícara sonrisa y no dijo nada, pero sin duda, que le gustó bastante la sugerencia, claro está, que si quería alguna cosa el guapo explorador, el que tenía que mudarse de tienda debía ser el él, pues una cosa es perder de nuevo la virginidad y otra muy distinta el mango de la sartén. Si Alfred hubiese sido más mañoso con las mujeres, la cosa ya estaba hecha, pero con su discernimiento siempre atragantado por la belleza femenina, difícil lo tenía la hermosa enamorada. Tim a todo esto ni abrir boca, más tarde o más temprano los chicos se darían al placer de la carne, eso no tiene contestación, pues en cuanto empiezas a pensarlo, ya no estás muy lejos de hacerlo. Pero al fin y al cabo esa contingencia la tenía prevista, no en vano, había instalado su tienda un poco alejada de las otras. Alfred no le preguntó el porqué, pero Tim sí que lo argumentó diciendo, que tenía miedo del viento nocturno y que alguna brasa le incendiase la lona, era una mentira como un capazo, pero como a todos les venía bien, todos contentos. La conversación continuaba:

--- ¡O sea!... que no tenemos ni idea de dónde encontrar al indio.

--- A medias Tim. La zona es enorme, pero me dijo que cuando encontrara los testimonios el me encontraría a mí.

Liria Preguntó: --- ¿Pero cómo fue que os conocisteis?

Liria preguntaba bastante poco y Tim por lo que se ve, muy curiosón tampoco era. Quizá fuese porque a ninguno de los dos se le metía en la cabeza aquella historia, o puede simplemente, que las apreturas fisgonas no les apretaban demasiado.

Alfred soltó: --- ¿Veis aquellas luces? Liria y Tim asintieron.

--- Pues si no me equivoco son las de Santiago o de San Ignacio, dos pueblos muy cercanos al volcán de las Tres Vírgenes.

--- Eso tiene pinta de bastante lejos. ¿Veinte kilómetros quizá?

--- Seguramente más, allí es donde un campesino me habló del indio eterno.

Liria algo socarrona comentó: Que cosas tiene la gente, el indio eterno, el hombre reluciente, el perro gigante. Parece mentira lo que discurren. ¿A qué venía lo del indio eterno?

--- Ese es el misterioso nombre que me animó a buscarle, al parecer, mucha gente piensa que tiene ciento cincuenta años o más.

Estará hecho una piltrafa comentó Tim y luego la conversación, duró lo que tardó la leña en consumirse. La noche fue fresquita, pero Tim no lo acusó, pues Tabán estaba en la tienda con él y a los perros, les viene de muerte apoyar la cabeza en la barriga de sus dueños. Al poco rato un murmullo despertó al chofer, le pareció al principio un siseo de serpiente al otro lado de la lona, pero no era nada de eso y además, el perro roncaba como un bendito. Por fin, descubrió que aquellos siseos provenían de la tienda vecina, por fin pensó, los jóvenes se decidieron a descubrir sus partes más íntimas y que absurdo, con la de camas blandas y mullidos colchones que hay en el mundo, han tenido que estrenarse mutuamente en un saco de dormir, claro que, eso es lo que pensaba Tim, pero los enamorados estaban en la gloria. Lo que no se sabe pues la noche sin luna era muy negra, es quién de ellos recorrió la distancia que les separaba, seguramente Alfred, aunque por descontado, ella le preguntaría como se cerraba la cremallera, o que había una araña en su tienda, o vete a saber el que, el caso es que dos veces se les metió el fuego en el cuerpo y dos veces se quemaron, que maravilla.

Por la mañana Tim despertó mucho antes, no le hizo gracia salir de la tienda pues corría un vientecillo matutino de cortar la piel, pero no tuvo más remedio pues el chucho quería levantar la pata. De todos modos, el paisaje era de puro encantamiento, colosal y fantástico. Se alegró de disfrutarlo en soledad.

Al poco rato Liria sacó la cabeza de la tienda y cuando Tim encendió el fuego, y ella salió vestida, el chofer pregunto:

--- ¿Se levanta Alfred?

A lo que la chica contestó con candidez: --- Pues no sé, estará dormido aún en su tienda, a lo mejor habrá que sacarlo por los pies.

¡Vaya con los pipiolos! Hasta en la montaña guardaban las apariencias, que cosas más raras hacen la gente sin arrugas, portentoso comportamiento. Claro que por una parte era algo lógico, pues Tim estaba a punto de convertirse en su tío y eso Liria lo sabía muy bien, pues su tía Loreta le dijo que éste no se le escapaba ni con patines.

Nuestro amigo no tuvo otro remedio que levantarse a tirones, que cara tenían los chicos de felicidad. Liria se ruborizaba a cada momento, pero con la mirada clavadita en el suelo y mordisqueando galletas, sonreía pensativa la muy satisfecha.

Se pusieron en marcha con la tracción a las cuatro ruedas y desde luego conduciendo con extremo cuidado. En aquel firme y pedregoso suelo no era fácil el resbalar, pero con una pendiente a la espalda de más de un kilómetro cuesta abajo, mejor ir con tiento. La zona estaba completamente deshabitada, eso no era una novedad para Tim, pues ya suponía que un hombre al que denominan el eterno, tendría poco que ver con las aglomeraciones, pero lo abrupto muchas veces es atractivo, eso de ventajoso tenía aquel paisaje, era fuerte, compacto, agreste y desafiante. Un lugar lleno de polvo y viento, de matorrales y rocas, un rincón del mundo de ceñuda soledad, un desafío para la supervivencia.

El vehículo ni pintado para la ocasión, se afianzaba al terreno como cadena de tanque, bizarro en su avance y trabado en la frenada. Ningún retroceso fue necesario en su ascenso, ni tampoco, vacilación se le notó en el empuje, una máquina que despedía los guijarros sueltos como disparados, un bichajo.

A medio día pararon en un promontorio pelado y con un paisaje que podía enardecer cualquier ánimo. A su espalda, el inmenso llano acotado al fondo por la sierra de Vizcaíno y a su frente, también muy abajo, la bahía de San Carlos en aguas del golfo Californiano, más allá, tras una neblina de vapor suave y perezoso, la otra parte de México, los llanos de Sonora.

Nuestro amigo en su anterior viaje, ya pudo comprobar que aquella península era para darle merecidas gracias a la vista. Una cordillera encadenada de seis sierras, componen la columna vertebral de la baja California y su conformación totalmente centrada, permite admirar desde los puntos más elevados de la sierra, el océano libre y también, el trozo emparedado que baña el canal. México se saluda a sí mismo visualmente gozoso, con el océano más grande del globo de por medio. ¡Colosal!

La tarde pasó sin contacto con el indio, pero Alfred, ya divisaba el paisaje que pisó la última vez, en un par de horas por la mañana llegarían a las cuevas del primer encuentro. El coche ya no era prudente subirlo más, pues bajarlo después con las puertas abiertas, para poder saltar en caso de emergencia, tampoco era un plan. Así que las botas especiales sustituirían a los neumáticos.

Otra noche junto a la hoguera, cielo estrellado a reventar y pómulos enrojecidos por el viento y el sol. Liria no tardó mucho en acostarse, hoy sesión amatoria no era posible, la anterior disparó los resortes femeninos en su apogeo y la naturaleza hizo su periódica aparición. Asuntos mensuales rotundos, que frustrados derraman las evidencias de sus afanes y preparan de nuevo los cuerpos más sofisticados de la creación, en sucesivos proyectos de fertilidad y vida. Si maravilla inverosímil es la mujer por fuera, por dentro se sale sobrada de la estupefacción cósmica, receptáculo único de fusión energética venida del más allá a través de los cuerpos y manantial humano de toda existencia. Y además según las escrituras, madre de Dios y del cielo reina.

Tim preguntó: --- ¿Crees posible que ese indio sea tan viejo? ¡Nada menos que ciento cincuenta años!

--- No los aparenta ya verás.- Seguramente es otra fábula campesina, pues me dijeron que vivía en la montaña escondiéndose de todo bicho viviente. Yo diría, que tendrá unos cuarenta y tantos años.

--- Pues vaya ojo que tiene la gente por aquí.

--- La inmensa mayoría nunca le ha visto, pero creen a pies juntillas que existe. Yo intenté encontrarle y lo conseguí, seguramente tuve suerte.

--- ¿Te hizo señales de humo o algo así?

--- ¡No hombre! Estuve dos días merodeando por estos andurriales con mi mochila y mi barba, y el gigante apareció. Es tío muy grande y muy serio, ya verás.

--- Entonces fue él quién te encontró a ti. ¿No es eso?

Nuestro amigo asintió pensativo, la verdad es que no estaba muy seguro de volverle a encontrar, además, cuando le contó la historia de los testimonios, el hombre parecía bastante enfermo y dada su precaria situación de aislamiento voluntario, no estaba garantizada su mejoría. Por supuesto que las plantas y las raíces también hacen milagros en ese sentido, pero la medicina convencional es más efectiva. O por lo menos eso pensaba Alfred.

El Tepaneca parloteaba un inglés aceptable, cosa no muy corriente en la región y además de esa rareza, le curó las llagas de los pies con una cataplasma de olor desagradable y propiedades expeditivas. Un mejunje a patentar y ganar mucho dinero, claro que, si piensas pasarte la vida de anacoreta incomunicado, el dinero solo sirve para limpiarte aquello que se ensucia todos los días, si es que transitas de una forma regular.

La noche pasó con viento suave y la mañana despertó nublada. Los tres y el perro se desperezaron al mismo tiempo sin despertador ni cronómetro, se calzaron las botas y se apresuraron con cara de niños ilusionados a darse el gran paseo. Un par de mochilas era la única impedimenta y los amarillos impermeables por si acaso. Tabán se lo estaba pasando en grande, el bicho correteaba de un lado a otro olisqueándolo todo y como es lógico, no encontró olores de congéneres, pero de igual forma marcó el territorio cada veinte metros. Los perros siempre al tajo parejo, no necesitan de notario para ser dueños de sus parcelas invisibles, les basta y les sobra con ir regándolo todo y eso sí que es curioso: Se sabe por dónde sacan el líquido, pero no de dónde tanto.

La ascensión resultó bastante fatigosa, pues ninguno estaba acostumbrado a doblar tanto las rodillas, pero tras consumir y sobrepasar de largo las dos horas previstas por Alfred, llegaron a su destino. Las cuevas estaban vacías de todo vestigio humano, no es que fueran muchas, eran ocho concavidades y la mayor de todas, tendría veinte metros cuadrados por tres de altura. Pero Alfred encontró lo que buscaba, allí le curó el indio y le embrujó con su narración. Se sentaron, Liria y Tim en una roca y Alfred fue a por palos y matojos para encender el fuego.

Permanecieron atentos toda la tarde y casi toda la noche, pero nada sucedió. Tabán encontró a un serpiente de las que si te muerden te envían al hospital, y como era tan mentecato el chucho, casi le pilla el hocico.

Por la mañana no fueron muy madrugadores, no era necesario, la noche anterior habían decido por unanimidad, que si no encontraban al sujeto motivo de su búsqueda, en dos días darían el asunto por terminado.

Estaban comiendo judías en lata cuando el Tepaneca apareció, no supieron de dónde había salido, pero allí estaba. Nuestros amigos se quedaron de piedra, no se lo esperaban y les dio un buen susto, no es que fuese como una aparición ectoplásmica, pero apareciendo así de golpe, les puso el vello como un cepillo de púas. Tabán moviendo la cola intentó acercarse para olerle, pero el indio levantó la mano y el chucho se sentó.

El Tepaneca les miraba fijamente, no hay manera de describir aquella mirada, claro que con aquella cara de palo, adivinar algún sentimiento era difícil. Era muy alto, quizá dos metros o muy cerca de ellos y se vestía, con una especie de mandil raído y sucio y bajo esto, un pantalón a listas de colores muy desvaídos y una chaqueta entre negra y marrón, con unos flecos en las costuras de las mangas. En la frente, sujetando y apartando los largos cabellos de su curtida piel, una cinta amarilla descolorida y pintarrajeada y a la cintura, otra muy parecida aprisionando el mandil. El rostro era el de un indio puro, Tepaneca o chichimeca, pero muy cocido por el tiempo y el lugar, arrugas grandes y surcos intensos, los ojos negros penetrantes y la nariz ancha y aguileña.

Alfred fue el primero en levantarse y tras él Liria y Tim, todos ni que decir tiene que con mucha cautela y cierto temor. Nuestro amigo despacio, dijo a modo de presentación:

--- Son amigos míos, hombre eterno. Hemos venido para enseñarte esto.

A continuación Alfred se agacha y busca en la mochila la piel escrita y al instante, alargando la mano se la enseña. Nuestro amigo ni gesto ni contestación recibió, el indio seguía mirándoles a todos con interés. Liria tenía un trozo de pan seco en la garganta y no podía tragarlo, le molestaba mucho pero no se atrevió a toser. Tim tampoco las tenía todas consigo, pues estaba muy impresionado por la imagen de aquella mole humana. Les separaban solo cinco metros del Tepaneca, que con los brazos vigorosos cruzados y la mirada fija y apabullante, les tenía completamente dominados, ni Tabán se movía un ápice. Era una tensa situación donde el rumor del viento se hacía notar y los cabellos de Liria y del indio, los únicos libres de moverse.

Al cabo, el gigantón se acercó y tras recoger cuidadoso la piel que le tendía Alfred, la examinó con mucha atención y luego, muy bien doblada la colgó de su cintura. Después dijo:

---Tú encontrado, yo sabía. Ahora todos vienen conmigo.

Nuestros amigos se miraron entre si y no se decidían a moverse, pero en vista de que el hombre grande se alejaba, recogieron presurosos las mochilas y fueron tras él.

Anduvieron unos veinte minutos más o menos y Liria sin ser una niña patosa, lo cierto es que necesitó ayuda en algunos tramos. Por fin llegaron al lugar, donde una enorme roca, se sustentaba en insólito equilibrio sobre otra más pequeña y tras unos matorrales muy tupidos, entraron en la oscura morada del indio.

Todos hemos visto alguna vez una cueva y ésta, era un cubículo de unos quince metros cuadrados, con el techo ennegrecido por el humo y algunos enseres para cocinar, todos ellos, sobre una especie de mesa elaborada con palos y trozos de madera y un camastro tras una cortina exageradamente rota y poco más. La verdad es que nuestros amigos esperaban algo diferente, quizá algo más misterioso, más enigmático, en fin, la morada de un brujo o algo así.

El indio removió vigorosamente las brasas casi apagadas en el suelo y añadió más leña al fuego, luego colocó un recipiente con agua sobre un soporte de piedras a tal efecto y tras sacar una caja que contenía raíces y hiervas secas, se sentó con las piernas encogidas. A continuación despacio, hizo un gesto impreciso para que nuestros amigos se sentaran alrededor de la pequeña hoguera y se colocó la piel traída por Alfred en su regazo.

Tim fue el primero en sentarse, a él le tocó una piedra plana a modo de silla y no esperó a que se la quitaran. Alfred y Liria dudaron unos instantes buscando el lugar más adecuado para su comodidad, pero inútil, tierra pedregosa y sucia esperaba sus posaderas, aunque claro, sin otra alternativa por fin lo hicieron.

El indio leía y después buscaba en la caja de las hierbas, desmenuzaba lo que cogía y lo iba metiendo en el agua para hervir, pero no decía absolutamente nada, ni siquiera levantó la vista y nuestros amigos como es natural, se miraron y encogieron de hombros.

Alfred no pudo aguantar más y preguntó: --- ¿Es eso los testimonios?

No obtuvo respuesta. La situación era absurda y nada agradable. Allí estaban sentados incómodos y expectantes y el fulano del pelo largo, ni invitarles a beber un vaso de agua. La vez anterior se comportó de forma muy diferente, fue amable y Alfred quedó agradecido por el trato, pero ahora, la cosa era completamente distinta, estaba ensimismado en aquél trozo de piel y no atendía a nada más.

Alfred insistió mucho más contundente: --- ¿En esa piel están escritos los testimonios? El indio levantó la vista un segundo y contestó con un escueto y rotundo: --- ¡No!

Bueno, pues no, ya sabían que la formula no eran los testimonios. ¿Y ahora qué? Tim ya no sabía cómo meter baza en el asunto, ni por supuesto de que manera tratar a un individuo tan raro, así que tímidamente añadió:

--- ¿Por qué hace todo eso señor indio?

De nuevo el Tepaneca dejó lo que estaba haciendo y se encaró con Tim, y ni comentar la mirada que le regaló, pero soltando aire por la boca parecido a un suspiro de enfado soltó: --- ¡Yo digo después!

Se hizo de nuevo el silencio y nuestros amigos no insistieron. El indio medía con exactitud los montoncitos de hierbas que a pellizcos iba colocando muy despacio en el recipiente, lo hacía como en un ritual y una vez esparcidos por la superficie de agua, donde quedaban flotando, removía con la punta de una flecha y murmuraba mientras lo hacía, todo un espectáculo para turistas pensó Tim.

Pero lo cierto es que aquél greñudo, parecía estar deseoso por obtener el brebaje, se le notaba nervioso y anhelante, como si se tratase de una droga y su síndrome de abstinencia fuese inaguantable, nada le distraía lo más mínimo. Alfred empezó a pensar con mucha razón, que el astuto indio le había tomado el pelo desde la punta al cogote, pues estaba muy claro, que había conseguido lo que quería conseguir y nuestro amigo, fue sin saberlo el recadero. Vaya forma de perder el tiempo, un indio le cuenta una historia sugestiva y él se la traga, luego gasta una fortuna en dinero y tiempo para que al final, el indígena se tome una infusión. A nuestro Alfred le comenzó a entrar el cabreo y desde luego muy justificado, así que dijo frunciendo el ceño con seriedad:

--- Sí eso no son los testimonios, ¿qué son los testimonios y dónde están?

La distancia entre ambos era de un par de metros, solo el fuego les separaba, pero las miradas amenazadoras los recorren en un instante. Alfred de todas maneras ya estaba salido de mal humor y el indio lo adivinó, así que dejó de atravesarle con la mirada y se levantó muy despacio, luego, se dio media vuelta y tras buscar en su deslucido jergón, saco un trozo de piel muy parecido al que trajeron nuestros amigos, aunque el de ahora era algo más grande y soltó:

--- ¡Esto, esto ser testimonios!

Ahora sí que les había fastidiado al completo. Si eso eran los testimonios, ¿qué habían traído ellos? ¿Quizá una fórmula para hacer té? La cosa estaba muy pasada de rosca y es natural que necesitaban una explicación urgente, sobre todo Alfred, que había desmantelado seis casas desde el sótano al desván buscando una receta. La situación se tornó muy tirante y hasta Liria ponía mala cara, todos estaban al cabo de la calle de la tomadura de pelo, que a conciencia, le encasquetó el indio a nuestro amigo.

El gigante se sentó de nuevo cruzando las piernas y les tendió la piel a nuestros amigos para que la examinaran, Alfred la recogió, le dio un vistazo y se la pasó a Liria, esta hizo lo propio con Tim y la cosa así quedó. Aquella piel aparte de ser algo más grande y con más líneas escritas, seguía siendo lo mismo para ellos. Alfred se la devolvió y dijo:

--- ¿Esto es la verdad de todas la verdades? ¿El tesoro de todos los tesoros? Me has engañado, ¿no es cierto?

--- Sí. Tú me has salvado el espíritu y yo mucho agradece. Pido perdón a tú.

Al parecer, el despistar a la gente era la mayor de las virtudes del indígena y a eso nada que decir, salvo que ya se había pasado con sus engaño.

Alfred soltó: --- Yo te salvo el espíritu y tú me fastidias tres años de mi vida. ¡Fantástico!

--- El hombre eterno pide perdón, yo dolido. Perdona a mí.

Alfred pudo adivinar sinceridad inequívoca en las excusas del hombre y no dijo más, pero Liria, a la que ya le escocía la curiosidad preguntó:

--- ¿Por qué te llaman el indio eterno?

El Tepaneca contestó: --- Yo gran Teomamaque de mi señor Tezozomoc en Azcapotzalco, yo muchos años.

Liria sonrió y era la única que podía hacerlo, pues también era la única que había entendido aquellas enigmáticas palabras debido a su instrucción.

Tim también intrigado preguntó: --- ¿Qué significa eso que ha dicho Liria?

--- Pues si es verdad lo que dice que fue y con quién dice que estuvo, tiene unos seiscientos años más o menos.

La cosa era para reírse un rato del indio, pero no hubo ninguna risa, sería por el tono de sus palabras y porque el lugar no era apto para bromas. El greñudo sacó el recipiente hirviendo y lo dejó en el suelo a su lado, después lo tapó con la piel y realizó un par de gestos como si lo conjurara, nada más. Cuando abrió los ojos tras el rezo, Alfred le preguntó:

--- ¿Tienes nombre?

--- Yo llama Alcatihué.

El indio fue respondiendo a las diferentes preguntas con notable gravedad, y desde luego, o era un increíble experto en historia de los más extraordinarios, o estaba contando la verdad vívida en forma absoluta. El interés de nuestros amigos y su curiosidad iban en aumento, pues la cosa era para no dormirse. Una tras otra las preguntas trampa que hizo Liria para desenmascararle, fueron desbaratadas por la exactitud de los nombres, los lugares y las fechas. Conocía acontecimientos de todas las épocas a partir de 1400, por supuesto de la zona que él habitaba o habitó. Según dijo, no salía del desierto por reparo a que la gente se diera cuenta de su verdadera edad, pues todos los pueblos cercanos los conocía desde su fundación. Se alimentaba de alimañas, raíces y frutos silvestres, no tenía lugar fijo para dormir y se vestía con ropas robadas durante la noche. De la era actual, solo tenía miedo de los coches, aviones y otras máquinas, que consideraba engendros del demonio y su único dios, era Tlaloc, el de la lluvia y el rayo.

Tras una larga hora, donde no hubo más remedio que levantarse varias veces para que la sangre circulase por las posaderas, nuestros amigos ya lo tenían bastante claro, hablaban con alguien que rompía los esquemas de cualquiera. Era inverosímil todo lo que decía, pero llega un momento en lo racional se te desmorona por la certeza de la evidencia y ya no sabes que creer. Era indiscutible que el indio escogió a nuestro amigo para buscar aquella piel y también, que la necesitaba para hacer la infusión. Ahora lo que se planteaba era: ¿Para qué quería el indígena la pócima? Alfred preguntó:

--- ¿Pero, por qué me engañaste si ya tenías los testimonios?

--- Yo necesitar esto que tú ha traído.

--- Ya me doy cuenta. ¿Pero para qué lo quieres?

--- Para morir.

Otra incongruencia a la vista, para morir no se necesita una pócima, con que te despeñes por un precipicio vas listo.

Tim preguntó: --- ¿No puedes morir? ¿Por eso te llaman el indio eterno?

Entonces con parsimonia, el indígena saco un cuchillo que escondía tras el chaleco en su espalda y que contaba como mínimo doce dedos de hoja y naturalmente, les dio a nuestros amigos un susto de no te menees. Luego con la misma parsimonia, se subió la manga de la chaquetilla y se arreó un tajo de siete centímetros en el antebrazo. Liria horrorizada dio un salto del suelo y se fue a la pared como catapultada profiriendo un grito sordo. Tim y Alfred no se lo tomaron tan fuerte, pero si les pinchan no les sacan sangre, eso seguro, muy al contrario que al indio que le salía a borbotones.

Nuestros amigos estaban paralizados por la sorpresa y el temor, pero Alcatihué, ni se movió ni dijo nada, solamente miraba sangrar la herida con desprecio. Liria también la miraba, pero mordiéndose un puño y con los ojos entornados. ¡Vaya susto!

Lo más increíble sucedió a continuación, la sangre coaguló y el corte cicatrizó. Cuarenta segundos más tarde, el Tepaneca se limpió la sangre que le quedaba en el brazo y todo concluido, ya no había nada, ni el más mínimo arañazo. La cosa como es fácil adivinar, a quién la presencie que no la cuente, pues ni viéndolo es posible creerlo. Pero una cosa estaba cristalina, aquello fue verdad y por lo tanto, puede ser que el indio tuviera serios problemas para poder morir.

Tardaron como diez minutos en recuperarse, pero mientras tanto el gigantón, los aprovechó para mezclar la pócima con unos polvos blancos, que tornaron el mejunje de color verde. Cuando por fin nuestros amigos comprendieron que lo que acaban de ver era absolutamente cierto, sus cabezas muy mareadas se hundieron en el estupor, estaban ante un ser de otro mundo, de otra galaxia o algo parecido. Un ente como los humanos, pero con capacidad de regenerarse a sí mismo en instantes. ¡Enloquecedor e inexplicable! Alfred una vez pasado el trago increíble preguntó:

--- ¿Cómo es posible hacer lo que has hecho?

Alcatihué, les enseño entonces la piel que según él contenía los testimonios y dijo:

--- Lo que escrito aquí hace posible, por eso, yo nunca puede morir. Ahora yo tiempo de acabar.

Dicho esto, el indígena arrojo la piel al fuego con indiferencia. A nuestros amigos se les encendió la bombilla en un puñetero segundo. Lo que estaba escrito en la piel que el indio siempre atesoró, era la fórmula de la vida eterna. Un regenerador de células o algo parecido. ¡Y la estaba quemando!

Alfred, en un acto reflejo se abalanzó al instante sobre el fuego para intentar sacar la piel de las llamas, pero entonces, se encontró con la punta del cuchillo en la garganta. La cara de Alcatihué nunca fue agradable de contemplar, pero en aquél momento, ya ni contarlo, la amenaza iba muy en serio y nuestro amigo, se sentó para ver con frustración como desparecían las letras escritas y poco después la piel entera.

--- ¿Cómo es posible que alguien sea tan estúpido de destruir cosa semejante? Algo que el hombre ha soñado y ambicionado toda su vida. ¡Imposible entenderlo!

El indio esperó a que las brasas consumieran el último pedacito de piel y dijo gravemente:

--- Ahora la mujer no puede quedar aquí, yo morir.

¡Era un antídoto! ¡Alfred le había traído un antídoto al indio! Estaba claro, que quería dejar de ser inmortal y por eso le utilizó.

Alcatihué insistió: Mujer fuera, no puede ver.

A Liria no fue necesario que la convencieran, si el vehículo estuviera cerca de allí ya estaría dentro, así que salió de la cueva disparada. Alfred y Tim, no estaban muy entusiasmados en quedarse, pues lo que ignoras a veces puede ser interesante, pero en este caso seguro que no. El indio tenía la intención de tomarse el brebaje e irse al otro barrio y la verdad es, que impedírselo era como buscar setas en el mar, así que decidieron presenciar el espectáculo con gallardía.

Alcatihué dijo:--- El hombre debe morir para ser todo libre como el viento y yo gracias a ti, por fin morir.

A continuación recogió el recipiente del suelo y blandiendo amenazador el cuchillo, para que no se lo impidieran, se bebió la pócima.

Describir el resto no es necesario, todos lo podemos imaginar, un cuerpo con seiscientos años ya es bastante viejo. Cuando las células del indio asimilaron la poción, Alcatihué quedó dentro de su ropa como polvo del desierto y lo que ocurrió con su carne y huesos en unos instantes, nuestros amigos no lo contemplaron, pues el miedo y la aprensión cerraron sus párpados.

El cuchillo fie el único recuerdo de aquél árido lugar que Alfred se llevó.

Era un sitio para terminar la vida como cualquier otro, donde un hombre hastiado de vivir, se juntó con su creador para lo que fue creado:

Para morir y en una maravillosa eternidad sin calamidades, por fin vivir.

Fin


AHORA OTRO CUENTO

Última edición por marquimar; 02-mar-2013 a las 07:36
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El brujo ambicioso


Fue el tercer día de la larga temporada de las lluvias grises, cuando se reunió el gran consejo de los brujos más brujos que en el mundo hubiera.

Todos estaban allí, cada uno de ellos traía consigo su última poción o conjuro, y también, mil piezas de oro cada uno, para el ganador del concurso.

Tamberlán, el más viejo, había conseguido una curiosa y rara poción, que transformaba las lagartijas verdes en lagartijas amarillas, pero naturalmente, no ganó el premio, pues verdes o amarillas, seguían siendo lagartijas y para las pócimas de conjuros, como todo maestro de los hechizos sabe, da lo mismo un color que otro.

Cubernios, el más joven de ellos, consiguió una gelatina de nueces que mezclada con vino tinto daba un sabor especial a la pócima para convertir hombres en ratones, pero no ganó el premio, pues el sabor no es primordial en una poción de conversión, ya que los hombres que van a ser convertidos en ratones, nunca se la beben voluntariamente y por gusto.

Uno tras otro, fueron presentando a sus colegas sus brujerías y descubrimientos, con la esperanza y vanidad de ganar el concurso. Casi todos los años conseguían el premio los conjuros o pociones que más poder aportaban a los brujos, poderes maléficos, que basados en el terror, obtenían el acatamiento y obediencia incondicional de reyes y vasallos.

Denostal, el brujo de las marismas, era el hechicero más ambicioso de todos, pero como nunca fue un buen estudiante, sus pócimas eran simples chapuzas que el resto de brujos siempre celebraban burlándose de él. Pero está vez, había conseguido la poción para convertir a los brujos en personas normales y así, si lograba que sus colegas la bebiesen, él ganaría el premio y entonces aparte de ser inmensamente rico, sería el único brujo que quedaría en el mundo y por lo tanto, su poder infinito.

Cuando a Denostal le llegó el turno de la demostración, dijo que buscando una poción para llenar de fealdad a las princesas hermosas, solamente había conseguido una buena sopa y claro, por esa razón no se presentaba al concurso. Sus colegas se burlaron nuevamente de él, pero en vista de que ya era la hora de la cena, todos probaron unas cucharadas de la mencionada sopa. Dos horas más tarde, cuando a medianoche debía proclamarse el ganador del concurso, los brujos empezaron a comportarse de forma extraña, se miraban unos a otros sin reconocerse, contemplaban sus ropas sin entender el motivo de su vestimenta, no podían comprender que hacían allí, habían perdido completamente la memoria, ya nada recordaban del pasado. Denostal entonces, reclamó para sí el pago del premio, pero todos se negaron a darle las mil monedas que portaban y el brujo furioso, les amenazó con convertirlos en ratones, pero a nadie impresionó su amenaza y se rieron de él.

Denostal montó en cólera y pronunció el conjuro anunciado; una tras otra, la palabras mágicas salieron de su garganta y una gran luminosidad producida por relámpagos y rayos, iluminó el claro del bosque con tétrica brillantez.

Sus anteriores colegas convertidos en hombres, empezaron a retorcerse de dolor, a la vez que caían al suelo profiriendo aullidos. Al cabo de veinte segundos, estaban completamente transformados, pero no en ratones como quería el traidor Denostal, pues el indeseable se había equivocado como siempre ocurre con los chapuceros, y pronunció un conjuro cuando para esa ocasión en concreto, era menester darles a beber una pócima, su ignorancia e impericia, había convertido a sus colegas en leones.

Naturalmente, de aquel ambicioso no quedó ni los huesos y además, el país se liberó de tanto brujo malo.


A continuación, un trozito de una web que hace años tenía.



Última edición por marquimar; 04-mar-2013 a las 07:14
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Un cachito de mi web del 2005, ya extinguida, seguirán más.





Ahora otro cuento, pero algo más largo.

Última edición por marquimar; 06-mar-2013 a las 06:39
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Recordó entonces el sueño



Era el primero de los muchos sueños que había tenido aquel año, se sentó frente al fuego y sus tres nietos, Livia, Sargo y Aley, le rodearon sentados en la alfombra del suelo expectantes; entonces muy lentamente, comenzó su relato:

Estaba yo sentado en la rama de un árbol, cuando un Enanito de Orejas Puntiagudas que portaba una seta a modo de sombrilla, me preguntó sonriendo -- ¿Qué haces ahí arriba?

--- Yo le contesté -- Estoy esperando a la Dama Azul de las rosas rojas.

--- El enanito entonces me preguntó -- ¿No sabes que ya no hay rosas rojas? ¿No sabes que el Brujo de las Arenas Infinitas las ha robado todas?

--- Pues no lo sabía, ¿por qué lo ha hecho?

--- Para que los niños lloren de pena y nunca más puedan olerlas, es un brujo muy antipático. Bueno ahora me voy, la noche se acerca y tengo que dormir.

--- Cuando el Enanito de las Orejas Puntiagudas se fue a dormir, baje de la rama y me dirigí a los rosales del Jardín del Encanto, tenía que comprobar si era cierto, que el Brujo de las Arenas infinitas las había robado. No quedaba ninguna rosa roja. Me enfade mucho, esta vez el brujo no se saldría con la suya, así que regresé casa y rompí la hucha, conté mis ahorros y los metí en una bolsa, después sin pensarlo, tomé el camino de los Helechos Morados, para intentar en contra a la Bruja de las Siete Verrugas, era la única que podía ayudarme. Pero la bruja me encontró a mí, me quedé quieto, me habían dicho, que si te mueves cuando se te aparece una bruja de repente, eres hombre hechizado al instante, ella preguntó:

--- ¿Por qué vas calzado? ¿No sabes que en esta parte del camino están prohibidos los zapatos?

--- No supe que contestar, algo había oído, pero no me acordé de descalzarme. Conseguí tragarme la saliva y me disculpé.

--- Lo siento señora, es que he venido buscando y buscando y no me acordaba. Le ruego que me perdone.

--- Descálzate inmediatamente y no me llames señora. No me gustan las personas calzadas en el bosque. ¿Qué es eso que buscas tanto?

--- La buscaba a usted, tengo un gran problema muy serio, es por culpa del Brujo de las Arenas Infinitas que...

--- ¡Cierra la boca insensato! No se puede pronunciar ese nombre a cielo abierto y a esta hora, es muy peligroso.

--- ¿Pero entonces que debo hacer? Tengo veinte monedas de oro para usted si me ayuda, ¿qué hago?

--- Ven mañana a la hora del sol de siesta y hablaremos, la tarde ha caído ya y es hora de dormir, hasta mañana y sin zapatos, acuérdate.

Aquella noche no pude pegar ojo, el encuentro con la bruja me dejó inquieto. Suponía que las brujas no tenían ningún temor a los brujos, era cosa lógica, pero al parecer me equivoqué. Amaneció y miré por la ventana, el sol madrugador venía ganando altura y brillantez, la naturaleza toda se desperezaba, los trinos de los pájaros se hacían audibles, mi cuerpo pidió sustento y desayuné. Las horas pasaron lentas, mi pensamiento estaba centrado en el Brujo de las Arenas Infinitas, no comprendía el motivo que tendría para robar las rosas rojas, era completamente absurdo.

La tarde llegó, salí de mi casita sin zapatos y caminé decidido, algunos guijarros me hacían daño al pisarlos, pero mi encuentro con la Bruja de las Siete Verrugas, era lo más importante. Por fin apareció, tenía un dedo en los labios indicándome silencio y a continuación, con la mano me ordenó que la siguiera. Pronto llegamos a su cueva, tuve que agacharme para entrar, unos candiles de aceite iluminaban el oscuro recinto y al fondo, el crepitar de leña en el fuego del hogar atrajo mi atención. Nos sentamos en silencio alrededor de una mesa llena de cacharros, libros y papeles y ella dijo:

--- Sé el motivo de tu visita, me lo ha dicho el Enanito de las Orejas Puntiagudas. ¿Has traído el oro para pagarme?

--- Sí claro, aquí está la bolsa, puede coger lo que quiera, es todo lo que tengo, todo para usted.
La bruja sacó el oro de la pequeña bolsa y contó una a una las monedas, no parecía muy satisfecha y yo insistí:

--- Lo lamento pero no tengo más. Ya sé que es poco, pero son todos mis ahorros, créame, es todo.
La bruja me miró indiferente, recogió las monedas, las encerró en su puño y las arrojo a un rincón de la cueva. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y miré al rincón quedándome atónito, en el suelo, una pirámide de monedas de oro saturaba el rincón hasta una altura de medio metro, era una fortuna incalculable, ¡Enorme! Ella dijo:

No me interesa el dinero, te ayudaré por venganza, no soy una bruja de nacimiento, estoy hechizada. Antes tenía ocho verrugas, cada diez años perderé una hasta terminar mi hechizo, pero me quedan setenta años para eso, nuestro poderoso enemigo es el mismo, el Brujo de las Arenas Infinitas. Yo le dije intrigado:

--- Pero el oro por el suelo... ¿No teme usted que se lo roben? Además, ¿Cómo sabía el Enano de las Orejas Puntiagudas, lo que yo quería hacer?

--- A lo primero te contestaré el día del cuarto contratiempo y a lo segundo, te contestaré cuando las Arenas Infinitas sean liberadas de la sequía.

La bruja se levantó, se dirigió al fuego del hogar y colgó un puchero con agua encima de las llamas, después, abrió un armario lleno a rebosar de pequeños recipientes y encima de la mesa comenzó a ordenarlos. Yo permanecí callado, estaba completamente fascinado, pasaron las horas sin apercibirme de ello, hasta que finalmente, la bruja dijo imperativa.

Es hora de que te vayas, necesito estar sola de momento, no quiero que veas lo que tengo que hacer, vuelve mañana a la misma hora.

Cuando llegué a mi casita del bosque, el sol se había escondido tras las copas de los árboles, cené y tras lavarme los dientes me dispuse a dormir satisfecho.

Me levanté algo tarde, la noche fue de las que los músculos cansados por la tensión y los nervios del día anterior, no dejan ni un resquicio a los sueños. Salí de casa a eso de las once y con el buche lleno de cereales y leche, intentaba encontrar antes de la hora del sol de siesta al Enanito de las Orejas Puntiagudas, tenía que saber de qué manera supo él mi intención de buscar a la bruja, pues yo no le había dicho nada.
El bosque tiene muchos recovecos para esconder a cualquiera y más, si no levantas del suelo cinco palmos. Pero no tardé en dar con él, naturalmente, porque él así lo quiso. Estaba sentado en una raíz de un milenario árbol y con una diminuta navaja sacaba punta a una flecha de abedul. Me miró como si ya supiera mis intenciones y sacándose del bolsillo una libretita y un lápiz, escribió algo en la primera hoja. Yo le saludé y en respuesta me alargó el papel donde se leía:

--- Hoy no puedo hablar, es mi día semanal del silencio.

Ahora sí que me había fastidiado, pero dispuesto como yo estaba a sonsacarle toda la información posible insistí:

--- Quiero que me digas ahora mismo, cómo supiste mi intención de visitar a la Bruja de las siete Verrugas, si no puedes hablar, escríbelo.

El Enanito de las Orejas Puntiagudas escribió la segunda nota y me la pasó, en la misma, se leía con letra algo borrosa.

--- Es muy largo y ahora tampoco puedo escribir, ven mañana a ésta hora, te esperaré aquí.

El hombrecillo se marchó y yo hice lo mismo. Esperé dando un largo paseo a que fuera la hora del encuentro con la bruja y cuando llegó el momento, me descalcé y fui a su encuentro con las botas en la mano. Esta vez tuve que entrar en la cueva para encontrarla y allí estaba sentada frente al fuego vivo, dándole vueltas al mejunje del caldero con un cacillo.

--- Hola, ya estoy aquí puntual como usted me dijo y he venido descalzo como usted me ordenó.

--- ¡No te sientes! Vuelve al bosque y tráeme una pluma de búho blanco, la más grande que puedas encontrar. ¡Y no regreses hasta que la tengas!

Salí de la cueva muy enfadado, no esperaba un encargo tan complicado. Un búho blanco, ¿dónde encuentro yo a un búho blanco? Busqué y busqué, pero se hizo de noche y mis pies ya no soportaban el dolor debido a los rasguños. Cuando llegué a casa, me tire sobre la cama enormemente cansado y sin quitarme la ropa me dormí.

Me levanté a las nueve con la preocupación clavada en mi mente por el encargo de la bruja, pero pronto pensé, que quizá, el Enanito de las Orejas Puntiagudas podría ayudarme a encontrar la dichosa pluma de búho blanco, así que me vestí, me hice un bocadillo y salí en su búsqueda. Al enano no pude le encontrarle, ni tan siquiera bajo en árbol del día anterior, pero en su lugar, sujeta por dos piedras, destacaba una pluma de búho completamente blanca. Mi sorpresa fue mayúscula: ¿cómo supo el enano lo que yo debía encontrar? Regresé satisfecho a casa y por la tarde, acudí de nuevo a la cueva de la bruja, pero ésta vez, me puse unos calcetines gruesos, mis pies desnudos y maltrechos me lo aconsejaron. Llamé a la puerta de la cueva y nadie respondió, así que entré. Encima de la mesa llena de toda clase de hierbas secas y papeles, una nota sujeta en el pico de un cuervo disecado llamó mi atención, la leí y de nuevo se apoderó de mí el desencanto, decía la nota:

--- Llegaré tarde, seguramente a la hora de dormir, enciende todos los candiles y cuenta todas las monedas de oro.

La Bruja de las siete Verrugas, me estaba tomando el pelo, seguro, pero sin más alternativa, me dispuse a cumplir su encargo. Encendí los siete candiles repartidos por la cueva y agradecí la ausencia de penumbra, luego apilé sobre el camastro de la bruja todas la hiervas secas y papeles escritos para tener la mesa despejada y me di cuenta, de la cantidad enorme de cosas raras que contenía la cueva, pero no pude dedicar mucho tiempo a curiosear, porque la tarea de contar las monedas sería muy larga. Una vez la mesa estuvo limpia, con la pala grande de quitar cenizas de la chimenea, me acerqué al montonazo de monedas, la llené de ellas y, la carga brillante la puse en la mesa.

Seis horas me costó contar las monedas, aproximadamente sesenta por minuto, tres mil por hora, en total, dieciocho mil novecientas tres. Con semejante fortuna, no era necesario conseguir que el Brujo de las Arenas Infinitas devolviera las rosas rojas, bastaría con comprar otro país entero y plantar allí tantas como quisieras.
La bruja apareció a las diez de la noche y me encontró ojeando un antiguo libro, me levanté rápidamente y respetuoso la salude, enseñándole seguidamente la pluma. Ella dijo:

--- Has hecho un buen trabajo, pero tengo otro para tí, llévate ese libro que estabas leyendo y vuelve mañana, pero tienes que tachar todas las letras A que encuentres con un lápiz. Buenas noches.

Me quedé de piedra, el libro tendría unas trescientas páginas y la letra era bastante pequeña, imposible hacerlo durante una mañana, sin poder contenerme contesté:

--- Eso que me pide es imposible, nadie puede hacer semejante tarea en una mañana, vamos, ni en un día.

--- Entonces no vengas hasta que tengas todo el libro sin ninguna letra A. Ahora vete, tengo que desnudarme y meterme en la cama.

Salí cabizbajo, regresé a casa cansado y sin esperanzas de ver en mi jardín de nuevo rosas rojas. Sin cenar, me fui a la cama muy preocupado.

Y ahora vosotros, también a dormir, señorita y señoritos, a vuestras camitas, mañana seguiré con la historia.

Al día siguiente, se sentó como siempre frente al fuego y con sus nietos boquiabiertos, continuó su relato:

El despertador sonó, eran las seis de la mañana, intentaría terminar de tachar las A, y si fuera posible antes de la tarde, de esa manera no perdería un día. Me puse a la tarea y a las cuatro horas había concluido cincuenta páginas. Lo sabía, esta vez la Bruja de las siete Verrugas ponía a prueba mi paciencia. El resto del día se consumió sin éxito, terminé rendido y las nueve de la noche me acosté. Me faltaban todavía cien páginas. A la mañana siguiente, de nuevo a las seis, ya lo tenía calculado, sin parar en la tarea terminaría a las tres de la tarde, tiempo suficiente, para entregarle a la bruja el trabajo concluido.

Lo conseguí, hoy los pies ya no me dolían en absoluto, los ojos al forzar tanto la vista sí, pero por lo menos, podría ir al bosque descalzo sin problemas.

A las tres y veinte, según mi reloj, llegué a la cueva. Allí estaba sentada la mandona, me contuve las ganas de soltarle unas frescas, pero ni palabra pude pronunciar, pues solo verme me dijo:

--- No digas una palabra, ven aquí y siéntate, vas a ver el primero de mis conjuros.

Me arrebató el libro y alzándolo por encima de su cabeza con las dos manos, pronunció unas palabras irrepetibles y después agitó el libro. Ante mis ojos incrédulos, las letras que yo había tachado, se fueron desprendiendo del libro y caían como copos de nieve sobre la mesa. Me quedé atónito, absolutamente impresionado y solo cuando todo acabó, me atreví con un hilo de voz a preguntar:

--- ¿Cómo ha podido hacer eso? Es algo increíble.

--- Recuerda que aunque no lo deseo, sigo siendo una bruja y desde luego, de las más poderosas.

--- No me cabe ya ninguna duda, haré todo lo que usted me pida. ¿Para qué quiere esas letras?

--- Son todas las letras que se hallarán contenidas en el último grito, que proferirá largamente el Brujo de las Arenas Infinitas, cuando mi venganza se vea cumplida.

--- Comprendí al instante el odio que la bruja profesaba a su enemigo y lo lamenté, un grito tan prolongado, comportaría mucho daño físico.

La bruja me dijo entonces, que a nadie debería revelar tal secreto y yo naturalmente asentí. Luego me encargó otra tarea:

--- Mañana a la salida del sol, mirarás fijamente su luz hasta que no puedas soportarlo, después te dirigirás al Gran Roble y allí, el Enanito de las Orejas Puntiagudas te entregará algo para mí, por la tarde me lo traes, pero recuerda: no quiero zapatos en el bosque.

Me fui algo más tranquilo, la proeza fantástica que había contemplado, me daba esperanzas en conseguir la derrota del brujo. Llegué a casa y tras cenar, me acosté.

La luz en el horizonte fue llegando y el sol de amanecida me alcanzó a pie derecho mirándole fijamente. Fueron un par de minutos y no pude más, después a mí alrededor nada, todo eran sombras, pero poco a poco, recupere la visión. Me preguntaba si entre esto y lo del día anterior, la finalidad de la bruja sería fastidiarme la vista, pero como no podía saberlo, dejé de pensar en ello y me dispuse a desayunar. Hoy con toda seguridad, tendría que recorrer algunos kilómetros por el bosque, no tenía ni la más remota idea de dónde se encontraba el Gran Roble, pero posiblemente, no sería fácil de encontrar.

Cogí una bolsa, metí en ella un par de bocadillos y con el último trozo de tarta de manzana llenándome los carrillos de la boca, salí en busca del Enanito de las Orejas Puntiagudas. Anduve en línea recta durante más o menos seiscientos metros, me paré en todos los robles que en mi opinión, podían calificarse de grandes, pero el enano no aparecía. El bosque se fue convirtiendo en intransitable, zarzas, ramas y troncos en el suelo a rebosar de musgo, me dificultaban el paso continuamente. Opté por cambiar de dirección, pero con idéntico resultado, así que sin darme cuenta y perdida la orientación, regresé al punto de partida con gran desengaño. Adelanté entonces por el camino, para encontrar otra parte del bosque más cómoda de recorrer y allí, los pinos, cedros, castaños y abedules, se alzaban recios y orgullosos hacia el cielo limpiamente azul, buscando su necesaria porción de sol bastante separados. Me adentré de nuevo y esta vez, sin dificultades en el andar, pero lamentablemente sin ningún resultado y tras un par de kilómetros y algo cansado me senté, eran las diez de la mañana.

A la una de la tarde, había perdido ya toda esperanza de encontrar al enano, el bosque no suponía ningún ahogo, estaba limpio y llano y los troncos bastante grandes separados, pero inútil naturalmente, pues buscar sin ton ni son, es la mejor manera para no encontrar nada de lo que busques. Me senté con la espalda contra un abeto y me comí el segundo bocadillo. Entonces se me ocurrió una idea, quizá subiéndome a una copa alta, pudiera divisar el Gran Roble, y ya sin bacilar fui escalando un imponente abeto, que era el único que ofrecía esa posibilidad por el entramado escalonado de sus ramas y una vez arriba, pude divisar algunas copas que destacaban de las demás, pero había tantas, que sería absurdo intentar llegar a todas ellas. Fui bajando con mucha precaución y en uno de los tramos, vi en el suelo a unos treinta metros, una hilera de setas rojas punteadas de blanco, que parecían indicar una dirección. Estaba claro, era como la migas de pulgarcito pero en setas. Bajé y comencé a seguir la hilera, era coser y cantar, puede que no me llevasen a ninguna parte, pero desde luego estaba cristalino, que no habían brotado de tal forma ordenada espontáneamente.

Media hora después, el Gran Roble apareció ante mis ojos y junto a él, sentado sonriente picarón el enano. Le solté enfadado:

--- Podías haber puesto el principio de la hilera de setas frente a mi casa, estoy que me caigo de cansancio.
El hombrecillo me miró con simpatía y al parecer muy satisfecho, entonces dijo.

--- Tienes sangre en los pies, ¿no te duelen?

Caramba, era verdad. ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta? Efectivamente, la planta de los pies estaba ensangrentada, no exageradamente, pero lo suficiente para que me dolieran y sin embargo no lo hacían. El enano continuó:

--- Has superado la primera prueba, cuando esas heridas cicatricen, estarás listo para caminar por las ardientes Arenas Infinitas. Es casi la hora de que te presentes a la Bruja de las siete Verrugas, llévale esto y por ninguna circunstancia lo abras.

El enano me entregó un saco grande y largo, pero no pesaba casi nada, su tejido era muy denso y su color el de un marrón claro, al tacto de lo contenido en su interior, imposible adivinarlo, parecían palos rectos y varas curvas. Me despedí del enano y desandando la senda de las setas, que ahora me llevaron hasta el camino por mí conocido, llegué frente a la cueva. Entré y a nadie hallé, los candiles todos encendidos me permitían una visión global y la bruja no estaba, otra vez me dejaba plantado. Pero entonces, una voz desconocida y rara llegó a mis oídos, miré con atención a todos los rincones y a nadie pude ver, pero la voz dijo:

--- Deja el saco y vete a casa, mañana vuelve a mirar fijamente al sol y después, busca en tu jardín las hormigas rojas que allí tienes y las traes vivas dentro de una botella.

¡¡ Era el cuervo disecado el que hablaba !! Solo movía la parte inferior del pico, como si de un muñeco mecánico se tratase. Salí de allí despavorido, estuve corriendo durante un largo trecho y después andando a paso rápido llegué a mi casa. El susto pronto se me pasó, comprendí que son cosas de brujas y encantamientos, pero lo fastidioso eran aquellos encargos tan absurdos, aunque fueran pruebas. Tras la cena, me acosté pensando en el cuervo y tapándome la cabeza con la manta me dormí.

Señoritos, es la horita ya, mañana continuará la historia, lavaros los dientes y a rezar vuestras oraciones, a la cama pequeños trastos.


---------------------------------------------------


De nuevo al cerrar el día y con los deberes colegiales hechos, se sentaron los niños alrededor de su abuelo y escucharon la continuación del relato:

Me levanté y cumpliendo el encargo del cuervo disecado, me puse a mirar el sol naciente. Como la otra vez, apenas dos minutos y medio, había mejorado mi record en medio minuto, que tontería. Cogí después una botella vacía y esperé a que salieran las hormigas, ¿porqué tenían que ser rojas me pregunté?, las negras son más grandes. Una a una y con un cuidado extremo las fui introduciendo en la botella y cuando ya no encontré ninguna más, fui a regar mi jardín.

Por la tarde acudí de nuevo a la cueva de la bruja. Estaba ella sentada frente al fuego y con unas agujas de hacer punto muy largas, confeccionaba una especie de jersey bastante tupido. Nunca imaginé que las brujas supieran hacer esas cosas. La saludé y me pidió la botella de las hormigas, se la di y continuación me dijo:

--- Hoy necesito que encuentres una concha de tortuga, pero de tortuga muerta, y que sea la más grande posible.

Me quedé de piedra, eso era una quimera monumental, las tortugas mueren bajo tierra y es imposible encontrarlas. Contesté enfadado:

--- ¿Se a vuelto loca, eso es imposible?

--- Piensa y busca, si has llegado hasta aquí, es que puedes continuar, ahora vete o te conviertiré en gusano de seda. Largo!!

Naturalmente salí de la cueva, no estaba seguro de sí su amenaza era realizable, pero la prudencia me aconsejó la huída.

Llegué a casa pensando en que lugar podría encontrar el objeto solicitado y solo se me ocurrió que quizá, en el pueblo hallaría con mucha suerte la concha. Cogí la bicicleta y a buen ritmo de pedaleo entré en el pueblo.

Lo primero que hice fue visitar al farmáceutico, pero nada, luego pregunte por la calle a todo aquél adulto que se cruzó conmigo, pero sin resultado. Desanimado y algo triste me senté en una piedra de herrar mulos. Al cabo de unos minutos, un niño se acercó y me dijo:

--- Mi papá tiene una tortuga en la pared.

Me sorprendió el chiquillo, seguramente se había enterado de mi búsqueda al oír los comentarios extrañados de los vecinos y le pregunté:

--- ¿De verdad? ¿Y dónde puedo encontrar a tu papá?

--- En el faro, es el farero, un pescador le regaló la tortuga.

¡Una tortuga marina! Por Dios que era el mejor hallazgo, pues su concha es la mayor de todas y además, si estaba colgada en la pared, indiscutible que estaría muerta. Le di unas monedas al niño y con la bici me plante en en faro, el farero me pidio un dinero por ella, que yo ya no tenía, pues se lo di todo a la bruja, pero negociando, aceptó la bicicleta a cambio. Siete kilómetros a pie y con la enorme concha a cuestas, no se lo recomiendo a nadie, pero yo, incluso me descalce para recorrerlos, pensando en fortalecer aún más mis pies, por si las Arenas Infinitas quemaban demasiado.

Aquella noche fue la mejor, estaba orgulloso de haber conseguido fácilmente, lo que yo creía imposible, soñé con los angelitos



Hoy me levanté bastante tarde, estaba contento, el encargo estaba bien hecho y con seguridad que dejaría a la bruja satisfecha. Estuve canturreando toda la mañana y al llegar la hora de la visita, fui hacia cueva silbando, ya ni siquiera me había calzado en todo el día, fantástico.

Entré en la morada de la bruja con la sonrisa del triunfador, pero de nuevo estaba vacía. Otra nota en el pico del cuervo disecado, que cogí con cierta aprensión decía:

--- Necesito una culebra venenosa, un alacrán, un sapo venenoso, una araña venenosa y dos kilos de setas venenosas. No regreses sin traerlo todo.

Esta vez, la bruja había traspasado el límite de mi paciencia, solté la concha de tortuga y salí maldiciendo a la mandona. Llegué a casa y me tome una tila, los nervios tirantes la necesitaban. Me fui a pasear y andando sin prisa entré en el pueblo, mis pasos mecánicamente se dirigieron al bar y allí, una pinta de cerveza negra me sentó a las mil maravillas. El enfado fue remitiendo y por curiosidad, le pregunté al farmacéutico si tenía venenos, me contestó que solamente para las ratas, así que regresé a mi casa, pero esta vez un poco más animado. Pensé que quizá, el Enanito de las Orejas Puntiagudas me podría ayudar, el problema sería encontrarlo.

Era muy tarde ya y dejé la tarea para el siguiente día. Un día que amaneció radiante, esplendoroso. Hoy me calcé y me daba lo mismo que la bruja me viera y se enfadara, pues buscar culebras con los pies al aire no es de listos.

No tardé demasiado en encontrar una culebra, supe por sus colorines que era venenosa, la metí en un saco. Me había llevado la mochila, porque a cada bicho tenía que llevarlo aparte, salvo las setas, que iban todas juntas. Lo de las setas fue coser y cantar, yo las conocía muy bien, aunque no sé si fueron dos kilos los recogidos, pero si la bruja no estaba contenta, que se fastidiara.

Durante horas estuve levantando piedras has que por fin encontré un alacrán, lo cogí con unas pinzas de hielo, que en previsión me llevé de casa y ya solo me faltaba la araña y el sapo, pero ahí estaba el conflicto, pues no tenía ni idea de cómo eran las arañas y los sapos venenosos. Metí en un tarro de cristal unas quince arañas diferentes, pero lo del sapo, vamos hombre, que me di por perdido, así que regresé a casa y esperé al siguiente día.

De nuevo me levanté contento, me faltaba el dichoso sapo, pero si le gustaba bien y si no también. Por la tarde sin zapatos y con la mochila, llegué a la cueva de la bruja. Allí estaba la fastidiosa, le fui dando lo que había traído conmigo y esperé que me reclamase el sapo. Pero no lo hizo, así que tranquilamente me senté.

A continuación, la bruja con unos guantes extrajo los bichos y los fue metiendo en un recipiente parecido a una pecera, muy pronto todos estuvieron muertos, mordidos o picados unos a otros con rapidez, luego metió las setas y después añadió un líquido verde muy viscoso, lo removió enérgicamente y finalmente abrió el saco que me había dado a mí el Enano de las Orejas Puntiagudas y sacó tres flechas. Recordé entonces, que el segundo día que vi al enano en el bosque, estaba haciendo punta a una flecha de abedul con una pequeña navaja. Bien, pues allí estaban sus flechas con la punta dentro del líquido verde.

La bruja me dijo: --- Necesito que me traigas un caldero que encontrarás en otra cueva aquí cercana, sal y por la derecha a cien pasos la verás.

Me dirigí hacia allí y encontré enseguida lo que buscaba, pero caramba, que caldero más enorme, imposible llevarlo a cuestas, así que lo arrastré tirando de un asa. La bruja me ayudó a subir el caldero y ponerlo sobre el fuego, y dijo después:

Puedes irte, lo que voy a meter en el caldero necesitará muchas horas para terminar, mañana ven cuando despunte el día y te traes un hacha bien afilada, tendrás que cortar mucha leña, ahora vete.

Me fui de allí muy interesado, no me importaba cortar leña, yo era un buen leñador, pero mi interés era por lo que había dicho del caldero y por la hora en que debía yo estar allí. Llegué a casa y tras cenar una tortilla me acosté.


A las seis de la mañana desperté y con mi hacha siempre afilada acudí a mi cita. El caldero estaba a unos metros de la entrada sobre un montón de ramas, la bruja encendía en aquél momento la leña y me dijo:

--- Empieza a cortar esos troncos y sigue alimentando el fuego.

A un lado de la cueva habían apilados gran cantidad de troncos y comencé a partirlos con maestría. ¿Cómo pudo la bruja sacar el caldero y colocarlo sobre aquellas ramas? Era un recipiente de acero y pesaba mucho, no lo entendí, pero, allí estaba y me olvidé del asunto. El fuego empezó a ser importante y yo de acuerdo con la orden, cada trozo de tronco cortado lo añadía a las llamas. Entonces me di cuenta al acercarme al caldero, que estaba lleno de las monedas de oro, no las conté, pero casi con seguridad que estaban todas allí dentro.

Tres horas después y en un breve descanso, vi como las monedas comenzaban a fundirse, el magma ya casi era uniforme, quedaban algunas enteras por encima pero pronto desaparecieron, pues la bruja con un gancho largo, introdujo la concha de tortuga en el caldero. Solamente un instante y lo sacó, quedé sorprendido, parecía un escudo de oro puro y el relieve de los cuadradillos de la concha, le daban un aspecto de solidez incuestionable. El oro se enfrió con extrema rapidez y la bruja lo introdujo en la cueva, saliendo al momento con el jersey que yo le había visto confeccionar. La prenda también fue sumergida en el oro fundido y al salir, se había convertido en una cota de malla reluciente. Lo comprendí entonces, la bruja estaba ultimando los pertrechos de un caballero listo para la batalla: El escudo, las flechas envenenadas, y ahora el peto delantero y los espaldares. Le pregunté:

--- ¿Todo esto es para mí? ¿Yo seré el ejecutor de tu venganza?

--- Sí, y también, el que conseguirá devolver las rosas rojas a éste reino.

Lo que no entendía yo, era el porqué, tenía que pisar descalzo las Arenas Infinitas, lo mejor sería ir con botas, así que le pregunté:

¿Cuál es el motivo para ir descalzo?, pienso es una tontería teniendo buenas botas.

--- Todo aquél que calzado ha intentado pisarlas ha perecido, el brujo alimenta con hechizos su calor día y noche y a nadie, piensa él, se le ocurriría ir descalzo, pero tú lo harás.

--- ¿Es muy intenso el calor? Porque no creo que mis pies puedan soportarlo mucho.

--- Pronto lo sabremos, las brasas que queden de éste fuego nos darán la respuesta.

Me puse a temblar, había visto en algunas fiestas del pueblo a gente que andaba con los pies desnudos por las ascuas, pero yo nunca me atreví, además, eso siempre lo hacían en tramos cortos y en las Arenas Infinitas, no sabía cuantos metros sería necesario recorrer, así que le pregunté:

--- ¿Es mucho el trecho que tendré que atravesar?

--- Unos cien metros, pero no te preocupes, también eso lo tengo previsto, llevarás un odre con agua y cuando el calor sea insoportable, te enfriarás los pies hasta que llegues a las puertas de su guarida. Pero recuerda, si no cumples con la misión no podrás regresas por falta de agua, pero si lo haces, las Arenas Infinitas se enfriarán.

--- Sólo cien metros, ¿entonces por qué se las llama infinitas?

--- Porque la gente sabe que todo aquél que las pisó, ha desaparecido para siempre.

A las seis de la tarde, el lecho de brasas estaba dispuesto, me santigüé y corrí sobre ellas, no sentí nada, mis pies oscurecidos por los carbones nada notaron, por lo tanto y con la mirada de la bruja clavada en mí, volví sobre mis pasos y esta vez muy lentamente, pero milagro, tampoco noté un ápice de calor en las plantas, solamente en los empeines y no demasiado. Es que no me lo podía creer, era absurdo, ¿cómo era posible aquello? La bruja dijo entonces:

--- Bien, has pasado la prueba como yo esperaba, ahora debes irte, mañana comenzaremos a prepararte.

Entró la mujer en su cueva y yo probé otra vez con las brasas. Estaba maravillado, cierto es, que fueron muchos kilómetros los recorridos sufriendo descalzo, pero las encalladuras aún no habían aparecido, por lo menos, yo no las encontraba. En fin, sea como fuere, mis pies estaban preparados para soportar el calor y a casa regresé satisfecho.

---------------------------------------------


Al día siguiente, encontré a la bruja esperándome en la entrada de la cueva, en sus manos un arco y tres flechas. Algo más allá, en el tronco de un árbol una diana estaba colgada y me imaginé el resto. La bruja sin responder a mi saludo me entregó el arco y una flecha, me señaló la diana con autoridad y esperó. Cogí la flecha, apunté despacio y disparé, diana en el centro. Perfecto, nunca había tocado un arco y quede muy sorprendido de mi puntería, me dio otra flecha y se repitió el acierto, fantástico. Entonces le pregunté satisfecho:

--- ¿Qué le parece, soy un buen arquero? ¿A que no había visto nunca algo semejante?

La mujer me miró fijamente y sonrió, luego me da la tercera flecha y me dijo:

No creas todo lo que has visto, esta debes dispararla al aire lo más lejos que puedas, hazlo ya.

Puse la flecha en el arco, apunté al cielo y disparé, la flecha subió unos cuarenta metros más o menos y empezó a caer, pero antes de llegar al suelo levanta su dirección y en un segundo se clava en el centro de la diana. Si antes quedé sorprendido, ahora estupefacto, las flechas estaban hechizadas, sólo así era posible mi puntería inicial y el prodigio del último tiro. La pregunta me vino a la mente al instante: ¿Para qué apuntar?
La bruja adivinando mis pensamientos dijo entonces:

--- No, no será necesario que apuntes al brujo, porque no le verás, ningún humano puede verle, las flechas le encontrarán cuando las dispares en el momento oportuno.

La declaración de la bruja me dejó pasmado, si no podía verle, ¿cuándo sabría yo que era el momento oportuno?

De nuevo leyó en mi rostro desconcertado las lógicas dudas y dijo:

--- Deberás dispararlas cuando esté sentado en la mesa y comiendo, es el único momento en que para hacerlo tiene que salir de su burbuja protectora.

--- ¿Pero cómo sabré cuando está comiendo si no le veo?

--- A eso no puedo contestarte, ten en cuenta además, que el brujo de las Arenas infinitas es sordo, pero no es ciego, si te ve, eres hombre muerto.

Ahora ya, no me hacía ninguna gracia el rescate de las rosas rojas, morir por unas flores, no era precisamente lo que yo tenía pensado al unirme a la venganza de la bruja. Las manos me empezaron a sudar por el miedo y le pregunté:

--- ¿Hay alguna posibilidad de éxito en ésta misión? Porque me parece que tiene muchos inconvenientes.

--- Tiene más, una flecha es para el guardia de la puerta, ese te verá cuando todavía estés caminando por las arenas, para eso te servirá el escudo, la primera flecha es para él. La segunda es para el brujo, pero lo más importante es matar con la tercera flecha a su cocinero, si quedase vivo, podría reanimar al brujo. Para éste último tendrás la ventaja de la cota de malla, es un lanzador de cuchillos excepcional.

Ya no me sudaban las manos, ahora me temblaban las piernas. La bruja comprendió mis temores y dijo.

--- Es muy arriesgado lo que te pido, pero piénsalo bien, si nos ha quitado las rosas rojas, nos puede quitar todas las flores del reino. Salvo devolver ese color a tu jardín, no tengo otra compensación para ti, nadie sabrá que gracias a tu valor el brujo habrá desaparecido. Si no quieres hacerlo lo comprenderé, pero sí es lo contrario, ven mañana a primera hora y haremos la última prueba. Ahora vete.

Me fui cabizbajo, lo consultaría con la almohada, pero lo cierto es que voluntad había experimentado un cambio, la bruja seguramente no me lo había contado todo, aunque lo sabido hasta la fecha ya era lo suficiente para no aceptar la misión.

Mis nietos protestaron, querían saber cómo seguía el cuento, pero era la hora de acostarse y debían descansar, los metí en la cama, apagué el fuego y me acosté.




Por la mañana ya lo tenía decidido, me arriesgaría por los jardines del Reino. Salí decidido al encuentro con mi destino, si no era posible regresar, mis nietos sufrirían las consecuencias de mi gran equivocación, pero en caso contrario, disfrutarían de nuevo con visión y el aroma de las rosas rojas. Llegué a la cueva y la bruja estaba esperando, a su lado, el escudo y las armas relucían como el sol, me dijo:

--- Es la hora, ponte la cota de malla, el escudo a la espalda y coge el arco y las flechas y sígueme.
La bruja anduvo delante de mi algo así como un kilómetro, arrastraba el vestido negro y con el bastón retorcido que portaba se sostenía. Llegamos a un claro del bosque y entonces vi la torre del Brujo algo más allá, las Arenas Infinitas comenzaban a unos siete metros. Y lo comprendí, la última prueba era la misión, la bruja dijo:


--- Ahí está, es la hora, toma el pellejo de agua y comienza la travesía por las arenas calientes, pero recuerda, sólo tienes tres flechas y no podrás regresar si no matas al brujo.

Ni me lo pensé, cogí el pellejo y dí el primer paso sobre la arena, al principio no noté nada, pero a los veinte pasos mis pies reclamaron el agua. Decidí correr en vez de andar y cuando había recorrido unos ochenta metros, el guardían de la entrada me vió. Pude ver que algo se acercaba hacia mí con una rapidez endiablada y me agaché, el guardía me había tirado algo, que pasó silvando por encima de mi cabeza, posiblemente un hacha, pues pude ver una extraña rotación. Tal y como estaba, arrodillado de una pierna, puse la flecha en el arco, tensé y adisparé. El guardia quedó atravesado por el cuello y ni gritar pudo. Me incorporé con la piel de la rodilla quemándome intensamente y un fuerte escozor que me hizo mascullar, empapé mi pañuelo y lo até a la rodilla, me moje los pies y segui adelante, muy pronto salí de allí a piso firme. Frente a mí, una enorme puerta entreabierta, entré, un gran salón abarrota mis ojos de lujo, sillones, jarrones, tapices, alfombras, esculturas, cuadros, todo de un exquisito gusto y distribución perfecta, me escondí tras unas cortinas de terciopelo rojo, debía ser muy cauto, un brujo invisible no es fácil de encontrar, esperaría a detectarle por el ruido me senté a esperar. No sabía si estaba en el comedor usado por el brujo, tampoco si la cocina estaba cerca, pero no podía arriesgarme a salir de ninguna manera.

Permanecí acurracado tras la cortina unas horas, me dolían las piernas y el miedo se empezaba apoderar de mí, era una situación claustrofóbica. De pronto, oí un ruido como el de una copa o vaso de cristal, llegaba algo apagado y lejano, saqué la cabeza a la altura del suelo y comence a reptar en aquella dirección, cuanto más me acercaba protegiéndo mi cuerpo tras los muebles, más nítido escuchaba los sonidos de cubiertos sobre el plato. Llegué hasta una puerta entreabierta, desde el suelo tumbado y por el reflejo de un espejo, vi al Brujo de las Arenas Infinitas que estaba comiendo, no tuve necesidad de meter la cabeza en el comedor para verle directamente, tensé el arco y apunté al techo, disparé y la flecha subió rauda y rectificó el vuelo entrando en el comedor a velocidad pasmosa. Lo que sucedió a continuación, fue como si hubiese caído un rayo, un resplandor increíble precedió a un alarido largo, interminable, la bruja había cumplido su venganza, todas las letras A fueron pronunciadas, el brujo había dejado de existir.

Me incorporé y con extrema cautela mirando a todos lados, comencé a buscar al cocinero, era imprecindible acabar también con él para salvarme, pero las fuerzas me abandonaron, un tembleque se apoderó de mi y me escondí bajo un enorme sofa, pensé, que solo tenía que esperar a que el cocinero pasara por allí, pero la tensión y el cansancio me vencieron y quedé dormido bajo el sofa.


No sé el tiempo que estuve durmiendo, pero un fuerte ruido me despertó. Enseguida recuperé la consciencia y comprendí mi situación, miré hacia todos lados pero no vi nada y arrastrándome despacio salí de mi escondrijo, luego me incorporé con mucha cautela y puse la tercera flecha en posición de disparo y así, con sigilo escrupuloso, fui recorriendo las distintas estancias en busca del cocinero o de mi muerte.

Lo cierto es, que la escasez de muebles hacía la búsqueda mucho más fácil y en media hora andando de puntillas, todas las zonas de la morada del brujo estaban exploradas sin resultado. Me dolían los dedos índice y pulgar de tensar la flecha en el arco y relaje la tensión, tenía la boca completamente seca, intenté conseguir algo de saliva, pero no hubo manera, me dirigí entonces a la cocina para beber un poco de agua y al entrar, note un golpe seco en la cadera derecha, un segundo después, un fuerte dolor en ese sitio y miré hacia abajo: ¡¡Dios !!, un cuchillo se alojaba en mi carne, casi me desmayo, caí hacia atrás como un saco y gracias a eso, evité el siguiente cuchillo en mi cuerpo que paso silbando por encima de mi cabeza. Miré hacia todos lados aterrorizado y no pude ver a mi enemigo, la herida sangraba y dolía como si me hubieran cortado la pierna, me arrastre entonces a un rincón y entre la pared y la enorme nevera, quedé temblando de miedo y tensé el arco.

Nada, no había nadie, la cota de malla estaba atravesada al igual que mi pierna, mal asunto, eso significaba que en caso de herirme en el corazón o el estómago, mi vida habría terminado. Intenté arrancarme el cuchillo, pero eso aunque parece fácil no lo es, cogí el mango con las dos manos y cuando fui a dar el tirón, otro golpe seco en el hombro me dejó aturdido, instintivamente, mi mano derecha se dirigió hasta el hombro y encontró el mango de una daga hundido hasta el pomo en mi carne, a doble dolor parecería a cualquiera, que dos heridas te lo proporcionasen, pero no era así, la pierna dejó de dolerme y el centro de mis nervios sensitivos pasó a concentrarse en el hombro, cerré con rabia la boca para mitigar el intenso dolor y esperé, el cocinero no tardaría en terminar su tarea conmigo. ¿Cómo era posible?, no había nadie en la cocina, o por lo menos yo a nadie veía, y entonces lo comprendí, el cocinero también era invisible. ¿Estaría en aquél momento allí?, en ese caso, con tensar el arco y dispar sería suficiente, ¿pero y si no estaba?, puede que hubiera salido.

Una idea asaltó mi mente, no sé cómo pude pensar en ello con el dolor que atenazaba mi consciencia, pero era mi única solución, me incorporé despacio y comencé a renquear en círculos esperando la herida mortal, la sangre que manaba de mis heridas fue manchando el suelo, una tras otra, la gotas teñían de color rojo el suelo de la cocina con regueros sangrantes y al cabo de unos minutos, sin recibir otro cuchillo en mi cuerpo, regrese al rincón anterior y me senté. Ya apenas sentía dolor, seguramente el miedo me lo impedía, miré al suelo fijamente hacia todos lados, esperando que el cocinero pisase la sangre y así confirmar su presencia, y así sucedió, a unos tres metros, unas gotas desaparecieron de mi vista y en un segundo tensé el arco y disparé. Ante mí, una mole de carne y huesos se desplomó como una montaña y por fin le vi, atravesaba su cuello la flecha encantada y su muerte era segura, al tiempo que mi pánico remitía, el dolor de mis heridas se acentuaba, pero recuperé fuerzas y cojeando salí a las Arenas Infinitas. Como dijo con acierto la bruja, ya no quemaban, pero eso era, porque ya no existían, una alfombra de verde pasto cubría entonces el lugar que ocuparon y, macizos de rosas rojas se hallaban por doquier, muy pronto apareció la bruja con un brebaje que me dio a beber y en el tiempo de un parpadeo, mis heridas cicatrizaron y los dos cuchillos desaparecieron. Lo había conseguido, me sentí el héroe del reino y respiré a pleno pulmón.

Al llegar a la cueva de la bruja, el Enano de las Orejas Puntiagudas estaba esperando, le agradecí su ayuda y al intentar darle la mano en señal de amistad, el enano desapareció, sorprendido, miré a la bruja y ésta también se esfumó de mi vista, el escudo y la cota de malla, cayeron a suelo convirtiéndose en dos piedras y entonces, ante mí, apareció la Dama Azul de las rosas rojas. Al instante lo adiviné, también ella había sido hechizada por el brujo.

Un beso en la mejilla fue el premio que recibí de la Dama Azul, solamente eso, pero mi jardín rebosaba de rosas rojas y mis nietos saltaban de alegría.

FIN






Última edición por marquimar; 30-abr-2013 a las 19:48
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cartaaunadesconocida (23-mar-2013), Estrofa (06-mar-2013), Marisa (06-mar-2013), sorprenent (06-mar-2013)
 



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