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Marquimar. Novelas - Cuentos - Relatos


 
 
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UN PAJE SIN REY
ESPECIE DE PRÓLOGO


Esta es la curiosa historia de un mocete de once años, que su gran ilusión es convertirse en paje de los Reyes Magos. Sobre todo, de S.M. Melchor.

Ustedes pensarán que tal cosa no es difícil, pero se equivocan completamente, pues el muchacho no habita en la tierra y como es natural, cuando no eres terrícola, el tema se complica bastante.

Ahora es de suponer queridos lectores, que estarán pensando en: mundos galácticos, planetas perdidos, astros ignotos y otras zarandajas. Pero no, tampoco han dado en la diana.

Nuestro protagonista se llama Trapolín, un nombre bonito y campanillero, aunque no corriente. Trapolín es un chico despierto, trabajador, simpático y cariñoso y, adornan su peculiar carácter, un sin fin de cualidades poco comunes. En cuanto a llamarse Trapolín, es debido a su nombre de consenso, que no de pila, pero como donde él reside en estos momentos está interrumpido el uso generalizado del santoral por decreto inviolable, no revelaremos ese extremo.

Trapolín trabaja en estadísticas, no es un trabajo como los que conocemos aquí, por eso puede trabajar aunque sea un niño. El muchacho se ocupa de las labores que le encomiendan los jefes, que son habitualmente: deshacer paquetería, llenar de tinta los tinteros, borrar los garabatos de la pizarra, limpiar las plumillas, afilar lápices y ordenar un poco lo que muy ha menudo se desordena, que los jefes a veces y aunque manden, ya sabemos como son.

Hoy nuestro héroe tiene una cita importante, pues ha recibido la confirmación definitiva, de que su petición de paje ha sido aceptada y ahora solo resta, convencer al supervisor de destinos, para que le incluya en el primer desintegro para la Tierra. Desintegrarse pueden creerlo, no tiene ni pizca de gracia, porque luego toca unión molecular y parece que te metan en un hormiguero, pero es que no hay otra forma de ir. A veces, los que pueden fisionarse y fusionarse sin molestias, te aconsejan la mejor postura corporal para hacerlo, pero esos, no siempre están de buen humor y como tampoco disfrutan de mucho tiempo libre, pues no vayas para consultas técnicas de última hora porque no. De todas maneras, dicen y aseguran los que saben de esto, que a la tercera o cuarta vez, el molesto hormigueo se convierte en placentero, pero ahora vete a saber, si será por aquello de que sarna con gusto no pica.

A propósito de picar, supongo que ya les pica la curiosidad de conocer de una vez por todas en que lugar transcurre esta historia; pues bien, la mayor parte de ella se ubica en la Tierra, pero en este preciso momento estamos narrando desde el cielo. Pues si, desde el cielo, ese lugar de fantasía religiosa para unos y de certeza universal para otros.

En fin, no abundaremos en calificativos sobre el cielo, porque el cielo por descontado no es en absoluto calificable. Pero por supuesto sí, y eso se afirma con todo rigor, que narraremos con pulcro antecedente, detalle y pormenor, cualquier episodio que tenga que ver con nuestro protagonista, pues tenemos el permiso expreso, del único aquél… que puede darlo.

Queridos lectores, si no han estado en el cielo, no saben lo que se pierden. ¡El cielo es la pera!, y no lo decimos por pelotilleo, es que empezaríamos a contar un cinco de marzo y nos darían las uvas, ¡una pasada! Imagínense un aumento de sueldo, el nacimiento de un hijo, la primitiva, el cuponazo, que le salgan verrugas en la nariz al jefe, en fin, imaginen lo que quieran; pues bien, ni comparación. Me da la carcajada nerviosa, en cuanto oigo algunas tonterías sobre el cielo y, mira que se llegan a decir sandeces en la Tierra. Pero señores, si es todo lo contrario de lo que piensan algunos, por ejemplo: en el cielo no hay enfermedades, ni hay dolores, ni accidentes, ni cualquier cosa que pueda hacerte daño, pero claro, eso no es ningún obstáculo, para que si te hace mucha ilusión pedir la baja por enfermedad en el trabajo, pues puedas hacerlo, que nadie te dirá nada. Pero bueno señores, si a veces vas paseando entre nubes compactadas y te encuentras con uno y automáticamente te preguntas: ¿pero cómo ha entrado éste aquí? El otro día sin ir más lejos, estaba yo en la parada del bus, porque esa es otra, como tienes que hacer felices a los demás los días impares y hay más de un bizco que no consiguió ser conductor de autobús en su vida terrenal, pues ya me tienes pidiendo permiso para ser chófer en cuando llega aquí arriba y… ¡oiga se lo dan! Y entonces, cuando le toca, a disfrutar el hombre trasladando viajeros todo el santo día, claro está, que como es un servicio felicero al semejante, es obligatorio para los pasajeros, pero nadie paga billete, solo faltaría. Pues bueno, que en la cola del bus me encuentro con Mario Moreno, (ya saben, el Cantinflas) y nos ponemos a charlar, y no te digo, porque charlar con ese mejicano es de mareo, que solo pillas parte de la mitad y gracias. Pues en eso estamos, cuando intenta colarse el mismísimo Che Guevara, ¡fíjense si el cielo es raro! Ojo, que a lo mejor ha salido del purgatorio con la condicional, que a tanto ya no llego. Por cierto, que me chocó mucho que la estrella de la boina fuera de color azul, a saber si la ha teñido él para despistar o si ha sido un requisito para entrar, pero como a un exguerrillero no es prudente molestarle, no le pregunté, claro que, seguro que tampoco me contesta.

El cielo no tiene nada que ver con la Tierra, es como si todo fuese al revés, pero bien derecho. Date cuenta, si vas a un banco a pedir un crédito, ni avales, ni nóminas, ni impedimentos, ni nada; al contrario, que por cada millón que pidas te regalan una plancha, yo ya tengo siete. Y además, puedes pedir el dinero para lo que quieras, que no les importa. La semana pasada estaba yo en el mostrador y un chino a mi lado quería comprarse una casa con veinte habitaciones, porque son tres de familia y como son chinos, ya le tienen fobia a las estrecheces; pues bien, le sueltan al chino cuatrocientos millones al cero uno por cien y sonriendo, y además de eso, con una cuota de amortización de tres Divins al año, (cinco euros más o menos), ¿qué?, ¿a que mola mazo? Pues no crean que sea una política comercial tan estúpida, que tienen una eternidad para cobrarlo y en cielo no hay morosos, que como te pases un pelo, te soplan la nube de los pies y cuando acabes de caer, ya sabes por ese olor azufrado dónde estás. Naturalmente, que no todo son ventajas, que también existen los inconvenientes, porque ya me dirán ustedes: ¿dónde mete el chino cuatrocientas planchas?

Pero... ¿para qué les hago yo perder el tiempo?, si no hay forma de explicarlo ni cerebro terrenal para entenderlo. Estoy completamente seguro, que algunos de ustedes me van a dejar por embustero, pero yo tranquilo, pues lo primero que aprendes aquí arriba es a no dar ninguna importancia a lo que se diga o haga ahí abajo y, como los que estamos aquí ya sabemos de que va el paño, pues si quieren créeselo bien, y si no, tan amigos.

Bueno, es la hora de comenzar el relato y cuidado, que Trapolín no sabe que le voy a seguir en su aventura como reportero encomendado celestial y si ustedes no se lo dicen, nadie lo hará, porque pienso ir de invisible todo el rato.

El muchacho todavía no tiene permiso para desmaterializarse y tampoco por supuesto le han otorgado los poderes secundarios sub-milagreros, es demasiado joven, quizá en un par de años lo consiga, pero ahora sería un poco arriesgado, pues hicieron una prueba con otro chaval de su misma edad y no veas el menda, que el primer milagro que pidió fue una cerveza y… la que le cayó encima a su vigilador responsable, no la cuento.

Queridos lectores, con ustedes:

UN PAJE SIN REY

El primer viaje

A las siete de la tarde, Trapolín se encuentra sentado en un banco de madera frente a la puerta acristalada de la Oficina de Traslados. El chico está nervioso como nunca lo estuvo, teme que el supervisor de destinos no se encuentre hoy de buen humor y le rechace. El muchacho no puede evitar el pesimismo, pues para él, es demasiado importante viajar a la Tierra y si se lo niegan esta vez, solamente Dios sabe cuando le convocarán de nuevo, porque ya son cinco largos años celestiales esperando ésta oportunidad y la ilusión y la paciencia menguan. Nuestro futuro paje se muerde las uñas, cruza las piernas, se rasca la nariz y, es entonces que:

--- Trapolín Entarabuena, ¿eres tú?

--- Si señora.

--- Soy señorita, puedes llamarme Licien. Sígueme.

Trapolín se levanta y va tras ella, entran en una sala con muchas mesas de despacho y muchos archivadores, no hay nadie en ese momento. Licien, seguramente una secretaria del supervisor, llega a una mesa y recoge una carpeta, después sigue a la derecha y entra en otra habitación seguida por Trapolín y allí, tras una mesa grande, con una lámpara verde decorada con cuentas de colores, el supervisor de destinos le mira con el ceño fruncido por encima de las gafas. La chica entrega la carpeta al supervisor y queda de pie junto a la mesa, el silencio es absoluto, hay muy poca luz, Trapolín respira con cautela, el hombre le mira y lee, le mira de nuevo y vuelve a leer. Por fin, el supervisor le pregunta con mucha lentitud y notable gravedad:

--- ¿Sabes que si se entera algún demonio que estás en la Tierra puedes tener problemas serios?

--- Si señor.

--- ¿Sabes que ésta no es una misión de oficio, y que no se autorizan milagros en las misiones de servicio?

--- Si señor.

--- ¿Sabes que puedes perder la inmortalidad si cometes alguna falta?

--- Si señor.

--- ¿Y entonces para qué quieres arriesgarte tanto y ser un paje de su majestad Melchor?

--- Me gustaría mucho entregar juguetes a los niños pequeños.

El supervisor mira a Licien con un gesto de impotencia, arruga la nariz, se rasca levemente la nuca y con desaprobación dice:

--- Nunca me ha gustado que los niños viajen en la giroscópica, pero al parecer, su majestad ha pedido un paje y tú eres el único que lo solicitó en su día. Prepara pues tu equipaje y a las diez y media en punto, y repito en punto, frente a la plataforma de salida, puerta 23, pasillo 7. Pero ojo, sin excusa posible deberás estar de regreso en el punto de embarque el día 10 de enero a las diez de la noche hora exacta terrenal ¿Lo has entendido?

--- Si señor.

--- Es mi obligación decirte también, que ningún ángel, ni arcángel, ni espíritu celestial, está autorizado para ayudarte en caso de peligro. ¿Lo has entendido?

Trapolín lo había entendido, Trapolín era entonces el chico más feliz del cielo; (si eso es posible claro). Por fin, su sueño se cumplía, tardó escasamente diez minutos en preparar su bolsa de viaje: dos pañuelos blancos, un peine pequeño, una bufanda marrón, un gorro de lana con borla verde que le hizo su abuela Kaya, una muda, dos pares de calcetines y por descontado, el fantástico bolígrafo de doscientos colores. Nunca se separaba de su bolígrafo, pues se lo regalaron sus padres terceros antes de rencarnase por cuarta vez y para Trapolín era un tesoro.

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La rencarnación posiblemente sea, lo más fastidioso que tiene el reglamento celestial, pues son casi siempre doce veces y ni una menos. Y nadie piense que es por el trago de nacer y de morir después, que eso sea como tenga que ser ya lo tienes asumido. Lo que pasa, es que te haces un enorme lío con la familia, yo por ejemplo, que por fin he terminado con ese aburrido tostón de ida y vuelta, pues tengo algo así como doscientos diez parientes más cercanos y entre tíos, sobrinos, primos, cuñados y etc, pues la verdad que no controlas. Fíjense ustedes mi caso: he tenido doce padres y doce madres, cuarenta y ocho abuelos, sesenta y siete hermanos, cuarenta y nueve hijos, ciento veintidós nietos, bisnietos que he perdido la cuenta y tataranietos para llenar un estadio y… no sé que más. Y eso yo, que en todas mis vidas de pura chiripa me ha tocado ser occidental, que si me meto en algún país de esos que tienen no sé cuántas esposas, pues suma y sigue que te pierdes. Trapolín no lo sabe todavía, pero el muchacho se ha rencarnado ya cuatro veces y ni idea, porque la desmemorizadora trabaja a conciencia y mientras te quede alguna vida por cumplir, no te ponen al corriente del asunto. El chico solo recuerda a sus últimos padres y abuelos y piensa lógicamente, que están de viaje, pero ignora completamente, que ya tiene dos hermanos más por parte de padre que son vietnamitas y otros cinco por parte de madre que son argelinos y que él, fue en su primera y desastrosa vida un pastor de cabras tuerto y en su segunda, no mucho mejor que la anterior, un triste leñador carbonero. Y es queridos lectores, que aquí arriba para encontrar a uno o a una, que te cuente una vida medianamente feliz en la Tierra, lo tienes bastante difícil. Pero sigamos con la historia.

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La giroscópica espiral, de última generación, es una enorme máquina parecida a una pelota, que lo único que hace, es obtener giros por inercia a tan altísima velocidad, que cualquier materia colocada en su interior se desintegra en pocos minutos debido la fuerza centrífuga, que empieza por aplastarte contra la pared y acabas atravesándola. No sientes ningún dolor, solo una molestia parecida a cuando te aprieta un zapato, que en éste caso no solamente lo notas en el pie, como es fácil adivinar. Se utiliza exclusivamente en las misiones de servicio especial por su gran precisión, apenas te aleja del punto de integración unos pocos metros y eso en el caso de Trapolín, era muy necesario, pues de otra forma el chico sin poderes secundarios ni preferentes, podría perderse en el infinito. Es cierto que existen otras formas de viajar por el ámbito astral de espacio-tiempo, como son: el túnel blanco, el agujero negro, la traslación galáctica consecutiva y la espíritu-cósmica sideral; pero naturalmente, todas ellas están reservadas para los casos que su Alta Jerarquía lo considere y siempre por supuesto, que sean exclusivamente para inter-galaxiar.

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Trapolín entra en la giroscópica a menos veinte segundos del torbellino, hoy solamente viaja él, los martes no tienen buena prensa para los traslados, no sé por qué. El muchacho se ajusta el gorro de lana, se coloca la bufanda marrón, se pone los dos pares de calcetines, se mete entre los dientes el bolígrafo de doscientos colores para evitar el zumbido de oídos y así, preparado para el frío de la Tierra, se sienta en el suelo junto a la pared y, con cierto miedo espera. De momento no ocurre nada de nada, pero pasado un minuto inquietante, escucha un zumbido en la cubierta superior y nota un leve tirón hacia atrás, muy pronto el zumbido se hace más intenso, el bolígrafo trata de fugar de la boca y Trapolín aprieta los dientes, pero no podrá sujetarlo por mucho que lo intente, los metales y materias más densas tardan más en atravesar las paredes, por lo tanto, cuando Trapolín ya esté reintegrado en la Tierra, su bolígrafo y las hebillas de sus sandalias, que es lo único que lleva encima conteniendo metal, le llegarán con algunos minutos de retraso.

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Todos los científicos físicos del ámbito celestial, hace ya mucho tiempo que intentan conseguir un nuevo modelo de giroscópica, que en cualquier desintegración material, ya sea a torbellino o bien por el antiguo sistema de dislocación expandida y después comprimida, se pueda llegar a lograr, que todos aquellos elementos que intervengan de una u otra forma en la fisión repentina molecular, se descentralicen a tiempo cronológico nuclearmente, antes lógicamente, de que atómicamente las partículas se autorechacen por descompresión fusionante asistida. Eso es lo que intentan, que no es fácil, pero claro mientras tanto, sin hebillas en los tirantes o el cinturón, los varones seguirán integrándose en la Tierra con los pantalones por el suelo. Sigamos.

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Trapolín ha llegado, algo mareado, pero bastante bien. Ahora es solamente cuestión de esperar, muy pronto según el programa de servicio que obra en su poder, alguien de la comitiva real vendrá en su busca y le pondrá al corriente de su cometido. La sala de recepciones astrales, con el espejo comprobador de éxito o fracaso, que se encuentra en el techo, es una sala algo extraña: cortiancha, cortilarga y con escasa luz. Pero esas medidas como es lógico eran una apreciación de nuestro amigo, que como venía del espacio infinito, pues todo le parecía pequeño y en cuanto a que era oscura, pues ya se sabe que no vas a comparar una bombilla eléctrica de 60 vatios con la luz Divina.

Bien, ya estaba en la Tierra sin ninguna novedad destacable, dejando aparte, que debido a la enorme fuerza centrífuga de la giroscópica en recuperación, se le salió del pie una sandalia y el pelo… pues no veas, parecido a un calambrazo de cuatrocientos voltios, pero nada. ¡Oigan! que ya se sabe como funcionan los viajes en la giroscópica, que al aterrizar te pones bizco de la impresión y con toda la lengua fuera ladeada y mordida por el rayo cósmico.

Trapolín tiene un poco de frío, estamos en el mes de diciembre y la latitud del lugar naturalmente no acompaña.

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Eso de la latitud y longitud y perdonen por interrumpir la historia continuamente y de verdad que lo lamento, pero es que si no lo hago se perderán ustedes como célula de humano en tejidos de marciano. Pues digo, que no es posible revelar aquí y ahora, porque no, el lugar exacto en que se encuentra el chico, pues el paradero y domicilio habitual de los reyes magos es un misterio terrenal, que debe seguir siéndolo y guárdese mucho cualquiera de revelarlo. No se imaginan, la cantidad de periodistas que les ha tocado una temporada de purgatorio por intentarlo, y es que son lo que no hay, vean si no: el otro día me contaba un cuñado de San Pedro, que ese paciente y barbudo varón tiene el despacho y mira que su despacho es grande, llenito a rebosar de solicitudes para una entrevista exclusiva con el jefe, y claro, como en el cielo no están permitidos los periódicos y ya mucho menos las revistas de todo tipo, sobre todo las del corazón, pues el hombre ya no sabe que hacer con tanto folio, un desastre. Pero en fin, sigamos.

__________________________________________

La tierra siempre será el planeta preferido por los reyes Magos, no es muy grande y se puede patear bien en una noche. Antes, cuando los reyes estaban solos en eso de repartir juguetes, a las seis de la mañana del día siete de enero ya estaban los pobres hechos polvo, pero desde la aparición de Papa Noel, encargado de refuerzo desde la explosión demográfica del mayo del 68 en Francia, la cosa ha cambiado. Bueno, no estoy seguro del año y tampoco del lugar, ni siquiera si nacieron muchos niños, pero seguro que hubo una explosión, o una revolución, o un catapún, o algo así. Sigamos.

Un cuarto de hora más tarde, un delegado de S.S.M.M los reyes hace acto de presencia y pomposamente se dirige a Trapolín y pregunta:

--- ¿Es usted el señor Trapolín?

--- Si señor.

--- ¿Entonces hace usted el favor de seguirme?

--- Si señor.

Trapolín se quita el gorro de lana y se peina el flequillo con los dedos, sin ninguna duda el chico está nervioso, pero lo disimula bastante bien. El delegado le precede con paso decidido y nuestro muchacho muy cohibido le sigue con dificultad. Pronto la casi completa oscuridad de la zona de integración, va cediendo poco a poco y una gran luminosidad que surge espontánea del vacío, les envuelve. Trapolín queda pasmado, boquiabierto, frente a él, una enorme edificación parecida a un castillo de piedra blanca con cinco puertas y multitud de ventanas ovaladas se levanta descomunal y, hasta el punto, que no se distingue su total altura; bueno no se distingue, culpa del flequillo claro. La puerta se abre sin llamar y un chambelán con pómulos sonrosados les saluda. El delegado sigue sin detenerse y el chico nervioso va tras él, la gorra de lana no para de dar vueltas en las manos de Trapolín, mira hacia todos lados impresionado y no es de extrañar, pues la residencia de los reyes Magos no tiene similitud con cualquier otra, es absolutamente fantástica. Pasillos, escaleras, y… Alto... Alto… Alto… FRE-EEEEEEEE-NA. Que me he pasado la parte de cuando nuestro Trapolín pide el destino de paje y… mira que soy mirado para estás cosas de la narración. Bueno, que lo siento lectores, pero tenemos que regresar y no hay más remedio que hacerlo, a un ante-principio. ¡No se me chiven por favor, que me cae la del pulpo!


ANTE-PRINCIPIO

Ya sabemos que Trapolín trabaja en Estadísticas Celestiales y más concretamente, en la parte primordial segunda, de la cuarta y quinta planificación, componentes prioritarias ambas, de la tercera y última sección elevada, casi, casi al lado, del apartadero de segmentación y transmutación de almas. Bueno, pues en ese lugar donde sirve Trapolín, las cosas casi siempre van de coronilla, como se lo cuento. Un complicado negociado, donde no se andan con chiquitas, a la que te despistes de tu tarea, te colocan en la cola de los cepilladores de alas, o mejor si les apetece, te encuadernan dos días en el departamento limpiador-abrillantante de aros celestiales, con un botellón de limpiametales y un macuto lleno de trapos, y eso muchachos, es de un aburrido que atonta y a la postre, se te ponen los dedos amarillos.

En fin, que vivir en el cielo no siempre es comer rosquillas de San Benedicto, que por cierto, ni siquiera era repostero. El caso es que hoy, para no perder el hilo, la faena de Trapolín se estaba complicando y comerse el bocadillo se ponía difícil pues, desde el D.N.T. (departamento niños terrestres) solicitaban la lista completa de los traviesos de éste año, pues la campaña de Navidad y Reyes estaba al caer y como siempre, a última hora y con prisas les venían.

Trapolín estaba más que harto, ¡todos los años igual! Si no era por una cosa era por otra, el caso era enredarles, ¡Jolines tuertos! Pues como en Estadística Infantil no hacían su trabajo, que estaban todos enchufados por la Asesoría del Arcángel, pues a fastidiar. De ahí, que informado de una vacante en el séquito real juguetero, decidió presentar una solicitud y así, ocupar el puesto de destino que tanta ilusión le hacía: ser Paje de su majestad Melchor. Y eso gracias, a que es un destino poco solicitado, que en la gloria hay infinidad de ellos con más gancho, como por ejemplo: Ayudante asistencial de Preángel, que eso si tiene su categoría divinidante añadida y además, que te puedes promocionar para ser Asesor Angélico por doscientos millones de siglos y eso claro, son higos de otra cesta. Pero bueno, a Trapolín le hacia ilusión ser paje y ya está, fin de la cuestión.

--- ¡Trapolín! ¿Quieres darte prisa hombre?

--- Si señor, pero es que no encuentro el descodificador de signos. Lo busco y lo busco y no lo encuentro.

--- ¿Y para qué necesitas eso ahora? ¡Valiente chaval!

--- Es para descifrar la lista de los niños chinos, que no puedo sin eso.

--- ¿Y por qué? ¿Qué problema tienes con esa lista?

--- Pues que aun no está traducida Don Ignacio.

--- ¡Dios Santo, no me digas eso! ¡Por favor, otra vez no!

Al encardo de la sección que era quién hablaba con Trapolín, se le puso el rostro de color casulla de obispo. Y cuidado, no era la primera vez que a los traductores se les colara un fallo garrafal de esas características, ¡que va! Pero bien, como esos también estaban enchufados y nada menos que por San Anselmo, pues lo mismo que antes, paciencia y a tragar. A los tres segundos ya estaba todo el personal de la sección buscando el dichoso descodificador y traductor-interpretante. Por supuesto hay que decir, que antes de la decimoctava conjunción galáctica, todo era mucho más sencillo, pues se colocaban los nombres en el depósito de claves, signo y letras y, con el rastrillador de manivela, se mezclaban todos bien mezcladitos y luego, tras pasar veinte minutos por la diseccionadora-personalizante, se metían en el conducto de las disquisiciones-nomenclaturantes. Rápidamente después, se demoscopiaban en un visto y no visto y… ya se podían seleccionar por países, colgar en la traspapeladora-autoselectiva y a trabajar alegremente sin más problemas. Quizá sea verdad que era un proceso algo lento, según sus detractores, pero otros inconvenientes no tenía y ahora… ¡note digo! Porque a un mandamás del séptimo estrato, se le encasquetó en el coco modernizar la sección y desde entonces, de follón estaban todos los días, pues el descodificador decádico-ultrasónico, con el rollazo de la carga, ajustes y zarandajas, no paraba de darles la barrila. ¡Y no se lo pierdan! que al parecer, algún listillo había mencionado de cambiarlo por uno digital y además, con fibra óptica resolutiva. ¡Lo que nos faltaba!

En fin, para qué decir más, son cosas del trabajo y de los marisabidillos de siempre, que aunque todos sabemos de que van y, por descontado que ni idea tienen de nada esos listos, es igual, pues callarse y hacer algo inteligente no pueden. Sigamos.

En el cielo amigos lectores, todo quisqui se las inventa para no estar ocioso, pues la eternidad es muy aburrida si te amodorras. A la mayoría de esos sin aficiones concretas, a la que pasan un par de siglos se les ponen a reventar los tedios y enseguida, solicitan rencarnarse; cosa por otro lado que no sirve de mucho, pues apenas están fuera cien años. Pero mira, como eso de los talantes no tiene ninguna explicación y cada cual con sus pilas funciona, el tonto que le encuentra la pizca y la gracia, se pasa toda la eternidad naciendo y muriendo, que después de las doce vidas de protocolo, con una dispensa especial puedes continuar. Pero no crean, siempre es lo mismo, se van muy contentos y vuelven asqueados. A Trapolín desde luego que no, a él no le liaban más con esas solicitudes, por lo menos hasta que en la tierra ya no hubiera dentistas, que les tiene un miedo a morir y además, que pasar por la desmemorizadora es un palo.

--- ¡Aquí!, ¡Aquí está!, ¡Lo encontré!

--- ¡Buffff! ¡Menuda nos amanece mañana si no lo encontramos!

---Pues mira que yo, casi me mojo la túnica, mecachis.

--- ¿Dónde estaba?

El descodificador-interpretante, apareció tras una papelera, cosas del azar, que muchas veces a nadie le es posible averiguar como acontecen. Muy pronto el libro de los niños chinos estuvo descifrado en idioma celestial, que es como el Esperanto, pero sin reniegos ni palabras feas. De todas maneras, exageraban un poco, pues a tres operarios de la sección les hubieran bastado cinco horas para descifrarlo, que eran ya preángeles con experiencia, pero como los niños chinos son tantos, a nadie le hacía gracia ese tomo.

Nuestro Trapolín no llegaba a ser preángel todavía, pero bien, esa circunstancia no le quitaba el sueño en absoluto, pues sólo le faltaban tres edades y cuarto para acceder a la predestinación. Y eso sí, que el muchacho en todo el tiempo-intemporal que llevaba en la gloria, ya tenía ahorrados cinco Supercelestiales de cien y trescientas Divinidades de mil, y además de eso, por si les parece poco, disponía de una cartilla verde con banda azul precintada (de momento), para seis milagritos de tercera completos y uno a medias. ¡Un carrerón!

El jefe de la oficina de Trapolín se llama Don Ignacio. Don Ignacio es un ente esencial sin moratoria pero bastante majo. Una especie de chupatintas que se pasa las horas muertas haciendo pajaritas. Pero claro, como tiene un sobrino recientemente Cielotificado, de pillarle en algún fallo, se le condonan cuatro docenas de lustros por cada astroaño. A Trapolín le trata bastante bien, solo que algunas veces, le encarga trabajos especiales de prioritario y como el muchacho no ha pasado todavía por la reactivadora mental, se le ponen los pelos rizados como a los querubines y al ser tan tímido, se le vislumbran al instante veinte turbaciones en la cara.

A Trapolín le gusta el rey Melchor a tope rabiar, es su más preferido, tiene un poster de él y un regalo, que nunca ha querido abrir, para no romper la mitad del autógrafo, claro que podía abrirlo por debajo, pero cada quién hace lo que cree oportuno y en cuestión de pareceres, no ha lugar a disentires. Sigamos.

Si las cosas le venían de cara, muy pronto le darían el traslado a la Tierra, (él no lo sabe aun, pero ustedes y yo, si que lo sabemos) Es un gozada eso de ser paje, pues escuchó una vez en una tertulia de pajes retirados, que en dos minutos tienes a los camellos comidos y limpios, lo de darles de beber es otra cuestión, pues según dijeron, se les para el reloj a esos bichos en el abrevadero, pero claro, no van a ser todo ventajas.

--- ¿Qué hora es Trapolín? ¿Ha pasado ya el repartidor de tinta?

--- Todavía no Don Ignacio, pero quizá esté en la oficina de los taquígrafos a pluma, que siempre andan secos. Ha nosotros nos toca siempre después de ellos.

--- Bueno, pues cuando llegue que te deje tres litros y dile que no quiero ver ni un bote de tinta roja, todos azules. ¿Lo has comprendido? Que luego los Jefazos piensan cosas raras. ¿Estamos?

--- Si, si señor. Ya es la hora Don Ignacio, yo… yo solo le aviso.

--- Bien pues hasta la tarde muchachos, barrer un poco.

--- No se preocupe Don Ignacio, quedará muy limpio.

Don Ignacio, como era su costumbre, acudió a la plaza de la Congregación de los Silencios, pues allí, se reúnen todos los jefes de sección a la misma hora y con buen humor, para darse una parrafada con San Nemesio, que es un santo varón, al que le entusiasma charlar de lo que sea, siempre que no le lleves la contraria claro, pues el hombre lo que tiene de buen santo lo pierde muy a menudo en paciencia. Se comenta por los entrecielos, que ese carácter tan poco apropiado para un santo, se debe sin duda, a la poca afición de los padres terrestres a bautizar a sus hijos con su nombre y, es posible que sea verdad, pero como en la gloria todo son conjeturas celestiales… pues eso.

El caso es que Trapolín aprovecha las ausencias de su jefe para leerse un porrón de veces el manual del buen paje. Nuestro amigo ha cumplido ya las catorce distancias y eso en el cielo es una edad maravillosa. No es como como en la Tierra a soplar velitas, sino que: Por cada distancia cumplida, se te añade una tonalidad desmatizante en la túnica y cuando por fin consigues que sea del todo blanca, ya tienes prioridad absoluta para la elevación a un sustrato superior latente, o sea, adiós a Don Ignacio. Lo dicho amigos, que es una edad maravillosa.

Además hoy nuestro amigo disfrutaba de un día especial, pues en la residencia de las Siete Nubes Termo-azuladas, que es dónde se hospeda Trapolín, se está preparando una fiesta de corta ausencia para la bonita Muretta, una desparasitadora de almas de la parcelación vecina, que desde luego, le tiene al chico chamuscados los forros de puro enamoramiento. Algo por otro lado nada raro, pues la chiquita es un bombón, que cuando se juntan la belleza y la bondad, el resultado es exquisito.

A la preciosidad mencionada ya le toca pasar un par de lustros con sus padres en el Océano de los Encuentros Familiares y como es de costumbre en estos casos, los compañeros y compañeras la homenajeaban antes de su partida. Y mira que en el cielo no es nada sencillo hacer amigos, pues todo el mundo anda metido en lo suyo y a casi nadie le sobra tiempo, pero la dulce Muretta en cambio, tenía un montón.

Muretta como ya se ha dicho, trabaja en admisión de almas. No en la entrada del cielo por supuesto, ya que su faena menos complicada, es la desparasitación de partículas que se adhieren como garrapatas a los espectros que provienen de la Tierra. En la entrada principal de la Gloria, no cabe ninguna duda y eso es de manera impepinable por que tiene serlo por narices, solo trabajan los arcángeles de categoría divinidante, pues es una labor primera de especial talante, con una paciencia increíble y un sentido del humor celestial a toda prueba. No se pueden imaginar ustedes, lo que llegan a inventarse las almas para colarse: ¡Un disloque! Y lo más desternillante es, que casi todas llegan preguntando por San Pedro, ¡mira que gracia!, como si el pobre santo no tuviera otra cosa que hacer que llenarse los oídos de excusas todo el día. ¡Y es verdad hombre! Como si no hubiera otro santo más que él. Claro que en la Tierra por desgracia, nadie muere enseñado.

¡Ahora que me acuerdo!, que a lo peor luego se me va. Bueno, es solamente un apunte para vosotros los terrícolas a título de anécdota sobre el sexo de los ángeles, esa tan dilatada controversia terrenal: pues en una ocasión, Trapolín coincidió con un ángel en los servicios y si bien no llegó a divisar la prueba de su sexo, éste ángel que decimos, salía de una cabina de WC y Trapolín mirando con mucho disimulo, se dio cuenta de que tenía algo mojadas las sandalias. Claro que si lo piensas bien, eso lo puede hacer cualquiera. En fin, eso es lo que vio, no es que aporte mucha luz al tema, pero por lo menos ahí queda el testimonio para los que siempre están empeñados en conseguir respuestas.

La simpática fiesta de Muretta terminó y la muchacha, como tenía previsto se fue. En el inmenso Océano de los encuentros se reuniría con sus padres, pues todos los seres celestiales que no sean ángeles lo hacen de vez en cuando, es muy gratificante y además, es de obligado cumplimiento por decreto incuestionable de Gran Jefe. Esta vez le tocaba el turno a sus terceros padres, pues en la tercera rencarnación la chica tonta ella, se apuntó a una secta y como en esos lugares se te pone el cerebro lleno de carbonilla, pues a los seres que te quieren haces sufrir y así, si se te juntan más de cuarenta desesperaciones en tu currículum, tu ángel personal de justicia te mete en vereda celestial. Aunque también es cierto por el contrario, que tu ángel defensor de cartilla casi siempre intercede por ti, pero sin comprometerse mucho claro está, pues como se entere el de arriba que te vas de rositas, nos manda a San Gabriel y… ¡se monta la de Dios!

Desde luego tenga muy en cuenta el ser humano y tan seguro como será su muerte, que al guerrero celestial impertérrito, que blandea poderoso la espada de fuego incandescente, ni le tiembla la mano, ni miramientos tiene y, si no me creen, ahí va una pequeña muestra: Un aciago día nuestro Trapolín se coló despistado en la oficina del mencionado arcángel y sin querer, le dio un sonoro golpe a la puerta al cerrar. ¿Parece una cosa tonta verdad? ¡Pues mira!: Salió San Gabriel como un demonio y le soltó cuatro frescas. ¡Menudo es el tío con su genio! Claro está que le ha tocado el peor de los trabajos en el cielo, pero muy pronto se jubila, que ya tiene ganas el pobre. Además, que su parte de razón nadie le quite, que cuando se tiene que hacer alguna cosa desagradable o fastidiosa, el Todopoderoso se la encomienda a él y, como Dios es como es, que siempre lo hace sin darle ninguna explicación, pues eso lo mires por donde lo mires carga bastante, que luego pasa lo que en el paraíso terrenal, que le dijo:

--- Te vas ahora mismo para allí y los expulsas. Que esos memos ya se han comido una manzana.

--- Pero Señor, ¿por una triste manzana?

--- Haz lo que te mando que motivos tengo.

Bueno, sigamos con lo nuestro, que estas cosas ya no cuestan a los eternos entenderlas, conque a ustedes te puedes morir. Y no me mal interpreten amigos, es bastante simple, lo que ocurre y no se me espavienten, es que los humanos sin ánimo de molestar sois un poco cazurrillos y lo digo eso sí, con todo respeto. Pero es verdad y no quita una cosa con otra, que además ya lo sabéis y perdón por el tuteo, que con un cerebro sin juntas de dilatación, son de mal gobernar las ideas. Sigamos.

Solo acababa de partir y la ausencia de Muretta ya la acusaba con tristeza nuestro Trapolín. Naturalmente, las rencarnaciones comportan esa obligación de visitar a los parientes y contra eso, remedio ninguno. Pero enmarañada la obligación como ella sola, de eso tampoco hay duda. ¡Fíjense! Algunas veces ha ocurrido, debido a la absurda rapidez aleatoria de las rencarnaciones, que un hijo en una vida, ha sido el padrastro de su tatarabuelo en la anterior, o bien quizá, tía-abuela de la cuñada de su hermano, o vete a saber el qué. Pero claro, como eso son cosas de los ángeles de trasportación que siempre están de cachondeo, al pobre que le toca ya le ha tocado y luego, pues al Océano de los Encuentros tienes que ir por etapas. Ya ves, como ellos no tienen familia a quién atender, pues tan panchos. Natural, que esa broma no mata a nadie muerto, y si no quieres que te suceda, pues con ponerlo bien clarito en el impreso ya está. - ¿En país quiere nacer? - Pues pones el quieras y listo. De otra forma, los de trasportación ya tienen para reírse un rato, que por supuesto no lo hacen con maldad alguna, eso cae por su propio peso, aunque es cierto que no deja de tener su mala sombra, (dicho sin abundar claro).

Bien, quizá y sin querer ya me estoy desviando de la historia, pues lo más interesante sin duda, es la narración de Trapolín como paje, pero un reportero celestial como yo, pues ya saben como es. Bueno, no se si saben.

Trapolín decidió ser paje y eso, es de una necesidad que no tiene otro remedio, que para bajar a la tierra y ser paje, debes hacerlo con la giroscópica. Naturalmente que se puede visitar ese planeta Tierra de otro modo, pero claro, en ese caso no puedes quedarte más de un día, y digámoslo ya sin pelos en la lengua: la gente ya no le encuentra la gracia a ir de otra manera, porque hay cosas… ¡Díganme si miento! Por poner un ejemplo: ¿No sería más lógico que si quieres visitar la Tierra lo hagas en trasportadora corpórea? ¡Pues no! Tiene que ser como ellos digan, con platillo volante. Y no es que el platillo sea incomodo jolines, pero es de un aburrido que marea, pues te tiras navegando veintidós semanas seguidas sin echar un cabo a un amarre y luego, lo mismo de siempre: que si mucho cuidado que no te localicen, que si no tenían que verte y te han visto, que si te han hecho una foto, que si patatín, y que si patatán. Y es que los jefes tienen unas salidas que… En fin, donde hay patrón navegante no manda marinero hundido, o algo así. Sigamos.

La cosa es que nuestro Trapolín recibió la orden de partida y se la enseñó a Don Ignacio, que al leerla, inmediatamente le dio curso a la Oficina de Traslados, por lo tanto, el asunto que quedó a la espera de un simple sello en el papel. Pero por supuesto que todo llega y llegó, y Don Ignacio sin pensarlo, le dio fiesta al chico para preparar el equipaje.

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Ya estamos en la interrupción ocurrida al principio del capítulo y consecuentemente, en el final del mismo. Lo siento lectores, pero si no lo recuerdan, pues con leer el principio otra vez solucionado. El próximo:


En la Tierra


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En la Tierra

Trapolín cabizbajo debido al lastre de su timidez, sigue silencioso los pasos del delegado real, o chambelán o lo que fuera; y la verdad no hay que dudarlo, que mucho mejor estaba calladito que charlando. El paseo se prologó hasta una sala mucho mayor y mejor amueblada, que parecía según la pinta, que era la sala del trono, pero vamos: un sillón capitoné con orejeras al final de cinco escalones alfombrados y cuatro tapices por las paredes, una pena. Nuestro amigo esperaba más regio ambiente como es natural, pero el vídeo que le pasaron el día de la solicitud estaba muy borroso y no se distinguían los detalles. Lo que más le sorprendió fue el desatento comportamiento del chambelán, que bien podía ser más cortés, aunque ya sabe, que a éstos mandos intermedios les pasa como a jamón en bocadillo, que les aprietan por arriba los jefes y por abajo los trabajadores y ni moverte que mordisco te arreo.

Su majestad Melchor pronto apareció tras unas cortinas del fondo y recogiendo la capa con gallarda maestría, se sentó en el trono. Era tan majestuoso su porte y tan regia su elegancia, que cualquiera rinde sus corvejones solo con verle. Una pasada de extraordinaria majestad y de conocer su real oficio. ¡Qué manera de sentarse tan soberana y distinguida! ¡Un rey como la copa de un pino!

El chambelán hizo un gesto a Trapolín para que no se moviera del sitio y en doce zancadas estuvo junto al soberano. Nuestro amigo ya te digo, se quedó tan quieto como un poste de cemento enterrado y tan mudo como estatua de piedra con esparadrapo en la boca. Tras una corta conversación entre el chambelán y su majestad Melchor, que Trapolín no pudo oír, los dos le miraron muy atentamente y demasiado atentamente para su gusto. La verdad es, como hemos dicho, que nada pudo escuchar de aquella secreta charla, pero como Trapolín no era tonto, pronto adivinó que algo sucedía y sea lo que fuese no era bueno para él. Melchor estaba absorto mirando los papeles del traslado del muchacho y movía la cabeza, como hace todo rey cuando no le gusta un asunto. Mientras tanto, el gran paje o chambelán o lo que fuese, esperaba las palabras reales y como ocurre siempre en estos casos, con las cejas subidas mirándose las uñas, estaba tan claro como el agua remansada, que le importaba un pimiento la resolución real. Por fin, la mano soberana dejó de atusarse la barba y con voz sonora de rey dijo:

--- Llegas demasiado pronto Trapolín, aun tengo el séquito al completo.

Trapolín cabizbajo y con la gorra mareada de tanto dar vueltas en sus manos contestó con un hilo de voz:

--- Pues yo… no sé… lo que me manden siempre hago y si su reverencia no me quiere… pues yo ilustrísima, pues… me voy y me espero.

--- Habla más alto muchacho, no te oigo.

--- Que digo… que yo, si su magnificencia no me quiere, que yo haré lo que mande su reverencia.

--- Si piensas darme un tratamiento, hazlo de majestad, pero prefiero que me llames Melchor.

--- Como su beneplácito majestuoso que su señoría y alteza Melchor disponga.

Bien, ya lo estáis viendo. Entre los nervios que galopan desbocados y la timidez que se arrastra amarrada a una flojera, poco le pidas al cerebro que cuadricule, pues el pensamiento está desbocado y la lengua escayolada. Nada nuevo, eso nos pasa a todos alguna vez en la vida y en éste caso, con más motivo: ¡Es un Rey!

Bueno Trapolín, por el momento el Gran Paje te acompañara a tu habitación y más tarde hablamos. Ahora podéis retiraros.

--- A la orden majestad, sígueme Trapolín.

Nuestro amigo en ese preciso instante, se movía como los muñecos a pilas sobre tela de saco, a paso que daba, tropezón que me caigo. Naturalmente que aquella situación no era para menos, pues enorme privilegio acababa de experimentar y de paso, una dejadez inusitada le invadía los músculos motores y esa cosa no se te pasa, hasta que hayas pasado por lo que tengas que pasar, que es un mal trago ese paso.

El Gran Paje se marcho dejando al chico en su habitación y allí encontró nuestro amigo, una cuartilla de papel con todas las instrucciones a seguir: hora de comer, hora de cenar, hora de dormir. En un dibujo colgado en la pared, los lugares que se podían visitar, por lo tanto sin demora dejo la bolsa encima de la cama y tras una visita rápida al servicio, que por descontado le vino de perillas, salió presto a darse un paseo imperativo curioso. Ya se sabe que a la gente joven pan tierno, que no salen de una y ya se meten en la siguiente.

Primero sin dudarlo fue seguir por el pasillo de derecha y a la tercera puerta la biblioteca y… ¡Toma ya! Aquello parecía la estantería de un notario de postín pero totalmente a lo bestia. ¡Que barbaridad más exagerada! ¡Dios Santo!

A nadie encontró allí, así que después de trastear un rato con la curiosidad y de leerse un par de páginas de Asterix gladiador, que nunca había leído, salió de nuevo al pasillo. A unos cuarenta metros la siguiente estancia, era según rezaba en la puerta: Gran Depósito del Purgatorio. Trapolín entró. De nuevo, una nave inmensa de similares características que la anterior, solo que ésta si cabe mucho más atiborrada, todo eran paquetes de regalos. ¡Montañas! Al parecer según le contaron más tarde, cada año sin faltar ninguno, se mandan regalos de Navidad a las ánimas en pena y transito en el Purgatorio, pero claro, como Lucifer es así y de la forma que es, que tiene una maldad de mil demonios, pues hace que los devuelvan sin repartirlos. Desde luego que éste Satanás es un impresentable, por no decir otra cosa… que no dejan.

Trapolín continuo curioseando a sus anchas y preguntándose el por qué todo aquello no salía en el vídeo de información, claro que la gloria no es una agencia de viajes y por otro lado, él no había bajado de vacaciones, sino para trabajar. No es necesario decir, que estaba disfrutando mismamente, como un ángel con escamas, que tanta pluma no debe ser buena, eso pienso yo.

Lo que más le impresionó de aquel fantástico periplo, fue el Museo del Juguete y que encontró, cinco puertas más allá, y de no ser a que estaban prohibidas las cámaras de vídeo y fotos, menudo lugar para un reportaje: ¡Un acabose!

Es muy sintomático que el hombre, sea siempre más niño cuanto más hombre y además de eso, no le de vergüenza. Por lo menos a sí piensa San Severo, que es un santo, al que no le vengas con pijaditas, porque dice él, que la vida no es ningún juego y desde luego, que quizá tenga algo de razón, pues en la gloria divina no pasa día radiante y eso se lo puedo garantizar a ustedes, que alguien no pronuncie éstas palabras: ¡Mira que son burros, les dan un cachitín de cerebro y ya creen que son sabios! Pero bueno ni caso, ustedes tranquilos, que tampoco se descogorza la balanza por lo que piensen algunos aunque sean santos, pues al fin y al cabo, todos los seres nacidos mortales son ladrillos de una misma casa, los hay que ya han fraguado y claro los hay, que están todavía tiernos, naturalmente también los hay, con demasiada arenilla y de haberlos no faltan, con exceso de arcilla, pero la esencia del barro es la misma y Dios Todopoderoso, con ese material, sigue construyendo.

Otra cosa, que si no la cuento que cabezón se entera. Trapolín no había estornudado aun, pues siempre fue muy propenso en la Tierra; que cosa más rara. Claro que eso de los catarros es solo para quien los pilla, que muchos privilegiados ni conocerlos. Como un colega de Trapolín, que el fulano se había rencarnado cinco veces y en las cinco, fumador empedernido de tabaco picado. Pues para que les cuento, las cinco veces murió de tan viejo, que podía hacerse trenzas con las arrugas. Claro que, al llegar al cielo te registran bien registrado y en lo gloria no busquen, que no hay tabaco. Y es que las cosas que pasan allí no tienen desperdicio, pues seseras para todos los gustos hay. Algunos residentes, siempre están pidiendo el renganche a otra vida y ojo al parche: a lo mejor para comer turrón, que es una tontería, pues en la gloria hay buenos turroneros. Pero ya no te digo, pues otros tienen razones más peregrinas para rencarnarse, como por ejemplo: para ser fotógrafos del Play-Boy o Miss Universo, o cosas así, que por supuesto no lo consiguen, que los ángeles de trasportación no se chupan el dedo.

Bueno amigos, el paseo de Trapolín tocó a su fin, cuando sonó el timbre para cenar, por lo tanto para no hacer esperar al estómago, que cuando rasca tiene y alimento pide no ha lugar a tímido comportamiento, se fue en pos de su encuentro con el comedor. El comedor era una cucada, de un moderno y limpio que tiraba de espaldas. Consistía básicamente en una estancia totalmente circular y en su mismo centro, montados sobre una plataforma giratoria a ras de suelo, los taburetes y la mesa mostrador, (como la barra de un bar que diera vueltas estilo tio-vivo). Trapolín tardó un buen rato en saber como funcionaba aquello y lo hizo, cuando unos pajes entraron y se sentaron en los taburetes y empezaron a girar. Resultado pues, que te sientas y todo gira desplazándose hacia la derecha y llegas a un punto, en que desapareces del comedor y entras en la cocina. Allí sin levantarte, recoges los alimentos que te apetecen y girando, sales de nuevo al comedor, ¿moderno verdad?

Les podía haber hecho un dibujo del comedor, pero es que soy malo a morir con el lapicero. Claro que de haberle pedido el favor a Velázquez, a mi no me lo niega, que es muy amigo de todos los reporteros. Pero mira, es mejor no hacerlo, porque oigan, no pasa día en el club del Pintor Clásico, que no estén enzarzados en discusiones: que si los tintes, que si puntos de fuga, que si las sombras, que paletas, que marcos o lo que sea y, venga a discutir. Y ya si les cuento en el momento que aparece por la puerta algún impresionista, pues casi siempre tiene que intervenir el arcángel de guardia, porque se dicen unas cosas: ¡Tu eras un pintamonas!, ¡Pues anda que tu, que solo pintabas anoréxicos! En fin, que el único que pone paz en Miguel Ángel, que aparte de tener un nombre afín con los mandos intermedios, ya llegó al cielo con experiencia en relaciones públicas, que son famosas las trifulcas que tuvo con un Vicario de Cristo de nervio fuerte y esa experiencia, ya se sabe que deja hierro en el carácter y además, que como es presidente del club de los Escultores, pues todo el mundo le respeta. Claro está, que como te dé el buen hombre en la cara con su currículum, mirando te pone a la galaxia perdida.

Trapolín no permutó ni una palabra con los pajes del comedor, como si no le hubieran visto. En el caso de nuestro amigo, lo impidió su acusada timidez, pero en el caso de sus próximos compañeros no se sabe, ¿antipáticos?, no es posible ser eso en gente que trata con niños, quizá las normas no lo permiten.

Al salir del comedor con la barriga agradecida, Trapolín torció a la derecha sin estar muy seguro de si era el camino acertado, pero cuando llegó a la puerta que creía que era su habitación entró. ¡Menuda sorpresa! Allí encontró a un paje negro que se afeitaba con una navaja de barbero, que cosa más rara, nunca había visto afeitarse a un negro y por supuesto, que tenía un montón de amigos de ese color.

--- Perdón, perdón, es que... creo que me he equivocado de puerta.

--- ¿Quién eres tú?

--- Soy… Trapolín y me llamo… así lo mismo.

El interlocutor sonrió al comprender el carácter apocado de nuestro amigo y dijo sin dejar de afeitarse:

--- ¿Y porqué vas vestido con una túnica?

--- Pues yo… no tengo otra cosa, soy el nuevo paje del rey Melchor.

--- ¿A sí? Vaya, no sabía que era posible ser paje con túnica. ¿Dónde te alojas?

--- Al lado de la biblioteca.

--- Pues eso está en la dirección opuesta. Debes regresar al comedor y seguir por la izquierda. Cuando pases por el depósito del Purgatorio allí está, no tiene perdida.

--- Sí, sí, lo del Purgatorio ya lo sé, muchas gracias… adiós.

Nuestro amigo hizo un movimiento para salir pero, no pudo resistir la tentación de seguir mirando. Para él, eso de la navaja era una novedad, pues en la gloria divina nadie se afeitaba, además, el muchacho siempre había creído que los negros no tenían barba y para postre, un paje negro con la cara llena de espuma blanca, es de un contraste que te obliga a contemplarlo. Pero claro, el observado se volvió y preguntó:

--- ¿Se puede saber que estas mirando?

--- Perdona… es que nunca había visto a un paje negro tan blanco.

--- Mira por dónde tenemos un gracioso en la comitiva. ¿Cómo has dicho que te llamas?

--- Trapolín

--- ¿A sí? Pues yo soy Baltasar y como me corte por tu culpa, te pongo a recoger boñigas de camello durante un mes. ¿Vale simpático?

Nuestro buen amigo no te digo, se mordió la lengua y completamente bizco de la impresión, salió de la habitación a la carrera. ¡¡Dios santo que corte!! No, no el corte de su negra majestad, que no se cortó, ¡bendito sea el Señor! Nos referimos a ese otro tipo de corte, que te entra el cosquilleo desde los talones hasta el cogote y al pasar por el estómago se queda un rato. Bueno, pues dejando en ridículo a los galgos llegó a su cuarto y casi la mejilla y el orinal se juntaron, pues Trapolín quedó más de cinco minutos bajo la cama con el corazón trotando y por supuesto amigos, que de haber estado allí el antiguo y práctico recipiente, seguro que si se juntan. Por san Simón que él no se equivocaba de habitación otra vez y a tal efecto, cogió el bolígrafo de doscientos colores e hizo una marca en la puerta. ¡Señor del divino poder, que susto!

La noche pasó sin cena porque Trapolín no asomaba por el comedor, vamos… ¡Es que ni muerto! Pero claro, la radiante mañana llegó y después del bocadillo y el cacaolat, a paso perezoso buscó una puerta, que le permitiese llegar al jardín. La hermosa exuberancia de las flores le estremeció, pero no podía ser de otra forma, pues en la gloria no está permitida la entrada a los jóvenes en el Botánico Celestial, que es el único lugar de allí, donde se pueden ver toda clase de flores, arboles y plantas. No se entiende muy bien esa norma tan rara, pero la mayoría piensa, que es para que los niños no se suban a los arboles y se caigan, que como en el cielo no existe la escayola, pues puede ser muy larga y pesada la convalecencia. Aunque naturalmente, seguro que es por otra razón, que los jefes tienen sus días nublados como todo quisqui, pero tan memos no son.

La hora de la comida llegó por fin y ahora, el hambre pudo más que el temor a tropezarse con el rey Baltasar, que de haberlo pensado bien, era bastante comprensible que sus majestades tuvieran un comedor aparte, que los reyes no están para mareos en plataforma giratoria. Pero pues mira, no lo pensó.

El Gran Paje hizo su aparición en el comedor y sin dejarle terminar el plato de lentejas rellenas, que es exquisito, se llevó a nuestro amigo a revisión médica. Una vez en el dispensario, le subieron la manga de la túnica y sin decir ni mu, le enchufan en la vena una hipodérmica de cuatro dedos. ¡Vaya tela! Muy natural fue que Trapolín casi se hace pipí del susto, porque en sus vidas terrenales y en la de ahora, nunca había pasado por algo parecido. ¡Jolín que pasmo! El chico miraba a los médicos y al Gran Paje a puro golpe de hipo, más o menos, como un mochuelo borracho con un tic nervioso y asomado a una tapia. ¡Bárbaro!

Menos mal que la cosa duró poco, que si no coge la bolsa de viaje y se mete en la giroscópica, que eso no se le hace a un aspirante a paje, bueno… ¡Ni a nadie! La cosa sin embargo era de necesidad absoluta, pues para que puedan verte en la Tierra los seres normales, te tienen que extraer el líquido estabilizador-cieloviviente y ponerte en su lugar sangre corriente, es así de simple. En fin, sigamos.

Entre unas cosas y otras, Trapolín no recuperaba el ritmo cardiaco normal ni el equilibrio y luego dicen de lo mártires. ¡Menudo negocio!

Cuando los vértigos remitieron un poco, el Gran Paje le condujo de nuevo a la sala del trono, esta vez se cruzó con tres pajes y le saludaron muy agradables, estaba claro por lo tanto, que antes no pudieron verle. Y respecto a que pudieran verle perfectamente los doctores, el Gran Paje y sus Majestades, supo más tarde que éstos, disfrutaban de una retina perimetral bífida corticoidal, con descarga temporal incorporada de poca intensidad y eso naturalmente, les permite apenas sin esfuerzo, desajustar el globo ocular y el cristalino a voluntad sin perdida de la imagen reticular. En otras palabras más sencillas: Que si dispones de una visión estigmática polipreferente y en una cobertura de un radio angular del veintiuno por ciento, pues ya puedes desenfocar a libre compaginación sin perder un ápice del enfoque. Bueno bien, no me hagan mucho caso de momento, que son cosas del cielo y hasta que no estas allí parecen de otro mundo, pero nada hombre, no se preocupen que ya lo aprenderán, está tirado. Sigamos con el relato.

Melchor esperaba distraído y sentado en un escalón alfombrado al lado del sillón real y al mismo tiempo, se limpiaba la corona con una punta del manto. La cosa fue, que al entrar Trapolín y el Gran Paje en la estancia, el monarca sorprendido en el suelo, se incorporó y encasquetó la corana tan deprisa, que fue demasiado rápido para conseguir una posición regia, pero bueno, el que manda siempre manda y con la corona torcida o bien colocada, el resultado es el mismo… ¡Es rey!

--- Majestad… el nuevo paje Trapolín

--- Acércate muchacho. ¿Estas listo para trabajar?

--- Pues si, alteza majestad.

--- Estupendo, me alegra oírlo. Claro que de momento no puedo darte un puesto en la cabalgata pues la tengo completa, pero he pensado que podrías encargarte de cuidar a los camellos. ¿Qué te parece? Por supuesto que tendrás que hacer un pequeño cursillo, pero no te preocupes, no es nada jorobante como dicen los graciosos. ¿Qué me dices, te gusta la idea?

--- Bueno… bien… vale.

¡Vaya hombre! Pobre Trapolín, ya le habían colocado donde no quería. Desde luego que la suerte del principiante en aquel lugar no acampaba. Pero bien, de todas maneras nuestro amigo pensó con muy buen criterio, que cuando te encargan algún trabajo no es de justicia el protestar y por supuesto debes aceptarlo. Y no porque el desempleo sea maleficio de clase alguna en semejante sitio, pues una vez en la gloria o en una colonia celestial, pues ya no hay patronos, solamente es, que tienes que hacerlo para no dar la nota, que como los reyes Magos mandan tanto y además de eso, que el Gran Jefe está con ellos como perico con la guitarra, no es de buena inspiración en proceder a negarse.

Pero Melchor, que duda cabe, se percató del desengaño de nuestro Trapolín y como es natural en soberano bondadoso, le supo muy mal hacerle ese feo, porque la verdad sea dicha, que el muchacho no tenía culpa de nada y lógico es, que no existe un rey Mago al que puedas pillar en acto de injusticia. Pero claro, lo que pasaba y sucedía, es que el paje al que tenia que sustituir Trapolín se recuperó de su leve indisposición. Su majestad guardó silencio un par de minutos con cara de palo y tras haber sopesado los pros y los contras, decidió parchear la situación.

--- ¿Tendrías inconveniente en ser paje de otro rey Trapolín? Porque en éste momento no puedo hacer más.

--- Yo haré… lo que su majestad me mande.

--- ¡Bravo! Entonces el Gran Paje te acompañará a conocer a Baltasar, él tiene en éste momento una baja en su séquito. Te gustará “Balta”, es el más simpático de los tres.

Definitivamente la fortuna en huelga. Trapolín ya se veía recogiendo boñigas durante toda la campaña y no porque el rey Baltasar fuese rencoroso, que eso no es posible, sino por el color de la piel que no le permitiría hacer otra cosa, ya que en la cabalgata los pajes de Baltasar, son todos negros. ¿Que tal?.. ¡Pues fatal!

El Gran Paje y nuestro ya resignado amigo abandonaron la sala del trono en busca de Baltasar. Y mira por dónde, no tardaron ni cinco minutos en verle botar pelota a toque maestro bajo una canasta. Cosas de negros en las canchas, que si bien no sirven para el oficio de rey, por lo menos les mantiene en buena forma. Baltasar no es un soberano de los típicos, quiero decir y digo, típico en el sentido de majestuoso, claro que al fin y al cabo todos los monarcas no salen clónicos. Éste rey Mago era más bien, un individuo alto y corpulento de raza negra de los más corrientes de pasa y sigue, un atlético personaje real, que se pasa las horas muertas meneando los músculos. Pero una cosa estaba clara, o era un ser extravagante donde los haya, o era un tío, (rey claro), campechano a carta cabal, pues de verdad santificada completa, que no hay rey puesto en su mismo lugar, que juegue al baloncesto con un albornoz de colorines y además, deje la corona por el suelo sin mirar donde y ojo al detalle, no se lo pierdan: que los pajes le trataban como a cualquier jugador y con empujones incluso. ¡Vamos!, que yo soy Rey y que les pongo firmes con tiritera.

--- ¡Majestad, señor!

Baltasar sorprendido en acción pasó la pelota y se quedó mirando a los recién llegados. A continuación, se secó el sudor con parsimonia y se fue acercando despacio. Nuestro Trapolín miraba al suelo despistando, en un vano intento a no ser reconocido, pero como bien decimos, en vano.

--- Hola Trapolín. ¿Qué tal señor Chambelán?

--- Bien, muchas gracias señor. Su majestad Melchor me ha encargado que os dé este mensaje y espere vuestra respuesta.

Baltasar miró atentamente la nota y sonrió divertido, luego guardó el papel y con autoridad real, que es lo suyo en éstos casos, congrego a los jugadores y soltó.

--- Atención chicos, os presento a Trapolín, un nuevo compañero.

--- ¿Es vuestra respuesta majestad?

--- Ya lo ha oído Chambelán, me quedo con el muchacho.

--- ¿Deseáis alguna otra cosa majestad?

--- Pues sí, ganar el partido. Así que recuerdos a “Chor” de mi parte.

--- Será complacida vuestra majestad.

--- Estupendo, muy bien, hasta otra Chambelán.

--- ¿Puedo retirarme entonces majestad?

--- Ya lo creo que podéis, cuando gustéis, lo hacéis. Pero no me molestéis, que aunque vos no lo sabéis, voy perdiendo nueve a seis. ¿Vale ya?

--- Os ruego disculpas majestad, adiós.

Bueno claro, que el señor Gran Paje ya se estaba pasando con tanto protocolo; muy eficiente eso sí, pero cargante como un saco terrero en el bazo también. Ya, ya sabemos que son gente que ha estudiado mucho y quieren demostrarlo, pero hombre, conociendo como es su majestad Baltasar, ten un poco de vista, que si no, seguro te pasa lo que le pasó. ¡Natural!

A la media hora ya estaban untando con betún negro la cara de Trapolín, pues según parece, eso es práctica habitual entre los pajes. Y no piensen que es porque falten a menudo pajes negros, que es un destino muy solicitado, sino más bien, porque a todo paje blanco le hace gracia ser un día paje negro y viceversa, y entre ellos, se intercambian de séquito de vez en cuando. Tanto es así, que unos con betún y otros con pasta de harina, se lo pasan en grande ese día. Los reyes ya lo saben, pero se hacen los distraídos para que los pajes disfruten. Aunque lo malo de estas prácticas, es que los niños terrícolas que están en todo y no se les escapa una, no acaban de tragarse esos maquillajes tan descarados y algunos de ellos, pierden la confianza y certidumbre en los reyes.

Nuestro amigo quedó maravillado, la prueba del betún resultó bastante buena y ahora lógicamente, el abrevar camellos y recoger boñigas, quedó en un plano amenazador distante. No esperaba una solución así, pues ser paje negro estaba muy lejos de sus expectativas y pigmento, pero mira, un poco de suerte nunca viene mal. Caso cerrado.

Sus nuevos compañeros resultaron todos muy amables y cariñosos, pero había uno como siempre ocurre, que destacaba notoriamente del resto y que además, por llamarse algo sonoro, se llamaba Rutumba. Éste muchachote era un paje negro, como el carbón pintado de negro y después, envuelto en un trapo negro. ¿Se entiende que era negro verdad?

Pronto le pusieron al tanto a Trapolín, de cual sería su cometido y nuestro amigo como es natural, empezó a subir el ánimo, pues según todas las explicaciones, tarea tan chula nunca tuvo. En el cielo era diferente, pues en aquella sección de Don Ignacio, siempre había tantas cosas por hacer que no tenías forma de controlar la tarea y eso, a la gente que tiene su autoestima le carga bastante. Es cierto que muchos se lo toman con filosofía, pero eso no es una solución, porque verán ustedes: Si por pura casualidad ánimaexistes con un coeficiente neuro-mental que no llegue a la media angelical, estás listo completo, pues sin querer te van apartando de los cometidos de responsabilidad hasta que terminas peinando nubes con el retrorastrillo. Pero bien, si por el contrario te pasas de ese coeficiente mejor que te rencarnes, porque nadie te comprenderá jamás y con el problema añadido postrero, de ánimaexistir siempre frustrado, fíjense si no: El otro día asistí a una conversación entre Julio Verne y Leonardo da Vinci. Ustedes ya saben, el escritor y el pintor famosos y bueno, los dos son una pasada de genios en lo suyo. Pues bien, oigan lo que le decía Julio a Leonardo:

--- Te prometo que si San Nicomedes me pregunta de nuevo de dónde saqué la idea del viaje a la luna, y lo hace con esa cara de burla, me rencarno de cantante de rock y le pongo los oídos a comprar trompetilla. Oye de verdad, que me tiene harto con sus insinuaciones.

--- No le hagas caso hombre. ¿Sabes lo que me dijo a mí? - Oye Leonardo… ¿qué le enseñabas a la Gioconda mientras la pintabas? Así que date cuenta el menda, ni caso Julio.

¿Qué les ha parecido San Nicomedes? ¿Muy bonito verdad? Y eso que es un santo, que se supone que los santos no pueden ser rompepelotas. Pero bueno, tampoco hay que ponerlo todo patas arriba por una simple broma, lo que ocurre es, que son unos genios y ni su madre los entiende. Claro que, eso no es excusa para que un santo les incordie, que mal pensar de todos y a todas horas no es de recibo. Pero bien, que quede muy clarito aquí y ahora, que en el cielo esas bromas no son con mala intención y no vayan a compararlas con las de la Tierra, que eso es ensalada de otro aliño. Y lo bueno del caso, es que ser mal pensado no es falta computable para entrar en la gloria, que según parece, se considera una disfunción neuronal irreprimible y por tanto ya, ajena a la libre voluntad del individuo.

Bueno, pues a todo esto que siempre me desvío de la historia, Trapolín con el rollo del betún y el atuendo de paje recién estrenado, estaba loco de contento. La cosa es que debían esperar unos días, pues la cabalgata mundial no es un trivial asunto que permita improvisaciones, pero soñar a pestaña subida con ella, eso no se lo impedía nadie.

Desde luego es bien sabido, el regocijo y la felicidad que experimentan todos los niños el día de los juguetes. Y vengan éstos de donde vengan, que lo importante aquí no es el repartidor, eso es lo de menos, lo verdaderamente importante es lo cargado que venga. Natural que siempre es así pero además, todos los encargados de repartirlos como era ahora nuestro amigo, se lo pasan pipa, porque en el mundo no se ha inventado todavía otra cosa tan gratificante y maravillosa como entregarles juguetes a los niños. ¡Claro es y está muy claro!, pues es de obligación decirlo: Que si bien calzados, calentitos y vestidos están y con la barriga llena, que de otra forma, los juguetes no lo lucen.

Dicen los que tienen el privilegio de hablar con el Gran Jefe de vez en cuando, que se come los puños de pura cólera al ver sufrir a los niños. Y seguro que es verdad divina, pero claro, como en la Tierra no manda él, pues desde lo del paraíso con la serpiente y después de las tentaciones a Jesucristo, la Tierra está arrendada por un pacto con el maligno para la prueba del alma. Pero el Todopoderoso lo ha prometido, que cuando se le termine el contrato a ese nefasto inquilino, bajará él en persona y la liará de tal forma, que las chispas se van a ver desde el último agujero negro. En fin, que la cosa para el hombre no es de entendimiento normal, pues ningún hijo de mujer que se conozca salvo el Mesías, ha sido diseñado para ello y por tanto, se le hace al individuo muy cuesta arriba meterse en la sesera este asunto apocalíptico, que aunque sabemos por el olor azufrado quién es el que está guarreando la vida mortal, muy poco o nada le damos crédito a eso. Pero tranquilos, todo llegará, nada deben temer los humanos que lo son de verdad, pues la mala hierva se extinguirá, el día de su final ya muy próximo y lo hará tan deprisa, como una insignificante gota de agua lo hace en una brasa candente. Y a partir de ese momento, el cielo y la Tierra solamente serán uno y, el Señor Nuestro Padre, estará con todos. Bueno, con todos los que queden claro, que serán bastantes menos de la mitad de la cuarta parte y dividida por mil.

Bien, como ya pueden comprobar, yo no tengo arreglo, me salto de higos a peras pasando por encima de los melocotones. Pero mi gran excusa, es que me gustaría contarles muchas otras cosas, como por ejemplo lo de la muerte, no en vano soy reportero, lo que ocurre que eso está prohibido y si Dios así lo ha decidido, ¿quién soy yo para contradecirle?

Para cerrar de momento, lo mejor es repetir que Trapolín sigue soñando con la cabalgata y ese será, el título del próximo capitulo.

La cabalgata

Última edición por marquimar; 11-dic-2012 a las 15:46
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La cabalgata


El día tan esperado amaneció. Todo era trajín por todas partes, los camellos limpios y lustrosos, recibían por pares las alforjas llenas a rebosar de juguetes. Los turbantes de preciosas telas y con lentejuelas multicolores, se ajustaban a las cabezas de los pajes como vendas de lujo, y las babuchas, calzones, cintos, blusas, chalecos y capotes, relucían de bonito y todo, absolutamente todo, olía a fiesta y jolgorio. ¡Era de un bárbaro chulanga total!

--- ¡Trapolín! Dame esa cesta quieres.

--- ¡Es que no alcanzo caray!

--- Coge la escalera hombre, que si le mando a este jorobado que se siente nos desparrama la carga.

--- Vale, espera un momento que se me ha salido una babucha.

--- Babucha, babucha. Que te des prisa te digo, que no me fio de este bicho.

--- Ya voy, ya voy.

Eso era muy cierto y la experiencia siempre ha sido un grado, porque la verdad es que los camellos son el colmo de estrafalarios para sentarse, tal parece, que tengan los huesos descoyuntados. Desde luego, nadie se explica a estas alturas que los poderosos Magos de Oriente, sigan todavía con el rollo anticuado de los camellos, con la cantidad de transportes que existen hoy en día. Pero es verdad y eso que quede por descontado, que algunas veces según le contó Rutumba, la cabalgata real se hace con caballos, camiones, elefantes o incluso barcos. Claro que eso son cosas de los alcaldes de cada pueblo, que con tal de destacar y que les voten en las municipales, son capaces de cualquier cosa. A los Reyes Magos les da lo mismo, pero no se equivoquen, esto no quiere decir para nada y no me sean malpensados, que les importe un pimiento, pues no hay que olvidar que son altezas reales y por tanto muy tradicionales. Pero en fin, podríamos decir que le dan poca importancia a la cosa, porque saben de sobra que eso no perjudica a los niños y además, que contrariar a un alcalde por esas fechas, es como quitarle los colorines a la ropa de un ciclista, que se les pondría la cara de estreñidos. Pero ojo, eso seguro, que los Reyes apuntan el nombre y apellidos del alcalde y lo pasan a protocolo celestial y, con eso ya van servidos, pues hay que decir sin tapujos, que los ediles son poco apreciados en la gloria. Vamos, que en cuanto aparecen por la puerta, los arcángeles ya fruncen el ceño bastante moscas, pues prometiendo enmendarse o lo que sea que tengan que prometer, son el acabose y, como casi nunca cumplen sus promesas, pues ya me dirán ustedes si no hacen bien en recelar de ellos. En la gloria divina nunca se les denomina señor alcalde o cosas así, sino Engañavecinos, pero aunque todo el mundo sabe el motivo de ese mote, a nadie aquí arriba le da por mofarse o enfadarse. Claro está, que no todos son como puede deducirse de lo comentado, pero pocos hay sin duda, que en vez de recibir el Bastón de mando, no merecieran en su lugar recibir bastonazos. De cualquier forma, arreglo no tiene, así que sigamos.

Algo más allá, de donde están cargando su camello Trapolín y Rutumba, un par de rubios de su majestad Gaspar, también se empachan apilando juguetes en su camello y con mucho cuidadín ojito. Y ya les vale desde luego, pues el rubio Rey Gaspar, no se conforma con una carga mal dispuesta ni mal repartida.

--- Ten cuidado con el camión de bomberos. ¡Ojo que se cae, que se cae!

--- Pues claro, te lo tengo dicho. Si no atas el helicóptero aunque sea con la cola de la pantera rosa, no podrás aguantar el madelman y si no aguanta el madelman, se nos caerá la casita del pin y pon. Así que tú verás.

--- Ya, siempre yo, pues tú tienes ahí la cola del marsupilami que es más larga. ¿Vale listo?

Bueno, ni caso amigos, que son cosas de pajes, que con los nervios de la inminente salida pues se lían a buscar soluciones que nunca encuentran. Y menos mal que los camellos no estornudan a menudo, que valiente pachanga si lo hicieran. Toda cabalgata tiene sus más y sus menos, pero es de reconocer, que la carga de los juguetes es un trabajo de mucha clase, pues solo estibadores portuarios muy cualificados, podrían sustituir a los pajes. Y no se lo tomen a broma, que por eso se dice que los camellos son las naves del desierto.

--- Ves espabilado, ya he atado el helicóptero al marsupilami. ¿Y ahora que hacemos con la Barby? Anda dímelo.

--- Pues la coges y la pones junto a la Nancy para que se distraigan charlando. ¿Qué te parece? ¿Te gusta la idea?

--- Claro, pero si se cae y se rompe el Scalextric lo pagas tú. ¿Te gusta la idea?

--- Si hombre, ahora voy corriendo a empeñar el turbante, ¡no te fastidia!

--- Anda ya, bájate de ahí que me tienes harto, ¡Jolín que plasta!

--- ¿Plasta?, la próxima vez te subes tu a la joroba, listo, que eres un listo.

Bueno, ya hemos dicho que su majestad Gaspar es muy mirado y claro los juguetes los quiere colocados como Dios manda y eso no es de recriminar, que los camellos de Gaspar son los más pulidos de toda la cabalgata. Aunque si lo miras bien, no es cosa muy práctica, pues suele suceder con mucha frecuencia, que a la hora de empezar a repartir los juguetes sean los del fondo de las alforjas los que necesites primero, con lo que, ya tienes el follón armado. Pero bien, es de razón reconocer que un camello bien pertrechado, con los flecos de las orlas bien peinados, las alforjas bien cargadas y las pezuñas bien pintadas, pues da el pego.

El ilusionado Trapolín y el resto del séquito de Baltasar, fueron los primeros en terminar de cargar y estar como es natural listos para la partida. Gaspar y sus pajes rubios, quedaron en la faena los segundos y su admirado Melchor fue el último. Claro está y eso está muy claro, que tal como se advierte en la Biblia, los últimos serán los primeros, de ahí, que en toda cabalgata Melchor va siempre en cabeza.

Uno tras otro, pajes, reyes y camellos, fueron entrando en el Recinto de Destinos, que es como una caja muy grande montada sobre un eje giratorio, (si, tienen razón, un plagio de la giroscópica), pero como el inventó no se patentó en su día, pues mira. En el Recinto de Destinos, caber anchos caben todos y en ese lugar tan enorme, los caños deflectores y las cámaras digitalizadoras, empiezan con su trabajo reproductor-copiador y registran desde todos los ángulos posibles y posiciones, a la comitiva al completo. Cuando el recinto empiece a girar, las copias digitalizadas de la cabalgata viajarán en tiempo real y simultáneo a los diferentes destinos y claro, así se consigue de una forma virtual, que la fabulosa caravana juguetera sea a la misma hora y en una gran zona terrenal de latitud y longitud concreta.

Es natural por otro lado y eso es de lamentar muchísimo, que todas las copias trasladadas por muy virtuales y digitalizadas que sean, nunca llegan a ser como el original y así, cada año, cuando el traslado a destino atraviesa una turbulencia eléctrico-estática, o por desgracia, pasa por una descompensación secuencial genético-antagónica, es bastante posible que cualquier imagen captada, copiada y después trasladada, tanto de pajes como de reyes, se le descoloque la varaba y el bigote. Pero salvo el mal efecto que eso produce en la gente menuda, otro peligro no tiene. Ya se está trabajando muy duro en mejorar el sistema, pero con ese rollo de la traslación simultánea desencadenante es un verdadero lío, pueden ustedes creerlo. Y lo peor es, cuando en mitad de la traslación se tienen que cambiar los camellos por otro transporte por culpa casi siempre de un antojo del alcalde, pues entonces, tienes que descargar lo que sea y volver a cargar al otro transporte a toda pastilla, porque la fusión molecular no te pille, con un paquete de por medio, que puede llegar un caballo con ese paquete dentro del estómago. Ya ha pasado alguna que otra vez, según le cuenta Rutumba y por eso es comprensible, que un caballo con ese objeto extraño dentro, se ponga el penco a cabriolear y dar coces a diestro y siniestro en la cabalgata.

--- ¿Puedo subirme al camello Rutumba?

--- De momento no, no hay sitio. Ya te avisaré.

--- ¿Es verdad Rutumba, que también repartimos carbón?

--- ¡No hombre no! Eso son inventos de los padres, ni caso.

--- Es que me lo dijeron en el cielo y…

--- ¡En el cielo, en el cielo! En el cielo se dicen muchas tontadas.

--- Ya lo sé, pero como no puedes llevar la contraria, pues yo… pues me callo.

--- No si ya te veo, eres muy atrevido tú.

A Rutumba le gustan mucho las ciudades principales, por que dice que tienen mayor presupuesto y a los pajes les dan vino dulce y pastas en la recepción. La única pega, que los alcaldes solo saludan a los reyes, claro que, para que van a perder el tiempo con las sotas. Y otra cosa, que los alcaldes comunistas les tienen a mal de ojo y eso no está bien, que las ideologías forofas intransigentes ya le tienen al Todopoderoso más arriba del triángulo. No le falta razón al Gran Jefe cuando dice, que salvadores de hombres ninguno hay, que metidos a la salvación de su prójimo no espabilen para salvarse a si mismos primero, y no como hizo Jesucristo, que es el único que lo ha bordado.

Y es que, antes de empezar a salvar a la gente con las ideologías de uno, habría que pensar primero, en la enorme cantidad de inocentes que pagarán por ello. Natural que a fuerza de rencarnaciones algunos van aprendiendo, no todos claro, como por ejemplo Lenin, el salvador de todas las Rusias, que cuando tras conseguir los visados del Purgatorio llega a la puerta del cielo y dice:

--- ¡Jolín, que madriguera oligárquica tenéis montada aquí arriba!

En realidad no dijo jolín, pero algo que empieza por jota sí. Total, que llevaba tres minutos en la puerta y le tuvieron que llevar a la oficina del supervisor. Quizá puedan imaginarse lo que pasó, que ese día estaba de guardia un arcángel muy amigo de San Gabriel y seguro que le atizó una bronca celeste. Aunque ojo, yo no estaba, que quede claro. Pero más tarde hubo una filtración autorizada y pasó lo siguiente:

--- ¿Pero bueno hijo, no se ha secado aun la tinta del visado del Purgatorio y ya la estás liando?

--- Es mi derecho, voy montar un comité y os vais a enterar.

--- ¿Un comité? Tú vas a montar como mucho una peluquería para pulgas de caniches. Oye mira, tengo trabajo que me sobra, así que no me fastidies mucho, que te facturo en el primer vuelo rencarnatorio obligado.

--- ¡Mira como tiemblo!

--- Te estas pasannnndo, te lo advierto por ultima vez, no me pinches que te vas.

--- Ya ves, y yo preocupado. ¡Dónde de está el sindicato de espectros? ¡Os voy a montar una huelga general que se os caen los aros!

Y efectivamente, lamentándolo mucho no hubo más remedio que hacerlo y lo facturó. Ahora en su nueva vida, el díscolo camarada anda que te anda por esos caminos polvorientos de jesuita salvando almas y, menos mal, porque de jesuita aun tienen un poco de salidas sus aficiones político subversivas, pues el arcángel estuvo a punto y le falto el canto de una pluma, para meterlo a sotana larga en el Vaticano. Esperemos que cuando regrese tenga la cabeza más asentada, pero lo que es yo no lo creo, pues éste patrón de humano es así desde el molde y a botijo de mimbre, no le pongas agua, que nunca refresca.

De todas formas, una vez entres en el cielo si es tu capricho es dirigir un comité y sobre todo, lo pides como se tienen que pedir las cosas, pues seguro que te dejan hacerlo, pues aquí arriba es bien sabido que no existen reivindicaciones que hacer, por lo tanto nadie te escucha y a nadie preocupas. Pero claro, como se puso el hombre como se puso, pues la ensució. Bueno, sigamos con Trapolín.

En el gran recinto de Destinos una vez estuvieron todos dentro, al primer giro se estropeo. A Rutumba no le vino de nuevas, porque era un gran aficionado a la mecánica y dos días antes ya le advirtió al encargado de traslación girotrasladante, que si lo ponía en marcha sin engrasarlo tendría problemas serios y el encargado marisabidillo, como siempre ni caso.

--- ¿Has visto Trapolín? Si yo lo sabía, ese tío es más tonto que buscar a Lucifer en el cielo.

--- Bueno… yo no sé…

Al encargado como es de suponer ni fu ni fa, porque los encargados ya sabemos que la culpa nunca es de ellos, pero no obstante, no tuvo otro remedio y se dirigió a dar la novedad a Melchor, y con cara de circunstancias dijo:

--- Lo siento majestad, se aplaza la salida de destinos. Tenemos un problema en el panel girotécnico de despegue.

--- ¡Otra vez! Esto ya parece Houston. ¡Qué ganas tengo de jubilarme!

--- Pues a mi no me mire majestad, que hace veinte días que pedí unos repuestos y aun no han llegado. Así que…

--- Pues se insiste, que para eso está usted al cargo.

--- Si majestad, pero yo no soy el encargado de los repuestos. Así que…

Pues si, lo cierto es que últimamente no había mucha suerte en los despegues, y eso naturalmente era un incordio para todos, pero paciencia hay que tener y utilizarla, de otro modo, a pescar peces con pala, que a esa tarea si se le adivina una complicación. Para el regreso todo era muy diferente según le contó Rutumba, pues como se regresaba de vacío la máquina sufría menos. No es que estemos justificando la avería, que a los reyes no deberían pasarles éstos incordios. Pero en fin, que son cosas mecánicas y a callar, que aquél que no entienda de eso no se meta, que los aprietatuercas si se mosquean, te pueden dejar la máquina sin servicio.

Así las cosas, la comitiva salía del recinto mientras la brigada de reparaciones entraba. La complicación no parecía grave, pero como la prisa ya estaba corriendo, pues ya me entienden.

Sus majestades los Reyes Magos, lo primero que hacen cuando se ponen de los nervios es quitarse la corona. Baltasar no obstante, va mucho más allá, pues es un rey como ya lo hemos dicho, al que le viene grande tanto bombo. Así que no contento con descubrirse, la cuelga del primer juguete que encuentra. El tío es un caso imposible, pues se remanga como un fullero, se sienta en el suelo sin mirar donde pone el culo y a jugar a los dados con alguno al que le guste eso. Y naturalmente de cajón, a su majestad Gaspar que es un soberano muy mirado se le llevan los demonios, pero eso sí, calla el rey rubio y suspira, que como le de por regañar a su colega moreno, es muy posible que éste se ponga boca abajo haciendo el pino.

--- Mira muchacho, seis. Ahora doblo y voy seguido a por veintidós.

--- Que rey más suertudo. Ya vale majestad.

--- ¡Tira chaval!, que hoy te dejo sin bombachos.

Oye que bonita es la comitiva cuando todos ocupan su lugar y están en marcha, es algo fantástico. Pero mira, si los ves tirados y desperdigados por el pavimento en plan estoy más que harto, es de una pena loca que te pones a llorar. Aunque que les vas a decir, si la razón les asoma a borbotones por los turbantes.

--- ¿No crees que deberías llamar a Baltasar al orden?

--- Vamos Gaspar no seas metiche. ¿Es que no sabes como es? No hay manera.

--- Pues claro que lo sé, por eso me quejo. Si vieran los niños este desmadre, a buena hora nos respetarían.

--- ¿A sí? ¿Y de qué te crees que tengo el pelo blanco?

--- Pues yo ni te digo, que en vez de rubio me tiene negro.

--- Bueno, vamos a dejarlo, que ya tenemos bastante con la avería.

Claro, son cosas de reyes, que parece que no, pero que tienen sus más y sus menos. Pero que nadie piense que no se quieren como hermanos, que una vez Gaspar sin mala intención, se cruzó en pleno vuelo con el trineo de Santa Claus y lógico, hubo un desperdigado de juguetes, que ríete de una estampida de murciélagos. La cosa no fue grave, porque el gordito vestido de rojo no repara en buen humor, pero como es natural a la hora de repartir los paquetes el lío fue morrocotudo. Así que Baltasar tuvo que poner los camellos a galope tendido y recuperar el tiempo perdido por Gaspar. Los niños ni enterarse desde luego, pero aquél año el cien por cien de los juguetes tuvo que repartirlos Baltasar, pues Melchor se quedó consolando a Gaspar y a Santa Claus por el accidente y naturalmente, haciendo el parte celestial.

Los de mantenimiento seguían trabajando. Los reyes Magos por otro lado, no es que tuvieran una prisa especial. Eso es lo que diría cualquiera que tuviese un calendario en la mano, pues la fecha de hoy es uno de diciembre. Pero lo que ignoran los humanos, es que los Magos de Oriente tienen trabajos muy importantes antes del seis de enero. Primero, reunir todas las cartas de los críos y cotejarlas con las existencias de juguetes y regalos, (las cartas de los padres ni se abren, son bobadas) Pero es que además, deben supervisar todos los belenes, que eso lo hacen los pajes naturalmente y es un trabajo muy divertido, pues van de invisibles, pero trabajo es, de eso no hay duda. Claro que de un tiempo a esta parte, con la llegada del árbol de Navidad, la cosa ha menguado un tanto y a eso de las modas y costumbres, no le pongas pegas, que siempre hay algún listillo de la nueva ola saliendo del tiesto, que te da una respuesta y te convence. Y eso es como es amigos, por la contrapelada manía de la gente a pensar que todo lo nuevo es mejor que lo antiguo, y tal asunto, a los que ya conocemos el futuro de la Tierra nos repatea.

Pero aparte de algunos inconvenientes como el anterior, el cielo sigue siendo lo que no hay. La gente ilustrada le tiene mucho reparo a la eternidad, pues piensan de ella que puede ser muy aburrida, sin embargo, ese tipo de personas nunca se aburren en su vida terrenal y siempre se quejan de que es corta. Pues bien, solo es menester imaginarse, que la prolongación de todas sus aficiones será infinita, que el disfrute del amor nunca se acaba. Que pueden hacer lo que les plazca sin molestar a nadie y, disponer de todo cuánto necesiten. Es cierto que es una situación algo confusa al principio, pues la gente está acostumbrada en la Tierra a terminar en un plazo las cosas y por ese tonto motivo, todos van con su reloj que les pillan las horas, por lo tanto los primeros siglos hacen lo mismo, pero muy pronto se acostumbran a no correr tanto.

Es imposible que entiendan ustedes lo maravilloso que es ser eterno, hay tantas cosas que hacer en la Gloria y tienes tanto el tiempo a tu favor, que es una cosa increíble de tan fabulosa. Por ejemplo: Hay una mujer que vivió en la edad media su última rencarnación y la mencionada, pues tiene unos labios muy bonitos y como lo demás no lo es tanto y ella tozuda, no le da la gana de meterse en la mejoradora-físico-corporal, pues ocurre y pasa, que cuando se enteró de que existían barras de pintalabios, pidió una muestra a su ángel proveedor y así, lleva dos mil ciento cuarenta y cuatro lustros a ponerse los morros como una pepona. Porque desde luego que ya tiene todos los pintalabios habidos y por haber y muchísimos más. Claro está, que con tanto color y textura, más sabores y brillos, y los vitamínicos superficiales, los calmantes labiales, los mareantes, los antibeso etc. etc. Pues la buena mujer no se decide por ninguno, que puede ser muy bien, que tenga tres millones de barras. Pero eso sí, ya se le pasará, que en la Gloria más pronto o más tarde se le pasan a todo quisqui las manías.

Por poner otro ejemplo: Si no tienes compañeros para pasar el rato, pues te los puedes fabricar a tu gusto que permiso te darán y eso es seguro, yo ya tengo cuatro. Después, con esos compañeros creados y obrando en tu poder, puedes hacer lo que prefieras con ellos, que son todo tuyos. Pero ojo al parche, si te cansas de alguno lo debes ceder enseguida, porque en el tablón de permutas nunca faltan solicitudes de los menos mañosos y otra cosa, que no se me olvide que me la cargo: Si te has fabricado un compañero o compañera para esas cosas tan divertidas y gratificantes que…(ustedes ya me entienden), y si por un casual te enamoras, o te pellizca el capricho de conservarlo para siempre, lo debes notificar enseguida a tu ángel proveedor, pues la justa conveniencia o no de incorporarle el alma, es materia muy espinosa y en eso no hay duda que lo determina inapelablemente el Gran Jefe.

¿Curioso verdad? Pues sí amigos, tal y como lo cuento, muchos de vosotros sois obras originales de un manitas eterno, pero natural que si luego el Todopoderoso lo considera justo y lo determina así, se te reconvierte y asigna un nacimiento normal con la correspondiente alma. O bien puede pasar, que Dios no considere oportuno entregarte un alma inmortal aunque nazcas. Pero bueno, no hay que preocuparse, ya que es posible vivir con cuerpo y sin alma y además, discernir y tener cierta inteligencia, aunque bastante poca desde luego. Pero lo que no es posible hacer en éste caso sin alma, es tener sentimientos humanos, eso explica que en la Tierra pase lo que está pasando, pues bastante gentuza no tiene alma. ¿Van ustedes comprendiendo?

Ya me imagino que son demasiadas cosas para explicarlas en unas páginas y desde luego muchas de ellas no se entienden bien, pero es que estar en el cielo es como aprender un oficio, al principio lo pasas mal, eso es bastante lógico, pero a la que te sueltas de perillas. Y ahora, de verdad amigos, acepten mis sinceras disculpas y sigamos con la narración, que ya me he pasado como siempre tres cosmodistancias del argumento.

Melchor y Gaspar habían bajado de sus cabalgaduras jorobadas y charlaban de sus cosas intentando olvidar el incidente de la avería. Los monarcas magos son gente muy especial, pues no demuestran su nerviosismo por mucho flan que tengan dentro. No se sabe como lo consiguen, pero debe ser una aptitud innata, de otro modo se les notaría. Claro que, posiblemente en la escuela de Reyes Magos sea una asignatura obligada y como estudian tanto, que se pasan, pues acaban por conseguir el empaque que tienen.

--- Si no me tomo una valeriana empezaré a gritar en cualquier momento.

--- Aguanta Gaspar, no la líes.

--- ¿Pero quién a recomendado a ese encargado de mantenimiento?

--- Pues quién ha de ser: San Toribio.

--- Pues la próxima vez, le dices al prenda Toribio que se meta sus enchufados donde le quepan. ¡Ya está bien hombre! ¿Pero no ves que te toma el pelo?

--- Oye Gaspar, que si quieres mi puesto te lo regalo, que a mi ya me resbala desde hace años.

--- No hombre no, como voy a querer tu puesto. Lo digo por no morderme las babuchas, que te prometo que ganas me dan.

--- Tranquilo, ya verás como lo arreglan enseguida. Eso espero.

--- Eres un santo Melchor, es increíble que no te machaquen éstas cosas.

--- ¿Qué no me machacan? ¡Pues estoy a punto de reventar!

--- ¡Pues si tu revientas, yo exploto!

Date cuenta, los dos allí charlado como caballeros reales, con un cabreo de no te menees canuto y por descontado, que nadie en la comitiva enterándose de lo que pasaba. Es que tienen una clase…

--- ¿Qué hora es Gaspar?

--- Las diez y media, que todavía no he cambiado la hora.

--- ¡Jolín que palo! El año pasado por los pelos y éste ya veremos.

--- Como sigamos así, Santa Claus nos quita el trabajo.

--- Eso no lo verás tú Gaspar. A ver si te crees que ese simpático barrigón se puede currar el planeta entero. Vamos, que me afeito la barba.

--- Solo a lo mejor no puede, pero si el Gran Jefe pone a otro…

--- Si hombre, a otro va a poner. Los gemelos gorditos rojos… ¡mira tú!

--- ¿Qué no? Al tiempo Melchor.

Ya ves, en las palabras del rey rubio puede apreciarse cierto pesimismo. No es verdad que le falte algo de razón, porque en la Tierra cada vez la gente está más despistada y cuando eso ocurre, espérate cualquier cosa. Me refiero a que algunos humanos, son poco dados a preservar las tradiciones y por comodidad son capaces de todo. Pero en éste caso no había razón a temor, pues Santa Claus es un ángel muy simpático que le cae muy bien a todo el mundo, claro que los Magos de Oriente siempre sarán Reyes Magos, que para eso fueron creados y estuvieron en belén con el niño Jesús. Sigamos.

La salida de la comitiva estaba fijada para las nueve p.m. como se dice ahora en moderno, pero en realidad la cosa tenía visos de una larga espera. Entre los nervios y el calor de la incertidumbre, a nuestro Trapolín se le desparramó el betún por el cuello y como allí no había espejos ni betún, tuvo que regresar a los vestuarios para untarse de nuevo. El chaval lo hizo con presteza, pero la mala suerte le acompañaba, pues lo mecánicos terminaron el trabajo de reparación y así, todos los componentes de la cabalgata incluido su compañero Rutumba, se metieron en la nave de destinos a toda prisa y despegaron sin darse cuenta de que faltaba Trapolín, así que el pobre chico se quedó en tierra.

No pienso describir el llanto desconsolado de nuestro amigo, pero tengan en cuenta que si las injusticias son graves, la falta de suerte en algunas ocasiones es mucho peor. Tanto tiempo acariciando la ilusión de repartir juguetes y cuando estaba a punto de hacerlo, todo se fue al traste. ¡Qué fatalidad! Trapolín se comía los puños de puro desconsuelo y el betún negro recién untado, se le fue por los canalillos de las lágrimas. Ya no podría ver las caritas encendidas de los niños, ya no le seria posible entregarles los juguetes, ya no percibiría sus temblores de felicidad y su asombro, en fin, ya no nada.

Los mecánicos hicieron todo lo que pudieron para consolarle, con bastante torpeza eso sí, pues salvo en casos muy puntuales los mecánicos no tienen la mano rota en eso, por lo tanto, todo fue inútil. Así pues, nuestro Trapolín afligido como nunca, se pasó el día más amargo de su vida en puro plañido de desolación. Una tras otra las horas pasaron en desconsolador llanto, pero al fin, sin poder resistir más, se durmió rendido.

Ahora le tocaba pasar un mes largo a solas en aquél lugar. La idea se le hacía muy cuesta arriba, pues descontando a los mecánicos que al día siguiente se marchaban de vacaciones, nadie más que él quedaba allí y para postre, todo el personal de cocina ya no regresaba hasta el quince de enero.

Horas y días muy tristes se adivinaban llegar, pobre y desventurado Trapolín.

Siguiente capítulo amigos:


El cuartel general

Última edición por marquimar; 11-dic-2012 a las 15:47
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El cuartel general

¿Se imaginan a un chaval como Trapolín en un sitio tan grande y tan solitario? Pues eso mismo, así es como estaba la cosa, malísimamente mal. Lo cierto es que siempre había sido un muchacho muy animoso, pero esta vez no pasaba cerca de él la manera de sobreponerse a la tristeza. Todos los pasillos se le hacían interminables, las estancias lóbregas y todo en particular muy funesto. No es que nuestro amigo tuviese ningún miedo, que tal cosa es únicamente terrenal y jamás de nuevo se experimenta después de llevar líquido estabilizador en las venas. Pero claro, ya se sabe que la gente joven no es en ningún caso partidaria de la soledad.

El primer día lo pasó lamentándose y buscando algo que comer y desde luego, que por la cuestión imprescindible de la intendencia no tenía de que preocuparse, pues la colosal despensa no estaba cerrada al igual que el resto de las estancias. Después de comer un par de latas de atún, que le gustaba mucho esa conserva, se fue a la cancha de baloncesto a meter unas canastas, pero se aburrió enseguida y sin saber que hacer se metió en la biblioteca. Pero como tampoco le apetecía leer mucho, escogió un par de cuadernos de Tin Tin y se sentó suspirando. La cosa ahora, como es de suponer tampoco prosperaba mucho en diversión, así que en vista del éxito obtenido, salió decidido al jardín para darse un breve paseo. Solamente en aquel lugar había vida, pero como es lógico vida vegetal y ese tipo de vida clorofílica y muda, solo puede hacer compañía a los viejos. Así las cosas, muy al paso le trotaban los caballos a Trapolín, pero como todo tiene su punto final y esto no podía ser diferente, cual seria su sorpresa enorme, cuando tras rodear un seto se encontró podando los rosales al viejo jardinero. ¡Que maravilla de Dios! Nunca se había alegrado tanto de ver a alguien, por lo tanto lleno de alborozo se fue hacia él y le saludó con desbordante alegría.

--- ¡Buenos días señor! ¿Hace un día precioso, verdad señor?

La gente mayor no se asusta de casi nada, así que a pesar de su sorpresa, el hombre se volvió pausadamente y le sonrió con simpatía. Bien, pues se trataba de Rubén, un gran amigo de las plantas y jefe absoluto de todos los jardineros, claro que solo estaba él. Trapolín le había visto desde lejos el primer día, pero no se acercó a saludarle, ya sabemos que ese día no estaba el chico para relaciones públicas.

Rubén es un ente esencial sin moratoria lo mismo que Don Ignacio, pero con una diferencia notable de destino esencial y también, algo más entrado en arrugas y canas. Luce una barba espesa y toda la cara y las manos los tiene cubiertas de rojizas pecas. Es un hombre alegre y simpático, pero naturalmente eso no es cosa rara en un ente esencial, por lo tanto tal cosa no es de destacar. Pero sí desde luego su sonrisa de dientes perfectos y el curioso guiño de sus ojos al sonreír.

--- ¿De dónde sales tú?

--- Soy Trapolín y soy… bueno… era paje de Baltasar.

--- ¿A si? ¿Pero de dónde sales? La comitiva ya se ha marchado.

--- Estaba paseando por aquí y le he visto y…

--- Pero muchacho contéstame: ¿De dónde sales? Te digo que la comitiva ha despegado ya.

--- Es que me han dejado sin querer y yo… yo estoy solo… con usted aquí.

--- ¡Vaya por Dios!

El viejo jardinero comprendió al momento el estado de ánimo de Trapolín y dedujo enseguida, la tristeza y el desaliento que le embargaba. Los chavales que hacen pucheros al decir su nombre, esconden muy mal sus sentimientos, así que Rubén poco esfuerzo mental tuvo que hacer para entenderlo. Y no por que los entes esenciales sean más inteligentes por ser jardineros, que eso no depende de su formación ni oficio, solo pasa y es comprensible, que cuando ves las lágrimas mansas resbalando por un rostro de un niño, es por alguna razón justa y de peso, que si berrea, es por otra muy distinta.

--- Oye siéntate. Y ahora me lo cuentas todo muy despacio. ¿Vale?

--- No sé si podré señor pues… es que estoy muy triste.

--- Vamos hombre, un poco de ánimo. Los pajes son valientes como guerreros. Si eres un paje, debes serlo también.

--- Yo ya nunca seré un paje, no tengo suerte ni Rey.

--- ¡Pues claro que serás paje hombre! Un paje fantástico y con rey, yo lo verás.

--- No sé, pero creo que no y…

Trapolín con los nervios y escalofríos que se le salían del traje, fue explicando a Rubén su triste aventura y tras un minuto de rápida narración, tuvo que parar un buen rato para respirar entre lágrimas. Rubén le escuchaba con mucha atención, más que nada para que nuestro amigo se tranquilizara, que no es solo una cuestión de cortesía, que también lo es de ternura. El viejo jardinero le sonreía de vez en cuando, pues ya se imaginaba lo sucedido. No era la primera vez que un paje se quedaba colgado y puedes poner la mano en el fuego que no será la última. Y la verdad no es otra y hay que decirla, que es demasiado trajín para el último día, porque mira que la cabalgata se prepara con antelación sobrada, pero pues mira, a pesar de todo siempre falla algo.

--- Bien, ahora que ya estás más tranquilo, cuéntame eso de que eres un paje de Baltasar, porque muy moreno no te veo para eso.

Era cierto, nuestro amigo se había quitado todo el betún y por lo tanto a nadie se le hubiera ocurrido tomarle por un paje negro. Como es natural, Trapolín tuvo que contarle toda la historia desde el principio y al terminar, Rubén le propinó un par de cariñosas palmadas en la espalda. Lo del jardinero como se ve y no hay que darle más vueltas, que no tiene, era abuelitis aguda.

--- Todo se arreglará, ya lo verás. Anda muchacho, suénate los mocos de una vez y tranquilo. ¿De acuerdo?

--- Tengo mala suerte, no sé que pasa conmigo pero…

--- Ha sido un tropiezo, un tropiezo casual, solo eso.

Los entes esenciales como ya hemos dicho, sobre todo los que prestan servicio en la Tierra, son insustituibles. Pero en éste caso mucho más, pues Rubén es un esencial terrícola conciliador de primera sin moratoria. Y eso fíjense, quiere decir ni más ni menos, que deberá morir sin remedio se ponga como se ponga, cuando por supuesto el cronómetro de la vida marque su hora final. Por descontado y no se lo pierdan ustedes, que tras morir, éstos espíritus tan concretos y extraordinarios regresan velozmente al cielo para rencarnarse de nuevo, bueno velozmente, a toda mecha. Y de tal cosa no deberían ustedes extrañarse, pues así está montado, por que en la Tierra no puede faltar en ningún momento y repito, en ningún momento, un ente esencial conciliador de primera por cada mil habitantes, que eso es lo más obligatorio de todo lo obligatorio, que de esa manera, el Gran Jefe está mucho más tranquilo.


La función de éste tipo de seres es vivir la vida como cualquier otra persona, pero con la garantía absoluta, de hacer continuamente el bien y lógico, a tal efecto sin despojados de toda maldad posible y además, se les provee de un alma a toda prueba contra el Maligno. Lo cierto es, que lo pasan bastante mal, pues sus congéneres humanos y los demonios azufrados y cornúpetas del que te dije, se aprovechan de ellos y les hacen todo tipo de trastadas. Pero eso sí, el Señor Todopoderoso para una justa compensación les tiene reservado el premio gordo, pues al terminar su ciclo vivencial último, van derechitos a la Gloria y además, de Prioritarios Absolutis en el Estrato Principal. Y no vean ustedes la pasada, que muchos ángeles y arcángeles, se dejarían arrancar las plumas una a una para tener ese privilegio. Y no es para menos, pues el mencionado Estrato Principal, es donde habita aquél que todo lo puede y hay quién asegura, y yo me lo creo, que el Omnipotente Eterno pasea y medita por ese lugar, por lo tanto, debe ser una gozada poder levitar por el mismo aire que él.

Para explicar lo anterior y así lo dejamos muy clarito, los entes esenciales se encargan en la Tierra de que las cosas no se desmadren y cuando existe algún peligro de esos de verdad total irreparable, el Señor que se las sabe todas con anterioridad, coloca a un ente esencial conciliador en un puesto estratégico y solucionado. Por ejemplo: Cuando la crisis de los misiles entre la U.R.S.S. y los E.E.U.U. por aquel asunto de Cuba y Fidel Castro, pues había un ente esencial conciliador en el equipo médico del presidente J. F. Kennedy y con un laxante, sentó a sus altos consejeros militares en w.c. Parece que no, pero cuando tienes apreturas instantáneas del corre que me voy, pues no puedes pensar con criterio y claro, el presidente sin consejo militar durante quince minutos, no apretó el botón. Al primer secretario de la Unión Soviética le ocurrió algo parecido, que los traductores de español para hablar con Fidel Castro ese día, estaban todos de baja y mira por donde el único que quedaba, era un ente esencial conciliador muy tartamudo y naturalmente, con la traducción entrecortada y bastante adulterada, no hubo manera de que se pusieran de acuerdo los dos mandatarios. Tengo entendido, que al líder revolucionario cubano se le puso la boca un desastre de morder uno tras otro los puros, aunque… seguro no estoy.

Ustedes no lo creo, pero los habitantes de aquí arriba bien sabemos que muchas veces en la Tierra, y es una completa desgracia, no queda otro remedio que pacificar guerreando. A sí de mal está montado el asunto, pero de todas formas se debe reconocer, que para nada servirá tu breve existencia, si matando a los demás la conservas. Eso de la guerra cruel y horrorosa amigos mortales, es una cuestión harto peliaguda y solo Dios puede calificarla con justicia, pues el cerebro da un montón de órdenes que el corazón aborrece y por lo tanto, solamente estando en ambos lugares a la vez es posible juzgarla.


Nadie se disguste porque se aireen éstas cuestiones, que solución ya no tienen, además, que la fantástica vida real empieza al morir y no al nacer como piensan algunos. Los seres humanos casi nada saben, solamente que existen, pero si lo piensas con detenimiento eso es mucho más de lo que al resto de animales les ha sido concedido. Claro está que si lo miras bien, eso no es verdaderamente una ganga, pues sabiendo eso sin más, la gran confusión mental está servida. Es muy natural que los hombres se hagan preguntas sobre su existencia, pues tal cosa ya estaba programada para su creación, pero para ello se les ha dado el don de discernir y no, para saltar a la comba con los hilos de la inteligencia como hacen muchos. Pero sigamos si les parece, que puede que ustedes no, pero yo tengo bastante prisa.


Rubén y Trapolín pasaron tres días de charlas interminables, pues ambos se contaron al detalle todo lo referente a sus vidas. Desde luego amigos, que fue algo muy curioso, pues Rubén en una de las suyas conoció por pura casualidad al abuelo materno de Trapolín y eso, no lo decimos ahora por que sea raro, sino por la excelente oportunidad de contarle al muchacho algo que de su abuelo no sabía. Pero bueno no es de extrañar, que son cosas muy habituales en el cielo, pues con la memoria infinita recuerdas nombres y caras con toda nitidez y si te mola darle a la lengua un montón, el cielo eterno es el mejor de los lugares para conversar, que si se te termina el rollo batallero, pues con rencarnarte de nuevo ya tienes para otra temporada, porque lo bueno es que en la Gloria ya sabes que regresarás si tu conducta es buena, muy al contrario que en la Tierra, que nunca sabes nada de nada. Lo más fastidioso claro está y lo digo para que no les venga de nuevas, que eso cansa lo suyo, ni te lo puedes figurar, pero bien, que son normas que rigen aquí y contra eso ponte como quieras. Sigamos.

--- ¿Qué te ha parecido la historia de tu abuelo? ¿A qué no te imaginabas una cosa así?

--- No, pero… creo que es bastante rara.

--- ¿Porqué dices que es rara?

--- Porque los abuelos pienso… que no pueden ser sacerdotes católicos.

--- Pues claro que sí. Lo que pasa es que renuncio a los votos antes de conocer a tu abuela. ¿Qué te figurabas?

Que cosa curiosa eso de las religiones, en unas los sacerdotes se casan y en otras no. Cada una se diferencia del resto y todas por supuesto se fundamentan en lo mismo, pero en fin, es algo muy parecido a los hijos que uno engendra y cada cuál, con un carácter distinto funciona. La verdad es, que cuando sale el tema de las religiones aquí arriba siempre hay alguno que suelta una carcajada, y no porque sea motivo de mofa, ni se les pase por la cabeza pensar eso, que sin religiones y es incuestionable del todo, la vida sería mucho más desastre y por supuesto aparte, que las opiniones terrenales son todas muy respetables al respecto. Lo que ocurre y lo suelto a titulo de curiosidad solamente, es que para nosotros los seres eternos, es de todo punto incomprensible ese batiburrillo de interpretaciones dogmáticas, pues lo único que se puede considerar cierto es que Dios existe y… ¡eso son lentejas! Me gustaría poder decirles cual es la religión acertada, pero por desgracia y no deben recelar, es que no lo sé, pues aquí arriba están todas las personas buenas de éste mundo y a ninguna se le ha hecho la afiliación, vamos, que se consideraría una estupidez. Sigamos.


Rubén enseñó a Trapolín todos los rincones de la residencia real y sus alrededores, el muchacho se dio cuenta de que era un lugar mucho más maravilloso de lo que conoció al principio, pero el seguía pensando que no había venido como turista, sino para ser un paje real, así que con la fantástica visita sus anhelos no se calmaron. Por supuesto, que si quería regresar al cielo inmediatamente, Rubén le cambiaba la sangre por el fluido sin problemas, así como también, podía reprogramar la giroscópica y solucionado, pero eso no era la intención del muchacho y es natural, pues en el cielo nadie le esperaba tan pronto y descartado, que Muretta aun no habría regresado.

Trapolín no podía dormir por las noches y tampoco tenia ganas de nada. Rubén muy pronto pudo darse cuenta, pues cada vez que el muchacho contemplaba sus ropajes de cabalgata sin estrenar, se le salían las lágrimas a borbotones. Era una verdadera pena y lo malo de esto, es que ya sólo faltaban dos semanas para el seis de Enero, que gran desastre. El viejo jardinero intentó en tres ocasiones poner en marcha el telemático de imagen, pero no hubo forma, que como los mecánicos lo desconectaron para la prueba del panel, pues estaba fuera de servicio y claro, como no sepas de esas cosas mejor que ni las toques, que si por casualidad metes la gamba, la que te cae es “pequeña”. La intención de Rubén no era otra como es natural, que mandar un mensaje para tranquilizar al chico, pero nada de nada. ¿Qué se podía hacer entonces? Poca cosa desde luego, pues solamente a probar quedaba, la vieja y polvorienta emisora de ondas ercio-magnéticas y con semejante trasto, ya ves tú, quizá te lleguen a oír en algún canal de onda corta limitada, pero los Reyes en la otra dimensión no te oyen, eso está claro, y en el cielo, como no sea un radioaficionado con poderes celestiales, que no existen, desde luego que tampoco. Así de mal estaban las cosas de penosas, cuando tras darle vueltas y vueltas a la cabeza, Rubén decidió, con buen criterio según mi opinión, que si por alguna casualidad y la meteorología a favor algún ayudante de Santa Claus estaba escuchando, es posible que a través de él, se pudiera hacer llegar un mensaje al cielo, que el simpático barrigón puede hacerlo y desde allí, sin dudarlo, a la estela de la dimensión donde se encuentran sus majestades. No era una solución definitiva naturalmente, pues los Reyes Magos de haber podido ya habrían regresado para recogerle, pero mira, sin con eso Trapolín sonreía un poco y olvidaba sus pesares, valía la pena intentarlo.

--- Oye Trapolín. ¿Qué te parece si probamos a mandar un mensaje?

--- ¿Con qué? ¿Con una botella?

--- No seas jocoso hombre. Hay una emisora en la sala de los trastos que quizá nos sirva. ¿Qué te parece? ¿Lo intentamos?

--- Bueno… por mi… si tu quieres.

--- Anímate muchacho, que eres un paje de poca fe.

--- Tengo fe pero… es que no tengo suerte.

El viejo Rubén desempolvó la emisora y tras unos minutos de manipulación, el vetusto aparato se puso en marcha. Aquello traqueteaba ni te lo puedes figurar, como los primeros trenes a vapor y con las ruedas cuadradas. Pero claro, otra cosa no había, así que ni corto ni perezoso y con el micrófono en ristre, empezó la cantinela:

--- Aquí Rubén E.E.T. Aquí Rubén E.E.T. ¿Alguien me escucha? Cambio.

--- Aquí Rubén E.E.T Repito e insisto: ¿Alguien me escucha? Cambio.

Nuestro Trapolín que estaba al lado de Rubén y de paso había visto la famosa película de Steven Spielberg un montón de veces, pues en la Gloria divina eterna para que lo sepan ustedes, esa clase de cine es muy popular, pues se extrañó mucho y atendiendo a su curiosidad preguntó:

--- Por qué dices E.E.T.

--- Porqué soy un Ente Esencial terrícola. ¿No lo sabias?

--- No, no sabía nada de eso.

--- ¿Pero qué clase de formación os dan en el cielo?, parece mentira hombre.

--- Yo es que… aun no he pasado por el instituto del preángel. Creo que iré en la próxima distancia.

--- Entonces que haces ahora, eso no me lo has contado.

--- Estoy en la oficina de estadística y también en el coro de los meritorios. Me gusta cantar, pero me dicen que soy algo despistado, porque se me enredan las corcheas con las otras.

--- Bueno hijo, no te preocupes, que eso no es grave.

Natural que Trapolín no estaba al tanto de muchas cosas, pues es de azúcar de caña que los chavales están atolondrados algunas veces. Pero por supuesto es justo decir, que nuestro amigo nunca había escuchado a un Ente Esencial por una emisora de radio y aunque eso era lo importante, estaba muy claro que un Esencial terrícola es lo mismo que un extraterrestre. Y hablando ahora de cine y para que no se les despinte: En el cielo las películas siempre acaban bien, pues aquí lo de sufrir no se entiende de ninguna manera. Es totalmente absurdo un argumento de muerte final, vamos, ni alucinando en colores. Si por ejemplo en Espartaco versión la tierra el protagonista Kirk Douglas muere, pues aquí arriba no, resucita el hombre se baja de la cruz y tan campante, es un final más chulo, ¿a qué sí? Además, cada sala de cine sea grande o pequeña pone solamente una programación única en sesión continua, si quieres ver otra peli, tienes que ir a otro cine. No se sabe aun el motivo de esto, pero quizá sea porque en el cielo el cinematógrafo no es un negocio y como sitio verdaderamente sobra, pues hay tantas salas de cine como se quieran. De todas formas, no van muchos espíritus a ver películas y el caso es comprensible, ya que en la Gloria divina no vale menester de esas distracciones, pues todos los residentes conocemos cualquier argumento posible. Pero mira, siempre hay alguno que no tiene suficiente y como eso de las aficiones es la misma cosa que las manías, pues aquí se respetan todas. Claro está, que aquellas almas que vivieron en épocas anteriores a la invención del cine y no se han rencarnado por algún motivo, pues les gusta ir a verlo, sobre todo las películas de romanos de los años cincuenta, que la sangre y los muertos ya se nota que son de mentira. Aunque las películas con más gancho son las de Walt Disney, de Cantinflas, de Buster Keaton o de Charlot. Y es cosa bien natural pues es un cuarteto de genios que ya se ganaron el cielo con creces. Aunque uno de ellos, y no voy a decir quién, porque me pueden enmendar la plana a tajo parejo si lo hago, ha tenido algún que otro lío desagradable y un largo interrogatorio en el Purgatorio, pero enseguida al cabo de doscientos lustros ya disfrutamos de su compañía. Sigamos.

--- Al habla Rubén E.E.T. Contesten si me escuchan, cambio.

--- Parece que no hay nadie, ¿verdad Rubén?

--- Tranquilo muchacho, hay que tener paciencia, mucha paciencia.

--- Si yo… ya tengo. ¿Pero porque no contestan?

--- Te digo que seas paciente hombre, no ves que las ondas tienen que llegar al Polo Norte. A ver si te crees que esto como soplar y hacer botellas, que dicen algunos en la Tierra.

Rubén siguió insistiendo durante bastante tiempo, pero aquello no contestaba ni a tiros. La cosa como se comprende es que ya son técnicas muy obsoletas y como no encuentres a la escucha a alguien que le guste eso, pues mal lo tienes. De todas formas insistiendo e insistiendo, al cabo de unas horas por fin se escuchó:

--- Aquí cuartel general de Santa Claus en el polo, les habla y escucha el guardia de puertas. Adelante, cambio.

Aquella voz tan autoritaria, tan precisa y profesional y aquella marcialidad en el tono, ya despejaba toda duda posible, habían conectado. Desde luego que perfecta organización parecía tener el viejo Santa. ¡Caray que servicio!

--- ¿Lo ves chaval? Se ha conseguido. ¿Qué te parece? No hay nada como la perseverancia.

--- ¡Contesta, contesta, que se van!

--- Aquí Rubén E.E.T. de la colonia celestial catorce. Pido paso para un mensaje en un once trece. Añado un catorce subiente y un cero bajante, zona veintitrés y prioridad Melchor. Abrevio y cambio.

Como ustedes abran comprendido, pues eso lo comprende el más lerdo, Rubén se había marcado un farol de puro camelo y que tontería más tonta, solamente para impresionar a Trapolín, que naturalmente quedó muy impresionado. Otra cosa muy distinta es lo que ocurrió al otro lado de las ondas, pues el guardia de puertas nunca había escuchado semejante clave ni por asomo. Que eso desde luego no estaba en la academia de claves raras, pero como la cosa parecía ser muy seria y del mencionado Melchor, contestó al instante algo confundido y nervioso, la marcialidad había concluido.

--- A sus ordenes señoría, paso concedido para un once trece. O bien… trece con un dos subiendo o… eso. Cambio.

Trapolín no te digo, se comía las uñas de pura emoción y a todo esto, Rubén le guiñó un ojo diciendo: Ahora verás si nos toman en serio.

--- Aquí Rubén a cuartel general del polo. Solicito ayuda inmediata para un paje de Baltasar en un tres con seis, prioridad Melchor. Requerido absoluto por circunstancias de fuerza mayor, declino el protocolo habitual. Abrevio y cambio.

--- Aquí guardia de puertas. Supervisor en la cantina con el bocadillo, pero anoto urgencia y doy curso a su petición. Especifique ayuda, corto, digo cambio.

--- Se requiere carruaje para traslado del paje mencionado. Cabalgata incompleta, peligra reparto mundial. Urge solución inmediata prioridad uno. Hagan algo, situación insostenible.

--- ¡Caramba pedrín! Pues al parecer la cosa tenía tela. El guardia de puertas no podía sacar un carruaje de las cuadras sin el correspondiente permiso, pero claro, el supervisor tardaría más de media hora en regresar, lo cual significaba a bote pronto, que en ese tiempo el trineo podría recorrer un montonazo de kilómetros. Vaya palo para decidir, pero pues mira, se decidió.

--- Aquí guardia de puertas. Necesito coordenadas para vuelo programado y la perpendicular sobre el apogeo. Reticulación aproximada y margen establecido. Mando carruaje, cambio.

Trapolín desde luego, estuvo a punto de abrazarse a la vieja emisora y soltarle cinco besos. Menos mal que el muchacho se dio cuenta a tiempo, del centímetro de polvo horroroso que atesoraba el aparato, que si no llega a ser así, se pone los morros rebozados.

--- ¿Qué te ha parecido chaval? ¿Has visto como domino el lenguaje emisor?

--- ¡Sí, sí, pero contesta corre!

--- Tranquilo, déjame disfrutar un poco de lo bien que lo hago.

--- ¡Sí, sí, vale, pero contesta ya!

--- Atención al polo. Estamos en cuadrante sesenta de la zona catorce. Apogeo diez, latitud cero, longitud uno. Margen de doscientos, reticulación a tres cuartos. Gracias infinitas por el servicio, daré traslado a S.S.M.M. de su diligencia y cualificación. Saludos, cambio.

--- Aquí guardia de puertas, todo anotado. Doy salida a trineo de la clase tres, llegará en siete punto quince horas. Sigan las instrucciones de embarque. Mis reverencias a los Reyes. Cambio.

--- Gracias de nuevo y hasta la próxima, corto y cierro.

--- Ha sido un verdadero placer. Corto y cierro.

¡¡Bárbaro!! Ya teníamos la solución en marcha, que gozada más tope. La cosa como se comprende había sido pura potra, pues con unas fechas tan adelantadas no era aconsejable ser optimistas, pero en fin, gracias a Dios y al gran ingenio de Rubén, que le dio tanto dramatismo al tema se consiguió y es que los Entes Esenciales Terrícolas, son la monda.

Rubén y Trapolín saltaban de contentos, el primero no tan alto como el segundo, pero eso es lo de menos, estaban de enhorabuena completa, pues en aproximadamente dos horas nuestro paje saldría de la colonia rumbo al polo y naturalmente después, hacía la dimensión desconocida donde estaban los Reyes Magos, por lo tanto, ya solo quedaba esperar la llegada del trineo con alegría. Siguiente capítulo.

El viaje

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El viaje

El cuartel general de Santa Claus no es como se pueda pensar un lugar tan organizado, solo que casualmente el guardia de puertas ese día era un joven algo bisoño y en esas situaciones ya se sabe, que siempre se exagera un poco para ocultar la inexperiencia. Por supuesto amigos, que no debemos menospreciar la buena y voluntariosa voluntad, que de aplicación necesaria para el desempeño de algunos menesteres siempre hace falta. Y ojo, el guardia de puertas si se me permite decirlo, se comportó como un jabato. Total, que el supervisor tardó, lo que tarda un bocadillo en repartirse por el estomago y cuatro minutos escasos después, ya se encontraba en la cabina de control. El guardia orgulloso de su hazaña le contó enseguida como fue la cosa del mensaje recibido y lógico, el experto supervisor, sacó el parte de incidencias y empezó a escribir.

--- ¿Has dicho que era su majestad Melchor? ¿Estás seguro de eso? Anda déjame escuchar la grabación.

--- Es que no he grabado el mensaje, se me olvidó.

--- Pero bueno, ¿es que tú no te lees las ordenanzas? Bien, es igual, dime quién era el interlocutor y cual su solicitud.

El guardia de puertas muy pronto relató todo lo que recordaba, pero natural y aplastante y no podía ser de otra forma, que con los nervios tirantes por el garrafal olvido de poner en marcha la grabadora ya no le fue posible precisar. Y es que en el cielo, en la Tierra y en todas partes, los nervios pueden más que los razonamientos y no es de extrañar, que el supervisor, también se pusiera algo nervioso.

--- ¿Me estás diciendo que has mandado un trineo a no sabes dónde?

--- Es que era muy urgente y pensé…

--- ¡Pues no pienses melón! ¿Qué clase de trineo has mandado? Porque me estoy temiendo...

--- De los que no utilizamos, de la clase tres.

--- ¿De verdad? Pues el forraje y la limpieza los vas apagar tú. ¿Y que lo digo yo ahora al encargado de cuadras? Vaya papeleta.

--- Lo siento, es que ese Rubén me insistía tanto que…

--- ¿Lo sientes? Como tengas que ir a buscarlo por avería si que vas a sentirlo. ¡Ya lo creo!

Al jefe de cuadras no era menester buscarlo para decírselo porque acababa de entrar en la cabina. Es natural que ustedes no lo sepan, pero eso de los trineos con tiro de renos tiene mucha guasa, pues no se crean que es tan fácil de manejar un cacharro de esos. Los modernos no diré yo que no, pero los antiguos de la clase tres y cuatro… menudo palo. Y no me lo discutan, que eso no es lo mismo que conducir una diligencia de caballos, por supuesto que no, que los renos de Santa Claus vuelan a toda pastilla. Y tampoco me vengan ahora con la tonta pregunta de como pueden volar sin alas, que ni lo sé ni me concierne para nada. Ya solo me faltaría tener que empaparme todo el manual celestial milagrero, que eso tiene como doscientos tomos y una media de ochocientas páginas por tomo y les aseguro, que no todas se pueden interpretar fácilmente, me refiero, a que la mayoría son diagramas de funcionamiento, esquemas, bosquejos y planos. Un día de esos, a los que a uno le ocurren cosas no apetecibles, me invitaron a unos coloquios tipo seminario y por no quedar mal con los compañeros pues allí fui, y naturalmente entonces fue cuando quedé mal del todo y no me da vergüenza el confesarlo, soy un negado completo para esas cosas, ya lo era en mis tres últimas rencarnaciones y lamentablemente sigo siéndolo. Vamos, que veo un cartabón y se me ensortija el pelo y oiga… no hay forma. Sigamos.

El responsable de cuadras no es que fuese antipático, pero tampoco simpático, lo que pasa, es que sus modales como es de suponer debido a su oficio y además, con el añadido ahora del inopinado incidente, pues no eran muy parecidos a un jefe de relaciones públicas, así que solo entrar y soltó:

--- ¿Dónde malditos rábanos está mi trineo? ¡Por los látigos de cuero rojo que se me está rizando el bigote!

En la cabina de control no te digo, ya estaban todos como flanes, porque la cosa al parecer no era nata sobre bizcocho. Y para más infortunio y pringue, toda ésta movida para hacer un favor a un paje. De verdad de la buena, que en la vida hay que tener mucho cuidadito con las decisiones tomadas que afecten a otro, pues lo habitual suele ser, ha sido siempre y lo seguirá siendo, que aunque están bien tomadas casi nunca se reconocen. El supervisor que no deseaba discusiones mañaneras y menos en su departamento contestó:

--- Estoy intentando averiguar dónde está tu trineo, así que tranquilo.

--- ¿Tranquilo? Pues ese trineo tiene la banda direccional estropeada, así que ya me dirás como regresa. ¿Vas pillando la tranquilidad?

--- ¡No fastidies! ¿Pero tendrás en cabecera a un reno veterano verdad?

--- Veterano sí. ¡Pero bizco también!

--- ¿Pero cómo se te ocurre poner a un reno bizco en cabecera?

--- Porque sí. ¿Me meto yo en quién pones tú de guardia de puertas?

--- ¡¡ Barbas santas!! ¿Y ahora que hacemos?

--- Eso digo yo. ¡Barbas santas y jolines fritos!

Bueno, pues ya teníamos un problemón a la vista, porque desde luego que ese trineo sin piloto automático no regresaba por sí solo. Para ir hacia destino ningún impedimento, porque se fija la dirección manual y todo cuesta arriba hasta alcanzar el apogeo, después, bajas prácticamente en picado y al blanco de destino como un misil. Los reno s que se cinchan en éste tipo de trineos apenas hacen nada, solamente volar y volar, pero como en el caso que nos ocupa el cabeza de tiro era bizco, la posibilidad de regreso sin coordenada manual se hacía muy difícil, pues los aleros y derivas al aterrizar quedarían replegados y sin nadie experto para volver a sacarlos pues ya me entienden: tararí que te vi.

--- Me parece que tendremos que molestar al jefe.

--- Pues en éste momento no es posible, que tiene una reunión de esas chungas con el idiota fabricante del muñeco comemocos.

--- Pues lo lamento, pero esto es demasiado gordo, ese paje está listo de todas todas como no lo solucione el Jefe.

--- En eso tienes razón, el jefe es el único que puede hacerlo, pero ya sabes que cuando está defendiendo los derechos de los niños no está para bromas.

--- ¿No pensarás que perder un trineo y un paje sea broma verdad?

--- No, pero el muñeco comemocos tampoco.

Pues sí, amigos mortales, el bueno de Santa es un paladín de las buenas formas y ni pizca de gracia cuando sale al mercado un juguete de mal gusto. Si no fuera por Santa Claus los niños y niñas de todo el mundo serían unos horteras, eso está remachado. Los Reyes Magos también están al tanto por supuesto, lo que ocurre que tienen menos trato con los fabricantes y es por eso, que se les pasan algunas paridas que los departamentos de diseño y comercial de algunos. Mira que es delicado el asunto de la educación de los críos, pues ya ven, nunca falta algún fabricante anormal que no saque al mercado una chorrada de esas. Mucho cuidado amigos con los niños, que hasta cien mil veces el mal que les hagas a ellos, así será tu castigo. Y a propósito, que malcriarlos a golpe de tolerancia absoluta para que no te molesten, que es la manera de que sean insoportables para el prójimo, también está en la lista de faltas graves, así que el cachetín en el culo que les ahorres a ellos, en el Purgatorio te lo darán a ti por no haberlo dado. Ya sé que lo anterior se brinda a controversia, pero que nadie se equivoqué, pues la libertad de cada humano, es solamente la parte marginal que te regala la obediencia.

Mientras tanto el problema atenazaba a los colaboradores de Santa Claus, Trapolín y Rubén, estaban tan contentos que bailando les salía humo por las suelas de los zapatos y baila que te baila, para celebrar la pronta llegada del carruaje solicitado y como es natural, y preciso ahora, totalmente ajenos a la difícil situación que se le venía encima a nuestro aspirante a paje. Pues la mala suerte es, que el ingenioso y simpático jardinero, había desconectado la emisora tras la conversación y lógicamente, no escucharon el insistente mensaje que les llegaba desde el Polo:

--- Aquí control de trineos para paje de Baltasar. No embarquen en el carruaje, repito, no embarquen en el trineo. Cambio.

--- ¿Porqué no contestarán? Insiste, insiste.

--- Será que nos quieren gastar una guasa.

--- ¿Otra? Todavía me acuerdo de aquella vez, menudo guasón Baltasar.

--- Aquí trineo en tránsito para zona del cuadrante sesenta, contesten por favor. Contesten cambio.

--- ¿Habéis llamado por el telemático de imagen?

--- Si señor. Pero también lo tienen desconectado.

--- ¡Mecachís revueltos! Que mala gaita nos ha caído.

Nosotros ya sabemos que era inútil seguir llamando, pero como ellos aun no lo sabían, pues toma del caldo frío y con la cuchara de hielo escarchada. Un poco de tecnología punta si que les faltaba, pues con aparatos tan vetustos, más que difícil se hacen las comunicaciones, claro que los viejos se aferran a las tradiciones y costumbres como a clavos ardiendo, pues la verdad es que sin ellas están perdidos y eso naturalmente, también le pasa a Santa Claus.

Pero en fin, ya hablaremos más delante de eso de las tradiciones y sus detractores, que se me pierde de nuevo la historia y no estoy para pérdidas, que tengo la obligación forzosa de terminar esta historia pronto y después pasar a censuramiento-corrección y si cuela, ustedes la leerán completa y si no, pues ya escribiré otra, que aquí arriba el papel es gratis. Sigamos.

El jefe de cuadras y el de control no tardaron mucho tiempo en llegar frente a la sala de juntas de Santa Claus. No es necesario repetir, que la reunión que tenía el bueno de Santa era de las más importantes, pero claro, perder un trineo con cinco renos voladores y un paje de Baltasar no es cosa deba salir en los periódicos. Tras darle la novedad a la secretaria del Gran Jefe, que por cierto se llama Odela Krinkel, la eficaz fémina se atusó bien el pelo y se metió en la sala de juntas. A propósito, habrán observado ustedes que el apellido Krinkel no pertenece a quién pensaban, pero nada es lo que te cuentan y parece, que como ella es la encargada única de las relaciones públicas de Santa Claus, pues la gente se confundió. El honorable barba blanca no tiene ningún apellido, es cuestión totalmente obvia, pues de tenerlo ya no podría ser un ángel como Dios manda. Pero como los humanos sois así, que siempre estáis a equipararos con lo divino, le buscaron uno que les pareció bien y así de esa manera, parece que es más tuteable. Aunque de tuteable sí que lo es, pues le paso lo mismo que a Baltasar, que son ambos dignatarios angelicales de mucho rango, pero ni siquiera se dan pisto.

Odela salió de la sala acompañando al mentecato fabricante juguetero y por la cara que lucía éste, se adivinaba a la perfección el chorreo que le había caído.


Como la cosa era bastante urgente, inmediatamente hizo pasar a los dos mandos intermedios y el jefe de cuadras, mucho menos acostumbrado a ceder el paso en éstos casos, entró el primero. Santa Claus, en su sillón con las manos sobre el pecho y el típico gorro sobre la mesa les recibió como siempre hace con todos, con la mejor de sus sonrisas y la carita de jefe bonachón y también como siempre, todos se preguntaban incrédulos, de que pozo sin fondo sacaba el viejo venerable su buen humor. El Director de Protocolo estaba allí, el de Análisis de Calidades también, y además, el del Producto Acabado, que ese era el más joven e inexperto, pero mira por donde, se sentaba al lado de Santa Claus porque era el sobrino de la señora Krinkel, que las mujeres secretarias para enchufar a su familia son únicas.

--- ¿Qué es lo que pasa muchachos? ¿Me han dicho que es importante?

--- Estamos a punto de perder un trineo.

--- Bueno eso no es problema de consideración, ya lo recuperaremos después de las fiestas.

--- Si señoría pero…

--- ¿Pero qué? Ya ha ocurrido otras veces, no veo la gravedad.

--- Sí claro… pero es que está a punto de montarse en él un paje de Baltasar y lo malo del caso, es que no podemos avisarle de no lo haga.

--- ¿Y para qué viene aquí un paje de Baltasar?

--- No tenemos ni la más remota idea señoría.

--- Que cosa más rara. ¿Quién ha solicitado el transporte?

--- Un tal Rubén. Según el guardia de puertas es un E.E.T.

--- ¿Y con qué autoridad un E.E.T. solicita un trineo?

--- Ha mencionado a su majestad Melchor.

--- ¡Hombre, eso ya es diferente! De todas maneras no veo la razón de mandarnos un paje, así que hay que saber que es lo que quiere.

La cosa estaba muy turbia desde luego, pues un paje es solamente un paje pelado y su lugar la cabalgata. En el polo Norte, decir paje apenas significa nada, como mucho si me apuran un compañero de reparto, pero no tiene más. Que por cierto amigos, de llegar hasta allí, sería el primer componente de un séquito real en pisar la morada invernal de Santa Claus. Y preciso lo de la morada invernal, porque al viejo Santa también le molan mazo los paisajes de arenas blancas y palmeras, y por descontado que al finalizar la temporada, sus buenas vacaciones no se las quites, que él y todo el personal a su cargo se desplazan dos meses a la parte del cielo caribeño. Bueno, no es que se llame así esa parte, que tontería más tonta, pero… para que ustedes lo entiendan, pues eso.

--- ¿Cuánto tardará ese trineo en llegar a su destino?

--- Una media hora aproximadamente.

--- O sea, que en treinta minutos empezará el regreso. ¿Es así?

--- Exacto señoría. Así es.

Para el que no lo sepa, la velocidad punta de un trineo de la clase tres, que ya de paso y para que sigan sabiendo cosas, es un modelo que no se utiliza desde hace muchos años, es de una carencia muy parecida a un satélite comercial y por supuesto, en desplazamiento de lentitud aconsejada. Nada que ver y eso es lógico, con la necesaria velocidad de ahora, pues en éste momento el reparto de juguetes y regalos se ha multiplicado por la demografía. Ya ves, pues con tanto niño y en las mismas fechas, ni parar pueden. Una vez creo recordar, escuché algo referente a eso de las velocidades, pero sin duda no puse mucha atención, pues la velocidad no es cosa de interés en la eternidad, pero más o menos decía uno de esos físicos matemáticos que siempre teorizan: (La velocidad máxima se conseguirá, cuando se llegue instantáneamente al punto más alejado posible sin haberse movido del sitio). Yo supongo, que se refería a un viaje de ida y vuelta, que de otra manera no se entiende. Una teoría como se ve muy en la línea con la sabiduría universal, pero natural que yo pensé: ¿Para qué correr entonces? En fin, sigamos.

--- Bueno chicos, según me estáis diciendo el reno de cabeza mira contra el gobierno. ¿Es correcto?

--- Así es señoría, le hemos operado el ojo cuatro veces y sigue igual.

--- Pues ya está, se programan en el ordenador central las cinco o seis posibles derivas y se mandan unos trineos para interceptarle.

Santa Claus tiene soluciones para todo, en eso estamos al cabo de la calle, pero claro, como los problemas tienden a complicarse pues en el Polo no iba a ser diferente. Las cosas cuanto más sencillas más detractores tendrán, estamos hablando por supuesto de la Tierra y como el Polo Norte está en la Tierra, pues eso.

--- Eso no es posible señoría, el ordenador central está computando diámetros del interior de chimeneas y no es aconsejable interrumpir ese programa, de lo contrario se borraría todo.

Lo que acabamos de decir: toma del frasco Carrasco si no tienes botijo. Pero vamos, Santa Claus ni molestarse por las contrariedades, que al que no le pincha un cactus le muerde una mariposa, natural que esto último es bastante raro, pero cuando las cosas se tuercen una tras otra, úntate de mantequilla la tostada con la punta de una jabalina, que como se comprende debe ser algo incómodo, pero así te vas acostumbrando a las dificultades.

--- ¿Pero quién a programado esa tontería? Porque eso es una tontada. ¿No es cierto que es un poco tonto?

--- Lo decidimos entre todos, es un ahorro de tiempo para su señoría, pues al llegar a cada chimenea sabrá con antelación cuánto mide el hueco y podrá comprimirse antes.

¿Se dan cuenta? Lo que adelantan las técnicas modernas, en vez de estar en las tradiciones que son la base y fundamento de la vida, pues todo lo contrario y es impepinable, que toda la culpa es de los jóvenes que siempre van a su aire y son unos inconformistas. Claro que en ese horno de juventud se cuece el ladrillo del futuro y por tanto nada que rascar, que el Divino Señor lo tiene muy clarito, pues una vez se hizo una prueba en un planeta para ver si era posible una civilización sin gente joven y fue un fracaso. Tranquilidad mucha desde luego, que no es cosa de misterio, pero oiga de verdad, de un muermo y aburrido el experimento… ¡un abuso! Sigamos.

--- Pero hombre, llevo metiéndome en las chimeneas desde que no me afeito y nunca jamás he necesitado algo parecido para el reparto. La próxima vez me consultáis. ¿Queda claro?

--- No queríamos molestarle señoría.

--- Mira que os tengo dicho que no me molesta que me molesten, a ver si os entra en el coco. ¿Qué otras soluciones tenemos para el problema?

--- Yo no sé de eso, lo mio es el control de calidad y los juguetes raros. Pero pienso que es el jefe de control quién debe sacarnos de éste lío. Al fin y al cabo él nos ha metido.

--- Cuidado, que yo solo estaba con el bocadillo como siempre a esa hora, así que no empecemos. Pero si os parece, podríamos llamar al cielo y que nos echen una mano.

--- ¡Sí hombre! Y que nos tomen por tontos de baba.

--- Desde luego que en la caja de los tontos a ti no te pillan, que vas todo el día con esa carpeta de protocolo bajo el brazo y ni un palo al agua.

--- Vale chicos, calma y paz, que los problemas siempre tienen soluciones.

Ya ven amigos, todo lo que sean cargos bien venidos, pero a la hora de pringar, el más botarate desahucia sus pulgas. Y es que no puede ser de otra forma, que la clara inteligencia es buena consorte para cualquier circunstancia, incluida por supuesto para dar excusas. Bueno, mientras en la sala de juntas buscan una solución, acerquémonos a la residencia de los Reyes.

El trineo llegó puntual a su destino y salvo el aterrizaje que fue algo chapuza y desde luego bastante, pues fue que los renos del entronque se deslizaron hacia un lado y el reno de cabeza hacia otro, total cabal, que se cargaron un par de setos de la entrada. Por lo demás bien, bueno bien, trabajo para el jardinero claro. Trapolín y Rubén miraban embobados el repliegue de alerones y derivas sin sospechar, que gracias a esos estabilizadores en los patines había llegado el carruaje y como es normal, a partir de ahora la suerte en contra. Oiga, que cosa ver un trineo volador, es absolutamente fascinante pues los renos tienen una percha de impresión. No me refiero a la cornamenta ojo, que eso también es apabullante, lo digo por el porte, que esos animales son gallardos y altaneros donde los haya. Esos bichos preciosos y elegantes te miran como si te perdonaran la vida y desde luego, que su mirada tiene algo de regia, menos el cabeza de tiro claro, pero el resto sí. Los camellos son algo diferentes, ya se sabe que de gallardos nada, que te miran con esas pestañas de cabaretera retirada y te pones a contener la vejiga.

--- Mira que bonitos, que cosa más preciosa. ¿Qué te parecen Trapolín?

--- Deben tener hambre. ¿Les damos alguna a cosa?

--- Vale Trapolín, pero yo no tengo idea de lo que comen.

--- Yo tampoco, pero supongo que será algo verde.

--- Pues acércate a la cocina y te traes lo que encuentres de ese color.

Nuestro amigo lo único que encontró fueron unos pimientos algo pasados y una lechuga, más dos sandía y un delantal sucio con una cinta verde. Y eso por pura casualidad, que cuando los pinches y cocineros empiezan a olerse las vacaciones, las conservas toman posiciones de ventaja en la despensa y además, que nadie que se considere un buen jefe de cocina, pues tiene en la nevera forraje para renos.

El caso es que los renos no quisieron comer nada de aquello y solo uno le dio cuatro lametones a Trapolín, pero eso no alimenta claro. Beber si que quisieron, que a la velocidad que vuelan te puedes deshidratar como una esponja mojada en el desierto. Los renos son muy mansos, pero es natural que lo sean, que de otra forma no sería posible gobernarlos, tala parece, que con sus hocicos humeantes por la respiración quisieran darte a entender la enorme fuerza que desarrollan en el vuelo. ¡Fantástico! Ni Trapolín ni Rubén se percataron en ningún momento del defecto visual del punta de tiro, claro que el bicho no dio muchas oportunidades, pues movía la cabeza hacia ambos lados continuamente para evitarlo. Los renos ya se sabe, son bastante tímidos.

--- Bueno Trapolín, te deseo mucha suerte y que puedas realizar tu sueño. Dale recuerdos a Santa Claus de mi parte, si es que le ves.

--- Yo también quiero que tengas suerte en tu próxima vida. Gracias por todo Rubén. Me gustaría que me acompañaras. Ha sido muy bonito el conocerte.

Una vez los abrazos se cruzaron y la despedida terminó, la situación pasó de sentimental a técnica. Rubén desconocía totalmente la forma de viajar en trineo y nuestro amigo no te digo, lo más cerca que había estado de uno es cuando le regalaron una postal. Esta claro que tontos no eran, pero la cosa no es de perderle el respeto que vete a saber tú, lo que puede despeinarte un cacharro de esos al despegar.

Por lo tanto amigos y tras encomendarse a San Cristóbal devotamente, el chico montó en el carruaje y por si acaso, Rubén ató bien atado con el cinturón de seguridad a Trapolín y un saludo final, y aquello se puso en marcha. Los primeros metros bien, fueron como un trote elevador silencioso de despegue muy soportable, pero en el mismo momento que el cabeza de tiro dio un barrunto, la cosa se puso como centrifugadora espacial. ¡Que bárbaro! Durante unos kilómetros, el bizco y sus compañeros faltos de coordenadas no se ponían de acuerdo en la ruta a seguir, algo bastante lógico por otro lado, pues si bien los renos conocen a la perfección la situación de las estrellas, la forma de verlas era cuestión diferente, tres vueltas en un radio de siete millas fueron necesarias para que el trineo pusiera rumbo de vuelo estable. Natural que Trapolín en vez de estar preocupado se lo estaba pasando pipa. Pues bien, ya teníamos un paje en dirección al Polo, pero otra cosa era, en que parte del Polo aterrizaría.

A unos cincuenta kilómetros de distancia, nuestro amigo se atrevió a soltar el cinturón de seguridad que le sujetaba (cosas de críos), desde luego que la estabilidad se lo permitía, pues hay que reconocer que a esa velocidad si no eres firme a proa en la penetración del aire que te aplasta contra el respaldo del asiento, pues estás listo que te rompes. Los renos tienen mucho cuidado con eso, que no tuercen el cuello ni por recomendación mientras vuelan, que de hacerlo, mal lo tienen sus vertebras.

Mientras tanto y Trapolín volaba rumbo al Polo, en el cuartel general de Santa Claus, las cosas no mejoraban respecto del problema. Es cierto que un ángel como el viejo Santa tiene muchos recursos, pues aparte de ser un ángel de categoría Dignataria es bastante anciano y eso naturalmente cabal, ventaja le da añadida, porque para todo lo que sete ocurra la experiencia sirve de mucho. Pero claro, eso de hacer un milagro para recuperar un trineo, de tal cosa ni hablar, que el Gran Jefe no quiere que se hagan milagros para chorradas, además, que todavía había tiempo para encontrar una solución.

Eso de los milagros y lo digo de paso, pues no me gusta mucho abundar en el tema, es un poquito delicado, porque verán, hay tres clases de milagros: Los concluyentes, los portentosos y los fenomenales. El primer tipo abarca cualquier nivel de dificultad, el segundo es un milagro terrenal y siempre, relacionado con apariciones y curaciones, y el tercero, es como si dijéramos una especie de suerte salida de madre. Existe un cuarto tipo, pero de momento me lo callo, pues considero que a ustedes ni les va ni les viene.

Hacer un milagro es algo muy serio, no puedes ir por ahí buscando a quién necesite de uno para quedar como un Dios haciéndolo, que como se entere el que te dije, vas de cráneo. Y ojo, que yo no sé como lo hace, pero es que se entera de todo al momento, así que mucho cuidadín. En la Tierra es verdad que se han hecho muchos milagros, pero casi siempre descontando a nuestro Salvador, los hace María, porque la virgen María puede hacer todos los milagros que se le antojen y ya está, que para eso es la madre de Jesucristo y ha tenido que aguantar mucha tela con el asunto de su virginidad, y no existe alma más pura y corazón más limpio, que el de la Princesa Celeste nuestra madre María.

Bueno, la cuestión anterior me ha puesto un pelín nervioso, porque si continuo con el tema me veré obligado a dar explicaciones de cosas totalmente prohibidas, así que lo dejaremos para dentro de siete siglos luz o más si es menester, que seguramente entonces ya se podrá.

--- ¡Atención cabina de control! Su señoría Santa Claus.

--- Tranquilos muchachos, que no vengo oficialmente. Vamos a ver la forma de solucionar esto. ¿Tenemos lectura en el radar?

--- ¡Señor… sí señor!

--- ¿Pero está ese trineo en pantalla?

--- ¡Señor… no señor!

--- Vamos chicos, relajaros, que ya he dicho que no vengo en visita oficial.

Puede que Santa Claus no estuviese en visita oficial, pero estaba en persona, así que ya puedes figurarte los nervios y las ganas de darle una buena impresión. Los asistentes de Santa Claus, que casi siempre se le llama Papá Noel, aunque algunos le llamen San Nicolás, pues digo, que los asistentes son gente escogida de entre voluntarios de las colonias celestiales, pero no se crean que es un destino tan complejo como el de paje real. Y no es por que tengan menos categoría, que en la práctica es equivalente, lo que ocurre es, que si eres ayudante de Santa Claus te puede tocar cualquier trabajo, que aunque seas jefe se algo o bien simple paqueteador, pues es igual te da, porque cobras lo mismo y te pueden cambiar la tarea de un día para otro. Pero ser paje es otra cuestión, pues la tarea consiste exclusivamente en supervisar belenes y repartir juguetes, es como si dijéramos una labor más especializada. Natural que de vez en cuando tienes que recoger alguna boñiga y como es lógico empaquetar y desempaquetar regalos, pero vamos, que parece que tienes más categoría y por supuesto que vas vestido más elegante, estilo Oriente eso sí, pero elegante vas, de eso no hay duda. De todas formas, como no se debe desmerecer a nadie y además que la parte anglosajona del planeta se nos pondría de uñas, hay que decir antes de acabar con esto, que Santa Claus tiene en su organización a gente muy cualificada, como por ejemplo: Herrero de renos, deshollinador de ante-reparto, técnico juguetero y el más importante de todos, Oficial Escondedor de Cuartel General. Éste último, tiene una importancia vital para que nadie en la Tierra pueda descubrirles, que con la cantidad de bases internacionales meteorológicas que existen en el Polo, pues ojo con eso, que a la que te descuides ya te han visto. Y no piensen ustedes en sofisticados sistemas de mimetismo, que con una especie de sabana grande y blanca vas que chutas, pero claro, no es lo mismo decirlo que hacerlo, que te pones a estirar ese lienzo tan enorme y lo que tapas por un lado se destapa por el otro. ¿Menudo trabajito verdad?

--- ¿Por dónde entrará el trineo?

--- Por el océano Atlántico señoría, no tiene otra. Géminis y Leo quedarán a su derecha y Virgo y Acuario a su izquierda.

Bueno señores, espero que no tomen en cuenta lo dicho en el párrafo anterior, pues son datos exclusivamente para despistar, que como ustedes ya comprenden, no es posible dar pistas a nadie por tonto que sea. Lo mismo podía haber escrito yo, Capricornio con Cáncer, o Aries con Sagitario, así que ni caso. ¿Vale?

--- ¿Con cuántos kilómetros de desviación puede llegar?

--- No es fácil de decir señoría, pero yo calculo unos quinientos.

--- Lástima, es un área demasiado grande para peinarla al rescate, se nos quedaría congelado el paje.

--- Desde luego. Si pudiéramos colocar balizas ultra-luminiscentes fantástico, pero delataríamos nuestra posición.

--- Claro, muy inteligente. Y si pudiéramos colocar altavoces, igual nos oían. ¿No te fastidia?

--- Calma, calma chicos, dejadme pensar.

Efectivamente, Santa Claus tenía entre manos una patata muy caliente y a pesar de ser un ángel, éstas cosas no son fáciles de superar y ojo, lo de molestar al Gran Jefe era un palo, así que tampoco era plan aconsejable. Y no es porque el Todopoderoso a pesar de la fama que le han colgado se moleste muy a menudo, que eso no es así, bueno no es así, cuidado: Debo precisar y preciso ahora, que siempre que se le plantee algo de sentido común, que las capulladas no sabes como le revientan. Además, que invariablemente está metido en asuntos muy complicados y de quebraderos de cabeza y trastornos anda bien servido. Por ejemplo: El otro día me contó Naviralar, un Arcángel técnico que trabaja en Globalística Cósmica, que Nuestro Señor tiene desmenuzando un ambicioso proyecto y que en éste mismo instante, está en la colosal tarea del diseño y puesta a punto del segundo universo infinito, que es muy parecido al primero, pero que incorpora doscientas galaxias más, así que vete tú a saber como será eso de grande. No se sabe aun si de nuevo creará otra Tierra, pero se rumorea que no, porque se hizo un referéndum para saber quién se apuntaría a un nuevo génesis y fueron a votar dos y además en blanco, seguramente despistados de esos, tontadas que se hacen. Pues ya ves, con semejante comida de coco, no está uno para que le tiren de la túnica a cada rato. En fin, que Santa Claus deberá solucionar el problema con sus propios medios, pues para eso ocupa el cargo que ocupa y santas pascuas, y a malas y peores, siempre puede darle un toque a San Gabriel y asunto zanjado.

--- ¿Es cierto que los renos perciben olores a grandes distancias jefe de cuadras?

--- Es muy cierto señoría, pero con el viento a favor.

--- Ya claro. ¿Y ahora jefe de control en que dirección y fuerza sopla el viento?

--- Sur suroeste señoría, fuerza de cincuenta nudos.

--- ¿Es esa por casualidad la dirección por donde entrará el trineo?

--- Efectivamente señoría, es correcto.

--- Pues si las balizas no son posibles y los altavoces tampoco, podríamos mandar olores. ¿Qué os parece?

--- Eso no servirá de mucho señoría, porque nuestro olor es igual que el de los científicos que por ahí pululan, los renos se despistarán lo mismo.

--- Quizá no, puede que el jefe de cuadras tenga alguna hembra en celo.

El jefe de cuadras no solamente tenía una hembra en celo, tenía tres. Así las cosas, el gabinete de crisis quedó disuelto con éxito, los mandos intermedios con cara de asombro, los subalternos con la boca abierta y Santa Claus, no te digo, satisfecho y ajustado en su papel como peonza en embudo.

La llegada del trineo era inminente, los preparativos se hicieron con rapidez y todo estaba a punto para dar la bienvenida a Trapolín. Lógicamente, cuando los renos olfatearan a las hembras, cualquier rumbo que estuviera equivocado sería corregido al instante, pues en estos asuntos tan particulares, la naturaleza no es nada tonta.

--- Cuando llegue ese paje quiero que tenga un recibimiento como mandan los cánones. Darle también una copa de vino y meterlo en una ducha tibia porque vendrá helado.

--- Se hará como usted dice señoría.

Bueno, pues ya estamos al final de éste capítulo y vayamos ahora por el siguiente que se titula:

En el Polo

Última edición por marquimar; 11-dic-2012 a las 15:42
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En el Polo
Menos mal que aquél día estaba nublado y borrascoso, que si no, todos los científicos listos y tontos en kilómetros a la redonda se frotarían las manos de contentos. Eso naturalmente, después de encajar un susto catatónico, porque desde luego que ver lo que hubieran visto, no es lo mismo que contemplar a una vaca volando, que eso al fin y al cabo no tiene chiste, solamente sería cosa de contradecir la física. Pero ver un trineo volando y tirado por renos en estas latitudes y en estas fechas, pues ya pueden imaginar lo que hubieran pensado. ¡¡Menudo descubrimiento!!

En total, que cuando los patines del carruaje tocaron la nieve, el meollo de la cuestión ya no te digo, pues fue lo que no pudo ser: frenar a tiempo. Gracias a Dios que el jefe de cuadras era un tío bregado en su oficio y como ya esperaba algo parecido, colocó al final de la pista una red de goma estilo portaviones, y eso, le salvo a Trapolín de cuartearse la crisma contra un muro de hielo. Pero ojo cuidado, no es que aterricen siempre así, lo que ocurre que en éste caso concreto y lamentablemente, en el tiro del trineo estaba enganchado solamente uno que, por cierto hoy, no percibía olores por estar constipado y claro, el sólo, no pudo contrarrestar las prisas que tenían en llegar el resto. Son cosas.

Trapolín ya estaba en el polo. ¡Que barbaridad! Que manera de pasar frío más horrible. Natural que sus ropajes orientales no eran lo más adecuado para el Ártico, pero es que además, el muchacho nunca había sobrepasado el meridiano setenta de latitud norte. Porque claro, en las dos ocasiones que visitó la Tierra en platillo volante, a pesar de recorrer multitud de latitudes y meridianos, jamás se le pasó por la cabeza la tontada de asomar la nariz por la parte superior de un arco de meridiano, que no sabía lo que era, pero que ni flores. Y no por nada, que nadie se mosquee, lo que ocurre, que las tundras, las taigas y los glaciares, no son lugares aconsejables para las túnicas y trajes verdes, solo por eso.

Pues bueno, recuperado el trineo y su osado pasajero sin percance destacable, las tres hembras en celo puestas de anzuelo, regresaron velozmente al calor de las cuadras y por supuesto, sin ser molestadas de momento. Pero a Trapolín como era de esperar, se lo llevaron en camilla a la enfermería. Lo de la camilla no tiene truco, me refiero, a que no le pasaba nada grave, solamente claro, que no era cuestión de doblarle mucho.

Una vez nuestro amigo empezó a tiritar normalmente, pues antes no podía por el helado acartonamiento, le dieron a beber una copa de vino peleón, que si bien es bueno para calentar, está demostrado con largueza, que no es nada bueno para la cabeza, aunque desde luego, te pone el cuerpo no veas. La ducha tibia llegó un poco después y algo más tarde que eso, una manta rayada y enrollada en plan comanche. Pero con todo y con eso, hicieron falta dos copas de vino más, bueno falta, quizá sobraron, pero en fin. A la media hora nuestro amigo estaba caliente, pero claro, sin costumbre de beber, un pelín demasiado.

--- ¿Cómo te llamas muchacho? ¿Para qué has venido?

--- Oye deja en paz al chico, esas preguntas las tiene que hacer el jefe.

--- Lo hacía para tranquilizarle.

--- Ya está tranquilo, no ves como tuerce la lengua. ¡Jolín! Me parece que nos hemos pasado con el vino.

--- Pues sí, se habían pasado, porque el cuerpo y la cabeza de Trapolín desconocían el efecto del brebaje. Nada por otro lado que no sea normal, que en el cielo no existen bares ni bodegas. Lo cierto es, ahora que lo digo, que no entiendo el porqué, pues uvas no faltan en la gloria. Cuando regrese al cielo tengo que preguntarlo, que no me gusta quedar como un sabelotodo ignorante, y además me lo apunto y ya les diré algo. ¿De acuerdo? Pues sigamos.

--- ¿Qué hacemos compañero? Este chaval no está para interrogatorios.

--- Pues lo sacamos otra vez a la nieve y verás como se despeja.

--- ¡Si hombre! Mira que eres bestia. ¿Y si se nos muere?

Desde luego no hay duda de que éstos ayudantes de Santa Claus, de juguetería lo que quieras, pero de enfermería, ni un colín. Además, que Trapolín tampoco estaba el chico tan desastre, solo que ladeaba la cabeza sin mucho tino y tenía los ojos algo entornados, pero nada más. A todos los mortales les pasa alguna vez lo mismo y no quiere esto decir que sea muy recomendable, pero caramba, tampoco tiene el cariz de criticable. Siempre que sean pocas veces claro, que si digo lo contrario ya me meto donde no debo estar y en ese sitio, cuánto menos estés mucho mejor. Sigamos.

El inspector General de Actividades, que es un mando intermedio muy necesario en la central, apareció en la enfermería a los cincuenta minutos más o menos y los encargados de reactivar a Trapolín, le pusieron al corriente de lo sucedido. No era necesario hacerlo, pues el inspector tenía ojos en la cara y como es natural, cualquiera podía darse cuenta de lo sucedido. Pero ya sabemos que es de ordenanza obligatoria dar la novedad, aunque en éste caso no fuera muy novedosa.

--- Esta bien, la próxima vez tener más cuidado. ¿Puede andar?

--- Por una raya recta en el suelo no. Eso es seguro.

--- Bueno, es igual, llevadlo a presencia del jefe dando un rodeo. ¡Pero ojo, ni se os ocurra soltarlo! No quiero tener ninguna bulla con los Reyes magos. ¿Estamos?

--- Vale, lo que usted diga. Venga tú, cógelo de ahí y sujétale la cabeza.

Cuando Trapolín llego a su destino ya estaba bastante lúcido y la señora Odela Krinkel apenas notó nada. Una vez sentado frente a Santa Claus, el chaval perdió los vapores que todavía le quedaban en el cuerpo, pues no en vano y a pesar del cariñoso recibimiento, la presencia de Papá Noel impone lo suyo. Pero debo decir, que últimamente y lo digo sin ningún resquemor, que la figura de Santa Claus está pasando por una crisis, y la culpa toda es de los establecimientos comerciales y sus irresponsables directivos, que para ahorrase un cochino dinero, alquilan al primer fantoche y ala, a tocar la campanilla en la puerta, (ojo, que he dicho tocar, no tocarse). Santa Claus recibió al chico cariñosamente y dijo:

--- Me han dicho que eres un paje de Baltasar, ¿es cierto? Porque si lo eres te pareces más a Michael Jackson que al negro Machín.

--- Yo ilustrísima… pues no sé que paje es ese, pero yo si soy... era paje.

Es lógica que en el cielo sabemos muchas cosas, pero no todas, quiero decir, que Trapolín no había pasado aun por la reactivadora mental, que una vez lo haces, ya no te salvas de seguir haciéndolo. Pero lo dicho, que al chico no le preguntes esto o aquello o lo demás allá, que el pobre muchacho no da para tanto. A mi por descontado y no lo digo por chulería vanidosa, que eso aquí arriba no se permite, pueden preguntarme lo que sea, que si lo sé y puedo se lo contesto y si no lo sé, pues nada. Sigamos.

--- No muchacho, ese no era un paje, pero olvida eso. ¿A qué has venido?

--- Quiero repartir juguetes con los Reyes, porque… me gusta repartir y ya no puedo. Si su ilustrísima me ayuda, pues yo… pues lo agradezco mucho.

--- ¿Tú crees que yo puedo ayudarte?

--- Claro, creo que sí. ¿Usted es un ángel verdad?

--- Hombre, ahora que lo dices pues sí. Pero vamos, no puedo hacer todo lo que me apetece. Pero en fin, haré lo que pueda. Ahora la señora Krinkel te acompañara para cambiarte de ropa y te enseñara tu habitación. Por cierto, necesito tu nombre completo para el informe.

--- Soy Trapolín Entarabuena Eldefonso, todo sin hache.

--- Mira por donde un E.E.T. al revés, buen comienzo muchacho.

Pues bien, nuestro amigo cumplió al pie de la letra las órdenes de Santa Claus, y Odela Krinkel tras tomarle medidas con una regla, le proporcionó un traje para el frío y después, lo dejó en manos de dos ayudantes. Lo del acomodo fue algo más peliagudo, pues en el Polo Norte las visitas son poco frecuentes y además, que las estancias vacías no son aconsejables, sobre todo por la necesaria economía de calefacción, que no crean que a Santa Claus le sale gratis. Total que los ayudantes le dieron un colchón de espuma de cuatro palmos, un cojín bordado, dos mantas a cuadros y un despertador y luego, lo metieron en el almacén de pilas para los juguetes, que eso sí, es el único lugar de allí, donde la humedad no existe. Y con un bocata de anchoas y una coca-cola de lata, le dejaron a la espera del día siguiente. Ya ves, se van a preocupar mucho de un paje, solo faltaba eso. Claro que si Santa Claus se llega a enterar de tal comportamiento, se les cae el pelo. Pero bueno, a Trapolín no le molestó, que como ya sabemos no es un chaval nada quisquilloso, lo único que le hubiera gustado más, hubiera sido dormir en el depósito de juguetes, pero en fin, quizá la próxima noche. Ciertamente que dormir en el Polo no es moco de pavo, que las paredes al contraerse hacen un ruido ni te lo puedes figurar. Pero bueno, el ambiente del interior estaba bastante caldeado y muy pronto se vio totalmente vencido por el cansancio del viaje y se durmió.

Trapolín despertó antes de que sonara el despertador y suerte tuvo, pues no fue capaz de pararlo de ninguna manera, por lo tanto, lo envolvió como pudo entre las mantas y dejó que se agotara la cuerda, porque era de cuerda el cacharro, imagínate si llega a ser de arena, menuda noche.

Cuando casi había terminado un castillo con una caja de pilas cuadradas y las tripas empezaban a manifestarse, apareció el inspector general. En un segundo, el hombre que para eso era inspector, se dio cuenta del poco tacto de sus subordinados con Trapolín y sin decir ni mu, salió malhumorado en busca de éstos. Es bastante posible que la bronca fuese de campeonato para ellos, pero de cualquiera, mejor hubiese sido darle a nuestro amigo el desayuno, pues las broncas a los demás, no llenan el estómago de uno. Pero el desayuno llegó y como es natural, en una bandeja que sostenían las finas manos de la señora Krinkel, que los hombres sean ángeles o no, mucho les queda por aprender de las mujeres.

--- ¿Cómo te encuentras Trapolín? ¿Has dormido bien?

--- Sí señora, muy bien, gracias. Y, y… usted.

--- Que amable eres, yo también he dormido bien gracias. Pero come, que aquí se necesitan muchas calorías.

--- Muchas gracias señora, tengo mucha hambre.

Odela le acarició la mejilla con ternura y le dio un pellizco cariñoso en la nariz y a continuación, salió como un basilisco en busca del inspector general. O sea, que el primero buscando como un loco a sus subordinados para pegarles la bronca y ella, a la captura y pelotera con el inspector. ¡Vaya tela! Por supuesto que antes de medio día un par de ayudantes estaban en las cuadras hasta el cuello de estiércol y el inspector no te digo, en el cuarto de baño con prisas. Porque eso sí, a una secretaria de dirección ni se te ocurra ponerla de morros finos, que te la lía de tal forma, que ni jubilándote te quedas tranquilo.

Llegó la hora de comer y el banquete fantástico era seguro. Eso por lo menos esperaba Trapolín, pero que ilusión más equivocada: Garbanzos con espinacas, patatas fritas con huevo duro y helado de pistacho. ¿Pero cómo se puede dar un postre así en el Polo? Los garbanzos tira que te va, calentitos y fáciles de digerir, las patatas y el huevo sin pena ni gloria, ¡pero el helado!, ya podía ser de pistacho o de berenjena, que estaba incomible. Y es que claro, los primeros días en el Polo siempre andas de castañeteo dental, pero más adelante te acostumbras y no pasa nada.

--- ¿No te comes el helado Trapolín?

--- No señora, es que los pistachos me dan ardor.

--- ¿Quieres uno de fresa y limón?

--- No señora, es igual, esos también me dan ardor.

--- Entiendo. ¿A lo mejor quieres unos churros con chocolate calentitos?

--- Bueno… si usted quiere… pues gracias.

Una mentirijilla no es cosa que deba computarse como falta y más teniendo en cuenta, que la tiritera es una reacción corporal inteligente, pero bastante fastidiosa. Y de paso, como Trapolín había aceptado el último ofrecimiento también, por no hacerle un feo a la señora Krinkel, pues no es cosa de medirla con vara de malicia.

El caso es que pronto estuvieron en la sobremesa y en el cuartel general de Santa Claus, ese es el momento del día en que se toman las decisiones más importantes, que pues mira, después de comer parece que estás más contento y las cosas todas, se contemplan desde otro punto de vista más agradable. Y razón puede ser que no le falte al gordito de Papá Noel, que salvo la hora de cenar, la mejor hora es la de comer y, si él lo dice, a ver quién le contradice.

--- ¿Me traes otro cafelito Odela?

A la señora Krinkel, que para que lo sepan es un preángel administrativo, no la pillas nunca desprevenida, pues ella ya está regresando de todo cuando los demás no han movido el culo para ir, (naturalmente no incluimos en esto a Santa Claus). El café por lo tanto ya humeaba en la taza antes de pedirlo. Las mujeres tanto en la Tierra como en la gloria, no es necesario que sean jefes de nada, que si quieren serlo mucho mejor claro, pero lo digo, porque todo lo organizable que hay que organizar, se diga lo que se diga, siempre está organizado por ellas. En el cielo hay más preángeles femeninos que masculinos, eso desde siempre, y cuando digo siempre, imagínense lo que eso significa, vamos, que no son cuatro años de nada. Claro está, que los hombres se pasan muchas temporadas en el Purgatorio y eso naturalmente, merma su número aquí arriba, pero no quita una cosa con otra, pues se debe reconocer, que la mujer tiene un talento especial para afianzar la confianza del Gran Jefe en la raza humana, que de otra forma, todos calvos. De todas formas y debo mencionarlo ahora porque es de justicia hacerlo y, que cada quién saque sus propias conclusiones, que es bastante difícil encontrar a una mujer en el Purgatorio, pues cuando sale una mala, ¡lo es tanto! Que ese destino intermedio y esperanzador no le toca. Y otra cosa, referente a la situación celestial de preángel, que luego no digan que les he confundido y los jefazos me líen la madeja: Me refiero solamente a cuando son preángeles, y esto no lo olviden, que un espíritu ya sea femenino o masculino, una vez elevado al substrato superior latente, ya prácticamente se le pierde la pista a su sexo y eso ya no importa. ¿Vale?

--- Bien, caballeros. Tenemos que solucionar el problema de Trapolín. ¿Alguna idea?

--- Si tuviéramos una geométrica como tienen ellos, solucionado.

--- No digas chorradas, ese trasto solo tiene dos direcciones, hacia arriba y hacia abajo, y los Reyes están en la segunda dimensión, a la izquierda.

--- ¿Tu eres muy listo verdad? Claro, como eres el supervisor técnico de la casa a presumir. Pues ya me gustaría a mí tener un trasto de esos.

--- ¿Y para qué lo quieres? Si hace solo dos días que te enteraste de que las tuercas tienen agujero.

--- Pues sí, porque no es lo mio señor técnico. ¿Sabes tú cuántos estornudos hace el muñeco constipado antes de agotarse las pilas? ¡Pues entonces!

--- Calma señores, calma. Tengo entendido que los Reyes permanecen en esa dimensión hasta el día quince. Así pues, el dieseis estarán de nuevo aquí para supervisar belenes. Lo malo es que no sabemos por donde empezarán, me refiero como es lógico a la cabalgata original, no a las copias.

Bueno, esas pequeñas discrepancias anteriores no son muy habituales en el Polo, no piensen lo contrario, lo que ocurre es que Santa Claus es un buen dignatario al que le gusta que los demás participen y opinen de todo. Que yo ni siquiera comprendo porque lo hace, pues al final el problema siempre le toca solucionarlo a él. Es cosa sabida no obstante, que si remueves la masa gris de tus subordinados de vez en cuando, pues lo que se dice perder el tiempo estúpidamente no lo pierdes, que quizá a más de uno si Dios lo quiere, se le encienda el carburo y aproveche.

--- Empezarán por América del sur.

--- ¡Caramba Odela! Nos has sorprendido a todos. ¿Cómo puedes saber eso?

--- Porque lo pone en el anuario de los Reyes, éste año empiezan ahí. Pero otra solución es la noche del veinticuatro, que estarán en Tierra Santa para la ofrenda.

¡Toma del frasco carrasco! Si es que Odela… Pues naturalmente era cierto, cada año los Reyes empiezan por un continente diferente, que en realidad todos los continentes se hacen a la vez debido a las copias, pero bueno, para dejar a Trapolín en la cabalgata se necesitaba la original.

--- Entonces es de suponer que entrarán en la Tierra por el Cabo de Hornos. Y si es así, el inspector general puede ir con el muchacho a esperarles.

--- Es posible que lo hagan señoría, pero en ésta época y con la hostil meteorología del sitio, no es lugar aconsejable para un trineo volando y esperando. Además, que al salir de la dimensión no serán visibles durante algún tiempo, sólo usted los vería.

¿Qué les parece? Esas son las ventajas que tiene ser un ángel, claro que en éste caso de ventajas nada de nada, más bien lo contrario. Santa Claus naturalmente no era perezoso, eso que quede bien clarito, pero es natural que a todos nos alcanza la pereza en asuntos inesperados y lejanos a no ser que sean unas vacaciones, que a eso todo quisqui se apunta. Pero ese no era el caso, lo que ocurre, que ya saben ustedes lo “cerca” que queda del Polo Norte del Cabo de Hornos… ¡En el quinto pino! Dios santo, que mal le estaba ya sentando el café. Y no es solamente por la lejanía, que eso se arregla con un tiro de doce renos y un trineo de gama alta, que los hay. Pero natural que Papá Noel reparte por Navidad y pegarse tres o cuatro días en la Patagonia buscando a los Reyes y después regresar corriendo al Polo para los últimos preparativos, es un palo. Lo de la meteorología le da igual, pues se mete con el trineo en la Burbuja Aislante anclada a la estratosfera y vengan si quieren venir: truenos, rayos, tifones y lluvia, que por mucho que llueva, la Virgen de la Cueva.

Trapolín a todo esto, había terminado con los churros y el chocolate, pero como la conversación era interesante y el calorcillo reinaba en su cuerpo, pues miraba a uno y a otro con curiosidad. Algo alelado eso sí, porque de geografía estaba bastante pegado, pero bueno, chupando la cuchara y escuchando, a cualquiera se le pasa el rato.

--- ¿No tiene nadie ninguna idea más?

Era un caso Santa Claus. ¿Cómo pueden tener ideas aquellos que siempre están esperando el Eureka de su jefe?

--- ¿Ninguna idea más caballeros? Digan lo que sea.

--- Bueno… quizá. Pero no sé si… Puede que de resultado.

--- Adelante con ella, estamos esperando.

--- Había pensado que podíamos darle unas clases de conducir a Trapolín y luego, dejarle un trineo cubierto con anclaje a Burbuja. De esa manera estará protegido y no se helará como la otra vez.

--- Muy buena idea, si señor. ¿Sabes dónde está la Patagonia Trapolín?

--- Pues… me parece… creo que está en la Tierra, pero… no estoy seguro.

--- Exacto muchacho, muy bien. ¿Alguna otra idea caballeros?

Nada amigos, que santa Claus ya se veía de chófer y sin bajar la bandera. Un buen regalo de Navidad para un repartidor de regalos, una paradoja del destino, un asco. Bueno, eso de asco lo digo yo, que ni se les ocurra que una palabra así pueda salir de la boca y entre las barbas plateadas de Papá Noel. ¡Ni harto de lo que sea, vamos!

--- El Rey Baltasar estará en Irak el día veintiocho, concretamente en las ruinas de Birs-Nimrud, lo hace todos los años. Baltasar nació en Babilonia y allí están las cenizas de sus antepasados, siempre antes de empezar la cabalgata visita ese lugar.

--- ¿Pero cómo puedes saber todas esas cosas Odela? ¡Eres increíble!

--- Porque hablo poco y leo mucho, por eso.

--- De acuerdo pues, decisión tomada, el veintiocho estaremos en Babilonia con el trineo cargado. ¿Vale chaval?

--- Vale, sí. ¿Es muy grande Babilonia?

--- Hombre pues mira, ya no es lo que era la verdad.

--- ¿Pero estará el Rey Baltasar, no es cierto?

--- Si Odela dice que estará, pues seguro que esta.

La señora Krinkel desde luego se había dejado llevar por el entusiasmo, cosa por otro lado bastante lógica y pertinente, pero aparte del énfasis puesto en sus conocimientos, quizá con un poco más de sutileza, el resultado de su aplastante y demoledora explicación hubiera sido más llevadero para los congregados. Es cosa sabida que todos varones soportamos mal las vanidades de otros, sobre todo si está presente el jefe y la que despunta es un dama. Pero bien, que sí lo miras por el lado bueno es un acicate para el hombre. De todas maneras Odela acertó en su pronóstico, aunque solo a medias, pues Baltasar es cierto que cada año visita esas ruinas, pero no nació allí, no muy lejos por supuesto, pero no allí. Nadie sabe por qué lo hace, quizá el soberano tenga vínculos familiares o de otra índole en ese lugar, pero lo cierto es que nadie sabe dónde nació Baltasar. Bueno nadie, alguien sí.

--- ¿Me pones otro cafelito Odela?

Odela le puso otro café a Santa Claus y ya de paso otro chocolate con churros a Trapolín, que naturalmente sonrió muy agradecido. Los chavales y las mujeres hacen buenas migas, pero claro, de momento las damas no pueden repartir juguetes en trineo o cabalgata, porque no terminarían en una noche. Eso es así, porque Dios así lo quiere, y al Todopoderoso no le taches de machista que te equivocas. Lo tiene prohibido, porque es imposible que una mujer deje los juguetes y salga corriendo, que todas se quedarían para ver las caritas de felicidad de los niños al encontrarlos y el reparto no terminaría nunca. A nuestro Padre Eterno en esas cosas no le pillas ni corriendo, que las tiene todas muy bien pensadas.

Aquella noche Trapolín durmió en una buena cama y soñó con Babilonia. Odela estuvo al quite de todo y muy pendiente de su protegido hasta que éste se durmió. La cosa como se comprende es de natural tendencia, que aunque parir no sea una bicoca, el tener hijos es una bendición.

Nuestro amigo pasó diez días en al Polo que ni pintados. ¡Lo que llegó a disfrutar! Todo el personal se afanaba en atenderla a todas horas, incluso los dos tontainas despistados del primer día le pidieron disculpas cuatro veces, una gozada. Fíjense ustedes: Le dejaron montar en un trineo experimental tuneado de última generación, le dieron un largo paseo por los hielos y pudo acariciar una morsa, le regalaron un gorro de Santa Claus con un pin de los Reyes Magos, le enseñaron a montar juguetes con los ojos tapados en un tiempo record, en fin, el acabose. El chaval no cabía en su cuerpo de pura satisfacción, porque además le dieron un traje polar de piel sintética, que me había olvidado de ese detalle, que las pieles de animales ni tocarlas, pero bueno, que era tan enorme su alegría que daba saltos como un loco. ¡Todo super fabuloso! Claro que, entre bambalinas estaba la mano de Odela Krinkel, que de otra forma mucho menos. Pero bien, que la importancia de la cosa no es parte de quién venga, sino que venga y se quede. Y desde luego, salvo que pasaron los días muy deprisa, el resto fue de escándalo.

--- ¿Tienes preparado el saco para mañana Trapolín?

--- Si señora. Santa Claus me lo dijo antes de marcharse.

--- Mañana te despertaré, su señoría llegará a las siete de la mañana para recogerte, vendrá de vacío y por tanto no te olvides del cinturón de seguridad, la velocidad del trineo sin carga ni te la imaginas.

--- Vale, me pondré el cinturón solo subir. Gracias.

--- No te olvides de ponerte el gorro y la bufanda. ¿De acuerdo?

--- Si señora, lo haré, no se preocupe.

--- ¿Te lo has pasado bien estos días?

--- Ha sido increíble, nunca me olvidaré del Polo. Gracias por todo señora Krinkel, usted es lo mejor de todo. ¿Puedo darle un beso?

--- Si lo haces me harás muy feliz. Hace tiempo que nadie me ha besado.

Odela y Trapolín se fundieron en un fuerte abrazo y tras unos cariñosos besos, las lágrimas del alma en estado puro, resbalaron unas tras otras por las mejillas de ambos.

El día de la partida amaneció cubierto y gris y en la rampa de embarques y despegues, el termómetro marcaba los cincuenta bajo cero. Pero a pesar de eso, a nuestro amigo no le faltaron manos agitadas en la despedida. Lo peor, los ojitos llorones de la señora Krinkel, lo mejor, el saco mágico que le regaló el viejo Santa.

El trineo de Papá Noel es una pasada de cañonazo, nada que ver por descontado con aquél antiguo de la clase tres que le trajo, pues a los siete segundos mal contados, habían alcanzado la velocidad máxima. Y nada de barreras del sonido ni paparruchas, aquello muchachos, era como un cohete disparado por un misil en vuelo estratosférico, una burrada. Lo diez renos con las patas recogidas y la cornamenta en punta aerodinámica, se zampaban las millas como Carpanta las rosquillas, y digo millas, porque los trineos de alta gama aeronáutica tienen cuenta-millas y no lo otro.

--- ¿Qué tal chaval, cómo lo llevas?

--- ¡Esto es supercalifragilisticoespialidoso!

Ya ves tú, monta a un crío en cualquier cosa que ande y se churretea de gusto; eso no tiene contestación y perdón por la expresión anterior, que es demasiado gráfica si ustedes quieren, pero contundente un mazazo. El viaje era un pasmo, desde luego que sí, no de esos tranquilos que vas muy acomodado contemplando el paisaje, eso no, pero meteórico y soplado a cuartearte la piel, un montón. Ya les gustaría a los hombres disponer de vehículos así, claro que enseguida los utilizarían para tirarse bombas, pues desde el principio de todo ya empezaron a tirarse piedras a la cabeza a mala idea.

Santa Claus tuvo el capricho de parar en San Petersburgo, (mentirijilla capricho), lo que quería era que Trapolín hiciera un reparto con él. La excusa, que se había olvidado de repartir unos regalos cuando pasó cuatro días antes.

Total que al sobrevolar Helsinki, Santa Claus le dio un poco al freno y gracias a eso, Trapolín pudo contemplar el golfo de Finlandia, que es como una postal de bonito. El trineo siguió su marcha medianamente lenta y al cabo de diez minutos más o menos, entraban el la milenaria ciudad de Pedro el Grande. Nuestro amigo seguía contemplando con curiosidad el paisaje y vio, la cantidad de puentes que se divisaban en la ciudad, que dicen que hay más de trecientos, aunque vete a contarlos. Al poco rato el trineo aterrizó en el tejado de una casa y claro, Trapolín se quedó atónito, pero Santa Claus le soltó:

--- ¿Te vienes a dejar unos regalos que se me olvidaron entregar?
--- Sí, sí. ¿Pero vestido así no puedo?

--- No claro, mete la mano en el saco y encontrarás otro regalo.

Trapolín lo hizo y cual sería su sorpresa, cuando en el saco apareció un traje de Papá Noel a su justa medida. Se puso rojo de emoción, casi tanto como lo era de encarnado el traje. En un minuto estuvo vestido, la barba no le quedaba bien ajustada, pero como ningún humano podía verles, pues daba lo mismo.

--- ¿Estás preparado ya?

--- Creo que si, pero el gorro se baja un poco, solo eso.

--- Pues venga, coge el sacó mágico y sígueme.

Manuda excursión, Santa Claus le cogió de la mano y sin decir más, en un vuelo corto le metió en una chimenea. ¡Jolín que susto! Nuestro muchacho no tuvo tiempo ni de gritar, pero amigos, se le vino la próstata al gañote y la cabeza se le fue a la pelvis. ¡Tremendo! Sintió de pronto un enorme calor en el cuerpo, pero no por el fuego del hogar, que la chimenea estaba apagada, sino por el roce que supone bajar por un tubo de siete pisos. ¡Que desmesura! Una vez en el salón de la casa, que menos mal estaba vacío de gente, Trapolín tuvo que recomponerse completo, pues el chico había quedado un desastre de hollín desde la borla hasta las botas. Lo contrario que Santa Claus, que el tío no se sabe como lo hizo pero ni una mancha.

--- Pero hombre Trapolín, no has conectado el repeledor de suciedad. Lo tienes en el cinturón, anda dale con el dedo.

Trapolín pulsó el centro de la hebilla con cierto temor y al instante la suciedad fue repelida a toda velocidad de su cuerpo y traje. ¡Fue algo increíble! El chico quedó como los chorros del oro y Santa Claus le dijo:

--- Vamos, ya puedes dejar los regalos debajo del árbol.

--- ¿Qué regalos? No tengo regalos.

--- Los llevas en el saco. ¿Quieres repartir o no?

--- Si que quiero, pero aquí dentro no hay nada.

--- No mires, solo mete la mano y saca lo que encuentres.

Trapolín no salía de su asombro, metió la mano y… al instante en que lo hizo, notó algo en la palma de su mano, era naturalmente un regalo, pero envuelto en su papel bonito y con su lazo correspondiente. Que maravilla. ¡Menudo saco mágico, otro portento! Metió la mano de nuevo una y otra vez hasta que ya no encontró nada.

--- ¿Ya no hay más?

--- Eso es porque en ésta casa ya no hay que dejar nada más.

--- ¿Pero como sabe todo eso en el saco?

--- Porque es tan mágico como las alforjas de tu camello. ¿Qué te creías?

--- ¿Y el saco de usted es más mágico?

--- Es más que eso, es milagroso. ¿Nos vamos?

De nuevo por la misma estrecha ruta de entrada salieron al tejado y solo salir, se subieron en el trineo. Por la calle, la gente muerta de frío apuraba el paso y a pesar de la envergadura del carruaje nadie pudo verles. Una vez alcanzada la velocidad de crucero en dirección a su destino, Trapolín preguntó:

--- ¿No nos ven los humanos?

--- No pueden vernos, solamente si es necesario, de otra forma, siempre estaríamos tropezando con fotógrafos.

El trineo volaba como una exhalación y atravesó el Mar Negro en un suspiro y algo más allá Turquía y luego, sin corrección de vuelo a Irak. Habían perdido media hora en San Petersburgo, pero eso no tenía ninguna importancia, pues no estaban seguros de que el Rey Baltasar se encontrase ya en Biers-Nimrud. Bagdad quedó a su izquierda y el Éufrates apareció en su esplendor, las ruinas a la vista.

--- ¡Allí, allí! ¡Allí están!

--- Exacto chaval. Un Rey, siete camellos y once pajes.

--- ¡Que ganas tenia de verles!

Rutumba fue el primero en ver el trineo en aproximación. Baltasar avisado, se puso la mano en la frente para evitar los rayos del sol y se dio cuenta enseguida, que Santa Claus le traía a su paje perdido. Alegría enorme en los pajes y completa satisfacción en su Rey. El resto no es necesario explicarlo, porque seguro que todos ustedes se lo imaginan: abrazos a diestro y siniestro, felicitaciones y un no va más. Santa Claus y Baltasar charlaron un rato de sus aventuras, pues hacía ya tres temporadas que no coincidían en ningún lugar. Mientras tanto Trapolín y sus compañeros hacían lo propio y ni que decir tiene, que nuestro amigo les contó de cabo a rabo su genial aventura y claro, les hizo una demostración del traje y del saco mágico, que aunque los pajes de los Reyes ya están hasta el gorro de prodigios, esto por lo menos nunca lo habían visto.

A las tres horas más o menos, Santa Claus se despidió de su amigo Baltasar y le dio un cariñoso recuerdo para Gaspar y Melchor. Cuando el viejo Santa estuvo montado en su trineo, el último abrazo fue para Trapolín, pues le había cogido afecto al muchacho. Nuestro amigo le prometió que cuando llegara al cielo, pediría un destino de reparto con Santa Claus, naturalmente si a los Reyes no contrariaba esa petición y es absurdo pensar, que pudiera contrariarles eso. Así quedó la cosa, quizá en otra época y en otra ocasión, el chico vería de nuevo a la señora Krinkel y todos sus amigos en el Polo.

El trineo despegó como de costumbre en un suspiro y a partir de ese instante, su majestad rezó un par de oraciones que le faltaban rezar y seguidamente, ordenó la partida en pos del resto de sus colegas.

--- ¡En marcha todos mis pajes al completo! ¡A Tierra Santa!


Trapolín había dejado de ser:
Un paje sin Rey


FIN


Y Ahora para los peques llega el momento, de contarles otro cuento.

Última edición por marquimar; 11-dic-2012 a las 15:40
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Fue un excelente payaso, uno de los mejores de su tiempo, nadie en el circo ganaba más dinero que él. Pero no era buena persona, pues aunque lo disimulaba, su malvado corazón odiaba a los niños.





Llegó la Navidad y se programó una sesión especial para los niños pobres; nadie del circo recibiría salario ese día, pues la entrada era gratuita. Todos aceptaron, pero el payaso despreciable se negó y como era la mayor atracción del circo, el director no tuvo otro remedio que pagarle.


Terminado el espectáculo, llamó a la puerta de su vivienda-caravana, una anciana que dijo ser la abuelita de todos los niños pobres, una mujer de paz en el rostro y dulce mirada, que le amonestó por su despreciable comportamiento. El payaso no quiso escucharla, la insultó y le cerró la puerta en las narices.



Al día siguiente, cuando el payaso se maquillaba para salir a la pista, su mano derecha, que tantas veces había pintado su cara, dejó de moverse, sus dedos no le obedecían, no podía pintarse el rostro y por lo tanto, sin la máscara de payaso, no pudo trabajar. Pasaron varios días, su vida era normal, pero cada vez que intentaba pintarse, de nuevo sus dedos se negaban a obedecerle. Pidió a sus compañeros que le maquillaran y aunque lo hacían bastante bien, al salir a la pista, la pintura siempre desaparecía y naturalmente, los componentes del circo tuvieron miedo y no quisieron ayudarle más.



Visitó a médicos especialistas, adivinos, brujos y brujas, pero nada le solucionaron, nadie supo decirle nunca la causa de su problema.


Una mañana, se encontró en un parque a la anciana abuelita de los niños pobres, que sentada, daba de comer a las palomas. No había pensado en ello, pero ahora comprendía, que fue ella la culpable de su desgracia, le pidió perdón y solicitó su ayuda. La mujer le dio una caja de pinturas y le hizo prometer, que en delante debería amar a lo niños, o en caso contrario, su desgracia sería peor. El payaso aceptó y regresó al circo. Aquella noche por fin, pudo maquillarse con las pinturas que le dio la anciana y de nuevo, triunfó en la pista.



Pasaron algunos meses y un día, el director del circo pidió dinero a todos, para la costosa operación del hijo del domador de leones, al que por desgracia, uno de ellos le había arrancado un brazo de un zarpazo. El payaso negó su ayuda y aunque todos se lo recriminaron, a él no le importó.


Esa misma noche, cuando el despreciable payaso salió a la pista, el maquillaje comenzó a cambiar su rostro una y otra vez, de tal forma, que en vez de la gracia habitual que producía, empezó a infundir un miedo terrible a los niños, pues el maquillaje reflejó fielmente en su rostro, toda la maldad de su alma. Los pequeños gritaban de miedo y huyeron junto a sus padres y entonces, el payaso fue detenido por la policía y un juez le condenó por daños psicológicos a los niños.


Poco más tarde, el dueño del circo le despidió.



Hoy en día, el payaso despreciable es la persona más pobre del mundo,



pues a su indigencia carnal, se añade su miseria espiritual.




Marquimar




Siguiente, una novela.

Última edición por marquimar; 11-dic-2012 a las 10:44
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DESDE EL SÓTANO AL DESVÁN
Días fatales, capítulo I

Hoy el teléfono no para de sonar, pero Alfred Daniels tercero no tiene ninguna intención de hacerle caso, así que sin manías lo desconecta. Para Alfred, aquél impertinente artilugio no estaba invitado a compartir su soledad en un día tan esplendido, pues hoy le apetecía mucha tranquilidad. Se había levantado con el ánimo alegre y saltarín que deja un bonito sueño y por eso, lo más importante en ese día, eran sus elevados pensamientos: espirituales, trascendentes, sublimes y... pero mira por dónde, esta vez no fue buena idea tenerlo desconectado.

De todas maneras, ya hacía veintiocho años que se equivocaba un día sí y otro también, pero en su caso particular, el insomnio y la rectificación estaban totalmente descartados, pues Alfred Daniels vivía, como un verdadero Pachá. Su abultada cuenta corriente no bajaba nunca de los siete ceros, de eso ya se encargaban siempre a tiempo sus padres, pues naturalmente, para su único y amadísimo hijo Alfy, todo les parecía poco. Pero cosa rara, lo cierto es que el protagonista de esta historia no era ningún derrochador, tampoco un consumidor compulsivo y mucho menos se podría decir de él, que era un ser extravagante; visto desde luego desde la perspectiva de su enorme fortuna. Sus caprichos se contaban muy escasos en comparación con sus posibilidades, pero esa gratificante circunstancia, también le tenía sin cuidado, ya que casi todo en la vida hasta el día de hoy le resbalaba. En fin, ya sabemos que la circunstancia de ser multimillonario, no conlleva la obligación de ser responsable y esa era la única peculiaridad de su carácter, donde podría decirse coloquialmente, que le goteaba el paraguas.

Vivía Alfred, en una solitaria casona, de esas que aparecen a menudo en las películas de terror, con muchos años batiendo el cobre, mucha cortina espesa y muchos desconchones. No era por supuesto una completa ruina, pero se había construido el siglo anterior y nunca desde entonces se había hecho reparación, reforma o mantenimiento de clase alguna. La holgada finca vallada exageradamente, da la vigorosa impresión de un pequeño fortín, tiene entre el muro y la casa un descuidado jardín con muchos pinos y algunos frutales y, una fuente seca y sucia que antaño, habría dado húmeda vida a un lindo y sinuoso estanque. La alzada casona, construida para la ufanía de sus antiguos moradores, dispone de un gran sótano, una planta con cinco habitaciones, más la ancha cocina, el gran salón, dos baños medianos y un oscuro trastero. Arriba y debajo de donde el viento sopla y mueve caprichoso la veleta, un amplio y polvoriento desván, disfruta empalagado de una buena orientación en el paisaje, para quién quiera que así lo desee, se pueda maravillar contemplando un siempre azulado Océano y la verde colida donde se asienta la casa, domina con holgura el resto de la pequeña urbanización.

Los pocos vecinos y a una cierta distancia, existían por supuesto, pero para nuestro Alfred como si no. La razón en absoluto es que les tuviera manía, ni tampoco esos prejuicios que se tienen muchas veces con la vecindad, es simplemente, que los vecinos ni tan siquiera se atreverían a molestarle, pues el aviso colgado de la puerta enrejada de jardín lo dejaba bien clarito: LAS VISITAS NO SON BIENVENIDAS.

Las dos únicas personas que tenían el acceso concedido y la llave oxidada de la verja, era Dany Pritt, el chico vivaracho del supermercado y Marlén Alvarez, la atrotinada limpiadora, nadie más. Bueno, naturalmente que la veterana asistenta disponía también de una llave de la casa, pero Alfred, en previsión de preservar su intimidad y su secreto, disponía de otra llave para la segunda cerradura, así que si algún día se ausentaba, aunque fuese por un par de horas, la asistenta se quedaba sin trabajo. Aunque claro, la buena mujer no protestaba, pues tenía pactado en esos casos percibir el mismo salario.

Alfred Daniels, era un hombre bastante introvertido, no muy simpático, pero tampoco lo contrario, era simplemente algo raro. Raro en el sentido de poco hablador, poco dado a las amistades y mucho menos a las relaciones sociales, algo en su caso poco lógico, teniendo en cuenta su esmerada formación y su aventajada posición. Sus padres a causa de ese peculiar carácter, tuvieron largas discusiones con él, pues era muy natural para ellos, que Alfred se hiciera cargo de liderar las empresas de la multinacional Daniels & Daniels en el mismo momento en que ellos se retirasen. Pero que como se dice vulgarmente lo tenían muy crudo, pues forzado por su autoritario padre si que se licenció en leyes y se graduó en empresariales, pero eso fue todo, hasta ahí le hicieron saltar, pero imposible ni un ápice más.

Alfred había comprado la casona, por su acusada afición a los misterios y como estaba casi seguro que la casa podía esconder en su interior un gran secreto, la compró. Así mismo adquirió seis casonas muy parecidas en el mismo condado, más o menos a una distancia entre la más alejada y la más próxima de seis millas y con la característica especial, de haber sido construidas en la misma década: de mil ochocientos veinte a mil ochocientos treinta. De momento, nuestro Daniels se dedicaba con mucha afición y una cuadrilla de diez obreros contratados, a desguazar y desmantelar la casa meticulosamente como había hecho con las anteriores, que las dejó a puro derribo, y la razón absurda de eso, es porque buscaba algo en todas ellas, que no tenía ni idea de lo que era. A tal fin destrozacasas, casi había conseguido aislarse de todo el mundo durante dos años y por ahora, la cosa andaba medio bien, sobre todo si se tiene en cuenta, que eso de comprar casas para desmantelar minuciosamente el interior y exterior, no es tarea muy comprensible para el prójimo. Nadie en toda la comarca podía adivinar la razón de ese extraño comportamiento y en la vecindad, ya se especulaba mucho con su cordura, pues al igual que la casa, él también tenía tintes misterio. En los dos años mencionados no cambió palabras con nadie que no fuera con sus obreros, con Dany y Marlén y por supuesto, con sus queridos padres; que por cierto, ya no escucharía ninguna palabra más de ellos, pues las llamadas insistentes que decidió no recibir, eran para comunicarle su trágica muerte.

Fueron las noticias nacionales de la fisgona televisión, las que le dieron la triste noticia del fallecimiento de sus padres y es la verdad, que no hay forma más dura de recibir esa noticia. Sus progenitores por desgracia, se habían estrellado al tomar tierra a bordo del Daniels 2, su flamante reactor privado. Naturalmente que Alfred lo encajó fatal, pues pasaban de ya dos meses largos de dos años también largos, que no les había visto ni el pelo ni el peine y en ese tiempo, sólo habló con ellos en cuatro ocasiones, una vez en cada Navidad pasada y dos en su cumpleaños: eran unos padres socialmente muy atareados. Ahora para Alfred, la cosa se tornaba bastante peliaguda, porque después del horroroso trago que cualquier ser humano tiene que pasar en ese trance, le quedaría la asistencia al sepelio y luego, comprobar lo que significaría la ausencia de su avezado padre para las empresas del Holding. Alfred llamó a su casa cuando el ánimo y las lágrimas se lo permitieron.

-- El mayordomo grave como siempre contestó: --Residencia Daniels, ¿dígame?

-- Hola Theodor, soy Alfred. ¿Como están las cosas viejo amigo?

-- Theodor limpiando las lágrimas: ¡Señorito Alfred! Yo es que no tengo palabras… ¡Dios santo! Los señores…

-- Calma Theodor, ya estoy enterado. ¿Hay alguien de la familia por ahí?

Theodor enjugando las lágrimas: No, no hay nadie, la reunión es en la residencia del señor Lionel. Es todo cuanto sé.

-- Bien, escúchame: tardaré en llegar algunas horas, no quiero decisiones sin mi consentimiento y menos de mi tío, llámale y díselo.

-- Señorito Alfred: Usted sabe que mi posición no me permite trasladar ese comentario al señor Lionel. Me ha dado órdenes precisas de que todas las personalidades que se presenten deben ir a su residencia.

-- ¡Theodor por Dios! Desata ya tu coraje hombre, ahora el señor soy yo, y por lo tanto mando yo, además, soy el único que puede salvarte de la quema, ya sabes que mi tío no te traga.

-- Theodor contesta algo asustado como es su carácter: Señor Alfred, usted no permitirá que el señor Lionel me jubile. ¿No es cierto señor?

-- Alfred sonríe con ternura y dice: ¿Por quién me tomas viejo chocho? Recuerdo muy bien que me contabas cuentos en ausencia de mis padres para dormirme. ¿O es que lo has olvidado?

-- Theodor regresando a las lágrimas: Si, sí señor que me acuerdo pero…

-- Está bien, está bien. No te preocupes, dame el número de esa residencia.

Su fiel Theodor nervioso pusilánime como siempre, le dio el número de su tío Lionel y al colgar el auricular respiró aliviado. Su señorito Alfred fue desde la pubertad una incógnita para todos, pues su temperamento desde que cumplió los doce años se caracterizó por lo difícil y por supuesto, que nadie en absoluto podía conectar con él. Pero al parecer, aun recordaba y reconocía los afables cuidados de su viejo mayordomo, ¡gracias al Señor! Theodor muy aliviado de momento, se fue a la cocina a llorar junto al resto del servicio, hoy para cenar habría sopa de lágrimas, guisado de dolor y postre de desesperación.

Lionel se puso al teléfono. El nunca respondía, para eso estaba el servicio, pero naturalmente hoy la servidumbre estaba muy atareada atendiendo a las personalidades que estaban llegando.

-- Soy Lionel Daniels, dígame.

-- Soy Alfred, escucha bien: no quiero que organices el entierro sin mi presencia. ¿Has comprendido?

¡Por Dios Alfred! ¿Dónde te habías metido? Llevamos horas intentando localizarte. ¿Cuándo te has enterado?

Alfred sin atender: Te he dicho que me escuches, ¿me escuchas ya? No quiero que organices nada a mis espaldas, estaré con vosotros en unas seis horas. ¿Estamos de acuerdo?

Lionel pacientemente, pero categórico al mismo tiempo contesta: Oye muchacho, aquí estamos esperando la llegada de dos Senadores y cuatro Congresistas, así que no me digas lo que tengo que hacer. Haré lo más oportuno en todo momento, te parezca bien o no.

Alfred y su tío Lionel, nunca hicieron el más mínimo esfuerzo en entenderse, siempre que cambiaban más de tres palabras seguidas se hacían fu como los gatos. Claro que en verdad, entenderse con el arrogante de su tío no era tarea fácil.

Ahora las castañas se le ponían muy negras y calientes a nuestro Alfred, pues si quería dirigir las empresas de su padre, su vida necesitaría de un cambio radical total y eso, no estaba seguro de que le entusiasmase. Durante una corta y pesada temporada, estuvo acompañando sin ninguna ilusión a su progenitor en reuniones y consejos, eso fue poco después de graduarse y lo cierto es, que no le gusto aquél ambiente ni envuelto en cintas de colores, ese no era desde luego el entorno más apropiado para su carácter.

Nuestro amigo tenía la cabeza llena de enaltecidos ideales y las finanzas y los escrúpulos, son como la música y el ruido, no mezclan bien. Lo que más le decepcionó de aquellos círculos sociales tan aventajados, fue el poquísimo respeto que le concedían a la lealtad, y esos comportamientos, natural que no le gustaron en absoluto. Bueno, sea como fuere, muy pronto estaría disfrazado de opulento y tendría la oportunidad de ver las tensiones orbitales de los trepadores y pelotas, ya que su poderoso padre, controlaba la mitad más uno de todas las empresas Daniels & Daniels y eso cosa lógica, quisiera o no le convertía a él, en el hueso con el tuétano más delicioso para sorber.

En unas horas estaría junto a los restos mortales de sus padres y tenía el ánimo, como cualquier hijo de vecino: por el puñetero suelo. Mientras el helicóptero devora millas al tope de su velocidad, el cerebro de Alfred le proporciona imágenes felices de su favorable infancia. Le hubiera gustado tener un hermanito, eso sí, eso fue quizá lo único que le faltó. Pero su madre ya tuvo bastante con un parto demasiado difícil y a tal se añadió, la vida social tan ajetreada que le tocó vivir. Su padre por su lado, estuvo a punto de adoptar a un niño y Alfy que tenía a la sazón nueve años, se pasó una temporada ilusionado con esa idea, pero todo acabó, con tres cachorros de pastor alemán y un loro.

Alfred, aparte de haber notado muchas veces la ausencia de sus padres, había sido bastante feliz, o por lo menos a él se lo parecía. Sus mejores años fueron de los tres a los once, pero a partir de ese momento, la cosa fue de medio naranja a medio limón. Tuvo una novia a los doce, que le dejó por el hijo de un tendero, un amigo a los catorce, que le robó la hucha y buena parte de sus discos. En natación nunca pasó del ridículo estilo perro y en atletismo: se rompió un brazo en relevos, luego una ceja en barra fija, y algo más tarde en pértiga, tuvo un esguince de no te menees. Ya en la universidad, descartó las novias, los amigos y deportes y comenzó a leer. Después de la graduación la cosa resultó más sencilla, aparte por supuesto, del tiempo que dedicó a conocer estirados y pomposos en las empresas de su padre. Enseguida que Alfred se pudo despistar, se despistó durante cuatro años y en ese tiempo viajó por todo el planeta, conociendo a mucha gente interesante y así, poco a poco, se fue haciendo un hombre, no de la clase que deseaba su padre, pero sí de una buena clase.

El helicóptero por fin, le dejó en la azotea del edificio emblema y sede principal de las empresas Daniels & Daniels, y con el jefe de seguridad, dos escoltas y el vicepresidente del consejo: James Waridell Foster, bajaron a la calle. De allí hasta la residencia de su tío, apenas cuarenta minutos y aparte de las condolencias y frases relativas al trágico suceso, nada más.

La residencia de su tío Lionel, era muy alta, muy ancha y muy larga, pues a su tío le gustaban las cosas así. Naturalmente que podía permitírselo, pero es que en el caso de haber sido un mendigo, el carrito de los trastos hubiera sido el más grande de todos. Su tía Doritel, tenía mucha culpa en los delirios ostentosos de su marido, pues era de esa clase de mujeres nacidas solamente para destacar y desde luego, que no se privaba de hacerlo. Lo único y mejor de aquella odia casa, era su prima Susan, una chica inteligente, muy guapa y adicta al trabajo. Susan, por lo que le habían contado, pues Alfred no la veía desde vete a saber los años, era lo más parecido a un ordenador, poseía una extraordinaria habilidad para los negocios y respaldando esa aptitud, una preparación académica envidiable. Su padre en eso no perdió el tiempo y la puso en marcha a empujones a los diez años y hoy contando veintisiete, era ya una consumada ejecutiva. ¡No tenía tiempo para nada! Bueno… para nada que no fuera trabajar, ¡un colmo! A su primo Jeff, ni siquiera mencionarlo, era el desastre familiar: bebía, fumaba, esnifaba, se pinchaba, no daba golpe, etc.etc.

Por fin lo vehículos llegaron a la residencia, su tío estaba advertido por el teléfono del coche de los escoltas, así que al instante salió a recibirle.

-- Lionel estrechando la mano de Alfred y diciendo con gravedad: ¿Qué tal muchacho? ¿Cómo te encuentras, has tenido buen viaje?

-- Si gracias, ¿Se sabe como a ocurrido?

Alfred tuvo que estrechar muchas manos y escuchar muchas frases hechas, pero era muy lógico, pues su padre fue un hombre muy importante y sus influencias político-sociales enormes. Su tía Doritel le descubrió entre la multitud y se acercó para besarle llorando. Para nuestro amigo, su tía era una bruja sin escoba, pero hoy, posiblemente no fingía.

--Doritel entre sollozos: Alfy, querido, que gran desgracia. ¡Dios santo! Ha sido horrible, estamos esperando los féretros de un momento a otro.

Alfred la besó sin decir palabra, no estaba su ánimo para hablar y aprovechando que su tío y ella se alejaron para cumplimentar a otro asistente al acto, se escabulló y se metió en la cocina. Todo el servicio de la casa y los de una empresa contratada, estaban ajetreados con el ponche y los canapés. Nadie le conocía allí, así que el jefe de cocina le increpó: Oiga amigo, usted no puede estar aquí, salga inmediatamente. Alfred no comprendía como un cocinero se permitía esa actitud, pero no hay duda de que le gustó su decidida postura, pues a nuestro amigo le gustaban las personas sin complejos.

No sabiendo ya dónde esconderse de tanto relamido, mientras atolondrado, amontonaba sobre la triste espera su maltrecho ánimo, ascendió por las escaleras del enorme salón y se coló sin pensarlo en la primera habitación que encontró. Alfred apenas conocía aquella casa, solamente estuvo una vez de muy joven y todo parecía reformado, aunque cualquier sitio era bueno para esconder su dolor. Pero… ¡que poco oportuno por Dios! Su linda prima Susan, tuvo que taparse medio cuerpo desnudo con la falda.

-- Susan sobresaltada: ¡Eeeh, alto! Pero quién… ¡¡Alfred!! ¿Qué demonios?

-- Alfred desolado: ¡Ohhh perdón! Lo siento mucho Susan, créeme no sabía que… lo siento, lo siento, pensaba que no habría nadie.

Susan fue sorprendida en un intermedio algo indecoroso. Hacía ya unos cuatro años que Alfred no la veía y la joven estaba cambiadísima. Susan le miró con furia lógica y aprovechó la turbación de su primo para taparse algo mejor, luego dijo enfadada: ¿Date la vuelta quieres? ¿Es así como entras en las habitaciones ajenas? Desde luego Alfred que no has cambiado un pelo, tu siempre tan oportuno y a tu aire. ¿Cierto?

Alfred recuperando la tranquilidad: Vamos chica, ha sido sin querer, no sabía que era tu habitación. Ya te he dicho que lo siento mucho.

--¿A sí? ¿Y que lugar estabas buscando? Porque deberías estar abajo atendiendo a la gente. ¿O eso no se te ha ocurrido? ¡Mis padres llevan toda la mañana medio locos!

Mientras transcurre la corta charla, Susan termina de colocarse las prendas enlutadas y se dispone a darse una pequeña sombra en los ojos, así que sentada en su precioso tocador y en vista de que su primo no contesta, insiste más calmada: ¿Se puede saber dónde has estado metido estos años Alfred?

-- Alfred sin muchas ganas: Por ahí.

-- ¿Sabes primo?... Siento mucho que nos veamos en éstas circunstancias, desde ayer que lo estoy pasando fatal. ¿Cuándo te has enterado?

-- Hace siete horas.

Susan le observaba atenta por el espejo del tocador y vio como su primo derrama unas lágrimas en silencio. Su primo Alfred, nunca le había gustado, debido sobre todo a su esquivo carácter y también, por su insólita manera de tratar a los inferiores, era demasiado blando y condescendiente y además, no congeniaba con su padre y eso, ella no lo podía tolerar. Pero a los ojos de cualquier mujer, no podía negarlo, resultaba un hombre sumamente atractivo. Alfred ajeno a los pensamientos de Susan, estaba arrugado como un trapo en una butaca y de nuevo pensaba en sus padres. Cuando su prima terminó de acicalarse se sentó a su lado y le dio un par de cariñosos besos. Los jóvenes estuvieron cogidos de la mano en silencio unos minutos y después, regresaron al salón. Nuestro aturdido amigo, hizo lo imposible por pasar inadvertido y Susan muy lúcida todo lo contrario. Pero por fin, tras la llegada de los féretros y las últimas reuniones y palabras entre los asistentes, aquél día aciago terminó. Ahora solo quedaba el abrumador y engorroso sepelio y después… la incógnita.

El triste y oscuro día del entierro fue lento y doloroso, pero como todo en la vida también pasó. Alfred por supuesto, que no pudo organizar nada de nada, el protocolo, la enorme seguridad, la comitiva, la ceremonia, el panegírico y un sinfín de detalles, requerían experiencia dilatada en eso, la enorme importancia de los algunos asistentes, hacían imposible un sepelio íntimo. Por la tarde, una vez finalizado aquél vanidoso desfile enlutado y riguroso, nuestro amigo se reunió muy desganado con sus tíos y prima, pues querían cambiar algunas impresiones con él respecto del inminente futuro, ya que el luto oficial en las empresas Daniels muy pronto habría concluido y naturalmente, todo debería regresar a la normalidad.

-- Lionel encendiendo su cachimba en la biblioteca de la casa: Bueno sobrino. ¿Qué planes tienes?

-- Alfred cabizbajo: No lo sé.
Apenas conozco como va todo esto.

-- Pues vas a tener que darte prisa muchacho, porque las decisiones más importantes no pueden esperar.

-- Alfred despacio: Seguramente el señor Waridell me pondrá al corriente de todo, espero estar a la altura de mi padre.

-- ¿Y eso porqué? ¿No tienes confianza en Susan? Susan te ayudará en todo cuanto precises.

-- Si claro, ya lo supongo, pero lo más indicado es que lo haga el vicepresidente.

Susan decidida: Yo soy la vicepresidenta Alfred.

Nuestro amigo se quedó de una pieza, por supuesto que no conocía ese detalle y era muy lógico desconocerlo después de cuatro años sin aparecer por la empresa. Pero le extrañó sobremanera la noticia y que su padre nunca se lo hubiera mencionado, pues no existe decisión corporativa tan importante como esa.

--Alfred pestañeando incrédulo: ¿Tú la vicepresidenta? ¿Desde cuándo?

--Susan muy segura de si misma: Desde que lo decidió tu padre hace un año.

-- Pero entonces… Waridell Foster…

--Es solamente consejero y por el momento ocupa el cargo de Director General en funciones.

Alfred no podía meterse en la cabeza aquel cambio ni con calzador. ¿Cómo era posible aquello? Waridell era persona de toda confianza, con total experiencia de una vida y hombre absolutamente leal. Imposible entenderlo.

--Lionel dijo: Mira Alfred, no quiero influir en tus decisiones, pero creo que deberías pensarlo durante unas semanas y mientras tanto, Susan puede hacerse cargo de la presidencia del consejo. ¿Qué opinas?

Alfred que todo lo que viniese de su tío lo detestaba soltó: De eso nada! Desde luego que no. He decidido consultar con el pleno del consejo todos los asuntos relativos a las empresas, así que el lunes convocaré una reunión extraordinaria.

--Susan encendiendo un cigarrillo: Ya está convocada Alfred, pero es para el martes, el lunes el Director Financiero y yo estaremos Dallas, es un asunto que no admite demora.

--Alfred intrigado: ¿Qué pasa en Dallas?

--Vendemos la planta A.C.T. Necesitamos reunir trescientos millones para comprar Carbel Toys. Naturalmente, sin apalancamiento de recursos exteriores.

A nuestro amigo todo le venía de nuevas lógicamente, pero es que en veinticinco años quitando los cuatro últimos, no recordaba tantos y tan importantes cambios. Su padre nunca había sido de dar golpes de timón tan acusados y su abuelo, ojo con el abuelo, que llevó toda la vida el mismo color de calcetines. Alfred después de la declaración de su prima, no pudo evitar una cara de sorpresa de las que ganan concursos y contestó enseguida: Vaya hombre. ¿Y para qué necesitamos nosotros una fábrica de juguetes?

--Susan soltando humo del cigarrillo pausadamente: Para venderla.

Esta vez Alfred de muy sorprendido dio un salto a muy inquieto: ¡Alto, alto!, un momento. ¿Qué está pasando aquí? Mi padre y mi abuelo nunca compraban empresas para venderlas.

Lionel sonriendo irónicamente: Vamos Alfy, has faltado mucho tiempo, las cosas cambian. Mi hermano estaba de acuerdo en esa operación. Es muy importante para la compañía.

Alfred áspero: No me llames Alfy. ¿De acuerdo?

--Esta bien como quieras. Pero te digo, que tu padre dio el visto bueno a ese asunto. Eso es todo.

--Es posible que así fuera, pero yo no soy mi padre ni tu hermano, y se te digo la verdad, me cuesta bastante ser tu sobrino.

Doritel indignada: ¡Alfred! No hables así a tu tío. ¿Qué diría tu madre por Dios? Si piensas quedarte para dirigir las empresas, Susan te ayudará muy bien. Así que deberías ser más cortés. ¿No te parece?

Natural que en cierto modo, su tía tenía mucha razón, pero otra cosa es que Alfred estuviera dispuesto a reconocerlo.

Susan con autoridad: Bueno, ya está bien de discutir, esto no conduce a nada positivo. Alfred… ¿puedes por favor esperar hasta el martes? Ya sabes que me necesitas en el consejo.

Nuestro amigo se lo pensó un instante y con calma dijo: Bien, de acuerdo, pero el martes no comprometas tu agenda con nadie, vamos a pasar todo el santo día en el consejo. Quiero saber que es eso de Carbel Toys.

--Vale, como tú quieras, yo no tengo inconveniente, son muchas cosas las que debo comentarte, ahora si te apetece te llevaré a casa. ¿Vale?

Susan acompañó a su primo hasta la casa de sus padres y en el trayecto, apenas hablaron de negocios o de otra cosa. Una vez Theodor el mayordomo fiel le abriera la puerta a su señor, Susan sin salir del coche dio marcha atrás y se fue.

Alfred cabizbajo: Hola viejo amigo, ¿cómo va todo?

--Dentro de las tristes circunstancias bien señor, solamente que Lauren se indispuso por el disgusto y tuvimos que llamar al médico.
Alfred con un hondo suspiro: ¿Quién es Lauren?

--La cocinera señor, la nueva cocinera.

Alfred ya muy derrengado: Vaya hombre, y… ¿qué ha pasado con Amelín?

--Murió el año pasado, una neumonía nos la quitó.

Alfred de nuevo consternado: ¡Dios santo, que vida más puerca!

Amelín era querida y recordada por Alfred, siempre tuvo para él una fuente llena de pastas horneadas o un dulce para enjugar cualquier lágrima. Una tragedia su muerte.

--Disculpe señor. ¿Desea que le sirva ya la cena?

--Gracias Theodor, hoy no, tengo que acostarme o me caeré dormido aquí mismo.

Theodor con mucha cautela pregunta: ¿Era la señorita Susan quién le ha traído señor?

Alfred sorprendido contestó: Si, era ella, ¿por qué lo preguntas?

--No, no, por nada señor, solo que… bueno… nada, por nada señor.

Nuestro amigo supo al instante, que su viejo mayordomo tenía algo dentro que pugnaba por salir fuera, pues no era frecuente en él una pregunta tan directa y personal. Así que Alfred intentó sonsacarle el motivo de su interés, pero solamente consiguió escuchar tontos disimulos y excusas absurdas, así que Alfred dejó la cuestión para otro día más lúcido.

Al llegar a su habitación, la tristeza recuperó de nuevo posiciones, agredida de golpe por tantos recuerdos a la vista, pero gracias a Dios y a su quebrado organismo, muy pronto quedó enfundado en el pijama y dormido como un leño. Esta noche no soñó con descubrir el misterio de sus anhelos, pues en la última casa adquirida seguía la incógnita, ojalá esta vez fueran recompensados sus esfuerzos.

Aquél lunes como casi todos los lunes, apareció desagradable y puntual. Alfred con el Rolls Royce y el chófer de su padre, tardó una hora justa en plantarse en la central, el vehículo le dejó en la acera frente a la puerta giratoria del colosal edificio y nuestro amigo entró resuelto en el vestíbulo y allí, el guarda de recepción encargado de los pases fue muy eficaz.

--Disculpe un momento señor. ¿A dónde cree que va? ¿Me deja ver el pase?

Alfred respetando siempre el trabajo ajeno, pero con cierta prisa hoy, miró al empleado con simpatía y contestó: Creo que no será necesario, soy Alfred Daniels tercero.

El guardia cosa lógica, no entendió a primeras de cambio la frase de Alfred y compartiendo la sonrisa con sus tres compañeros del mostrador de admisiones, dijo socarrón: No me diga, bien amigo, enséñeme su identificación, ya sabe usted como son los lunes, el buen humor ni se nos acerca.

Alfred no tuvo más remedio que enseñarles su identificación y naturalmente, solicitó la presencia del jefe de seguridad, pero hasta que éste último no llegó, no hubo manera, pues en el documento no constaba expresamente que fuera Daniels tercero y Daniels pelados, había un montón en la plantilla.

En el piso dieciséis cosa rara, no pudo encontrar a Waridell Foster, lo habían trasladado al siete. ¿Qué puñetas estaba pasando allí?

Cuando llegó al piso siete en compañía del jefe de seguridad que así le evitaba las lógicas interpelaciones de los guardias de planta. Alfred preguntó a la secretaria de Waridell por su paradero, al parecer había acompañado a Susan a Dallas. ¡Aun más raro!, Susan no mencionó a Waridell, solamente a el Director Financiero. Alfred se estaba escamando.

Aquel edificio de oficinas era como una colmena, pero él se sentía muy solo. No encontró en su lugar habitual a Sharon, la agradable y eficaz secretaria de su padre, ni a Betty, la simpática telefonista, ni tan siquiera a Górdon Prays, el jefe de planta. No encontraba ninguna cara conocida, imposible que se hubieran jubilado y tampoco sería admisible pensar en un despido, eran de fidelidad y honradez absolutamente probada.

Al parecer, su padre ya no trabajaba mucho últimamente, a juzgar, por la total ausencia de papeles en su mesa. Como Alfred ya no sabía que más hacer en el descomunal despacho de su progenitor situado en el piso veintidós, salvo bostezar como una ostra en una corriente, pensó en informarse de lo que había ocurrido y requirió de nuevo la presencia del jefe de seguridad para invitarle a comer.

Una vez instalados ambos en la cafetería de los peces gordos, sita en el mismo edificio, Alfred escogió una mesa alejada de la barra del bar, para disfrutar de intimidad con su empleado de calidad. Alfred como ya hemos mencionado, intentaba ponerse al corriente de los cambios habidos en su ausencia. Pero la cosa fue muy complicada, pues el jefe de seguridad resultó ser un bocacerrada, de socorro que me aburro.

Alfred con precaución: Bien señor Wisental, he preferido un ambiente distendido para hablar con usted, pienso que podría darme algunos detalles que me interesan saber, pues estoy en la obligada situación de ser el próximo presidente del consejo.

--¿Qué desea saber señor Daniels?

--Pues no sé. Cosas que hubieran ocurrido en mi ausencia y ya de paso, las que a usted le parezcan improcedentes. El cambio de algunos directivos y todo eso.

Wisental le miró inexpresivo y preguntó: ¿Se refiere a los cambios en la Dirección de la compañía y sus empleados?

--Exacto sí. Es usted muy perspicaz.

--Yo no sé mucho de eso señor Daniels. Todos los empleados de la empresa son cosa del Director de Personal. Los ejecutivos intermedios son cosa del Director General y el alto Staff, es cosa del consejo. ¿Qué puedo saber yo?

Alfred insiste: Pues supongo que usted sabrá, porqué el señor Waridell Foster ya no es vicepresidente. ¿Me equivoco?

Wisental encogiéndose de hombros: tengo entendido que el consejo así lo decidió. Eso es todo.

Alfred sigue en su encuesta: Ya, pero… ¿usted no sabe el motivo?
Aarón Wisental, algo incómodo contesta: Oiga señor Daniels, según tengo entendido del miembros del consejo se dedican a votar. Por lo tanto se supone que la señorita Susan obtuvo más votos. Esos son cosas del consejo, ¿comprende usted?

Alfred se daba perfecta cuenta, de que tenía a un interlocutor experto nadador en aguas turbulentas y eso, haría muy difícil la consecución de sus fines. No obstante para empujarle un poco más dijo: Esta bien, déjelo, no parece usted dispuesto a sacarme de ninguna duda, será mejor otro día. ¡Lastima!

Aarón irónico y seguro de sí mismo: Si cree que le he defraudado, puedo pagar yo la cuenta.

Esta observación no le agradó mucho a nuestro Alfred, pero suponiendo la necesaria independencia de un jefe de seguridad en el desempeño de sus obligaciones y debido al engorroso empeño de su cometido, no se lo tomó en cuenta.

--Dígame Wisental, ¿hacia que lado vierten sus fidelidades? Quiero decir… para quién trabaja. ¿Quién es su jefe?

--¿Se refiere a si tengo un superior directo?

¡Justo! Su cargo requiere mucha independencia y también mucha confianza y apoyo, es de suponer por tanto, que tenga usted ciertas tensiones con algunos directivos y alguien que le respalde. ¿Me equivoco?

--Verá señor, es un poco complicado.

--No importa, inténtelo. Me gustan las cosas complicadas.

Aarón con paciencia necesaria: Pues… veamos. El Director de Personal me contrata por orden del Director General y éste, lo hace por orden del Presidente, que su vez, lo hace por dictado del Consejo. Yo les debo fidelidad a todos ellos y a ninguno en particular. Mi trabajo consiste en asegurar el edificio y sus actividades, también por supuesto, a todas las personas empleadas mientras están dentro de él, los ejecutivos tienen el mismo trato. Eso es todo.

Alfred defraudado pregunta ya sin ningún interés: ¿Y tiene mucho trabajo Wisental?

Aarón con cara seria: ¿Debo considerar que esa pregunta es oficial y la hace el nuevo presidente del consejo?

Alfred terminante: ¡Así es, tan oficial como sea posible!

--Pues verá señor. Tengo un cleptómano en el piso veinte, un descuidero en el tres, un camello muy fino en el doce y en el catorce… seguramente un topo de la competencia. Por supuesto también, que en mantenimiento hay algunos manazas, en correo y limpieza algunos dormilones y en parque móvil muchos torpes. En pillar a todos ellos cosiste mi trabajo.

--Comprendido Wisental. ¿A cuántos ha desenmascarado y despedido éste mes?

--Yo no tengo potestad para despedir a nadie, lo recomiendo al jefe de personal y éste a su Director, para el caso de los ejecutivos y el Staff, al presidente del Consejo.

--Sí ya lo entiendo, pero me gustaría saber a cuántos por la recomendación de usted se fueron a la calle este mes.

Aarón impertérrito: Cuarenta y siete.

Alfred admirado: ¿En serio? Y solo por curiosidad, ¿quién ha sido el último “afortunado”?

--Una ninfómana de la planta treinta, no dejaba trabajar a nadie.
Alfred sonríe y dice: Ya veo ya, le agradezco su colaboración, no me ayuda mucho, pero su integridad la agradezco.

--Lamento no haber sido de más ayuda señor Daniels, yo también agradezco su comprensión.

Definitivamente, aquél era un individuo al que no se le moja el bollo ni en leche caliente. Alfred tendría que esperar a Waridell para saberlo todo, ese sí que se lo diría.
Saliendo de la cafetería Alfred pregunta a Wisental: ¿Usted nunca sonríe?

--No tengo tiempo señor, además mi cargo no me lo permite. ¿Puedo hacerle a usted un ruego señor Daniels?

--Por descontado dígame.

--Llevo solicitando algo al Staff, y no se me escucha.

--Más medios quizá, más equipo, más personal.

--El personal a mi cargo es de doscientos siete en éste momento, necesitaría cuarenta más, o bien cámaras de vigilancia de gran angular. Pero no es eso, pues sé que tal petición se estudia ya por el Director General. Lo que pido encarecidamente, es que todos los altos ejecutivos y el Alto Staff se muden a las plantas más altas, la cuarenta y tres y la cuarenta y cuatro, tal y como están ahora desperdigados por todo el edificio me es imposible garantizar su seguridad.

--Le prometo Wisentall, que será una de mis prioridades, se lo prometo.

--Muchas gracias señor Daniels, si ya no me necesita atenderé a mis obligaciones, que pase un buen día.

-- Un momento, última pregunta: ¿Le agrada la Vicepresidenta?

Aarón muy serio ahora: Naturalmente señor. Tiene un rostro muy atractivo y un cuerpo de concurso.

Alfred no quiso añadir nada más, cuando estuviese algo cómodo en el sillón de presidencia intentaría conseguir la amistad de aquel hombre, le daba en la nariz que valía la pena. Se despidieron con acusada corrección y nuestro Alfred se dirigió al aparcamiento para coger el coche y salir pitando para casa.

Durante mucho rato aquella noche, Alfred estuvo pensando en las empresas y directivos, pues como es lógico trataba de recordar detalles y nombres que le pudieran ayudar en el desempeño de sus desconocidas obligaciones. Es natural, que entre su prima Susan y Waridell Foster, tendría el empujón suficiente y necesario para ello. Pero nuestro amigo era de talante independiente y eso ya se sabe, hace que los demás sean menos necesarios.

Siguiente capítulo:

La reunión del consejo


Última edición por marquimar; 17-dic-2012 a las 06:49
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Predeterminado Respuesta: Marquimar. Novelas - Cuentos - Relatos

LA REUNIÓN DEL CONSEJO

El martes amaneció tormentoso, de esos días tan empinados que fastidian el talante mejor dispuesto. Alfred no era criticón con el tiempo ni con casi nada, pero con un día tan pérfido a la semana como era el lunes, pues ya lo consideraba suficiente. De todas maneras pensó, que seguramente el Todopoderoso habría puesto a cocer estos días en la Tierra, para que el hombre pudiera disfrutar de los otros, pues ciertamente que la perversidad hace mucho más deseable la gloria. Con todo es justo decir, que este desastroso y desapacible día de Mayo, bien podía haber sido un calamitoso día de Enero.

Hoy tenía ante si, una castaña muy caliente y difícil de pelar. Susan no le había llamado y era de suponer que la vería en la Central. Alfred deseaba ponerse al corriente de todo cuanto antes, pues por una parte le envanecía ser el nuevo presidente del consejo pero por el contrario la verdad, hubiera preferido estar en su casa de la costa y seguir de nuevo con la búsqueda de aquello que tanto anhelaba encontrar y además, le sacaba de quicio la corbata.

El reloj marcaba ya las siete treinta de la mañana, era tiempo de arreglarse y salir al encuentro con su obligación. Hoy se sentía nuestro hombre un poco indeciso y falto de recursos animosos y claro, no atinaba a imaginar, en la forma y manera más adecuada para comportarse en el consejo, no obstante eso, esperaba que su afinada intuición le libraría muy pronto del apurado atolladero.

Theodor, el bonachón mayordomo, tenía preparado el delicioso y copioso desayuno y en el desmesurado jardín, el chofer diligente, tenía listo el impresionante vehículo. Por lo tanto Alfred solo que tenía de su parte la cómoda voluntad. La voluntad de Alfred no era en ningún caso exagerada, pero la curiosidad también mueve músculo.

-- Alfred a sorbos con el zumo de naranja: ¿Ha llamado alguien Theodor?

-- Theodor siempre tieso como un palo: Nadie señor.

Bueno, pues en vista de que nadie se interesaba por él, sin duda que nuestro Alfred se interesaría por los demás. No sabía el porqué, pero tenía el presentimiento de que algo no le gustaría de la reunión, ojalá que fuese una falsa alarma.

-- ¿Le esperamos a la hora de comer señor?

-- No Theodor, no lo creo, tengo trabajo atrasado y por cierto, deja ya de llamarme señor, para ti soy solamente Alfred. ¿De acuerdo patillas blancas?

-- Sí señor, como usted diga señor.

Theodor nunca adoptaría esa forma tan familiar de lenguaje con su jefe, pero había comprendido el mensaje y agradecía la intención. El fiel y veterano sirviente, era un excelente ejemplo para el resto del servicio, pues empezó a trabajar en la casa de pinche de cocina a la temprana edad de quince años y solo para ese fin, le contrataron en tiempos del abuelo de Alfred, un hombre tenaz y luchador de los de la época. La vida de Theodor trascurrió amodorrada y gris. Sus mudas interiores nunca ostentaron marca alguna y sus trajes y camisas mucho menos. Las uñas de sus dedos jamás conocieron manicura, pero si bien con su humilde menester nunca llegó a palpar las alturas económicas, tampoco nunca se vio despeñado, por los traicioneros lances que a menudo éstas conllevan. Fue un gran camarada del padre de Alfred en su juventud, compartieron en sus años mozos, la mayoría de las inquietudes propias de la edad, los juegos siempre agresivos de los mocetones y por supuesto también, las arriesgadas escapadas nocturnas. Y lo mejor de todo: alguna doncella deseosa y una cocinera… ¡insaciable! Theodor jamás se desposó, en tiempo de desearlo y necesitarlo nunca lo hizo, siempre fue su defecto la falta total de aspiraciones en la vida y también influyó por supuesto, la escasa necesidad de sexo, pues en la casa las sirvientas cambiaban el uniforme por la puerta a la pasmosa velocidad de cuatro por trimestre y casi ninguna, puso freno a sus acosos.

Nuestro amigo salió con ganas al jardín y tras los buenos días, dejó que el oficioso chofer le abriese la puerta del coche, luego con cierta timidez, debido sobre todo a su limitada práctica, se acomodó muy despacio en el exclusivo y lujoso tapizado. El deslumbrante vehículo puso a bandear las válvulas con su suavidad habitual y el chofer con las manos al volante, esperó paciente las órdenes de su nuevo jefe. Pero Alfred, que no estaba acostumbrado a ese matutino ritual también esperaba. Fue el chofer quién tuvo que conjurar el silencio y preguntó:

-- ¿A dónde vamos señor?

-- Alfred bajando de la nube: Sí claro, perdón, a la oficina por favor. No sé dónde tengo la cabeza.

En aquél momento se percató nuestro Alfred, que desconocía el nombre de su conductor, era más maduro que el anterior y parecía muy experto. Su padre siempre fue muy quisquilloso con sus choferes y como es lógico le duraban muy poco. Lo de las sirvientas era cosa de su madre, que también tenía tela la señora.

-- Alfred muy cortés: ¿Cómo se llama usted?

-- Tim Akerman, señor.

-- ¿Hace tiempo que sirve en la casa señor Akerman?

-- Un año tres meses y dos semanas. Pero le ruego que me llame Tim, su padre así me llamaba.

-- De acuerdo Tim. Por cierto, ayer no fui muy cortés con usted, ni tan siquiera le pregunté su nombre. No estoy muy fino estos días.

-- No se preocupe señor, es perfectamente comprensible.

Alfred percibió en el nuevo chofer, una categoría personal muy destacada. Nuestro amigo no sabía de muchas cosas, pero en cuestión de catalogar a la gente de eso si sabía. La sensibilidad humana no es un atributo del carácter, ni mucho menos un apéndice de la de la pedagogía, tampoco cuelga de los hilos de la educación familiar y no es desde luego, un elemento de aptitud académica, ni tampoco por supuesto, una característica implícita en la sabiduría universal. Es solo y simplemente, una parte esencial del alma y sólo ésta, la controla y conoce.

El poderoso y plateado Rolls, adelanta su carrocería imponente en el suelo engravillado del jardín y los incontables guijarros estrujados por el formidable peso, rechinan furiosos unos contra otros al frotar sus ya muy pulidas superficies.

-- Dígame Tim. ¿Mi padre comentaba con usted cosas referentes a sus negocios? Me sería de mucha utilidad cualquier información.

-- Lo siento señor, pero solo llevé a su padre dos veces a la oficina. No he tenido en la práctica el placer de hablar con él. Lamento mucho su muerte señor.

La contestación de Tim sorprendió a nuestro Alfred. Su padre desde siempre había sido una de esas personas pegadas como un sello a la oficina, ni las enfermedades le apartaron de sus obligaciones.

-- ¿Cómo es eso? ¿Se marchaba con otro coche quizá?

-- Que yo sepa señor, sus padres viajaban últimamente mucho y la señorita Susan se encargaba de todo.

¡¡Otra sorpresa descomunal!! Alfred Daniels segundo, primogénito del fundador de la dinastía y progenitor del tercero, dejando alegremente en la manos de una mujer sus adoradas empresas y además, sin supervisar su trabajo. ¡Eso era para no creerlo! Una cosa es nombrar una Vicepresidenta de la familia y otra muy distinta, confiar completamente en su capacidad. Así pensaba antes su padre, ni siquiera Alfred hubiera podido disfrutar de semejante autonomía.

--Alfred con curiosidad: ¿Entonces usted que hacía Tim?

Tim muy serio ahora: ¡Aburrirme como una ostra!

Alfred intenta conocer mejor a su chofer y dice con ironía: No es un mal trabajo el aburrirse. ¿Me equivoco Tim?

Tim muy despacio: Cuando el carácter es relajado, el talante perezoso y el temperamento gandul, puede que no sea solamente un buen trabajo, sino más bien una necesidad imperiosa desacertada. Pero eso de momento no es mi caso señor.

Alfred no se había equivocado en su escrutinio, aquél hombre tenía ya muy bien ordenada su personalidad. Sin ninguna duda, era un evadido del mundo empresarial, carnaza segura de las vicisitudes y cautivo azotado por la mala suerte. Estaba bastante claro que el uniforme le venía estrecho.

--¿Sabe que pienso Tim? Me parece que usted no ha sido siempre chofer, más bien creo que conoce muy bien el mundo empresarial. ¿Estoy en lo cierto?

Tim modesto: Alguna cosa sí conozco de eso. Pero hace ya muchos meses que mi vida cambió de orilla, deje al otro lado todo lo que sabía señor. Me mojé bastante y casi me ahogo, no supe nadar.

Naturalmente Alfred no se tragó una palabra, pues Tim Akerman no era una persona corriente. El chofer de nuestro amigo tenía muchas horas de vuelo transoceánico, había comido mucho cambiar iraní y su claro dominio del lenguaje, ponía en evidencia su prudente modestia. Alfred tardó muy poco en sincerarse con él.

--Verá Tim, hoy es un día muy complicado para mí, tengo que ejercer de presidente del consejo y no tengo ni idea de como hacerlo. Estoy muy nervioso.

--¿Puedo preguntar cuál es su participación en la compañía señor?

--Mi padre controla el cincuenta y uno, mi tío el diez, y el resto se reparte entre consejeros y pequeños accionistas.

--Entonces no se preocupe señor. Abundar en los propios problemas sin tener en cuenta los que tienen los demás, no es buena táctica. Con el poder que le da su porcentaje, son siempre los otros los que no tienen ni idea.

--Ya me lo imagino, pero me gustaría estar mejor preparado, cuando tuve oportunidad no lo hice y ahora la verdad me arrepiento.

El impresionante coche va entrando en la ciudad, los primeros semáforos le llenan de miradas envidiosas, todo es ajetreo, son las ocho treinta. Enfila el automóvil hacia el centro y vehículos y personas van convergiendo, el trajín se espesa, la agitación molesta, el ruido incomoda y la velocidad se convierte en lentitud.

--Dígame Tim: ¿Cómo debo comportarme? Debo ser exigente o por el contrario paciente. ¿Qué opina usted?

-- La exigencia nunca será virtud señor. Pero si piensa tener paciencia, que no sea muy abundante, pues si los demás llegar a sospechar que tiene mucha, enseguida estarán tentados en saber cuanta le queda.

-- ¿Cree usted que será suficiente una licenciatura en leyes para desempeñar el cargo? No tengo otra cosa que ofrecer.

-- Si usted fuera simplemente consejero seguramente no, pues en las grandes y pequeñas empresas una licenciatura no sirve absolutamente de nada, sino va acompañada de un master en zancadilleo.

¡Premio! Alfred ya estaba maravillado de la personalidad de su chofer, es bien sabido que la experiencia es un grado, pero si va coronada de sabiduría es un pozo sin fondo. Desde luego, que sería muy prudente el mantener una buena relación con aquél hombre, cualquier problema resultaría mucho más fácil resolverlo con su superior criterio.

Alfred bromeando sincero: Oiga Tim: ¿Le apetecería ocupar mi lugar? Estoy seguro que usted lo haría mejor que yo, estoy preocupado como un crío.

--Deje de preocuparse y piense en su ventajosa posición, los demás deben de preocuparse, usted no.

El Rolls Royce entró en el aparcamiento y se colocó en el sitio reservado para el presidente, toda el área del parking estaba atestada y la zona limitada a los vehículos de los consejeros al completo. Tim entonces preguntó:

--¿Puedo hacer una comprobación señor?

Alfred naturalmente asintió y Tim, saliendo del coche se acercó al resto de vehículos de los ejecutivos y fue posando la mano sobre el capó de todos ellos, cosa lógicamente que sorprendió mucho a nuestro Alfred. Tras un par de minutos Tim regresó al lado de su jefe y le dijo:

--Todos están fríos señor, pero el BMW rojo sigue caliente, ese acaba de llegar y por lo tanto, su conductor no le teme a usted. Si puede hacerle daño desconfíe de él.

El BMW era un coche perteneciente a la colección de su tío Lionel, un vehículo descapotable de 1925 conservado con mimo, posiblemente hoy por capricho lo habría cogido Susan. De todas maneras, era un razonamiento muy acertado el de Tim, de no ser en ésta ocasión, por la circunstancia del parentesco.

Alfred dijo: Agradezco mucho su ayuda, ha sido muy aleccionadora y posiblemente en el futuro necesite algunas ayudas más. Hoy puede regresar a casa Tim, no sé a que hora saldré de todo esto. Gracias de nuevo.

--No se merecen señor, que pase un buen día.

Alfred se dirigió hacia la puerta del ascensor y allí le esperaba atento un guardia del aparcamiento, naturalmente que había reconocido el Rolls y también al chofer y por lo tanto, ya sabía que la persona que tenía en frente era el gran jefe. El guardia no pudo escuchar la conversación entre Tim y Alfred, pero estaba muy extrañado por la conducta del chofer y una vez subiendo a los pisos altos tras los buenos días, el guardia se atrevió a preguntar carraspeando: ¿Algún problema con los coches señor?

Alfred al despiste: Tienen mucho polvo, hay que ser más limpios.

El guardia muy tieso y perplejo contestó: Desde luego señor.

Bueno, pues el guardia ya tenía una sabrosa anécdota para compartir con sus compañeros ya era hora que les dieran un buen tirón de orejas a los ejecutivos. El hombre sonrió con malicia.

Alfred llegó a la planta veintidós. En la puerta de la sala de juntas le esperaban Susan y buena parte de los consejeros, el resto estaba dentro. Tras las presentaciones de rigor, entraron en la sala y allí la desmesurada mesa, se llenó de carpetas y los mullidos sillones de culos gordos. Susan comenzó.

Susan a su primo: ¿Deseas transcripciones y actas?

Alfred nervioso: Hoy no, primero debo empaparme de como va esto.

Susan sonriendo comprensiva: Como quieras.

Lo comentado por Tim era cierto, la única persona con absoluto desparpajo era su prima, ¡que por cierto!, tenía el guapo subido, estaba… ¡¡impresionante!!

Susan continuando: Mucha atención señores: El motivo de esta reunión es como no, presentarles al nuevo Presidente del Consejo. De acuerdo con sus deseos el orden del día hoy será libre, por lo tanto se debe considerar como un pequeño relax en nuestro trabajo. ¿Es así Alfred?

Las risa prudentes menudearon y la tirantez de los primeros momentos se relajó bastante. Nuestro amigo sonrió también amablemente y a continuación se levantó despacio.

Alfred con cierta ironía: Mi prima Susan ha dicho bien, nos relajaremos todos un poco, pero naturalmente, solo algo después de que yo conozca los primeros detalles de como va todo esto, pues mi presencia aquí no es decorativa.

El consejo compuesto por caballeros con la excepción de Susan, se alegró mucho al oír aquellas palabras, así de paso, ellos también se enterarían de muchas cosas que la Vicepresidenta les ocultaba. Su prima desde hacía un largo año, que tenía a toda la compañía en un puño cerrado, al que se movía un ápice de la línea dirigida por ella estaba listo. Nuestro amigo sentándose preguntó: ¿Puede alguien decirme dónde está el señor Waridell Foster?

Susan algo seria: Ayer se indispuso en el viaje y supongo que estará en cama.

--Espero que no sea algo serio. Bueno, otra cosa: ¿Alguien puede informarme que es todo eso de Carbel Toys? Usted mismo señor…

--Soy Frank Douglas, señor Daniels. Y lamento no sacarle de dudas, pues esa operación la lleva en exclusiva la señorita Susan, los demás no sabemos nada de nada.

Todos miraban a Susan con cierto rencor y Alfred se percató en seguida de las antipatías que la chica despertaba en el consejo.

Susan dijo: Caballeros: estoy de acuerdo con ustedes en que mis reservas en todo el asunto pueden resultarles exageradas, pero la operación no está aun asegurada y de ahí mis temores. En un par de días conocerán el proyecto.

Douglas envalentonado por las inteligentes palabras de Alfred contestó: Todos comprendemos que la materia es reservada y también todos, estamos interesados en que lo sea. Pero solo sabemos por usted que es un buen negocio para la compañía, sin embargo y eso no es correcto, desconocemos los riesgos. Además, puede que dentro de dos días ya no sea un proyecto. ¿Me equivoco?

Alfred como es natural estaba muy interesado en todo y no se le escapaba en absoluto, la tirantez de la reunión. Susan ya daba muestras evidentes de nerviosismo y los catorce consejeros más bien de regocijo, por lo que adivinó, que algo raro pasaba allí.

Alfred entonces intercedió por su prima: Bien caballeros, tengo entendido que la señorita Susan tiene bien acredita su competencia y capacidad y también tengo entendido, que ha dado a la compañía un montón de dividendos. Su ustedes no tienen ningún inconveniente, le daremos esos dos días de margen. ¿Qué me dicen?

Al fondo de la mesa estaba sentado un hombre mayor que por su aspecto, parecía un santón vestido de paisano. Tenía unos ojillos chiquitines de esos tan vivarachos y parecía un tipo simpático. Levantó con reposada lentitud la mano derecha, pues la izquierda la tenía sobre su prominente barriga con el dedo pulgar dentro del bolsillo del chaleco y dijo: ¿Puedo preguntar algo señor Daniels?

Alfred satisfecho por la nueva intervención soltó: Naturalmente, y usted es…

--¿Usted no me conoce? ¿No me recuerda señor Daniels?

--Pues lo cierto es que no, lo siento señor…

--Me llamo Thimoty Bernius señor Daniels. Su padre me conocía bien y yo conocía muy bien a su padre. Hubo un tiempo en que todos nos conocíamos perfectamente. Me estoy refiriendo por supuesto y déjeme decirlo, a que incluso nos duchábamos juntos tras una sudorosa sesión de tenis. Pero hoy, somos todos desconocidos e ignorados y es bastante evidente, que no podemos ducharnos juntos, pues la señorita Susan no estaría de acuerdo. Pero mi pregunta nada tiene que ver con eso, mi pregunta es esta: ¿Piensa usted en vender sus acciones?

Alfred encajó con natural extrañeza la pregunta, no se esperaba algo parecido en el consejo. Pero pensándolo mejor, ahora si recordaba al señor Bernius, un día su padre se lo presentó y en un aparte le dijo: Ten cuidado con éste, es un piratilla.

--Lo cierto señor Bernius, es que ni tan siquiera me he planteado vender mis acciones. ¿Puedo saber cuál es su interés en ello?

Thimoty ajustándose las gafas: Comprar naturalmente. Me gustaría por una vez llegar a decidir algo en la empresa, pues según mi criterio, las cosas no funcionan tan perfectamente como se nos asegura.

Alfred dijo: Señores: Mi presencia en este consejo ha sido algo precipitada por lo que veo, no tengo datos para rebatir o certificar ese comentario, pero desde ahora les prometo, que me aplicaré con mucha dedicación a saber si esa afirmación es correcta.

Susan contestó con acritud: Señor Bernius, en el consejo de administración no se plantea y usted lo sabe, la venta o pignoración de acciones, eso queda para la junta general.

--Pues de eso estoy hablando y me quejo; antes se planteaba todo en esta mesa y ahora nada. ¿Para que nos convoca a las reuniones? Hace un año que no ejercemos voz ni voto.

Susan ya enfadada y notablemente nerviosa: Les convoco porque es mi obligación, pero si lo prefiere, en adelante prescindiremos de su presencia.

--Calma señores, hagan el favor. No conozco en absoluto a que se deben las diferencias entre ustedes y la señorita Susan, pero les prometo que escucharé a todos. La prudencia hoy me aconseja darme un respiro para establecer un criterio acertado y por eso, debo levantar la sesión. ¡Pero descuiden! En la próxima las cosas serán diferentes. Agradezco a todos su presencia y… ¡se levanta la sesión!

Thimoty levantó la mano y dijo: Disculpe señor Daniels, ¿Puede recibirme en su despacho ahora? Solo será un momento.

Alfred estuvo a punto de acceder a la petición de Bernius, pues estaba muy incómodo por la situación creada y esperaba poder relajarla hablando con él. Pero su prima no le dio tiempo a contestar.

Susan tirante: Lo siento Bernius, pero el señor Daniels y yo tenemos una reunión concertada desde ayer que no admite espera.

Alfred miró a la chica muy sorprendido y ésta, le cogió fuertemente del brazo y le miró fijamente también. Estaba claro que Susan quería decirle algo y por supuesto que deseaba hacerlo inmediatamente. En vista de tal, nuestro amigo contestó: Lo lamento señor Bernius, ¿qué le parece mañana?

Thimoty muy decidido: ¿A las diez?

--Venga usted cuando quiera, yo estaré todo el día aquí:

Thimoty salió de la sala con un enorme cabreo y Susan y Alfred le siguieron despacio. El resto de consejeros tras despedirse cordialmente se metieron en el ascensor hacia el aparcamiento y todo quedó, a la espera de la próxima reunión.

Cuando la pareja estuvo alejada de todos Alfred molesto increpó a su prima: Óyeme Susan, no me gustan las sorpresas, así que no improvises reuniones conmigo, ¿estamos?

Susan mimosa: Vale, de acuerdo, no más improvisaciones. ¿Vamos a comer?

¿A comer ahora? Es un poco pronto no te parece. Además, me tienes que contar enseguida ese asunto de Carbel Toys que tanto molesta al consejo. Vamos a mi despacho.

¡Por Dios Alfred, vale ya! Tú y yo tenemos mayoría abrumadora. ¿A qué viene tanta tolerancia con esa gente?

¿Cómo dices? Mira Susan, hace muchos años que esos hombres ayudaron a mi padre a levantar este imperio. Trabajaron duro codo a codo con él y consiguieron con su esfuerzo, crear la compañía que es hoy, así que no voy a permitir que se les ignore. ¿Vas pillando prima?

Susan comprendió que para bajar a su primo del burro necesitaría un poco de tiempo. Pero una mujer con su capacidad y su extraordinario físico, no tardaría mucho en hacerlo.

Susan concediendo y mimosa de nuevo: Bueno, como tu digas, pero… ¿Nos vamos a comer? ¡Venga hombre di que sí!

--De acuerdo, vamos. Pero ojo, allí me cuentas todo el asunto. ¿Enterada?

Susan sonriendo encantadora: Enterada primo, muy enterada.

Susan no quiso entrar en el local habitual y sin ninguna voluntad en contra, pues Alfred no se quejó, se fueron a un restaurante italiano muy de moda para ejecutivos y según comentó Susan, con la intención de saborear buena pasta. Como es norma civilizada, los negocios y el estómago casi siempre comparten buenos momentos, pero claro, no es aconsejable olvidar las digestiones.

El restaurante estaba completamente lleno y la mesa que les tocó, lindaba la senda apresurada de los camareros. Cuando esto ocurre y aquél espacio necesario para uno, lo ocupan varios profesionales de la bandeja, sería muy prudente llevar servilletas como el salvapelos de las peluquerías. No es que los espaguetis salgan volando de algún plato con facilidad, pero una vez lo hacen, se te pegan a la ropa los muy pringosos.

Susan arrancaba miradas irreprimibles y lujuriosas de los hombres. La chica no parecía dar ninguna importancia a ese detalle, pero por poco que se entienda de estética es lógico pensar, que si una cara bonita y un cuerpo deseable se acompañan de elegancia y saber estar, la respuesta visual ajena es instintiva e irremediable. Por eso mismo se dice, que nunca se cuentan primaveras o veranos en los hombres que no atonten su vista mirando a una mujer, pues si contemplarlas en invierno ya pica la nariz, hacerlo en verano y con huelga de ropa larga escuece bastante.

Alfred impaciente: Bueno Susan, ya estamos aquí, empieza.

Susan defraudada con su primo: ¡Alfred, no seas plasta! Después te lo cuento. ¿Vale? ¿Que te apetece comer?

Para Alfred la pasta italiana o de cualquier otro país, era como el ricino para los niños, le ponía a mal tragar. Los gustos de nuestro amigo eran compadres de sus rarezas y por lo tanto preguntó: ¿Hacen hamburguesas aquí?

¡Por favor Alfred! Eres un caso irrecuperable, este es el mejor lugar para comer pasta. ¿Cómo puedes pedir aquí hamburguesas? ¿Dónde has estado metido estos años?

--Alto querida, vas torcida de conversación. Primero me dirás lo que me interesa saber y si eso me satisface continuaremos la charla, pero si no, olvídate del parentesco y la galantería porque… ¡Voy a ser muy cabrito!

Un camarero con un tic nervioso en un ojo y que frenado en su carrera no se sabe como, pues los tacones y suelas de sus zapatos tenían el grosor de un palo de helado, les interrumpió. Alfred le miró desanimado y pensó que no le agradaría comer allí, pero como Susan estaba de antojo cariñoso se resignó.

Camarero impaciente: ¿Qué desean comer los señores?

Alfred predispuesto a cabrearse dijo: ¿Nos va a dar la carta amigo? ¿Es para leer lo que tienen sabe?

El veloz camarero, muy contrariado por la pérdida de un par de segundos, se alejó sin decir más y blandiendo la lengua a la velocidad de su tic nervioso, le arreó una bronca laboral italiana al inexperto colega que estaba encargado de ese menester. Claro que eso no sería nada en comparación, con la gresca que les montaría a los dos al acabar el servicio, el ojitos atentos que vigilaba detrás de la registradora como un espía, porque aquel hombre, tenía una cara de úlcera duodenal impresionante. La carta llegó.

Susan se decidió por una ensalada y unos raviolis y Alfred agobiado optó por unas patatas y un bistec. El restaurante era de los más ruidosos que se pueden frecuentar, no parecía el lugar más adecuado para una reposada comida de negocios, pero la carne y las patatas fritas, tenían buena pinta.

Alfred muy serio: Susan, te prevengo que si termino el bistec y no has puesto en mis oídos lo que quiero escuchar, no tendrás otra oportunidad y que seamos primos no te salva de un despido automático. ¿Lo pillas?

Susan debió de pensar que las amenazas de Alfred no eran gratuitas, pues en la familia su carácter tenía justa fama de imprevisible. Desde luego que nuestro amigo no jugaba a desatender sus advertencias, era terco como una mula y a muy poco que le dieran motivos, cortaba por lo sano.

--¡Está bien! De acuerdo, escúchame: Carbel Toys es una pieza muy deseada para Jugueteras Reunidas, pero el dueño de Carbel, no quiere venderla a sus adversarios de siempre, por lo tanto, nosotros haremos de intermediarios.

--¿Qué quieres decir? ¿Compramos Carbel Toys y la vendemos a Jugueteras?

--¡Exacto! Nuestra última oferta de adquisición se sitúa en los seiscientos cincuenta millones y Jugueteras Reunidas, nos pagará seiscientos noventa.

--Eso es absurdo prima. ¿Pierden aceite en el consejo de administración de Jugueteras?

--Se podría decir que alguien que yo conozco, esta dispuesto a perderlo si naturalmente, el gana un buen pellizco.

--¡Ya! Y ese buen pellizco será sustancioso, porque le puede costar muy caro a tu desleal conocido.

Susan sin inmutarse: Quiere diez millones.

Alfred no disimulaba su preocupación, pero su prima no era gata inexperta en sus planteamientos inversionistas. Su convicción en la operación era muy destacada y posiblemente tendría sus motivos.

Alfred dijo: La verdad es que no sé si me gusta mucho Susan. Además tenemos que vender la Planta Envasadora para reunir el dinero. No, no me gusta.

--¡Pero que dices Alfred! Vendemos la Planta hoy, y a la mañana siguiente es nuestra de nuevo. ¿Por qué no te gusta?

--¿Y quién nos compra la Envasadora para volvérnosla a vender?

--Una empresa de Austin que se dedica a estas cosas. Nos la compra y acto seguido nos la vende. Ni tan siquiera se parará la producción.

Alfred suspicaz: ¿Y ese milagro cuánto nos cuesta?

De nuevo Susan sin darle importancia: Quince millones.

--O sea: Que deducido de los cuarenta del beneficio inicial, menos diez y menos quince, nos quedan limpios quince. ¿Es correcto?

Susan asintió con un gracioso parpadeo y dos raviolis en los carrillos. El mozo del tic preguntó por el postre y Alfred después de escogerlo se quedó muy pensativo. La verdad es que no le gustaba todo aquello, claro que del mundo de los negocios no le gustaba nada de nada. Solo acababa de llegar y ya le metían en decisiones complicadas y con la ética huyendo al galope.

--Bueno Alfred, estoy esperando una respuesta.

--No sé que decir pero… ¿Qué pasa si en esa empresa de Austin se lo piensan y nos quedamos con Carbel Toys sin Planta de Envasados?

--Eso es imposible hombre. Tenemos precontratos con sustanciosas indemnizaciones en caso de incumplimiento. Es absurdo pensar eso. A Jugueteras Reunidas le interesa sobremanera Carbel Toys y a Financiera de Adquisiciones le importa un pimiento nuestra Envasadora. ¿Porqué van a cambiar de idea, todos ganamos?

--¿Tú has pensado en todo verdad Susan? ¿Pero a que no has pensado en la indignación del dueño de Carbel Toys cuando se entere?

--Los negocios son los negocios Alfred. Desde que tu padre me dejó al frente de la compañía, se han efectuado con éxito cuatro compra-ventas. En total, cuarenta y tres millones de beneficio sin los típicos problemas, solo comprar y vender. Rápido, eficaz y sustancioso.

Alfred suspicaz: ¿De dónde sacaste esa información privilegiada?

--¡Secreto profesional amigo! Soy una buena vicepresidenta y naturalmente tengo mis contactos, es todo cuánto puedo decirte.

Alfred seguía si estar de acuerdo con su prima, pero sin duda estaba muy claro, que si su padre había confiado tanto en ella, sería por alguna razón de peso.

--Bien. ¿Y que me dices ahora de Thimoty Bernius?

--Eso no tiene truco, es un ambicioso que quiere mi puesto.

Alfred dudando: Pues no me ha dado esa impresión, creo que solamente pretende enterarse de cómo va la compañía y en eso tiene razón. ¿Todo va bien Susan?

--Hemos perdido cuota de mercado en el Oeste y las exportaciones han bajado dos puntos, pero eso es todo. Según el histograma de resultados es algo cíclico, nos pasa cada tres años.

--¿No hay nada más? Es de suponer que estaremos protegidos legalmente para éste último cambió de actividades en la empresa.

--Todo está asegurado, puedes comprobarlo cuando quieras.

Alfred incisivo: ¿Qué paso con Waridell Foster? Era un vicepresidente de lo más leal y cualificado. ¿Qué pasó?

--Le pasaba lo mismo que a ti, no le gustaban estos cambios y métodos que tu padre y yo hemos patrocinado y pidió la dimisión del consejo. Cosa natural.

Alfred soltó: La pregunta es: ¿Son necesarios esos métodos Susan?

--Cuando estés un tiempo al frente de esto, tu mismo comprobarás que son ineludibles. La constante fluctuación del mercado y las finanzas exigen cambios, los accionistas dividendos y la competencia no se para en barras. O nos ponemos a la altura de las circunstancias o éstas nos arrollarán. Tu padre supo darse cuanta a tiempo.

El camarero apareció con los cafés. El restaurante seguía en pleno apogeo y nuestro Alfred ya estaba harto de aquél ambiente. No es del todo cierto que fuese un mal sitio para comer, pero con tanta gente era muy incomodo para charlar, Alfred no estaba acostumbrado a tanto barullo.

Susan limpiándose delicadamente los preciosos labios: Bueno, ahora te toca a ti. ¿Dónde te has metido todos estos años?

--¿Yo?... pues viajé por todo el mundo y ahora estoy descansando en la costa. Eso es todo.

Susan curiosa empedernida: ¿En qué costa?

Alfred sin muchas ganas de abundar: ¿En la costa del Océano?

Susan divertida: ¡Ahh perfecto! ¿Y a que te dedicas cuando no descansas? ¿No te aburres?

Alfred rascándose levemente la cabeza: Es largo de contar, y además es un secreto.

Susan entonces le miró muy interesada, ya se sabe que en cuestión de secretos, las féminas son como los grillos antes de cantar, que se afinan las antenas.

Susan cogiéndole de la mano: ¿No puedes contarme la mitad de tu secreto?

--Puede que si me sacas de éste lugar y prometes no reírte, quizá lo haga. ¿Qué haces éste fin de semana?

--Pensaba ir al club. Tengo que conocer a una persona que me ha hecho una oferta de película por un caballo.

Alfred sorprendido: ¿Tienes caballos? No sabía que te gustase montar.

--¡Pues no, no me gusta! Tengo seis, pero lo hago solamente para inversión y para conocer a gente importante. ¿Me lo ha parecido, o pensabas invitarme a pasar el fin de semana contigo?

Alfred bajando la cabeza algo tímido: Hace tiempo que no salgo con chicas, pero veo que a tu lado se puede aprender mucho. ¿Te apetece venirte a la costa el sábado?

Susan sonriendo segura de sí misma: Yo no soy una chica Alfred, al contrario, soy una mujer muy peligrosa. ¿No te doy un poco de miedo?

--Puede que algo sí, pero como soy tu jefe no te atreverás. Y por cierto, ahora que ya no hablamos de negocios, tengo que decirte que eres exageradamente bonita. ¿No sales con nadie?

Susan hasta el momento no había fijado posiciones seductoras con su primo, pero se dio cuenta de que las miradas de éste ya no eran las mismas indiferentes que al comienzo de la charla, parecían más interesadas en su físico y bastante satisfechas. Alfred era un hombre muy apuesto y atractivo y sobre todo muy rico, por lo tanto seducirle, era una obligación muy placentera para una dama.

Susan ciñendo las cejas con cara de picardía: ¿Te refieres a si hay alguien en mi vida?

Alfred interesado sin disimulo: Si, a eso me refiero. ¿Hay alguien en tu vida?

Susan se tomó su tiempo en contestar y Alfred pensó acertadamente, que no era nada fácil que una mujer como ella, con un físico tan destacado y una fortuna tan considerable, estuviese todavía tejiendo soledad.

Nuestro algo apocado amigo, empezaba a sentir una fuerte atracción por su prima y ésta, que era cumplidamente hermosa y andaba dando palos a la mediocridad, tenía en su tesoro personal veintisiete años redondos y estaba… de punta en brillo.

Susan soltó: Lo cierto es que no tengo mucho tiempo para esas cosas, no me atrae el matrimonio. Pero naturalmente, no renuncio a un buen rato si me apetece, pero eso siempre, que no intenten atarme con lazos sentimentales.

--¿Estás hablando de sexo solamente?

--Desde luego primo. El sexo me gratifica y pienso que es sublime, solo que la mayoría de la gente lo confunde con amor. ¿Tú no serás de esos verdad?

Alfred algo turbado: Bueno, no sé… no he pensado nunca en ello, aunque supongo que si la gente lo confunde, puede que tenga relación.

--Ya veo que eres un sentimental. ¡Lo que nos faltaba en el consejo, un presidente tierno y emotivo! Bueno, salgamos de aquí, que yo también estoy hasta arriba.

Los chicos salieron del restaurante y pasearon lentamente en dirección a la oficina. Susan cogida cariñosamente del brazo de Alfred, charlaba del trabajo sin parar, pero él no la escuchaba en absoluto, le había impresionado el carácter tan liberal de su prima. Naturalmente que una mujer tan temperamental, no era precisamente lo que necesita un hombre como él, pero solo de pensar en una sesión romántico sexual con ella, le ponía los deseos a rabiar.

Pronto llegaron al edificio y ella se despegó de él, al parecer, no le agradaba la idea de perder su fama de tigresa enfurecida. Alfred ya había notado perfectamente, que la chica siempre estaba pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor, parecía no confiar en nadie y Alfred pensó, que posiblemente sería de esas mujeres tímidas, que se disfrazan de guerras para protegerse. De todas maneras con el padre que tenía, cualquier complejo era posible.

Susan se despidió en el piso veinte y Alfred llegó a su despacho con ganas inequívocas de terminar la semana. La chica no le había dicho que aceptaba la invitación, pero tampoco que no, así que cabía tener una esperanza. El resto de la tarde nuestro amigo, la dedicó entero a conseguir información de los jefes de departamento y como es bastante lógico, la mesa se le llenó de papeles y carpetas. Y fueron tantos, que tardaría meses en ponerse al corriente. No es de extrañar por ello, que en vista de lo que se le venía encima, ya estuviese deseando regresar a la costa y seguir con la búsqueda de su misterio particular. Pero de momento se dedicó a repasar algunos documentos que le parecieron importantes y al acabar la jornada, se marchó a casa con un coche y conductor del parque móvil de la empresa.

El siguiente día fue mucho más tranquilo, a pesar de la larga e intensa entrevista con Thimoty Bernius. A nuestro amigo no le pareció en absoluto un hombre ambicioso ni intrigante, solamente algo resentido con Susan o quizá molesto por el trato áspero que todo el consejo recibía de ella. Pero al finalizar quedaron en verse periódicamente y el hombre se marchó mucho más satisfecho. Su prima con toda seguridad no aprobaría esa conducta tan transigente de Alfred, pero alguien debía destensar las correas.

Llegó el viernes, hoy a las cuatro llegaría Susan de Dallas. Posiblemente, la venta de la Planta Envasadora ya se habría consumado y el lunes o bien el martes a más tardar, el dinero de esa operación más los recursos de caja pasarían a manos del dueño de Carbel Toys. Si todo salía a pedir de boca, a la semana siguiente habría concluido el negocio: Jugueteras Reunidas serían dueñas de Carbel. Daniels & Daniels sumarían quince millones a la cuenta de resultados y el chasqueado dueño de Carbel, tendría el disgusto de sus vida. Para Alfred la cosa no tenía la más mínima gracia, él no estaba fundido en metal para soportar a la conciencia pinchante. Pero en fin, procuraría que no se repitiese algo parecido. El interfono de su despacho sonó por vez primera:

--¿Dígame Betty?

--No soy Betty señor Daniels, yo la sustituí, me llamo Arién.

--Si claro disculpe, ha sido un lapsus. ¿Qué desea?

--La señorita Susan desde Dallas. ¿Le paso?

--Si naturalmente, pásemela. Susan…

--Hola Alfred. Bueno querido, todo ha salido perfecto, soy como la estrella Polar de los negocios. ¡Te pediré aumento de sueldo un día de estos! ¡No te escapas!

--¡De acuerdo tú pide! Pero primero estrella Polar, termina bien lo que has empezado.

--No te preocupes, eso ya está hecho. Oye primo, cuando aterrice me iré directamente a casa, estoy agotada. ¿Te parece bien?

--Pues no del todo, pero bueno. Esperaba que me pusieras al corriente de como ha ido la cosa. ¿Tan cansada estás?

--Pues sí la verdad, además debo prepárame para mañana. ¿A qué hora nos vamos?

Alfred muy satisfecho: ¡Vaya, me alegra oír eso! Pasaré a buscarte.

--- ¿A que hora nos vamos? Y por cierto: ¿A dónde vamos?

--- Eso es una sorpresa. Pasaré a recogerte a las siete de la mañana.

--- ¡Tu estás loco! A esa hora he terminado de desmaquillarme y estoy en la cama contando las primeras ovejitas.

--- Pues no salgas esta noche. ¿Vale super cansada?

Susan resignada: De acuerdo primo, pero tienes que prometerme que me contarás tu secreto y no a medias. ¡Venga promételo!

Alfred no le prometió nada de nada. Se había acostumbrado a tener la boca cerrada sobre ese asunto, pero quizá una vez en la casona, hiciese una excepción con ella. Por descontado que era algo que no le convenía ir contándole a nadie y hasta la fecha esa había sido su estrategia, pero… bueno ya lo pensaría más despacio.

Alfred solicitó a su secretaria la comunicación con el jefe de servicios, un tal Frank Sullivan y éste, recibió el encargo de Alfred para que tuviese preparado el mismo helicóptero en el que vino. Naturalmente no hubo ningún inconveniente, el aparato no se utilizaba muy a menudo, y no porque fuese el servicio más caro de la compañía, sino porque el padre de Alfred dejó de emplearlo cuando se compró el último reactor. La idea era aprovechar bien el tiempo de excursión y con el retumbante autogiro estaría allí en unas horas. Era un aparato negro bastante antiguo y tenía como todos, cierto parecido a un ventilador al revés, pero a nuestro amigo le agradaba viajar en él, se le ponía las tripas como a un grumetillo en su primera singladura.


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La casona misteriosa
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LA CASONA MISTERIOSA


Susan y Alfred llegaron al pueblo a media tarde, pues Susan desganada, había tardado bastante en despabilar, pero como el desayuno durante el vuelo no pudo ser pues solamente al piloto le apeteció comer algo, los chicos, antes de dirigirse a la casona, pasaron por el supermercado para llenar un par de bolsas.

La tienda no era gran cosa la verdad y las estanterías apenas se llenaban por la mitad, pero tenía todo lo necesario para aprovisionarse. La dueña eso sí, fue muy cauta al saludar a nuestro Alfred, pues le habían contado que estaba el hombre como una cabra y no quería tratos con él, pero como en ese momento estaba en la tienda Dany Pritt el repartidor, el prejuicio casi no se notó.

Susan causaba sensación apoteósica por do quiera que pusiese los pies, era espectacular. Una mujer guapa de las que rompen y con un cuerpazo que tiraba de espaldas. Dany y un para de jubilados varones que se encontraban en al tienda se la comían con la vista.

Dany preguntó: ¿Viene para quedarse señor Daniels?

--- Me temo que no. Pero es posible que el mes que viene me pueda escapar un par de semanas, aunque todavía no es seguro.

Dany impresionado: ¿Es?... ¿es su novia señor? ¡Es muy guapa!

--- ¿Te gusta verdad? Si te portas bien te regalaré una igual.

Dany no cogió la frase, estaba colocando conservas de tomate en un estante central y al momento debió recordar, que la estantería más baja era la más utilizada por él para regocijar la vista, así que se arrodilló. El pobre chico tenía los ojos como faros de una cosechadora, pues este tipo de mujeres no era muy habitual en el pueblo y mucho menos, con semejante mini falda. Le pasaron por la cabeza toda clase de pensamientos, se fue desde el sermón del domingo a las revistas porno, desde Nancy la pechugona del estanco a Peggy la calientabraguetas de la cantina, todo se le iba y venía a una velocidad vertiginosa y, además de eso, contemplando con la boca abierta a la despampanante Susan, pensó que el otro día en el cine, Drácula le demostró a las claras que no era muy listo, porque sin duda hay mejores sitios para morder a las mujeres.

Susan mientras tanto a su aire, fisgoneaba distraída los productos y precios por la toda la tienda, pero enseguida, se dio cuenta del enorme descaro y atención conque la miraban un grupito de clientas y la cajera. No lo hacían con ese tipo de miradas de curiosidad o de reproche, más bien, de pasmo e indulgencia, como si tuvieran mucha lástima de ella. Y tanto fue así, que Susan se acercó a las mironas y soltó: ¿Ocurre algo señoras?

Las tres mujeres sorprendidas se miraron entre sí buscando la contestación más elocuente, pero ninguna de ellas se atrevió de momento a responder. Por fin, la dueña de la tienda, viendo la expresión impaciente y seria de Susan, se incorporó de su asiento tras la registradora y buscando con la mirada a Alfred sin verlo, dijo bajando la voz con visible temor: ¿Ya conoce bien a ese hombre que la acompaña querida? ¡Tenga mucho cuidado hija!

Susan arrugó graciosamente la nariz y arrugó las cejas un centímetro, pero no contestó enseguida, le parecían muy ridículas aquellas matronas de vestidos floreados. Con todo, pensando en divertirse un poco con las pueblerinas les preguntó: ¿Porqué lo dice? ¿Es el asesino de las motosierras?

La pregunta aglutino a todas agrupándolas a pie derecho pues ninguna de las damas provincianas, estaba ahora dispuesta a irse sin escuchar el resto de la conversación, a pesar por supuesto, de que sus bolsas hacía mucho rato que estaban llenas, la compra estaba pagada, los productos congelados sudando y… los fogones esperando.

--- ¡No querida, espero que no tanto! Pero no está bien de la cabeza, se esconde siempre de la gente y además destruye casas. Nadie le conoce, es un hombre muy misterioso, toda vivienda que cae en sus manos la destroza.

Susan alucinando: ¿En serio? ¿Que hace qué?

La dueña muy convencida: Pues… que se compra casas que dicen tener duendes y las destruye por dentro buscando las momias.

Susan como es natural se lo tomó a guasa, pero comprendiendo que aquellas mujeres solo tenían el ánimo de advertirla y salvarla de un posible peligro, las tranquilizó enseguida con estas palabras: Muchas gracias amigas, les prometo que tendré mucho cuidado. Gracias de nuevo.

Todas quedaron muy complacidas por las palabras de Susan, como si todas, hubieran participado en advertirla, pero la dueña sin lugar a dudas fue la más ufana de todas, no en vano, mira tú, se había arriesgado todita ella sola.

La dueña muy afable: De eso nada querida, las mujeres debemos ayudarnos siempre. ¡Solo faltaría!

Alfred llegó a la caja registradora con su bolsa llena de provisiones y observó sorprendido las miradas enfurecidas de las veteranas, pero adivinando la materia del coloquio del grupo, donde seguramente el protagonista era él y su misterioso comportamiento, divertido sonrió. En las pequeñas poblaciones ya se sabe, son como en la redacción de las revistas cutres, que cuando no hay noticias sabrosas que llevar a las máquinas se las inventan. Claro que siempre será más llevadera la vida de uno, si piensas en los desastres y mala vida de los demás.

Alfred jocoso: ¿Algún problema Susan?

Susan negó de momento con la cabeza y mirando a las damas con simpatía, les hizo un gesto agradeciendo la intención de la advertencia, luego procurando que Alfred no la viera, les guiñó un ojo en prueba de su complicidad. Pero para demostrar su apego a las matronas, dijo con fingida seriedad: Ningún problema de momento, ¡pero no me fio mucho de ti!

Alfred se quedó algo sorprendido por el tono y las palabras de Susan, pero suponiendo certero lo que habría pasado allí, se conformó con la respuesta. Puso su bolsa sobre el mostrador y mirando a las mujeres con simulada seriedad dijo: ¿Supongo señoras, que no habrán asustado a esta pobre chica verdad?

Ninguna de ellas contestó, pero la dueña, colocándose las gafas algo mejor y arrugando la nariz y el patente bigotito, empezó a sacar los víveres y a sumarlos sin prisa, pero con las bruscas maneras de un enfado notable, pues la pregunta de Alfred, la consideraba una desfachatez muy propia de su fama. Cuando acabó de contabilizarlo todo lo metió de nuevo en la bolsa y muy altanera soltó: ¡Son treinta con cincuenta! ¡Y no le cobro más porque va con la señorita! ¡Que lo sepa!

Susan y Alfred salieron a la calle muy divertidos por todo ocurrido, dejando a las tres féminas cuchicheando a sus anchas y por supuesto, a Dany y a los otros dos varones que había en la tienda silbando. Es natural como se ve, que los hombres y las mujeres no se pongan de acuerdo en muchas cosas, pues en el alma inmortal de los unos y de las otras hierven diferentes potajes: Las tres mujeres estaban muy satisfechas por hacerle un favor a Susan y los hombres quedaron muy tristes, por no haberle podido hacer “otro favor”.

Los jóvenes se montaron en coche alquilado en el helipuerto y con Susan al volante tomaron la dirección de la casona. El pueblo era de esos pueblos, que uno recuerda siempre en los días primaverales: Viviendas unifamiliares y adosadas, parques y jardines con palmeras y setos, muy poca gente y menos coches. En fin, un lugar cómodo y bonito para vivir.

Susan comentó: No tienes buena fama primo. ¿Qué les haces?

--¿Yo? Pues nada, pero no sé porque me miran como si comiese la sopa con tenedor. No lo entiendo la verdad.

--- ¿Es cierto que desmantelas casas?

--- Si, eso es cierto, pero no pienses que me cuesta mucho hacerlo, están casi todas en puñetera ruina. Me divierto bastante.

--- ¿Y eso de buscar momias que tal te va?

--- ¡Ya sabía yo que saldrían con eso! ¡Qué gente más tonta!

--- ¿Entonces no es cierto? Menos mal, ya me parecía a mi que tú no estabas tan loco. ¡Por lo menos no tanto!

--- Alfred muy convencido y sin pensarlo: Eso son tonterías de la gente Susan, yo solo estoy buscando un tesoro.

Susan alarmada y bromeando: ¿Un tesoro dices? ¡Dios santo Alfred! ¿Si quieres te presto a mi psicoanalista? Te hará un rebaja en el precio.

Naturalmente Susan tenía razón, ya no están los tiempos para ir buscando tesoros y si lo haces, es mucho mejor que la gente no lo sepa, pues en casi todos los casos es una extravagancia infantil propia de una mente inmadura. Además, que en el caso de Alfred sería una auténtica chaladura, pues… ¿Para qué buscar un tesoro? Si con solo una de sus tarjetas de crédito ya podía retirar al instante dos millones dólares.

Alfred sorprendido por el comentario de su prima: ¿Visitas a un loquero Susan?

Susan algo molesta: No es un loquero como tu le llamas y además no es cosa mía. Mi padre se empeñó en que lo hiciera de vez en cuando al recibir el cargo de vicepresidenta, ya sabes, por los posibles nervios y esas cosas que les suceden a los ejecutivos.

--- No te enfades Susan, pero pienso que ya es hora de te alejes de los pantalones de tu padre. ¡Te tiene pilladita!

--- ¿Porqué dices eso? Mi padre me quiere y se preocupa por mí. ¿Qué hay de malo en ello? ¡Tú no lo entiendes!

Muy pronto llegaron los jóvenes a la casa y la conversación entonces, pasó de la índole personal a la paisajística. Ciertamente que el asombro de Susan no era para menos, pues la verde colina donde se asentaba la casa, se encaramaba suave y tozuda hasta el mismo corte del acantilado y era… ¡Bellísima! Cabalgaban imperiosos y desafiantes sobre las empinadas rocas, centenarios y frondosos pinos acogotados a ratos por el viento y bajo sus copas, donde se supone que pululan enanitos construyendo sus casas en las setas, una exquisita pradera asediada por cercados y parcelas, daba remate natural de hierva esmeralda y rojo de amapolas, a la recia vecindad de sus muros. ¡Una preciosidad!

Alfred abrió la verja y esperó a que el coche entrara en la finca, luego cerró despacio con un leve chirrido. El jardín como sabemos no estaba cuidado, pero de haberlo estado hubiera sido encantador. Susan bajó del vehículo y su cara fue el espejo más genuino de la decepción. Lógicamente y debido a las explicaciones de Alfred, ella muy prevenida ya se esperaba algo parecido a un total descuido, pero no fue así, se encontró con un total desastre.

Susan muy defraudada: ¡Dios santo Alfred! Habías dicho que estaba un poco descuidada. ¿A esto le llamas tú descuidado?

Susan tenía mucha razón, pero claro, Alfred no estaba por la labor de mejorar la finca ni mucho ni poco, habida cuenta, de que pronto empezaría a destruirla. Con las otras casas ocurrió lo mismo, antes de empezar la búsqueda estaban pasables, pero poco después solo quedaban ruinas.

--- El jardín ya se sabe chica, yo me refería al interior.

Susan socarrona: ¿Esto tiene interior? ¿En serio Alfred?

La joven ya había dado carpetazo a la casa, a partir de ahora cualquier cosa bonita que viese, sus catalizadores mentales la convertirían en fea y, las cosas fascinantes si por casualidad las hubiera, se convertirían en horribles.

Susan como es lógico suponer, de jovencita se había enamorado de chicos anodinos con nombres extravagantes y que algunas veces, la habían llevado a sitios realmente raros, casi siempre… bueno, para eso que se lleva a las chicas habitualmente a esos lugares. Incluso salió una temporada con un pintor bohemio, aureolado por la típica suficiencia de la incongruencia mental, desaliñado, necio, engreído y petulante, que la llevó gozoso a una especie de estudio donde lo más absurdo, solo podía justificarlo su desatino existencial y la cota exagerada de polvo, casi permitía esquiar. Pero a un sitio parecido al que ahora contemplaban sus ojos, eso jamás. De todas maneras a nuestro sagaz amigo, no le extrañó nada el manifiesto desencanto de su prima, pues él ya sabía de sobras, que a la mayoría de las mujeres cuando son adolescentes, las emboba cualquier niñato con palabrería imbécil, o bien, una canción de letra irrelevante y música estúpida y a partir de ese momento, no ven nada más a su alrededor. Pero otra cosa es, cuando ya consiguen peinarse bien el pubis, que entonces, ni el mejor de los conciertos les parece bastante. Claro está que la casona no era ni siquiera un concierto, eso no se puede negar.

Alfred muy satisfecho de estar de nuevo en la casa y sin darle importancia a las críticas de Susan, dio paso franco a su prima con una leve sonrisa y a continuación sin prisa, encendió la luz. Luego se dirigió a la cocina para dejar la bolsa de comida y finalmente, fue abriendo las cortinas de los grandes ventanales.

Cuando aquél desfasado y deslucido mobiliario atiborró los ojos de la sorprendida Susan, la chica fue invadida de golpe, por la fuerza más tristona del desencanto. El tan enunciado interior, no estaba sucio ni polvoriento, pero tenía un aire rancio y olía... a yeso húmedo.

--- ¿Sabes Alfred? Aquí falta algo para ser un auténtico museo.

Alfred esperando la broma: ¿En serio? ¿Qué es prima?

--- Las figuras de cera querido. ¿Pero cómo puedes vivir en un lugar como éste? Definitivamente necesitas ayuda profesional muchacho. Lo dicho, mi psiquiatra te ayudará.

Nuestro Alfred desde luego que no necesitaba a un profesional de los desajustes neuronales. Solo con un pedazo de paciencia y una buena dosis de persuasión, sería suficiente para convencer a Susan de cuáles eran los justificados motivos de su refugio voluntario en aquella vetusta vivienda. Claro que: Aquellas uñas largas y bien cuidadas de ella, la piel sedosa y fino olfato, las sutiles maneras y las delicadas costumbres de su prima, no harían sencillo aquel empeño.

--- ¿Cuál es la parte que te desagrada más?

Susan arrugando muy graciosa la nariz: ¡Pues todas! ¡Y estos muebles ya están que se caen! ¡Es increíble Alfred!

--- Lo de los muebles tiene una explicación, pero de momento es mejor que prepare la cena. Voy a organizarte un menú de festival rápido y sabroso.

--- ¿Vas a cocinar tú? ¿No será mucho mejor acercarnos a un restaurante o que nos traigan algo? A mi me gustan toda clase de festivales primo, pero no comérmelos.

--- ¡De restaurante nada! Tú tranquila, te gustará.

Susan ya se estaba cuestionando la feliz idea del fin de semana, pero como no quería defraudar a su primo, intentó relajarse con un repaso minucioso a la casa. Lo único que le gustó bastante, fue la cama con dosel y faldón que tenía mucha clase, pero no contenta con la estética, se dio unos cuantos brincos encima para comprobar su confort. La verdad es que fijándose con atención, no era del todo desagradable aquel ambiente, solo que ella, no había venido con la indumentaria adecuada para la ocasión. Por supuesto que una mujer de contorno tan sugestivo y de cara tan hermosa, cuanto menos vestida más atractiva, pero de momento el posible proyecto de la seducción, debía seguir esperando.

--- ¿Tienes algo que me pueda poner Alfred? Me gustaría darme una ducha antes de la cena. Naturalmente, si dispones de agua corriente y calentita.

--- Sí claro. Mira lo que encuentras en el armario grande de mi cuarto y luego, en el arcón de cerezo encontrarás toallas de baño.

¡Arcón de cerezo!... ¿Qué demonios era un arcón de cerezo? Susan fue levantando las tapas de los tres arcones de antañona madera y en el último encontró las toallas. Bueno, a falta de la vestimenta apropiada, un pijama de Alfred y un albornoz blanco harían de envoltorio imprevisto. Claro está que Susan había traído algo de ropa, pero no estaba dispuesta estropearla con alguno de aquellos muebles astillados.

Mientras la chica se remojaba a placer, Alfred metido en pura tarea hervía los espaguetis y preparaba una ensalada al Curry. Se le había olvidado comprar el vino de marca maldita sea, pero tenía dos botellas viejas de cristal muy deslucido y corcho muy mohoso, que haría juego visual con los sucios candelabros de la chimenea y a lo mejor… hasta se podía beber. Era la primera vez en cinco años que compartía un día entero con una mujer. Por supuesto que no había renunciado al sexo durante ese tiempo, pero cuando le apretó la testosterona ansiosa, se conformó con prostitutas de lujo, pues son mujeres de bandera a las que nunca les duele la cabeza ni otra cosa, o por lo menos no te lo cuentan que ya es bastante. Vienen y se van, no les interesa otra cosa que no sea el dinero y procuran vaciarte el cuerpo placenteramente, sin intentar llenarte de neuras la cabeza, así que perfecto.

Susan terminó bien pronto su primera ducha en la casa, miró el reloj y las cinco y media estaban al caer. No es desde luego que tuviera ninguna prisa y tampoco estaba cansada en absoluto, pero claro, esas dos circunstancias no eran nada oportunas para sus planes, pues ella había decidido hacerse rogar un poco, antes de acceder a la posible petición de revolcones. La inteligente idea de la chica, era intercalar algo de cariño entre la pasión y el sexo desenfrenado, pues eso con toda seguridad, le daría a ella abundante ventaja en el sensiblero carácter de Alfred. No obstante, con las pilas cargadas que se salen y el poderoso atractivo de un primo para comérselo, la cosa tenía peligro sin duda.

Alfred por el contrario, todavía no se había planteado una noche de placer carnal con su prima, seguramente algo coartado, por la circunstancia del parentesco. Esas cosas a veces salen bien y cuando eso ocurre fantástico, pero no son muy frecuentes la verdad, pues seguramente alguno genes repetidos no lo hacen posible. De cualquier manera, nuestro amigo pensaba al respecto con muy buen criterio, que la invitación a su prima se justificaba en la necesidad por su parte, de tener por fin la oportunidad de compartir su secreto con alguna persona, pero en absoluto se había propuesto compartir otra cosa. Susan bajo a la planta.

--- ¿Qué te parece el conjunto Alfred? ¿Estoy guapa?

Susan estaba preciosa. ¿Qué se puede decir de una mujer hermosa?... ¡Sí por mucho que se diga nunca será suficiente! Su prima era de esa clase de mujeres rompedoras a las que uno siempre está tentado de preguntarles si les sobra un rato. La cara de Alfred en ese instante no necesita ningún intérprete. Quizá para muchos hombres, la belleza natural femenina deba resaltarse con aderezos y maquillajes para que así, los momentos gozosos en su contemplación, se impriman más imborrables en la memoria. Pero para Alfred, el encanto de la sencillez era la gracia fundamental y quizá única a tener en cuenta en ellas.

Alfred mirándola con satisfacción: ¿Qué puedo decir?... estás que te sales.

Susan divertida: ¿Sí verdad? Pues es muy posible, porque nada es de mi talla. ¿Se nota verdad?

--- Ya se ve. Pero no vayas descalza, ponte mis zapatillas que hay traicioneras astillas en la tarima. Además, sécate el pelo, no quiero tener una prima enferma.

--- Fantástico Alfred, me encanta que me cuiden y que me mimen, te adoro.

Alfred ya tenía escurrida la pasta y preparada la salsa, todo estaba en su punto y a la de tres al ataque. Era posible que el tomate con almendras picadas y aceitunas rellenas no cuajasen bien los sabores, pero eso ya se sabe, cuando uno está dispuesto a dejar boquiabierta a una dama, cualquier menú sirve, ya que lo más importante no es dejarla satisfecha de paladar, sino darle a entender sin lugar a dudas, que con un hombre dispuesto a cocinar y a otros menesteres domésticos, ella se puede ahorra mucha crema de manos y bastantes uñas rotas. Eso es lo que pensaba Alfred y puede, que no estuviera mal encaminado.

La mesa quedó dispuesta y a su gusto completo en el mismo instante en que Susan apago el secador de pelo. Alfred escogió muy sabiamente una mesita auxiliar del rincón alfombrado para una mejor comodidad y de paso, para disponer de un poquito más de intimidad y en vista, que para colocar los candelabros ya no quedaba espacio, colocó en su lugar una vela dentro de un diminuto florero. No era lo mismo por supuesto, pero como la idea no era calentarse, pues ya sobraba.

Susan apareció: Lista y preparada primo. ¡Tengo hambreee!

Los espaguetis salieron humeantes de la cocina y después de un oloroso rastro aterrizaron apetitosos en la mesa. La ensalada mucho más informal como siempre, ya estaba instalada a sus anchas y como es cosa habitual en una presumida como ella, ocupaba fatua y rebosante de colores el centro de la mesa. Susan admirada, cogió la servilleta y se sentó como es fácil adivinar… ¡Con los ojos como un escaparate! No es un secreto que las hembras se pirran como locas por la comida cocinada por otros y es real, que todos hemos visto los ojos brillantes de las mujeres en un restaurante, pues la buena mesa, Dios la concibió exclusivamente para ellas, ya que ellos, ya tenían suficiente con la buena cama.

Susan dijo: ¡Esto tiene muy buena pinta!

Alfred satisfecho: Y mejor sabor, prueba.

--- Que cubertería tan original. ¿Qué pone aquí… J. Valdez?

--- Sí, era Justiciano Valdez, el primer y más antiguo dueño de la casa. Supongo que en aquellos tiempos le costó un riñón grabar esta filigrana.

Susan calculando: Sin duda ninguna que son de plata maciza. Sería un potentado de la época. ¿Sabes lago de él?

--- Por supuesto, y… mucho. Era el descendiente directo del hombre reluciente con un perro gigante.

Susan arrugando la nariz: ¿Un hombre reluciente y con un perro gigante? ¿Es quizá una adivinanza con truco?

No prima. Los Aztecas le llamaban el hombre reluciente por su brillante armadura, y el perro gigante, era su caballo. Un capitán español según creo.

--- ¿Quién te ha contado esa bobadas?

Alfred muy serio ahora: No son bobadas Susan, estoy ampliamente documentado. Ese hombre existió en tiempos de Hernán Cortés y aquellos intrépidos conquistadores. Es el centro y motivo de mi búsqueda.

Susan conocía detalles muy someros de la conquista de Méjico y por eso no acertaba a darle ninguna importancia al comentario. Pero de todas maneras, le pareció muy infantil la conducta de su primo.

--- ¿Ese Justiciano es el que te impulsa a buscar un tesoro?

--- No es un tesoro corriente, aunque bueno; la verdad es que no tengo todavía una idea de lo que es. Solo me dijeron que es el mayor de los tesoros que pueda desear un hombre.

--- Mira Alfred, no es que yo tenga prejuicios respecto de los buscadores de tesoros, pero… ¿para qué necesitas tú un tesoro?

Alfred arrebatado: ¡No Susan! No es lo que crees, es algo muy diferente. No tiene nada que ver con joyas, oro, moneda o antiguallas. Debe ser una cosa trascendente para el hombre, pues me lo describieron como un objeto, que quién lo posea puede ser el dueño del mundo.

--- ¡Vaya hombre! ¿El arma definitiva o algo así? Porque te aseguro Alfred, que si no tienes un contrato firmado con Dios y su ayuda, aquí no te dejan ser el dueño del mundo ni de coña.

--- Me dijeron que es: Lo que contiene todos los testimonios.

--- ¿Eso tiene traducción o es otra adivinanza?

--- Pues no sé, algo como la verdad absoluta, o el conocimiento de todos los conocimientos, en fin, una cosa parecida.

--- O sea, que no tienes ni idea de lo que buscas.

Susan no podía creérselo. Le daba la extraña impresión, de que Alfred sabía lo que quería pero no atinaba a explicarlo. De todas maneras, era una puñetera lástima que un joven tan majo como él, estuviera todavía en la fase más infantil del hombre. Su primo tenía la pinta de estar multiplicando cuatro por tres y le daba dieciocho, o sea, muy mal. Bueno, pues a ella le daba lo mismo, cuanto más tonto más manejable, ya se sabe que las cosas sencillas se deterioran mucho menos.

Los espaguetis desaparecían del plato a muy escasa velocidad, pero la ensalada tenía más gancho. Quizá, porque para hablar es más fácil hacerlo masticando verduras que pasta para sorber, o puede, que fuera por otra causa relativa al sabor. A ellos de cualquier forma, ni se les pasó por la cabeza esa consideración, pues ya tenían bien ocupado el cerebro con la charla.

--- ¿Y cómo sabes todas esas cosas?

--- ¿No recuerdas esos cuatro años que he estado perdido por ahí?

--- Claro, y bien perdidos por lo que me cuentas.

--- Escúchame bien: Estuve una temporada en la Baja California y allí, entre el desierto de Vizcaíno y el Volcán de las Tres Vírgenes, conocí a un viejo indio Tepaneca, que me contó la historia. No creí nada de momento, pero algo más tarde, en mi empeño por indagar en archivos y bibliotecas de diferentes países llegué a la conclusión, de que todo tenía mucho sentido.

--- No conozco la historia de Méjico, no sé…

--- No Susan, no es un dato histórico, es como una leyenda o un mito, pero todo encajó enseguida cuando compre éstas propiedades.

--- ¿Una quimera quizá? ¿Qué propiedades?

--- Las casas que voy desmantelando. Estoy buscando algo que me permita conocer, en que lugar escondido se encuentra el objeto que se llevó de allí el hombre reluciente.

--- Chico no sé. Pero lo veo todo muy fantasioso. ¿Qué es un indio Tepaneca?

--- Un componente de una tribu dominante emparentada con los Aztecas y que fueron dueños y soberanos entre el año 1376 y el 1427. Después se extinguieron o se fundieron en otras etnias.

Susan movió la cabeza con reproche y dijo: Alfred, me estás hablando de hace seis siglos. ¿No te parece un poco lejano eso de los testimonios? ¿Debía ser un indio muy viejo verdad?

--- Bueno, hay cosas más antiguas y todavía se encuentran. Lo del indio es diferente, él me dijo que fue sumo sacerdote del rey Tezozomoc, que tenía en su poder los testimonios, y esa parte naturalmente no me la creo.

Susan con muy poco interés intentaba seguir comiendo, pero las palabras tan absurdas que le soltaba su primo, le atragantaban a ratos la garganta y a ratos la cabeza. Ella ya empezaba a mirarle como quién mira a un melón verde. ¡Jesús que lástima! Un fulano tan apetitoso por fuera y tan desastre por dentro.

Con estudiada lentitud, Susan se quitó el albornoz fingiendo un calor inexistente y procurando eso sí, qué en el forzado movimiento, pues estaba sentada aún, sus pechos turgentes y vacantes de ataduras, destacasen su rotundo contorno tras la fina seda del pijama. Ni que decir tiene, que con semejante par de maravillas, consiguió holgadamente su propósito.

Alfred recuperando la palabra, pero no muy bien la coherencia: Y te decía que, ese hombre, el… el del reluciente y… bueno, ahora no sé que te decía.

Susan no sabía tampoco que le estaba diciendo su primo, pero sí sabía con certeza lo que Alfred dilatando sus ojos había pensado. La joven ya tenía más claro que el agua cristalina su papel en aquella representación, ella era la heroína protagonista seductora y él, el pobre meritorio seducido. El libreto de la obra era en ese momento lo de menos, Susan se conformada con el primer acto pues luego, el desenlace no la preocupaba en absoluto, ya que el despego que sentía por Alfred, evitaría una elevación de sus sentimientos, así que todo controlado, a seguir pinchando el venidero e inevitable desafuero de su primo.

--- ¿Tenemos algo de postre Alfred? Yo lo traigo. Y tú acaba de comer, casi no has probado bocado.

--- La verdad es que no tengo mucha hambre. Te ayudaré a recoger.

--- Te digo que no, yo recojo la mesa. ¿Tenemos postre o no?

--- Las fresas están limpias en la nevera y también hay nata el espray. Pero si quieres otra cosa llamaré al chico del super.

Susan tardó tres minutos justos en recoger la mesa, luego rápidamente preparó dos platos de jugosas fresas. Acostumbrada a pelear batallas de poder a poder con los hombres que la interesaban, Susan se pellizcó los pómulos, se atusó el pelo, se mordió los labios y se desbrochó dos botones del pijama. Después con todo, se acercó a la mesa y colocó los platos.

El pijama no es una de las prendas mas seductoras que existen en el mercado, pero cuando a una le viene con cuatro tallas de más y lo hombros basculan con holgura centímetros de tela, el único inconveniente para el lucimiento de unos pechos libres y preciosos, son exclusivamente los botones de la prenda. Pero como ya se ha dicho, los botones poca cosa podían evitar y Alfred, tragó con mucha dificultad todas las fresas.

El vino resultó ser, de muy soberbio beber, pero ahora lo difícil, sería el buen digerir. Alfred había bebido algo más que de costumbre y si bien no trasteaba la lengua con torpeza, no podía negarse, que le tenía pillado por los vértigos. Susan fiel a su proyecto ni probarlo, la joven mimosa y con minuciosidad, muy pronto convenció a su primo para que encendiese la chimenea y él, que ya empezaba a no enterarse de nada, accedió sumiso.

Hay representaciones que los estrictos historiadores no han reflejado en sus libros de consulta, pero un buen fuego y una mujer lanzada y… poco tapada, al lado de un hombre algo mareado y potente, y que además de calor, disfrutan de soledad y tienen la penumbra compinchada a su espalda, es una escena tan peligrosa para el recato, desde que el mundo es mundo, que no es necesario ningún antropólogo para conocer su inevitable desenlace.

Cuando el fuego empezó a calentar la estancia, las siete de la tarde habían caído sobre la hermosa campiña, el aserenado y rojo crepúsculo tardaría aun, pero los pájaros acurrucados y embutidos en su inflado plumaje y, las plantas ya prevenidas por el leve descenso de la temperatura, empezaban a notar su inminente aparición. Por lo tanto ya, la pausada calma de la inminente noche, estaba llegando puntual en el exterior y todo lo contrario, estaba a punto de pasar en el interior.

Esta vez no había alfombra de oso blanco frente a la bonita chimenea, pero Susan muy ingeniosa, se apoderó de tres edredones y los extendió sobre la tarima. Luego aprovechando la ventaja del fuego, se quitó con desenvoltura los pantalones del pijama... “pues tenía calor”. Claro está, que solo aparecieron a la vista codiciosa y mal disimulada de Alfred, las torneadas piernas de patinadora que poseía la chica. Pero eso no fue nada extraordinario, ya que la minifalda era mucho más generosa que aquella holgada chaqueta del pijama. Alfred por descontado que ya empezaba a sudar, pero no se atrevió a imitar a su prima, pues estaba demasiado tenso en aquella situación.

Cualquier mujer sabe de cajón, que el hombre dispone de un apéndice muy conocido que no necesita de fertilizante para emerger. Y claro, no hay porqué avergonzarse de ello, pues es cierto que los submarinos tienen un antiestético periscopio, pero Alfred no era un submarino. Bueno a decir verdad, en aquél momento ya como si lo fuera. Alfred escondía su apretado pantalón en un intento vano de simulación y ella, con la mirada, hacía del disimulo de él una técnica poco elogiable.

Susan, con el poderoso encantamiento de la mujer hermosa soltó: Vamos Alfred, acércate al fuego y sigue con tu historia.

Alfred pasando por tragos difíciles: Oye Susan… no sería mejor que dejáramos el tema para mañana. Me gustaría levantarme pronto y llevarte a conocer la costa, es preciosa.

Susan comprendió sin esfuerzo, que la confortable penumbra era el mejor escondite para la turbación de Alfred, pero muy dispuesta a cerrar el primer capitulo del confuso acercamiento, se fue hacia él y sin más contemplaciones le besó en la boca. A partir de ese momento, ya no hay fuerza humana que se resista a la imperiosa atracción carnal y con unos rozamientos de un cuerpo contra el otro y unas acariciantes y muy precisas manipulaciones, la más firme voluntad en contra, se funde como celuloide en un crisol.

Cuando aterrizaron abrazados en los edredones ninguna prenda les cubría ya, pronto afanosos y excitados sobremanera, danzaron revolcados en apretados esfuerzos posesivos y sus torpes contorsiones, enardecidas ciegas, en busca delirante de la ajustada fusión de sus sexos, se convirtieron en elementales y breves.

La noche complaciente y el fuego manso, compadres circunstanciales de la universal maravilla, se hicieron cómplices mudos de los exaltados disfrutes y camaradas callados de las imperiosas pausas. Una tras otra, las oleadas de placer acudieron a la llamada exigente y puntual de sus cuerpos y todo quedó por completo, al abrigo y envoltura del mágico momento. Para Alfred aquella noche, fue sin duda la más complaciente que había pasado junto una mujer, pero para Susan, solo fue un juego de deleite con lo único que tenia a mano.

El hermoso domingo amaneció, como amanecen en la vida todos los días de gloria: Brillante y venturoso. Por supuesto que Susan menos cansada físicamente se despertó mucho antes que él, y no es nada raro, pues a la mujer si ella lo prefiere le basta y le sobra con facilitar, pero al hombre ya sabemos, que no tiene otro remedio que empujar y entregar.

Susan se coló en la cocina y sabía lo que era una cocina, porque en su casa también tenía una, pero de ahí a tener una idea aproximada de cómo funcionaba todos lo días aquello, mediaba un abismo. Naturalmente que Susan no era nada tonta, lo que ocurre que su padre no la habría criado para quemarse el cutis con salpicaduras y ella naturalmente, estaba de acuerdo en eso. Con todo, antes de que su primo roto y molido se desperezase, ya había desayunado.

Unas bragas de seda negra y unas zapatillas enormes de Alfred, era todo el peso extra que soportaba su cuerpo entonces, pero aun así de sugerente, no tuvo empacho de darse un garbeo por el jardín. Claro está, que los altos muros de la finca y los tupidos arboles, cubrían de miradas indiscretas todo el espacio vallado, pero desde luego, la visión de aquella criatura en semejante testimonio de exquisitez femenina, era de puro infarto.

A Susan le gustó la noche guerrera y desmadrada y posiblemente la repetiría. Ya se sabe que en estos lances de pareja, la mujer es la única a decidir si la función tendrá segunda parte, entre otras cosas, porque la naturaleza la ha dotado de un cambio de marchas pasional, a la medida exacta de su férrea voluntad. Alfred desde luego, se había comportado con mucho cariño y ella lo agradeció; pero ese, no era el estilo de hombre que a Susan le removía el erotismo, era demasiado blando y romántico, no le cuadraba.

Muy pronto, la joven abandonó el picante sol de las doce que dominaba parte del jardín y regresó al lecho arrastrando las zapatillas. Sobre las cinco de la tarde más o menos, volverían a coger el helicóptero, por lo tanto y aprovechando la oportunidad de tener a su servicio sexual a un muchachote apuesto y viril y… que además de eso estaba desnudo, decidió hacer la espera del regreso a casa mucho más agradable y resolvió atacar.

Alfred despertó en el séptimo cielo, las manos suaves de Susan, hacían una tarea de prospección corporal erótica perfecta y sus labios, unidos a los de él, añadían al eficaz manoseo, oleadas enervantes de espléndido frenesí. Muy pronto de nuevo, la natural tensión de sus cuerpos sometidos al delirante juego sexual, se hizo insoportable y la de todos conocida acción rítmica, dio con la puerta en las narices a la sujetada calma.

Cuando la fantástica ocupación compartida dio paso franco a la necesaria tregua, Susan decidió ya satisfecha, que la prisa por regresar al mundo de la codicia era la prioridad más imperativa de su deseo. Así que en ese vuelo repentino de ella, cual si se tratase de una mariposa saciada y aburrida de inactividad, ya no se hizo esperar en su urgencia y nuestro Alfred, recibió la orden de empezar a arreglarse para partir.

Alfred dijo: Han sido maravillosas estas últimas horas, es una lástima que solo pienses en trabajar. ¿No tienes suficiente dinero?

--- Nunca es suficiente Alfred, nunca sabes lo que puede ocurrir en el futuro, además, me gusta ganar dinero es divertido, no creo que eso sea nada malo.

Alfred un poco sarcástico: ¿Te sientes segura cuando lo haces verdad? Te realiza y te hace más dominante. ¿Es eso?

La chica se pintaba los labios en el lavabo, pero por el ángulo derecho del espejo podía ver perfectamente a su primo. No le gustó el comentario ni el tono de sus palabras, pero pensó enseguida, intuitiva como cualquier mujer, que serían producto inevitable de un ataque de celos tontos, de esos tan absurdos que tienen los hombres estúpidos, cuando una mujer es liberal e independiente de su pareja. Es muy curioso según Susan, que a esa actitud tan irracional y enfermiza, se la denomine simplemente celos, cuando todo el mundo sabe de calle, que es solamente egoísmo en su más rancio estado.

Susan contesta: ¿Y a ti qué?... ¿te gusta más buscar tesoros que ganarlos verdad? ¿Es más descansado, no es cierto?

--- No es lo mismo Susan, no estoy buscando riquezas materiales. Solo quiero saber que significa eso de los testimonios. Nada más.

Susan con paciencia santurrona: Oye Alfred: Aun en el supuesto de que encuentres algo, eso no pasará de ser una tontería. ¿Es que no lo ves? Las leyendas o cuentos son el alpiste de los tontos y lo único que es real, es la pérdida de tiempo que suponen. ¿Comprendes lo que digo?

Alfred concretando: Mira Susan: Si Edison hubiera pensado como tú, ahora tendrías los faros del coche quemando gas. ¿Lo coges?

--- ¡Eres imposible Alfred! Edison era inventor. ¿Qué inventas tú? ¿Qué pretendes, ser el jefe de todas las trascendencias, o qué?

--- No amiga mía, yo no invento nada, pero sí intento descubrir algo que puede ser beneficioso para el hombre. ¿Te parece poco?

Susan ya estaba cansada de aquella discusión, no conducía a nada práctico. Para la temperamental Susan, las cosas son como son y eso siempre está muy alejado de como tendrían que ser. No hay nada más absurdo como alimentar los deseos cuando éstos se enfrentan a las crudas realidades. Susan no estaba educada para admitir conjeturas ni suposiciones, su guerra particular era la consecución perentoria de sus metas y eso, no pasaba en absoluto por las hipótesis de las casualidades, ni por las probabilidades de las presunciones. Su talante era satisfecho únicamente, con las certezas que le proporcionaban sus esfuerzos y también, por el perfecto conocimiento que tenía de las debilidades ajenas. Los tacones de los zapatos que usaba la chica habitualmente, eran de esos de aguja para afianzarse bien en terreno blando y sus uñas también muy afiladas, para defenderse mejor. Así era Susan.

La conversación no aguantó más tirones de ambos y se fue al garete, ella no tenía más que añadir y Alfred no sabía que más decirle, así que los dos se tomaron un descanso. Es bastante curioso que cuando la postura del varón y la mujer es horizontal y muy próxima, sus relaciones humanas tienden a mejorar, pero enseguida que recuperan la vertical uno de ellos, o ambos, empeoran notablemente. ¿Quizá sea un problema de equilibrio?

Bueno, la verdad es, que el fin de semana ya estaba listo para entrar en el área del recuerdo y Susan y Alfred, todavía dando palos a su inexperta juventud, se disponían a perder las buenas horas vividas a cambio, de unas absurdas y mal entendidas posiciones personales. Pero de momento Susan lo tenía mucho más claro que Alfred y por supuesto, que para ella no era ningún problema salir de una relación con la punta fría, ya que para volver a calentarla, solo era menester un nuevo acercamiento. Por lo tanto, regresaron la ciudad algo enfadados pero como no podía ser de otra manera, con una vencedora y un vencido.


Siguiente capítulo

UN MUNDO IDEAL


Última edición por marquimar; 23-dic-2012 a las 08:35
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